jueves, 20 de marzo de 2008

“EL QUE MÁS CHIFLE..."

 Anda majo, calla la boca un rato y sigue metiendo almendras en las bolsas que no vamos a acabar nunca. Estos jodíos chicos se comen más almendras que las que embuchan. Así no adelantamos nada.

Se calló la boca otra vez pero siguió dándole vueltas dentro de su cabeza, sorprendido como siempre por las cosas más simples, y algo inquieto e inseguro sobre si lo que iba a hacer era bueno y conveniente.

- Yo no sé si me voy a atrever.

- Como te rajes ahora te espabilo. Estamos metidos en esto los tres y ahora no te vas a echar atrás. Fíjate bien lo que te digo.

Volvió a despegar otra bolsa y miró de reojo al reloj de la pared de la escalera y pensó que en media hora que faltaba quizás encontrase una salida airosa que le permitiera salir de aquello con las manos limpias de sangre inocente. Volvió a insistir.

- Y tú crees que no podría venir Agus o Teo o alguno que tuviera más experiencia.

- Te digo que no pueden. Están en lo suyo y yo prefiero que esto no salga de aquí. Así que estáte tranquilo y no me falles, que más te vale, que ya sabes cómo me las gasto.

Volvió a cerrar otra bolsa sin mucha atención y a pegar un sorbo de la orangina mientras pensaba que el tiempo se acababa y que el tema se estaba poniendo difícil. Le preocupaba más que la reacción de sus amigos la de aquél hombre que no conocía y que venía de tan lejos a rematar esa faena tan sucia. Seguro que él no iba a entender una duda, una flaqueza, una debilidad presentida o declarada. Ya se lo había dicho Jesusín muchas veces: “Tiene que ser un trabajo limpio y rápido. En el fondo sabemos que va a ser bueno para él y para nosotros y conviene no andar con órdigas para que sufra lo menos posible”.

- Así que me dices que es un profesional.

- Seguro. El lo ha hecho más de cien veces y, que yo sepa, nunca le ha temblado la mano. Chico tienes que verle. Qué maestría, qué limpieza. Qué frialdad.

Por momentos el muchachito asustadizo y charlatán empezó a imaginarse a un monstruo sin corazón y, sin quererlo, comenzó a temblar por dentro ante su presencia inminente.

- ¿De dónde es?.

- De Hortigüela me creo.

- ¿Y tiene familia?.

- Mujer y dos hijos. El pequeño fue con Julito al Instituto.

- ¿Y por qué no busca otro oficio?.

- Se conoce que le gusta éste.

Aquello acabó de desesperar al muchachito preguntón y zalamero. Era demasiado pensar que aquél hombre todavía sin rostro pudiera disfrutar con ese trabajo. ¿Cómo era posible?. Fue entonces, mientras esas disquisiciones mentales tan turbadoras se atropellaban en su cabeza, cuando la sala se llenó de repente por un ruido ensordecedor de moto vieja y destartalada, y, tras un silencio corto y tenso unos pasos resonaron en la calle hasta detenerse en la puerta. Julito no dudó ni un minuto:

- Las cuatro en punto. Es él.

El muchachito urbanita y receloso notó como que el temblor de la mano de meter almendras se hacía más intenso y volvió la cara hacia la puerta del bar. Llovía intensamente y la tarde se había tornado oscura y, de repente, algo tétrica. Sin más una figura siniestra atravesó el umbral y él notó que aquél hombre era el esperado. Como en una novela de Kafka apareció aquel rostro duro de hombre implacable, atravesado de la frente a la mejilla por una cicatriz pavorosa y chorreando agua por el mentón. Masculló un sonido gutural difícil de descifrar. Jesús, sin más preámbulos se levantó con decisión y aproximándose a él le espetó a la cara: “Estamos preparados”.

“ Pues a la labor” , contestó el hombre, y salieron en silencio detrás de él, camino de La Hontana. Miró el muchachín apendejado su figura desde atrás. Era un hombre flaco, alto, resuelto en el paso, triste y frío como esa tarde de otoño. Cuando el muchachito aprendiz de cómplice se quedaba rezagado alguna mano firme le sujetaba del brazo hasta hacerle daño. El hombre volvía la cara de vez en cuando y apretaba el puño dentro del abrigo. Era entonces cuando el muchachito debutante y corto aceleraba la marcha pensando en la navaja afilada que aquél hombre debía sujetar en su mano diestra. Por tres veces intentó huir el mocoso confiando en su propia rapidez y aprovechando el factor sorpresa: una por los huertos que están junto a la casona de Pablo, otra por la calle de la Señora Gabina y la tercera por la calle que da a la casa de Anastasio, pero no hubo suerte ya que sus amigos, advertidos ya de su propia debilidad le escoltaban y vigilaban cada extraño que cometía. Por última vez intentó la argumentación razonada al oído:

- Y si aprovechando que estamos aquí pasamos a ver si están Tarsi o Agustín y yo me voy a casa de mi abuela que me debe estar esperando para merendar...

- Calla y sigue te he dicho.

Entraron sin remilgos en la casona y le vieron. Allí estaba él. Tranquilo y confiado acabando la merienda. Una inmensa tristeza se apoderó del muchachito tembloroso y un sentimiento insoportable de culpa le inundó toda el alma. No diremos que hubiera entre el muchachito y la víctima tanta confianza y amistad pero sabido es que el roce hace el cariño y eran ya muchas tardes las compartidas en armonía, entre sus gritos de alegría y sus andares agradecidos y torpes. El muchachito sabía que lo que iba a hacer estaba feo y que ese crimen planearía toda su vida sobre su conciencia como una losa difícil de levantar. Los cuatro le miraron con algo de lástima. Incluso aquél hombre desalmado dibujó, por un instante, en su rostro cuarteado una mirada casi imperceptible de ternura culpable. Diremos incluso que él, la víctima, nos miraba entre feliz y sorprendido por aquella visita inusual y a deshoras de sus amigos de cada tarde, completamente ajeno a sus auténticas intenciones. El muchachito lo intentó ya a la desesperada, aprovechando ese instante de piedad que cabe siempre en cualquier corazón malvado:

- ¿Estáis seguros de que todo esto es necesario?.

El hombre se volvió y preguntó con desprecio:

- Qué le pasa a éste. ¿Primerizo, no?. ¡Lo que nos faltaba!.

Un silencio complicado se apoderó de todos. Pero él hombre no dudó.

- Vamos ponedle boca arriba sin asustarle. Tú le coges de abajo, este de arriba, y el novato que le sujete de la cabeza.

Todo fue vertiginoso. La víctima les miraba inquieta pero no chillaba suponiendo quizás que todo era un juego sin importancia. El muchachito se sintió culpable por décima vez mientras observaba con terror cómo aquel hombre abría aquella navaja con parsimonia y la hundía sin piedad en aquélla barriga blanca y oronda. El gruñido de dolor fue sobrecogedor y el muchachito salió despavorido hasta quedar atrapado contra una de las paredes de la casona. Aquél hombre sin piedad sacó la navaja y le miró perplejo. Levantó el arma amenazante y le gritó:

- Jodido chico. En cuanto acabe con el cochino te capo a tí.

Soltó una carcajada estridente que todos celebraron con otras más y todavía, aún después de muchos años, en las noches inquietas de malos sueños, al muchachito, que ya no lo es, se le aparece aquella imagen siniestra del capador blandiendo la navaja mientras se desternilla de risa.





José Manuel Díaz Olalla

Texto Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas"
Fecha indeterminada



martes, 18 de marzo de 2008

REVERENTES Y POSTRADOS (Fabulilla triste del agua y el vino)

I

"Reverentes y postrados
ante Vos, divina aurora,
con humildad os pedimos
dadnos el agua Señora"


- Diga usté que sí, Don Malaquías, que con permiso de aquí, el señor cura, y aunque él no tuviera nada que ver, que entonces ejercía por la ribera si no me falla la memoria, o si no que me corrija él mismo, que fue Don Jacinto quien dirigía todo aquello, digo yo que no había necesidá de sacar a la Virgen aquélla tarde, por mucho que se empeñaran unas cuantas feligresas, que ya se sabe, a la envidia y pa no ser menos que los de otros pueblos de por aquí que andaban mareando con que saca el santo y mete el santo a ver si caen cuatro gotas con el jodío metesaca; que lo que está de Dios, está de Dios, y si no llueve a esperar toca, y la Virgen pa sacarla el día Pascua y después a la iglesia, y el que quiera verla que vaya a Misa....

- Calle y siga, alcalde, que estamos dos a uno y ya llevan veinticinco piedras en ésta y como no espabilemos nos dan la muerte dulce y nos vamos a casa como hemos venido. Además conténgase un poco, y lo digo con el debido respeto que merece usté y el cargo que usté ostenta y se lo conserve Dios muchos años, pero de esas cosas mejor no hablar, que lo que pasó, pasó, y si el pobre hombre acabó de aquélla manera no fue culpa de nadie, el destino, digo, o su mala cabeza, quién sabe, pero no hay que echarle la culpa a nadie y menos a Don Jacinto, el pobre, que el Altísimo tenga a su lado, que bastante hacía con complacer al pueblo...


- Ya está bien de hablar, son dos a grande las que echo y que se atreva quien pueda.

- Las veo señor maestro, de una a dos hay que ver, siempre ha sido así. A mí lo que no me quedó claro, ni entonces ni ahora, de dónde salió ese desdichado.

- Quién sabe alcalde, yo creo que no era de por aquí, forastero sería, dicen que ya le habían visto rondando por el pueblo anteriormente, gente sin rumbo, vagabundo perdido, perro callejero pa que se me entienda, de los que andan por ahí, y es lo que yo digo, que pa sufrir miseria y pa morirse mejor quedarse cada uno en su pueblo.

- No queremos la grande, y hable de chica que les veo poco entregaos al juego y esto no va a acabar nunca, es usté mano, hable ya que vamos cargaos y les vamos a echar las tejas del tejao de la iglesia, con permiso de aquí el señor cura, si es que se atreven con la pequeña, que están codenaos a la muerte el cochino, es decir, engordar para morir, con el debido respeto a su reverendísima, que el juego es el juego y se debe perdonar la mala costumbre de señalar...

- Ahí no entramos, Evaristo, que p’a eso es usté practicante y sabe de pinchar y de sangrar, y más vale con usté prudencia que retranca, ya está dicho, pero si acabamos pronto y por no malgastar la paciencia del señor maestro ni abusar de la juvenil impaciencia del señor alcalde les contaré cosas que no se han dicho y yo he sabido sobre todo lo que sucedió aquélla triste tarde.



II

Si Jesucristo en la Cruz
perdonó a sus enemigos,
dadnos el agua Señora
aunque sea inmerecido.

Han pasado dieciséis años, que son como dieciséis siglos en las conciencias de todos y todavía quedan demasiadas preguntas sin responder y demasiadas teorías sin contrastar. Que cuando nada pasa es mucho pasar la muerte de un hombre, aunque fuera forastero y pobre. Dieciséis años de preguntas y reproches colectivos. Cogió el señor cura la baraja como si fuera el misal y entornó los ojos de una manera que al señor alcalde le pareció que iba a comenzar el sermón dominical.

- Todo lo que he sabido lo fue por boca de Don Jacinto, que Gloria haya, que el hombre nunca vivió del todo tranquilo después de aquello, aunque yo siempre le dije que estaba cumplido y que obró como debía. Al parecer el individuo se llamaba Amaro Varela, y no era de por aquí. Es cierto, que se le había visto algunas veces por el pueblo. Ustedes se tienen que acordar. Vivía de acá para allá, buscando siempre algo de trabajo en el campo para poder subsistir y para enviar algo a los suyos que vivían lejos y pasaban necesidad. Cuando nada tenía lismoneaba y pedía por caridad. Algunos se deben acordar aún de verle por el pueblo, y por otros de alrededor, de casa en casa, buscando trabajo, o techo o algo de comer. Siempre desaliñado, con sus harapos mal compuestos, barba larga, unas albarcas que dejaban asomar sin pudor sus dedos gordos, y una colección de muchachos detrás, haciéndole mofa y riéndose de él.

- ¡Claro!, por fin lo entiendo, era aquél pobre a quien mortificábamos de niños persiguiéndole por las callejas al grito de "¡Amaro me hueles a humo!", a lo que él respondía "Pues dame mil pesetas y verás como no huelo".... bueno, eso cuando estaba de buenas que cuando era de malas soltaba cosas peores...

- Ese mismo, alcalde... ¿ve usted cómo le recuerda?.

- ¿Y por qué nunca se dio su nombre?.

- Los nombres de los pobres no importan. Se mueren y al hoyo. ¿Pa qué más?...

- Bueno, Evaristo, algo así, pero además los guardias decidieron, con permiso del juez y como no constaba su auténtica filiación en documento alguno y nadie reclamó el cadáver, enterrarle como el anónimo personaje que siempre había sido.

Entornó los ojos el señor cura otra vez como buscando el hilo perdido, se atusó la capa y aún le dio tiempo, antes de retomar la palabra, de pegarle otro sorbo a la copa de quina Santa Catalina, que es medicina y es golosina.

- Fue casualidad que la sequía castigase de aquélla forma aquél verano, que las fuentes, pilones y hasta pilillas se quedasen secos y que la gente empezara a desesperarse con el asunto del agua.

- Habla verdad el señor cura, que yo recuerdo muy bien aquélla sequía. No se ha visto otra igual desde que a mí me alcanza el magín, y me alcanza mucho, como usted sabe, que aún le recito de carrerilla la lista de los reyes godos si es menester.

- Pare, pare, señor maestro, que todos conocemos sus cualidades retóricas e historiográficas. Y tenga la amabilidad de dejarme continuar.

Un nutrido grupo de parroquianos rodeaban ya a los contertulios, en silencio, igual que cuando escuchaban al propio señor cura en la misa de los domingos. Serios, circunspectos, como si estuvieran a punto de descubrir el secreto mejor guardado, algo de lo que no se habla pero todo el mundo recuerda, una asignatura pendiente en la libreta de la comunidad. Un pecado del que solo debe hablar el cura porque en el relato va implícita la penitencia. Y quizás el perdón.

- El propio Don Jacinto, a quien Dios perdonará sus pecados, que más serán otros que éste, porque el que cuento lo fue sólo de caridad y compromiso con los suyos, acertó a contarme que llevaba días y días recibiendo las peticiones insistentes de un buen ramillete de feligreses, sin duda los más píos, para que accediera al fin a sacar a Nuestra Señora en procesión por el pueblo para pedirle que se acordara de esta tierra suya, dolorida y seca como ojo de tuerto. Les diré en confianza que Don Jacinto, que en paz descanse, no era amigo de estas demostraciones que suponían para él y para mí, dicho aquí inter nos, más folklore que devoción, y más alarde que fundamento, pero el hombre no tuvo otra, al final, que dar el visto bueno. Le oí contar, con esa sorna que ustedes saben le adornaba, que una tarde y ante la insistencia de un sediento grupo de feligreses que le abordaron delante de la casona del toro, miró hacia el cielo con displicencia e incredulidad y espetó a la parroquia: "si queréis La sacamos, pero de llover no está..."

- ¡¡¡Eso es chiste, señor cura!!!!

Rieron todos la ocurrencia, mientras Don Malaquías se liaba un caldo de gallina y el practicante apilaba como ausente los amarracos y las pitas encima del tapete.

- Chiste o no, convino el Padre en sacar la imagen el viernes antes del rosario, toda vez que las adoradoras nocturnas la hubieran compuesto con manto, ornamento y flores. Y en ésas andaban, después de que ya dieron las primeras para el rosario y la gente en sus casas se afanaba en lo propio para salir hacia la iglesia cuando, al parecer, apareció por el pueblo el infeliz de Amaro...





III


Dadnos el agua Señora
que bien nos la podéis dar,
que tenéis en vuestro pecho
una fuente manantial.





Hace dieciséis años que en el pueblo no se oyen las rogativas. Eran unas rogativas hermosas, bien traídas, cultas y llenas de piedad. Unas rogativas que Don Malaquías, hombre ávido en el estudio de las tradiciones populares, había repasado y aún investigado con fruición. Para él escapaban de la raíz común de otros cantos populares, sacros o no, del pueblo. Para el maestro eran fruto del ingenio de algún poeta ilustrado y, a falta de documentación que señalara su origen exacto, se trataría con toda probabilidad de un canto foráneo, importado de otro lugar y extraído de algún contexto religioso o místico, que se había incorporado al acerbo popular tradicional, más por su belleza que por su identidad. De hecho, según Don Malaquías sostenía, todos los cantos de ruego de los pueblos de alrededor eran muy similares entre sí en estructura y contenido y nada tenían que ver con el propio.

El señor cura se apoderó del pensamiento común.

- Dieciséis años que no se cantan las rogativas, pero no será por la abundancia, que no la hay, sino más bien por no remover recuerdos, conciencias ni sentimientos.

Aquélla tarde de mal recuerdo comenzó el pobre a buscar de casa en casa. La tarde era densa como la atmósfera del bar cuando se derriten los caldos de gallina y las farias, y la garganta de Amaro era como secarral rabioso. Andaba sediento el pobre y sólo apelaba a la caridad de la gente.

- Un poco de agua por caridad.

- Ande hombre, y vaya con Dios. Si tuviéramos agua no nos veríamos en éstas. Vaya por ahí y que Dios le ampare.

Casa tras casa la gente le fue dando con la puerta en las narices mientras espabilaban las cuatro cosas para llegar a tiempo a la procesión.

- Ande hombre y váyase a otro lao. A pedir agua que viene... Vaya, vaya, y no moleste, no ve que vamos a la iglesia...

Nadie duda que tuvo que oir el pobre los primeros cantos de las rogativas mientras buscaba inútilmente en casas, fuentes y pilas con qué apagar la sed insoportable que le ahogaba. Hay incluso quien mantiene que se le vio, pobre y hundido, como uno más tras la imagen de Nuestra Señora.

El señor cura, sorprendido por la expectación que había generado su relato reprochó a la concurrencia:

- Caramba, voy a tener que dictar la homilía también en el bar. Parece que aquí acaparo más el interés de la audiencia que en la iglesia. ¿Verdad Serapio?. Es la primera vez que observo que me oye sin bostezar...

- Calle, calle, señor cura. No ofenda, que a mí siempre me ha inspirado su didáctica y su dialéctica. Y diga de una vez cómo pudo pasar. Yo creo, y si usted me permite, que alguien tuvo que aprovecharse del desdichado, porque de que fue una borrachera lo que acabó con él no hay duda... Está lo dicho por Nicanor, aquí presente, que vio pasar al hombre, después de que acabó la procesión, por delante de las huertas de abajo dando tumbos como un zascandil.

- No hay duda. Pero en nuestras conciencias quedará la duda de si lo que acabó con el pobre infeliz fue más el vino que encontró que el agua que no le dimos... y ustedes me entienden señores, que escurrir el bulto es sencillo, y de poca caridad se peca más que de olvido, y más claro el agua cuando la dan, y aquí se dicen verdades y si no gustan peor para ustedes....

- Calma señor cura, porque se ha llegado a un punto que es el del meollo propiamente dicho. Y falta por aclarar de dónde salió el vino que calmó la sed del infeliz...

- Dice bien, Evaristo, como siempre. Y aquí perdemos la pista. La historia en este punto se torna confusa. Hay quien dice que si lo robó. Pero lo cierto es que, que se sepa, nadie registró faltante ni merma en almacén, despensa o zaguán y, por otro lado, el cuento popular que se fue gestando en la taberna y en otros lugares de holganza sobre los dos milagros que Nuestra Señora obró aquélla tarde, no merecen ni mi atención de sacerdote ni mucho menos, mi reflexión de hombre sensato.

- Perdone que diga yo ahora, Padre, pero ni su magistratura ni el conocimiento que pueda tener de los hechos que tratamos le permiten desechar de manera tan categórica la naturaleza sobrenatural de todo lo ocurrido.

- Alcalde, le perdono la ignorancia y hasta el atrevimiento, por ser usted quien es y por lo que para mí significa la autoridad municipal que le inviste. Pero como vaya a hablar aquí ahora de las fuentes que manan vino, este cura echa cartas y deja el asunto así, que le diré que me ha quedado un mal regusto con ese irse al tran tran que han tenido aún llevando yo treintayuna de mano...¿Estamos?

- Estamos Padre. Dé cartas y tengan paciencia, que la primera debe ser siempre corrida y sin señas.

IV


Dadnos el agua Señora
aunque no lo merezcamos,
que si por merecer fuera
ni la tierra que pisamos.



Se encontró tres veces Amaro, el forastero sediento y menesteroso, de frente con la procesión del agua aquélla tarde. Amaro, mal vestido y temeroso de las burlas de la chiquillada, eludía como podía por calles y callejones el cortejo y su boato. Tres veces que, sin querer, se encontró con la imagen de la Virgen del Rosario y la feligresía postrera. Pero fue la última vez cuando notó que la gente pasaba delante de él sin verle y, casi de manera imperceptible, que Nuestra Señora volvía la cabeza para contemplarle llena de piedad y, aún, de misericordia. Volvió tras sus pasos y salió del pueblo. Los cantos se perdían a lo lejos y él recordó algo que oyera en su pueblo, de niño, sobre un lugar donde no había caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá.

Justo en el cruce volvió a ver la fuente de aguas ferruginosas que, otras veces, le ayudó a aplacar la sed. Unas horas antes había intentado sin éxito sacar agua con la bomba y todo había sido en vano. Algo le movía, no obstante, ahora a volver a la fuente. Dio sólo dos golpes con la bomba y observó perplejo, que salía lo que creyó agua. Desesperado posó sus labios sobre el borde y nada entendió cuando su garganta se llenó de vino espeso de la Ribera del Duero. Se retiró asustado ante tamaño descubrimiento. Miró a su alrededor y a nadie vio. Volvió a dar al mango y a degustar el espléndido caldo. Poco sabía de buen vino el pobre pero apreció con claridad que de allí manaba en abundancia un tinto crianza de extraordinario paladar, con matices frutales en el regusto postrero de bayas rojas y aromas secundarios que delataban un envejecimiento muy equilibrado en cubas de roble americano. Bebió y bebió el hombre con frenesí, mientras a lo lejos repicaban las campanas y aún se oía a la devota concurrencia pedir agua. Se rió el pobre de todos. Se rió también de sí mismo y siguió bebiendo hasta que ya no pudo más. Cogió a duras penas el sendero que sale hacia las huertas de abajo, y se detuvo, aturdido y tambaleante ante la huerta de Nicanor quien, con su azada en ristre, limpiaba malezas y mataba la tarde. Quiso hablarle para contarle la bendición de la fuente, pero sus palabras se trababan en su boca y decidió seguir caminando. Al poco, malherido ya por los chorros etílicos que inundaban su cerebro, buscó un lugar donde dormir y lo encontró muy a propósito entre unos arbustos, al raso, junto al cauce seco de un arroyuelo fuera de servicio desde años. Se quedó dormido plácidamente mientras se dibujaba en su cara una mueca placentera y gozosa. Tronó el cielo de una manera descomunal y en menos de lo que se dice se llenó de nubes densas y negras. El segundo milagro de la tarde estaba a punto de dar comienzo.

V



Virgen de La Antigua,
de la Antigüedad,
si llueve, que llueva
del mojón p'acá.


Las tardes de mus son largas como barbas de franciscano, sobre todo cuando el juego interesa menos que los cuentos, y las cartas, como el dinero, se van siempre con los mismos. El señor alcalde, todo curiosidad investigativa, no se resistía a abandonar el relato, mucho menos cuando los fenómenos naturales afectan a la historia del pueblo y la prevención de catástrofes es área del máximo interés colectivo.

- Perdóneme el páter y no es por abundar, que entiendo cuando se acaba una conversación y no quiero mortificar, pero hay algo en todo lo relatado que me interesa especialmente desde mi responsabilidad de munícipe.

- Diga, diga, hijo...

- Háblenme de la tormenta, mientras paso a grande...

- De eso le hablo yo que lo recuerdo muy bien.

- Hable Evaristo

- Fue algo sorprendente. No acababa de entrar la procesión en la iglesia cuando comenzó a llover. La gente salió a la puerta y los más se quedaron como en éxtasis. Los había que lloraban, los había que reían. Se abrazaban. Otros se arrodillaban ante la imagen susurrando “milagro, milagro”. Nadie se lo podía creer...

- Poca fe y aún menos confianza... para que vean si Don Jacinto, que paz tenga, tenía razón. Diga si no Don Malaquías...

- Verdad es. Pero no cabe duda que fue fenómeno digno de estudio. Sé que aún despierta el interés de muchos estudiosos en la Diputación y en otras instancias. En realidad ¿qué fue aquello?. Llovió y llovió de una manera bárbara. Imposible hasta calcular los litros que cayeron por metro cuadrado en aquélla noche torrencial. La tormenta del siglo la llamaron algunos. Agua estéril que no sirvió para nada si no para hacer daño, inundar campos y pagos, casas y casonas, arruinar las esmirriadas cosechas y todo para qué, para que no volviera a llover en meses después de eso... Todo esto sin hablar de algunas características concretas y particulares que tuvo el fenómeno y que aún no se explica nadie. Aquí vinieron varias veces los de Obras Públicas y los de Desarrollo Agrario a ver qué había pasado y se fueron como vinieron..."fenómeno atmosférico violento" lo llamaron y se quedaron tan tranquilos...

- Cuente Don Malaquías, a qué se refiere...

- ¡Coño con la pregunta!, y discúlpeme el señor cura por el exabrupto...ya lo sabe usted... ¿Por qué llovió sólo en nuestro término municipal, mientras en todos los de alrededor no cayó ni una gota?. Cosas curiosas, amigo alcalde, que no tienen explicación...

- No la tienen maestro, ¿y sabe por qué?, porque a la fuerza hubo intervención divina o sobrenatural o como usted quiera...

- No me haga reír alcalde, y más vale que hable de pares si no quiere que me ponga el bonete y me vaya a la rectoría de una vez. Delante de este cura no se toman las cosas de Dios en vano ni a la ligera, que usted lo sepa. ¡Cómo si Dios no tuviera más ocupaciones que ésas!. Calle y siga.

- ¿Y, lo del pobre hombre qué le parece a su reverendísima?

- Casualidades, ya le dije. La mala fortuna del desdichado.

- ¿Mala fortuna llama a que se ahogara en un arroyo seco?.

- Disculpen que diga pero lo cierto es que al arroyo de las huertas de abajo yo nunca le conocí agua en mis cerca de setenta años. Sin duda lo copioso del aguacero llenó sus manantiales. Eso no es tan raro, al menos se explica desde el punto de vista de la física. La teoría de los vasos comunicantes, usted sabrá... Y ahí se justifica que el susodicho encontrara la muerte en el cauce donde se quedó dormido. Curioso fue también que al día siguiente el arroyo volvió a cegarse para siempre jamás.

Terció el practicante que hasta ahora tan sólo practicaba de espectador privilegiado.

- Les diré algo que nunca he querido contar. Pero como practicante que tuve la responsabilidad de realizar la autopsia del tal Amaro, algo me impresionó sobre manera. Nunca vi un cadáver en la mesa de necropsias con tanta cara de felicidad. Era sorprendente. Sentía al verle allí, yo con mi cuchillo en la mano, como que el desdichado y el muerto era yo. Por lo demás lo que ya saben... agua en los pulmones y vino en el estómago.

- Sigamos con el juego, Evaristo, no entremos en detalles que si con este solomillo que yo llevo y las duples suyas no nos salimos, mañana no vuelvo. Envido a pares.

- Tiene que ser órdago, maestro.

- Veo.

- Yo tengo duples de reyes.

- Entonces pregunte qué se debe Evaristo que este maestro se va a su casa.

Hubo tiempos en que las cosas pasaban porque tenían que pasar y los hombres se volvían locos buscando explicaciones. Hubo tiempos en que los pobres se morían como perros mientras la gente cantaba rogativas y de las fuentes manaba vino tinto de La Ribera. Hubo tiempos en que la mala conciencia no dejaba dormir a la gente y los arroyos secos se llenaban de agua cristalina gozosa y cruel.

Los hubo en verdad, pero vendrán otros en que los forasteros no tendrán que pedir lo que es justo por caridad, los hombres sabrán repartir el agua y las cartas de la baraja, como el dinero, no se irán siempre con los mismos.

José Manuel Díaz Olalla
Diciembre 2004



Nota del autor: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

(Publicado en la revista “Amigos de Hacinas”, primer trimestre de 2008)






lunes, 17 de diciembre de 2007

EL SEISCIENTOS






Recientemente, mientras paseaba por un pequeño pueblo italiano al pie de los Alpes Dolomitas, presencié una escena que me trajo a la cabeza recuerdos imborrables de mi infancia en Hacinas. Una familia se instalaba a duras penas en un pequeño utilitario cargado de maletas mientras un grupo nutrido de personas del lugar se arremolinaba alrededor para despedirles. “El fin de las vacaciones”, pensé, y sin poder evitarlo mi mente voló a Hacinas, muchos años atrás, cuando mi familia protagonizaba, año tras año, una escena similar rodeada de amigos, vecinos y familiares.

Era ese, sin duda, uno de los días más feos del año. Uno de esos días tristes y angustiosos que había que vivir obligatoriamente. Hablamos de una época en que un viaje largo por carretera (de Hacinas a Ciudad Real o, años después, de Hacinas a Madrid) era una aventura arriesgada. Generalmente los preparativos empezaban varios días antes con el desarrollo de actividades de diferente índole, tales como la organización, clasificación y embalaje de maletas, cachivaches y regalos, la selección y envoltura de comida –“…como el chorizo de aquí no hay nada, anda majo llevaros otra sarta que en Madrid no tenéis de esto; el de la última matanza ha salido mucho bueno…”-, y la puesta a punto del motor del vehículo. De esta manera todas estas cosas ocupaban el tiempo de esas jornadas, cargadas de frenesí y de amargura ante el final de una época mágica –los veranos en Hacinas siempre lo eran- y la inevitable despedida de familiares y amigos.

Una epopeya en realidad si pensamos cómo eran las carreteras de entonces y los vehículos con que nos movíamos. Ahora hacemos un viaje de esos a los que me refiero como el que se da un paseo. Pero en los años 60, y aún en los 70, la pequeña hazaña era muy digna de considerar. Algunos historiadores locales de la época contemporánea me han asegurado en alguna ocasión que el primer SEAT 600 que tuvo mi padre fue el primer vehículo particular a motor que se vio circular por las calles y los caminos de Hacinas. Se trataba de un coche matrícula CR-10257, de color verde claro, con baca y embellecedores, y comprado posiblemente en el año 1961. Aunque casi no lo recuerdo siempre me han contado que montarme en él era mi delirio y que no me cansaba de presumir delante de mis amiguitos.

- Cuando venga mi padre a buscarnos para llevarnos a Madrid le voy a decir que nos lleve a todos de excursión…
- ¿Y nos llevará a Burgos?
- Eso está muy lejos… le diré que nos lleve a las piscinas.
- ¿A las piscinas? Ya están los veraneantes haciéndose los chulos…
- Déjales, bien tontos que son…

Recuerdo bien los viajes que nos daba a las piscinas de Navaleno o a las de San Leonardo o incluso, el día que nos sentíamos más valientes, a las de la Yecla. Y aunque las excursiones veraniegas estaban muy bien nada era comparable con la solemnidad y la gravedad con que se preparaba la partida del final de vacaciones. De alguna manera era un acontecimiento triste en la vida de la familia. Una separación dolorosa agravada por las limitaciones de la comunicación y del transporte propias de la época de infra-desarrollo de la que hablamos, y sobre la que permanentemente sobrevolaba la incertidumbre de saber si volveríamos a encontrarnos nuevamente, tanto por la edad de algunos como por el riesgo que corrían otros al viajar de esa manera con esa alegría.

Partíamos hacia la aventura con el 600 cargado hasta los topes, la baca repleta, renqueando en cada cuesta, sin unos cinturones de seguridad que todavía no se habían inventado y dispuestos a recorrer más de 250 kilómetros por una carretera nacional de la que hoy tan sólo quedan vestigios en forma de vías de servicio o de caminos rurales (algún día descubrirán restos de la antigua N-I y los analizarán como a las ruinas de Clunia). Piloto y copiloto vigilaban la temperatura del motor a cada rato por si se calentaba, circunstancia esta muy frecuente, en especial en algunos momentos más delicados del viaje, como cuando coche, bultos, maletas, matanza, algún pollo vivo que se había unido a última hora, familia y todo encaraba las primeras cuestas del Puerto de Somosierra detrás de un camión al que ya no podrías adelantar, y con suerte, hasta Alcobendas.

Aquél coche debió ser uno de los primeros que se fabricaron en España, ya que según relatan los anales el primer SEAT 600 que salió de la fábrica lo hizo el día 26 de junio de 1957: antes de que un servidor naciera. Podemos decir por ello que yo, aquí donde me tienen, soy posterior al SEAT 600, aunque poco. Años después mi padre, fiel a sus principios, compró otro 600, en este caso de color azul, matrícula M-755075, que es el que yo recuerdo con más claridad porque lo usé hasta su final. Pero, aunque casi idéntico al anterior, jamás llegó a emocionarme tanto ni a regalarnos a todos las tardes de alegría y gloria que nos dio el primero. Y lo digo a pesar de que con el último hemos corrido también aventuras muy notables, como esa que se observa en la foto de atravesar el Cerro de Huerta en plena nevada con familia y maletas incluidas. En todo caso nada tan impactante como las vividas con el primero de la serie. El original. El que marcó una época.

Hubo una época en la historia reciente de Hacinas que el final del verano presagiaba viajes de aventuras, separaciones dolorosas y prolongadas y la incógnita de si volveríamos a encontrarnos. Hubo una época no tan lejana en que veraneantes e hijos desterrados por la necesidad afrontaban el final de las vacaciones como si se tratara de uno de esos espejismos que, cuando pasan, nos muestran de nuevo la realidad cruda de nuestras vidas.

Hubo una época reciente en la historia de nuestro pueblo en el que la llegada del 600 y de otros artilugios a motor que vinieron después nos anunció la gran noticia de que un tiempo nuevo estaba empezando también para nuestro pueblo.




Manuel Díaz Olalla

(Publicado en la Revista Amigos de Hacinas, nº 117, 3er trimestre de 2007)

viernes, 10 de agosto de 2007

JESUSÍN



No diremos que era un chico malo. No. Travieso, sí, y ahí no seré yo quien le quite a usted la razón. Y revoltoso también. Sí, ya sé que no es fácil de creer. Pero hasta donde llegan mis recuerdos infantiles, esa caja de pandora que duerme en algún sitio recóndito y que perdemos de vista durante decenios para volver a recuperarla en toda su plenitud cuando el Alzheimer hace presa de nuestro cerebro y de las fuerzas de los que nos rodean, Jesusín no era precisamente una hermanita de la caridad.

Jesusín, el de "El Pollo" (en esa terminología tan nuestra que consiste en denominar a cada quien con el nombre o el apelativo familiar más característico), siempre fue mayor que yo. Es posible que ahora parezcamos quintos e, incluso, que con los años, él llegue a parecer más joven, hasta eso le perdonaría. Son las pleitesías del tiempo que diluye día a día las distancias cronológicas hasta igualar e incluso subvertir órdenes y aún conciertos. Pero en aquellos años de los que quiero hablarles Jesús era, sin lugar a dudas, mayor que yo. Y, a esa edad, esa diferencia se traducía, invariablemente, en autoridad aceptada y aceptable. Una autoridad que, por cierto, él ejercía con paciencia y magnanimidad. Recuerdo que ya entonces se dibujaban en sus gustos y en su carácter sus más conocidas y celebradas aficiones de adulto. Pongamos, por ejemplo, una tarde atorrante del mes de Julio del año 1968. Como aquél que dice, ayer.

- ¿Dónde la echamos hoy Jesús?
- Hoy a toros...
- Yo no quiero jugar a toros más, que siempre me claváis muy fuerte las banderillas y me jodís...
- Bueno pues a esbararnos a sancirbián... ¿dónde buscamos cartones?
- Yo a esbararme no juego, que ayer volví a casa con la culera del pantalón rota y mi abuela me acabó de poner el trasero en condiciones...
- ¡Mira que sois flojos los veraneantes!.....bueno, pues a fútbol, voy a por el balón y nos vamos p’a campo el valle...pero hoy me pido yo del Atletic de Bilbao, y no se habla más...
- Bueno, Jesús, como tú digas....

Llamo la atención, respecto a esta conversación verídica, de cuatro rasgos definitivos de su personalidad: los toros, el fútbol, el surf y la madera de líder.

Es cierto que abandonó su afición al surf a edades tempranas y a la fuerza: las laderas de sancirbián se pusieron imposibles de transeúntes, y en Hacinas no acabaron de construir el puerto de mar que esperábamos (bastante fue que trajeron el agua corriente). Pero de las otras...¡ay las otras!. La taurina le llega de tradición familiar y la ha bebido, desde niño, en su Huerta natal. En aquellos años de los que hablo puso mucho interés en inculcarnos a todos los mocosos la afición por el arte de Cúchares. Con éxito desigual, hay que reconocerlo. Como si fuera hoy le recuerdo en aquellas tardes de estío y de gloria torera, encaramado al peñuco que con esa forma prodigiosa de caballo de picador se encontraba situado en la calle que sale de la antigua casa de Pedro (q.e.p.d.), (hoy casa rural), y llega hasta la casa de Carlitos (“el de Timoteo”, q.e.p.d.). Después de organizar la cuadrilla y asignar los papeles (tú banderillero, tú presidente, tú toro, yo picador), comenzaba la fiesta propiamente dicha que llegaba a su cúlmen cuando Jesusín, encaramado a la peña caballera aplicaba el justo y debido castigo con la pica sobre el inocente costillar del infeliz toro, poco antes de que este cayera desfallecido y fuera arrastrado a la sala de despiece, sin dar tiempo siquiera a que entrase en escena el matador. Mi amigo y compañero Alberto, “el de Amancio”, rememora estos pasajes en otro artículo de este mismo número, no sabemos si porque sigue teniendo clara la memoria o porque todavía le escuece el lomo.

Pero lo cierto es que por la dureza de la fiesta, sobretodo para el que le tocaba el papel de toro, o por otras cuestiones que no vamos a analizar ahora, la afición no prendió de manera intensa entre la lechigada de muchachuelos que llenábamos las calles de Hacinas bajo las preclaras órdenes de Jesús, el jefe de la cuadrilla. Mucho más suerte tuvo al inculcar valor y afición a un primo suyo de Huerta que con el tiempo ha llegado a ser una auténtica realidad del mundo de los toros: sé de buena tinta que casi todo lo que sabe el famoso novillero huertano Jarocho sobre el arte de torear se lo enseñó su primo Jesusín. Él fue quien le explicó por vez primera cómo había que agarrar el engaño para dar una buena chicuelina, cómo había que recibir al morlaco en la salida de chiqueros llamada de portagayola , y cómo es eso de vestirse por los pies antes de dar el paseíllo. Buen maestro tuvo Jarocho, y los resultados están a la vista. Pero el tiempo no acompañó, y los quehaceres tampoco y Jesús tuvo que renunciar a ser figura del toreo y se quedó en maestro de maestros y fino aficionado, que no es poco. Hoy es tarde para pensar en coger el estoque porque los años pasan y pesan y, como al otro famoso Jesusín del toreo contemporáneo, “Jesusín de Ubrique”, la forma física ya no acompaña. Una auténtica tristeza para los que alguna vez soñamos con ver en los carteles de los mejores cosos nacionales y extranjeros el nombre de Jesusín de Hacinas, entre los de los más grandes maestros de la fiesta nacional.

En su otra gran afición conocida, la del balompié, ha cosechado más éxitos. Tampoco llegó a ser el crak que hubiéramos necesitado hace años para mayor esplendor del deporte local, pero tanto como jugador del equipo verdiblanco de nuestro corazón, en aquellos años gloriosos que todavía pueden consultarse en las fotografías de las hemerotecas (sí, ha pasado mucho tiempo pero por entonces ya se había inventado la cámara fotográfica), como ahora en su calidad de míster del equipo, su trayectoria y sus éxitos están grabados a fuego en las retinas y el cacúmen de la afición hacínense. Tanto así, que esa misma afición que le sigue y le venera hace tiempo, le confunde a veces y otras le compara con algunas famosas glorias del fútbol, aclamándole como el auténtico Benhaker de nuestro deporte favorito.

Sobre su liderazgo, del que ya apuntaba buenas maneras en aquellos años de nuestra niñez, poco tengo que contarles que ustedes ya no sepan. Será difícil encontrar algún acontecimiento grande, mediano o pequeño que tenga que ver con el desarrollo y el bienestar de nuestro pueblo, y con la convivencia de todos en los últimos veinticinco años en el que no esté presente (animando, promoviendo, trabajando desinteresadamente) mi amigo Jesús. Yo tengo que decir aquí algo que nunca ni a él le he dicho (¿por qué nos costará tanto algunas veces decir las cosas que pensamos a las personas que queremos?): que he aprendido muchas cosas de él. He aprendido y admirado su tesón, su paciencia, su compromiso con todos, y su eterno buen humor. Cuando ahora se habla tanto de promover el voluntariado como valor social sin límites, pienso que de eso también podría enseñarnos muchas cosas Jesús. Creo que gracias a él y a otros como él, Hacinas es un pueblo próspero donde la convivencia es cada día mejor y donde el deporte y la cultura, como llamas que es preciso cuidar a todas horas, siguen encendidas.

Una vez me explicó mi admirado Severiano (q.e.p.d.) que cuando llegó, muy joven, a trabajar a Madrid, recién salido de Hacinas y aún convencido de que nuestro pueblo era algo así como el centro del mundo, las señoras que se acercaban a comprar a la tienda de la que él era dependiente le preguntaban:”¿De dónde eres, muchacho?”; y él les contestaba: “De Hacinas, señora”. Contrariado por la reiterada y poco aclaratoria respuesta, su jefe un día le llamó la atención: “No digas que eres de Hacinas, di que eres de Burgos....porque ¿qué coño sabe nadie dónde está Hacinas?”. Este pasaje entrañable me ha venido estos días a la cabeza a raíz de un episodio vivido por mí recientemente, en el que por mi exceso de modestia o por mi desconocimiento de la inmensa realidad y de la imparable presencia de nuestro pueblo en el mundo, cometí el error contrario al referido en el precedente relato, dejándome llevar estúpidamente por las antiguas recomendaciones del jefe de Severiano. No me resisto a contárselo.

Conocí hace unos días en Madrid a un madrileño (no crean que es tan fácil) que, por mis datos, nada tenía que ver con nuestro pueblo, comarca ni, incluso, provincia. En el curso de la conversación me preguntó que de dónde era. Le contesté, quizás por afinar la situación geográfica en clave macro, que de la provincia de Burgos. Antes su interés por obtener más precisión y considerando yo equivocadamente que nuestro pueblo sigue sin aparecer en muchos mapas, le reiteré que de un pueblo cercano a Salas de los Infantes. Sorprendentemente mi interlocutor tampoco quedó satisfecho con la nueva contestación pidiéndome que, definitivamente y sin mayor dilación le dijera claramente y sin tantos ambages cuál era el nombre exacto de ese lugar. Algo obstinado yo también por tanta cuestión no tuve más remedio que contestarle que de Hacinas, seguro como estaba que le daría igual esa respuesta que, por ejemplo, esta otra: “de Cabezón”. Cuál no fue mi sorpresa al observar que este desconocido, con el tan sólo título de excursionista de fin de semana interesado en los lugares de España, conocía perfectamente Hacinas, lo había visitado varias veces y le parecía “(sic)...uno de los pueblos más bonitos e interesantes de España”.

Traigo aquí esto a colación más por su moraleja que como episodio digno de mención, y en la seguridad que tengo de que el trabajo callado y persistente a favor de nuestro pueblo de muchos, entre los que destaca de manera nítida mi amigo Jesús, y otros que ya no están como el llorado Angel Ruiz, q.e.p.d., están consiguiendo que el nombre de Hacinas, cada vez con más razones, se pueda pronunciar sin temor a recibir una expresión de extrañeza o un parpadeo de indiferencia donde quiera que lo expresemos.

Releo esta piececilla ligera rápidamente antes de enviarla y me quedo con la sensación de haber escrito algo parecido a un panegírico de esos en los que se glosan las virtudes de alguien cuando se nos va. Nada más lejos de mi intención ni, por supuesto, de mi deseo. Tan sólo que creo que mi amigo Jesusín, ya saben, Jesús “el de El Pollo”, se lo ha merecido mucho antes.

José Manuel Díaz Olalla

(Manolito, “el de la tía Margarita”,
o también, Manolito “el de la Agustina”)


(Publicado en "Amigos de Hacinas", en fecha indeterminada)

lunes, 18 de junio de 2007

Agustina es tu nombre




Ha muerto mi madre. Y un dolor indescriptible ha llenado nuestros corazones. Se fue como vivió, discretamente e intentando molestar lo menos posible. Es cierto que no existe nada más inesperado que la muerte, pero la de ella lo fue tanto que a todos nos ha hecho reflexionar, otra vez, sobre el sentido que puede tener que esa línea que separa la vida de su ausencia sea tan borrosa, tan imprecisa, tan poco fiable…
Si algún consuelo nos queda a quienes tuvimos la suerte de vivir a su lado es que, hasta el final, disfrutó de la vida y fue feliz. Porque a pesar de que durante los últimos años el mundo se le hacía, cada vez, un enigma más y más indescifrable, mantuvo siempre un decoro y una dignidad que nos llenaba de admiración. Hasta su último momento supo disfrutar de una conversación interesante, de una comida rica, de la compañía de su familia (en especial la de la hija más querida, María Jesús), de una canción bonita, de una poesía bien recitada o de un recuerdo, siempre presente, que le transportara a Hacinas. Cada día de su vida fuimos capaces de despertar toda la luz de su rostro y de observar cómo los ojos se le llenaban de alegría tan sólo con nombrarle Hacinas o proponerle un plan de una próxima visita para pasear por sus calles y saludar a su gente.
Y murió como vivió, amando su pueblo a cada instante. E inculcándonos a todos ese amor por Hacinas, por sus gentes, por sus rincones y por su cultura. Si desde niño aprendí a querer a Hacinas fue por lo que me enseñaron las mujeres que más han marcado mi vida: mi abuela Margarita y mi madre.
Pocas veces en mi vida me he sentido más orgulloso que, cuando después de mucho tiempo sin verme, alguien en Hacinas, se ha preguntado:

-¿Este quien es?
Y otro, o yo mismo, ha respondido:
-Manolo.
-¿Manolo?, se ha interrogado el interlocutor incrédulo.
-Sí, Manolo, el de la Agustina…han aclarado por fin con la seguridad de que, ese dato, era definitivo.

Como soy y seré para siempre Manolo el de la Agustina puedo contar aquí que si esta familia, la mía, ha perdido a la persona más querida, este pueblo ha perdido a una hija fiel y esta revista que usted tiene en sus manos, a una lectora ferviente y a una propagandista acérrima en cualquier lugar donde se encontrara. Durante años la llegada a casa de la “Revista de Hacinas” era uno de los grandes acontecimientos del trimestre, y su lectura y los comentarios que surgían de la misma una de sus aficiones favoritas. Esta actividad y las conversaciones telefónicas con Felisa y con Esther cuando llegaban a Madrid tras un viaje a Hacinas, sin duda, fueron para ella una inagotable fuente de información y el cordón que, de alguna forma, la mantenía en contacto con su pueblo y su gente.
En los últimos tiempos recuperó, de su memoria, algunas anécdotas y poemas perdidos por el paso de los años que no dudaba en recitar en los momentos que ella consideraba más apropiados. Y como quiera que, a su modo de ver, el espejo, últimamente, no le hacía la justicia que ella merecía, con frecuencia le gustaba declamar una poesía que alguien le compuso cuando su juventud se debía mostrar en toda su plenitud –nunca confesó quién fue su autor, si un familiar, un pretendiente anónimo o mi propio padre-, y su belleza, según cuentan quienes la conocieron entonces, era deslumbrante:


“Agustina es tu nombre,
Olalla por apellido,
la miss del pueblo de Hacinas,
hija del tío Ceferino.
Sumisa sin los apaños
de enfermizas vanidades,
tiene unos ojos castaños,
con un reír sin engaños
que infunde tranquilidades…”

Ha muerto nuestra madre y su ausencia repentina nos ha llenado a todos de dolor. Murió como vivió, amando a su pueblo y a su familia y rodeada del cariño de todos.
Si alguna vez observáis en mí o en mis actos algún rasgo de bondad, no lo dudéis: eso lo aprendí de mi madre.



Manuel Díaz Olalla
Manolo, el de la Agustina

(Publicado en la revista Amigos de Hacinas, 2º trimestre, 2007)

domingo, 14 de enero de 2007

Jesús "El Pollo" (crónica triste de despedida)

JESÚS, EL DIA DE SUS BODAS DE ORO,... UN POCO ANTES DE DEJARNOS DEFINTIVAMENTE


La noticia, de boca de su hijo Julio, aquélla mañana prenavideña fue, además de sorprendente, como si mi gran amigo me hubiera planteado un enigma que no acertaba a comprender. Nos había dejado Jesús El Pollo, así, sin avisar, y su sola ausencia generaba un desorden y un desconcierto en mis referentes vitales muy difíciles de desentrañar.

Porque Jesús ha sido muchas cosas para mí. Desde luego una presencia consustancial a Hacinas. En multitud de recuerdos, en casi todos, que conservo de Hacinas desde que era niño aparece Jesús como era él: bonachón, divertido, trabajador, amante y admirador de los suyos, y siempre dispuesto a una buena conversación o a una partida de cartas. Llegar a Hacinas, a partir de ahora, y no encontrarle se me va a hacer muy extraño y difícil.

Recopilé con urgencia aquélla mañana anécdotas y pasajes infantiles y de juventud en los que aparece él, y he pasado algunos buenos ratos con esos recuerdos: como cuando íbamos, ya mocitos, Jesús padre con Jesús hijo, Julio y yo a pescar cangrejos a Cascajares y fingíamos ataques súbitos de tos cuando encendía su rosli para disimular delante de él, ilusos de nosotros, que ya a esas alturas éramos fumadores impenitentes y empedernidos; o cuando le acompañábamos las noches de las fiestas de Santa Lucía a repartir los mozos a los que había sentado mal algún vino por toda la comarca, de pueblo en pueblo, y las carcajadas que nos producían las torpezas etílicas que cometían; o cuando interpretábamos el papel, al amanecer, de que nos levantábamos de la cama cuando en realidad si estábamos vestidos a esa hora era porque en ese mismo instante en que él se despertaba nosotros pretendíamos acostarnos...

Tantas anécdotas recordé de tantos momentos compartidos, y otras muchas que no cuento, que sentí sin duda que alguien muy importante en mi vida desaparecía para siempre.
Alguien me hizo llegar una de las últimas cartas que escribió y quedó sin enviar. Le decía a un amigo en relación a mi presencia en la foto de toda la familia celebrando las bodas de oro, que yo estaba en ella porque era “como un hijo más y que él me tenía como tal”. Me emocionó leerlo porque, verdaderamente yo me he considerado siempre, en esa gran familia, como uno más. Por eso entiendo ahora lo que noté cuando Julio me dio la fatal noticia: fue un escalofrío de orfandad porque yo también, como todos sus hijos, me quedé un poco sin padre aquélla mañana de Diciembre.

He oído decir, y creo haberlo comentado en estas mismas páginas, que la llegada de Jesús y Julia a Hacinas hace cincuenta años supuso, de alguna manera, una pequeña revolución en aquélla sociedad rural muy endogámica, y demasiado cerrada e impermeable. Eso, por lo que tiene de cambio de mentalidad, y la incomprensión que produjo a su alrededor tuvo que acarrear más de un disgusto a la joven pareja. Pero el esfuerzo, visto con esta perspectiva que ahora tenemos, sin duda ha merecido la pena. Si algo maravilloso hizo Jesús en su vida, junto con su inseparable Julia, fue levantar ese gran imperio que es esa extraordinaria familia.
Por eso y porque fue un hombre eminentemente bueno es por lo que la siguiente mañana a la tan triste a que me refiero apareció un sol espléndido de invierno en el cielo serrano y el castillo de Hacinas, el camposanto y toda la campiña de alrededor no fueron capaces de acoger a la cantidad de gente que llegó, emocionada, a darle el último adiós y a acompañar a su familia, rota por el dolor.

Dolor que es el mío porque también lo es esa familia.

Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas" en Enero de 2007)

domingo, 17 de diciembre de 2006

La necesidad fisiológica y el progreso



Buceando en carpetas ajadas por los años y la desidia, en el trastero de casa, sin buscar nada concreto (últimamente lo hago tan a menudo que estoy pensando en preocuparme), me doy de bruces con una carta fechada en Hacinas el 8 de Enero de 1973, firmada por el Alcalde Don Bonifacio Rojo, dirigida a mis padres, en la que les anuncia que van a iniciarse las obras de “abastecimiento de aguas y saneamiento”.
El descubrimiento de esta deliciosa pieza, que es ya un documento histórico sobre el progreso de nuestro pueblo, y su lectura, me llevó a recapacitar sobre el efecto tan definitivo que la construcción de este tipo de infraestructuras (las de saneamiento ambiental) tiene en las importantes mejoras de la salud de la gente, en la disminución de la mortalidad infantil y en los incrementos notables de la supervivencia, de la calidad de vida y de la esperanza de años que cada cual puede esperar vivir. Incluso diré que los trabajos que se realizan en el ámbito de la salud pública internacional nos ayudan a clarificar el hecho de que, en términos de beneficios para la salud, es más importante la adecuada eliminación de excretas y aguas negras que la propia disponibilidad de agua potable en los domicilios.
En el documento histórico que hallé en mi trastero y al que me refiero, las justas argumentaciones que expone la autoridad y la pertinente solicitud de aportación a cada vecino me hizo recordar cómo era la vida en Hacinas antes de que se iniciara tan determinante suceso: ése que quedó grabado en nuestra memoria colectiva con el eufemismo casi bíblico de “la traída de las aguas”.
Los hacinenses que tienen menos de cuarenta años en la actualidad, y que por lo tanto no habían nacido o eran muy niños cuando ocurrió tan feliz evento, no sabrán que hubo un tiempo en que caminar por algunas callejas del pueblo era, aproximadamente, como andar por campos minados.
- Mira por donde andas, ojazos, o vas a pisar donde no debes. ¿O es que no te das cuenta cómo está por ahí n’eso?
- ¡Vaya! Otro día vamos a coger moras por otro lado, porque por aquí n’esto viene mucha gente y no a por moras precisamente…
- Sí, más parece que vengan a dejar que a coger, como nosotros...
El progreso en general, y las nuevas tecnologías que trae consigo, como los váteres, tienen también su parte más negativa. Tal es el hecho frecuente de que nos aíslan a unos de otros y nos hacen más egoístas fomentando el individualismo más feroz. Se lo digo porque hubo una época en Hacinas (no hace tanto, ¡yo ya había nacido!, hablo del último tercio del siglo pasado) en que ciertas actividades personales que ahora muy poca gente se plantea realizar en público, no eran sino una expresión comunitaria y festiva de la necesidad fisiológica.
- ¿Dónde se habrán metido éstos?
- No sé, les busco hace rato pero ¡no están por tal tierra! Parece que les vieron trasponer por el lado de allá.
- Pó que se hayan ido a tirar el pantalón a la arrein de la tía María… ¡como si lo viera!
- ¡Pues como les pille les arrea un par de ellas detrás de cada oreja…!
- Déjales que se diviertan todos juntos, que son jóvenes…
Hubo un tiempo en que entrar en algunas casonas, establos o cochiqueras tenía doble ración de riesgo: el determinado por la presencia del bestiario doméstico y la disposición aleatoria de sus excrementos, y el añadido del derivado de la presencia humana que a veces evidentemente había sido urgente, cuantiosa y depositada en cualquier parte del recinto sin luces, señales, ni avisos de situación.
- Vamos a por hojas para los cochinos.
- Bueno, dame el caldero y te ayudo a cogerlas, pero luego les echas tú, que a tu casona no hay quien entre.
- No seas tan remilgao. Con que te fijes un poco se arregla el asunto. Donde veas un cacho periódico ya sabes que tienes que andarte con cuidado. Y se acabó.
Esa era otra de las grandes utilidades de la prensa escrita después de leída, y a veces antes: la de facilitar las actividades higiénicas de cada cual, por muy áspera que esa colaboración pudiera resultar. Eran tiempos donde el autoconsumo era un planteamiento vital, y el reciclado no era una actividad más del esnobismo, como lo es ahora, sino la expresión más patente de la necesidad. A la fuerza, que diría alguno, y yo lo suscribiría. Con la consiguiente ventaja de amenizar también, y previamente a su uso final, la parte más aburrida del proceso evacuatorio informándonos de cuanto acontecimiento digno de mención había sucedido en Burgos y la provincia.
Hubo una época, no tan lejana, en que la gente enseñaba a las visitas el cuarto de baño recién construido como una rareza, casi excéntrica, que nos imponía la modernidad que venía, impertérrita, a apoderarse de todo y a marcarnos una nueva forma de vivir. Una época donde el desconcierto inicial fue tan grande que hubo que vencer prejuicios y luchar a brazo partido contra una fuerza titánica, que es la de la costumbre.
- Tu prima se ha hecho un cuarto de baño de ésos con mármol en las paredes, pero dice que va a seguir yendo a la calleja a aliviarse p’a no mancharlo mucho.
- ¡Si será mostrenca!
- Déjala, así se orea un poco…
Hubo un momento en nuestras vidas en que se acabó lo que de comunitario y festivo había en la actividad fisiológica más común, mejorando la transitabilidad de callejas y callejones, aunque fuera a costa de disminuir notablemente los índices de lectura entre el vecindario. Se trata de tributos que hemos tenido que pagar al progreso para poder vivir más y mejor.
Cuando he tenido que trabajar en determinados lugares del mundo con bajo nivel de desarrollo humano y mucha pobreza, y he analizado cómo viven sus habitantes y por qué motivos muchos de ellos enferman y mueren tan frecuente y precozmente, he sacado la conclusión científica de que el hecho de no tener acceso a agua potable y no disponer de un sistema de eliminación de excretas y aguas residuales en condiciones, era la causa de una gran parte de esos problemas de salud y de falta de desarrollo. Si pensamos cómo son sus condiciones de vida, al menos en estos aspectos, concluiremos que no se trata de mundos atrasados varios siglos respecto a nosotros. Sino que son pueblos que viven en situaciones de subdesarrollo parecidas a las que nosotros sufríamos, solamente, hace 40 años. Por ello al bucear esta mañana en mi trastero y encontrarme con la carta del Alcalde Don Bonifacio Rojo supe que había encontrado un documento histórico. Algo que marcaba, ineludiblemente, el fin de una época de precariedades históricas para Hacinas.
Y supe además que en esa cuartilla se marcaba el inicio de otro tiempo que nos lanzaba, imparable, hacia el progreso y hacia rotundas mejoras de las condiciones de vida y salud.




Manuel Díaz Olalla

(Publicado en la revista Amigos de Hacinas, 4º trimestre de 2006)

lunes, 25 de septiembre de 2006

La huerta de mi abuela era un quincho así...

La huerta de mi abuela era un quincho así, mal señalado, de tamaño regular y de geometría imperfecta. Un rectángulo dibujado con prisa, más ancho al fondo que a la entrada. La pared norte, la más estrecha, daba al camino. De hecho si lees los datos del catastro observarás que le asignan la dirección más bien enigmática de “Camino de la Fuente”. Eso sí, sin número. Es lógico que no lo tuviera porque tampoco tenía puerta. Por ello el abordaje se hacía por un portillo destartalado encajado a duras penas entre las piedras sueltas de la pared y construido a base de paciencia, alambre, unas pocas puntas y algunos leños mal escogidos y peor emparejados.
De la Fuente decidieron bautizar al camino que toda la vida fue el de campo los muertos.

- Niño ¿dónde vas?
- A la huerta de mi agüela
- ¿Al río?
- No señora, a campo los muertos.

Si les confieso la verdad, me hubiera gustado más que la huerta de mi abuela hubiera estado junto al río, por el soto. Como todas. Aquéllas eran unas huertas comunitarias, festivas, ideales para echar la tarde entre golpe de azadón y parrafada con el vecindario. La mejor elección para una tarde de ocio, con merienda compartida y baño incluido.

- ¡Qué majos te están saliendo esos tomates! Pasa la bota…
- No están mal. ¡Tú tampoco te podrás quejar de las vainas! ¿Has catao esta cecina? Está coj…… ¡Niño, atiende esos reteles o te vas pa casa a escape!

Pasar la tarde en las huertas del soto era, para un mequetrefe que apenas levantaba un palmo del suelo, casi como una fiesta. Cuando alguna vez me invitaba algún amigo a su huerta por el río, un poco más abajo de la presa, aquello se convertía en todo un acontecimiento. Si además te llevabas los reteles y, entre cebolla y cebolla, sacabas un par de docenitas de cangrejos la fiesta era completa.

Pero no. La huerta de mi abuela, que era un quinchito así, mal señalado, estaba en campo los muertos. Por entonces pensaba que la gente prefería tener la huerta por el soto porque el nombre del lugar donde se encontraban situadas las otras resultaba poco atractivo. Y eso que, a veces, y para que no me resultara tan árida la excursión veía a mi abuela salir del paso como podía, sin pronunciar el topónimo, con la sana intención de que no le cogiera prevención al sitio, mientras enganchaba el caldero de regar: “Anda hijo, vámonos ya para acerón, que se hace tarde”. Fuera bajo esta denominación o no, la tarde de riego y recolecta de hortalizas en la huerta de la abuela era una aventura que no tenía parangón. Más temprano que tarde, con tiempo calculado para estar en casa de vuelta antes del toque de las primeras del rosario, nieto y abuela con los calderitos, los fardeles y la azada tomaban el camino de la carretera. Generalmente el nieto, renqueante, caminaba sujeto por una mano a la de su abuela y, en la otra, haciendo malabarismos para que no acabara en el suelo, la rebanada de hogaza untada de aceite y espolvoreada de azúcar que, las tardes de huerta, solía ser el plato principal de la merienda. Para que la rebanada pasara el gaznate del todo era obligada la parada en la fuente -¡sí señores, la fuente!- de campo los muertos para que el mentecato se pegara un buen trago de agua fresca.

- Agüela la fuente está seca
- ¡Calla cencerro!, que no lo está. Nada más hay que cebarla. Ahora sacamos un poco de agua del pozo y vienes tú a hacerlo.
- Agüela ¿por qué esta agua tiene este sabor?
- Cuentan que aquí hubo una batalla y…, bueno, ya te lo contaré otro día. Ahora vamos a escape que se hace tarde…

La huerta de mi abuela era un vergel fascinante. O, al menos, a mí me lo parecía. Sin acertar a explicarme cómo, con el esfuerzo de sus manos y algunos calderos de agua, todo aquél derroche de fertilidad se hacía posible. Allí brotaban berzas, aquí patatas, junto al pozo garbanzos y vainillas, y por el otro lado tomates, cebollas y otras delicias de menor cuantía. Aquél prodigio de la naturaleza era algo difícil de entender para mí. Y, en el centro de aquél milagro, como el guardián máximo del enigma, estaba el pozo. Un pozo que, abierto a ras del suelo y tapado precariamente con unos tablones, ejercía sobre mí, y desde el momento mismo de atravesar el portillo detrás de mi abuela, una mezcla de atracción y rechazo. Lo veía como un agujero oscuro que con sólo presentirlo ya me angustiaba y, a la vez, hechizaba de una forma insoportable. El pozo de la huerta de mi abuela fue el auténtico protagonista de mis sueños infantiles. Algunas noches era el escondite de un monstruo comegentes que nos mantenía a todos a raya y, además, sin una mala lechuga que llevarnos a la ensalada. Pero otras, era una fuerza irresistible que tiraba de mí, allá donde estuviera, para tragarme sin piedad. Con monstruo o sin él no había tranquilidad para mí mientras la abuela, cordel tras cordel, sacaba calderos de agua para darle de beber a las verduras.

- No quiero ver que te acercas por ahí neso, mostrenco, mientras yo hago las labores.
- ¿Por qué?
- Porque te caerás al pozo.
- ¿Y qué me pasa si me caigo?
- Que te ahogarás, como le pasó a aquél chico del que te hablé.

El chico de Cabezón que se ahogó en un pozo fue otro de los grandes enigmas que atormentaron mi infancia. Era rara la tarde que, volviendo de la huerta, no intentara imaginarme la cara del chico que se ahogó en aquél pozo, aún sin conocerle, e intentara reconstruir cómo debieron ser sus últimos minutos. Real o inventada por mi abuela (ahora me inclino más por esto último) aquélla historia me sirvió para guardarle la distancia a pozos y acequias y para admirar, aún más, el trabajo abnegado de los que trabajan la tierra hasta sacarle todo lo que lleva dentro.
Las lecciones de horticultura de mi abuela fueron de las mejores clases prácticas que he recibido en mi vida y, también, de las más inútiles. Lo aprendí casi todo respecto a cuándo hay que sembrar las patatas, cuándo recoger los tomates, cómo cavar un surco mediano donde sembrar con éxito unas buenas semillas de berza, cómo conseguir que las vainillas crecieran hacia el cielo bien agarradas a la vara, y, sobre todo, cómo tratar con mimo la tierra para recibir su recompensa. Me arrepiento de no haber sacado más jugo a aquéllas lecciones ya que quizás tengamos que enfrentarnos en el futuro, de nuevo y como pasaba entonces, a una vida basada en el cultivo de subsistencia. Lamentaré entonces haberme comido aquéllos tomates maravillosos y no haber aprendido cómo sembrarlos. Pero para entonces ya será demasiado tarde.
Mi abuela tenía una huerta que era un quinchito así, regular de tamaño. Cuando cerrábamos el portillo destartalado y agarraba mi mano con la suya, recia, camino de casa, siempre me invitaba a beber otro traguito de agua de la fuente de campo los muertos, cerca de acerón. Musitaba algo de una batalla que allí hubo cuando le volvía a preguntar sobre ese sabor metálico tan particular del agua, y tiraba de mí para llegar a casa antes del toque de las primeras. En casa derramaba sobre la mesa de la cocina el botín arrebatado a la tierra roja de la huerta y aplicaba los garbanzos para ponerlos a secar al sol encima de una estera. El mocoso miraba todo el proceso embelesado, mientras se preparaba para la siguiente aventura que Hacinas le tenía preparada cada tarde de verano.


Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", Septiembre de 2006)