domingo, 30 de agosto de 2026

Mapa infantil de antiguos sonidos de Hacinas (y II)

 

cunetas, rigueras y escorrentías... clin-clin-clin

Y tras el chapazo veraniego llegaba la calma que invitaba al zascandil a salir a unas calles que parecían diferentes tras su lavado de cara, mientras que, envolviéndolo todo, surgía de aquí y allá el sonido fresco y ligero del agua corriendo por rigueras, cunetas, canalones y otras escorrentías, clin-clin-clin, y otro más monótono de los goterones golpeando rítmicos y recalcitrantes la chapa de calderos y barreñones, clon-clon-clon.

Después de la manta imprevista y abundante, sin aviso para tocar un tentenublo, don…don…don, ni para subirse a un testero por si acaso, el escenario quedaba de nuevo montado para las picias que el mocarrón estuviera dispuesto a protagonizar y que, para sorpresa de nadie, podían abarcar desde ponerse como unas barrederas haciendo barruches en algún charranco adobillado a charcalear a gusto en el primer recalzadero del camino, clas, clas, clas.

No era raro que, escampando, se oyera por calles y plazuelas los rebuznos, hiaa, hiaa, mezclados con el trote cansino y empapado de las burras que venían del lavadero con su carga de ropa mojada, o el chirriar de la rueda de alguna carretilla con la misma carga, güi-güiiii-güi, acompañados de los comentarios de las mujeres, también caladas, que renegando volvían a casa tras la dura jornada de Fuentepeña.

En realidad, la tarde era el momento en que los juegos infantiles se convertían en el centro de la vida del pueblo, por lo que los gritos de los niños, ¡aaaah! ¡eeeek!, y los ruidos de sus actividades lo llenaban todo. Un retumbo fijo era el del balón chocando contra alguna pared, ¡PUM! ¡PAM!, y si estaba en la cama por imposición del matriarcado que le gobernaba (madre, abuela, tías), el muchachito se aviaba para salir a escape, a ser posible sin ser visto. Si con los compañeros de fatigas no había consenso para bajar a “Campo el valle” pero se daban otras circunstancias se jugaba al “tres navíos”, al “tras que le dio”, a burro o a grulla, y el aire se saturaba de los gritos, lemas y órdenes propios de esas labores lúdicas, ¡adivina quién te dio! o ¡y otros tres en busca van!, que la chiquillada regaba por esquinas, callejas y harreines sin ajabardarse.

Ni siquiera la merienda era capaz de sacar al mostrenco de esas tareas lúdicas. Tan solo un acontecimiento tenía esa prerrogativa: la llegada de la boyada. Cuando escuchaba la explosión de cencerros inundando las calles ¡tolón, tolón!, ¡talán, talán!, escapaba, ladera arriba hasta encontrar junto a la escuela algún lugar donde esconderse y esperar la llegada y el paso del toro camino de la casona en que, junto al castillo, le encerraban entonces. Y allí estaba el chiquillo asustado e hipnotizado, temblando de miedo, pero sin poder evitar acercarse todo lo posible para ver pasar con claridad aquel animal majestuoso, para oír el sonido rítmico de sus pisadas de gigante, "clomp, clomp” y como si de un héroe de la tauromaquia se tratara, para observar su cuerno roto, uno de los rasgos más significativos del imponente animal. Y, de repente, el inolvidable Basilio Cámara, que acarreaba al bicho para que no se apartara del camino correcto, descubría al niño atemorizado y, de sopetón, le espetaba: ¡torero!, rematando su sorpresa con una sonora carcajada, ¡ja, ja, ja, ja! Durante muchos años siempre que veía por la calle al muchachito exclamaba muerto de risa ese “torero” que le recordaba que para maletilla había salido un poco “cagao” y hasta la madre del mocoso, o sea, la mía, que supo de estas hazañas sin duda por boca del boyero, acostumbraba también a llamárselo sin que nadie comprendiera el porqué de aquel cariñoso apelativo.

Algunas veces la vida les regalaba una sesión vespertina de rio, en las huertas o la presa, tardes de cangrejos y baño, según el día, pero cuando había sumersión el aire se colmaba de gritos “ahh, ahh, ahh” y sonidos acuáticos de chapoteos, ¡chap, chap! o de algún trago indebido, ¡glup, glup! de aquel chocolate en que se convertía el agua del rio. Cuando las yemas de los dedos de los gurriatos se quedaban ajujuridas estos salían del agua, llegaba la calma y reaparecía la banda sonora del campo estival que protagonizaban las chicharras con su zumbido continuo y caliente, ¡chirr-chirr! y ¡zzzzzzz!, y el viento moviendo los chopos de la ribera, “sss... sss...” cuando soplaba suave, o ¡Fuuuu! cuando se convertía inesperadamente en ventarrón violento. Y más de un cuque se ganó el zangolotino de la historia cuando llegaba a casa exhausto y como un ecce homo.

Caía la tarde y, durante una época, el castillo era refugio de chiquillos, chiquillas, mocetes y mocitas que, armados de magnetofón y cintas de casete veían trasponer al astro rey por el portillo dicho de Santa María, mientras dejaban que el espacio se inundara con los sonidos de los mejores hits de la época, desde “Eva María se fue” a “Como un gorrión” y desde “Bridge over Troubled Water” a “El arriero va”.

El verano traía sonidos de perros ladrando a lo lejos, ¡Guau!, el tono seco de los pasos humanos en las calles, “tac-tac”, el de los carros regresando del campo levantando polvo, "chucu-chucu” y el de las campanas llamando al Ángelus o al rosario, “tan, tan, tan”. Algo muy diferente a lo que pasaba en el invierno, en que la atmósfera estaba dominada por el recogimiento, el eco y la austeridad sonora. Un silencio denso lo envolvía todo, sin insectos ni pájaros de mención, quizás el crujido de botas sobre la nieve o el barro helado, "crrrsh", el de la leña partiéndose, ¡CRACK!  y de las chimeneas encendidas cuyo crepitar se oía desde la calle. Y, para terminar, la tarde se rompía alguna vez por el ruido de algún motor viejo arrancando con dificultad, ¡gruuun-tu-tu-tu... ¡brrrooom!

Hubo una época en que el paisaje sonoro de Hacinas, como el de los demás pueblos, era orgánico, lento y comunitario. En la actualidad se ha vuelto mecánico, intermitente e individual. De aquel predominio de sonidos naturales y humanos, como los que producían los carretones renqueantes, las yuntas de vacas y otros animales sueltos por las calles, los aparatos de radio que transmitían el diario hablado a través de las ventanas entreabiertas, los niños corriendo por la calle y los silencios largos hemos pasado a otro dominado por los del tráfico masivo de coches y motos, de televisores y equipos de música, de maquinaria, de taladros y de megafonía amplificada y voces metálicas.

Cuando repaso algunas escenas de mis años de infancia y adolescencia en Hacinas me sorprendo de que los sonidos de cada momento del día sobresalgan por encima de cualquier otra sensación. Algo extraño pues en su mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de un pasado que no volverá.

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, el día de San Pedro, patrón de Hacinas, de 2026
Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", segundo trimestre de 2026
Nota. Las palabras en cursiva forman parte del rico léxico propio del hacinés original, recogido en el “Diccionario Tradicional del Siglo XX de un pueblo serrano-burgalés”.

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

Mapa infantil de antiguos sonidos de Hacinas (I)

 Hay pocas cosas tan identificativas como la voz humana, que es resistente al paso del tiempo, y pocos sentidos tan evocadores como el olfato. Un olor borrado, un aroma archivado en algún espacio virtual del córtex cerebral y sentido nuevamente es capaz de desatar una cascada de recuerdos, sentimientos y emociones que hasta ese momento permanecían agazapados en lo más profundo del olvido. Quizás tan solo el oído le haga la competencia, es un decir, en esa capacidad de devolvernos a sitios y momentos que teníamos enterrados en lo más desconocido de nuestra memoria. Como un olor, un sonido quizás no escuchado en mucho tiempo nos puede devolver sin pretenderlo a un momento o a un lugar del que no constaba registro previo.

Con frecuencia cierro los ojos y repaso algunas escenas de mis años de infancia y adolescencia en Hacinas y me sorprendo de que lo más nítido que siento son los ruidos y sonidos de cada momento del día, algo irrepetible, pues, como si de un ejercicio de arqueología mental se tratara, en su mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de un pasado que no volverá. Y no lo hará porque quienes los producían o provocaban ya no están o están en desuso.

Aún en la cama, el canto del gallo, ese kikirikí reiterativo, cansino e interminable, era interrumpido apenas por el toque de la campana de la iglesia anunciando la misa matinal (“avíate majo, que ya han dado las largas”), por el cacharrear de la abuela en la cocina colocando la corbetera, o abriendo el mosquero a la búsqueda del pan y la leche para las sopas, o cortando con las estijeras algún pedazo de carne con que alegrar la puchera de garbanzos. Y era mejor andar a escape y no esperar a oír el ruido del cuarterón de la puerta, pues cuando chirriaba el tranco de hierro para su apertura el mostrenco debía estar listo.

Si se hacía el remolón en la cama aún podía escuchar a lo lejos los cantos de algún colorín de los majos, el monótono cucú de algún macho de pecu perdido, el vuelo rasante de algún gorrión mocho o de alguna torda, o el propio del trabajo fino de algún vencejo de los que anidaban bajo el tejado de la casa. Hubo días en que el despertar del perezoso se vio recompensado por el canto de algún chichás, o por alguna cigüeña diligente que, a esas horas, se esforzaba en machacar el ajo.

Cuando el acarreo, la mañana se llenaba de ruidos agrícolas y de gritos y conversaciones de labradores abnegados, que colmaban de sonidos el aire hasta componer la banda sonora que, en su dulce refugio, le gustaba escuchar al mostrenco. Aún dejo volar la imaginación y me parece oír las instrucciones que daban a las yuntas cuando había que arrecular en la esquina de la casa del Sr. Pedro porque no entraba el carro, con la carga a punto de esbarrigarse, el campaneo del cencerro de las vacas, sobre todo el de La Rubia cuando se chospaba, el chasqueo seco de los aros de los carros en la vereda y el estruendo cuando se respingaban o, aún más grande, si vulcaban.

Acarreo, descargando en la era. Inolvidable Basilio Cámara.  Fuente: Banco de imágenes del mundo rural de la Cátedra de Etnografía y Estudios del Medio Rural, Universidad de Burgos

Muy impresionado por el mundo animal y todo lo que le rodea, el mochuelo disfrutaba del sonido de burras y boches cuando venían de brinquillo, en especial si la burricada llegaba tarde, el agudo sonido del changarrillo pequeño y el inconfundible susurro de lo que ocurría dentro de las casonas, y las órdenes y gritos de quienes cuidaban el ganado, desde el “cache” o el “chita”, hasta el “chichi”, la “chivina” o el “pitas, pitas”.

El aprendiz de muchachito no confundiría el silbido del afilado del dalle con la pizarra recién sacada de la colodra, ni el que hacen los archiperres que se guardan en la casona, en especial cuando se usan, como la maza, o la azada, ni el rechinar desafinado de las angarillas cuando se abren y se cierran, sobre todo si hace tiempo de que el aceite pasara por allí.

El día se llenaba de aventuras y sonidos hasta que llegaba la fatídica hora de la siesta, una actividad que, a pesar de ser tan saludable y reconstituyente, el niño luchaba por saltársela para salir con sus amigos a hacer alguna trastada pero que, finalmente, por el interés de abuela, tías o madre cumplía a rajatabla por la cuenta que le tenía. Y esos son los sonidos más emocionantes: distingo las voces de ellas perfectamente, como si las estuviera oyendo ahora, y vuelvo a ser por un instante el Manolín trasto y retrucón que daba tanta guerra.

Y allí, en la cama nuevamente, durante el tórrido reposo impuesto, se esforzaba, a pesar del silencio de la tarde estival, en ir distinguiendo otros sonidos para su colección particular, porque ni en el campo el silencio es del todo perfecto. En esas calurosas tardes escuchaba a lo lejos algunos ladridos ahogados, el chillido de alguna bicicleta que bajaba por la calle de La Fuente, los pasos inconfundibles de alguna legaterna que se paseaba, la insensata, por el cuartillejo de la ventana, o el vuelo de algún molesto moscardón u otro mosco, sin descartar la presencia volandera de algún frontino o algún pínfano.

La tarde se iba despejando y llenando de sonidos nuevos, como el repicar de las campanas, el pregonar a la voz en grito del aguacil anunciando la venta de algún producto en el royo, o el del claxon de la furgoneta o el camión del gaseosero ofreciendo de esta estruendosa manera su mercancía. Y de repente, y poco antes de salir a la calle con las bendiciones familiares, la tarde se rompía con el escándalo de los truenos y el sonido inmisericorde de la burrumbada que ¡oh veranos! se presentaba sin que nadie la esperara. Menos mal que pasaba pronto.


Manolo Díaz Olalla

Olhâo, Algarve, el día de San Afrodisio de 2026
Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas" nº 191, I trimestre de 2026
Nota. Las palabras en cursiva están tomadas del hacinés original según su diccionario oficial

domingo, 5 de abril de 2026

Lechales’45, otra reunión excelente de esta singular y añeja cofradía

 

Lechales 45, foto oficial

Los días 24, 25 y 26 de octubre de 2025 se celebró la cuadragésimo quinta reunión de la agrupación de amigos “lechales” de esta localidad de Hacinas, con gran éxito de asistencia y pleno cumplimiento de los objetivos planificados.

Se dieron las circunstancias de que como no había llovido previamente, no se degustaron las deseadas setas en los menús, un clásico de estas celebraciones, y de que como lo hizo copiosamente el día de autos hubo que recurrir al plan cultural alternativo o seco, es decir, al que no incluía actividades al aire libre. Se recorrieron las bellas y pintorescas localidades de  Hacinas, Santibáñez del Val, Barriosuso, Santo Domingo de Silos, donde se comió, Mamolar, Castrillo de la Reina, donde se hizo lo propio el tercer día de festejos y Salas de los Infantes.

La novedad logística y organizativa de esta convocatoria fue que se añadió el domingo a la fiesta con el objeto de reducir la frecuencia de la ingesta del sábado, rebajando así el riesgo de shock proteico y de pancreatitis de los concurrentes, lo que sin embargo no aminoró la cantidad final de alimentos y bebidas que consumieron pues el domingo lo hicieron como si fueran personas mayores. Que es lo que son.  

Se debe destacar la visita a la ermita de Santa Cecilia, interesante construcción originalmente prerrománica del siglo IX cercana a Barriosuso, y a la hospedería-convento de San Francisco, en Silos, localidad en la que se comió el sábado, a gusto de los participantes.  Las partidas se jugaron en Mamolar y la comida dominical se degustó en Castrillo, dando por terminada allí la reunión anual, aunque dejando abierta la posibilidad de alguna otra intermedia que se pudiera celebrar a gusto y criterio de los socios de tan singular cofradía.

El aspecto social de la reunión, es decir: el encuentro, el intercambio, la interacción, la reminiscencia, la confirmación de la amistad y los cantos regionales fue, como siempre, lo más destacable, lo que más se agradece y, por encima de otras cosas que son coyunturales, lo que más garantiza el pleno disfrute de un acontecimiento tan especial y reiterado.

De todo lo cual dejo constancia como secretario permanente y para que no haya duda de que, aunque algo mermada la velocidad de respuesta, aún nos quedan reflejos,

Manolo Díaz Olalla

sábado, 24 de enero de 2026

Sanadores (amago, susto y memoria)

 

Fuente Euskonews

Cómo interpreta cada cual las señales que le manda su cuerpo o su mente cuando lo hacen, cómo las vive y las explica cuando las comenta con otras personas o pide ayuda ante los temores que le infunden, es siempre algo particular y exclusivo, aunque lleve ese envoltorio cultural que pone en común expresiones y significados y los relaciona con todo lo aprendido y establecido.

En cada cultura, en cada país, incluso en cada pueblo, denominamos de modo diferente a los males que nos aquejan y les damos un significado distinto, de modo que problemas menores para algunos pueden ser asuntos de trascendencia para otros, y lo que aquí y ahora exige atención especializada de alto nivel en otro sitio, o en otro momento histórico, apenas mereció un ligero reposo.

Recordaba hace unos días que mi tío Francisco, ese salense singular, figura fundamental de mi infancia y adolescencia del que les he hablado en alguna ocasión, falleció en su pueblo repentinamente la madrugada del 5 de enero de un año que no me atrevo a determinar, a finales de la década de los 70 del siglo pasado. Recuerdo el viaje a Salas desde Madrid para asistir al entierro y acompañar a la familia, atravesando pueblos de la meseta en el seiscientos de mi padre, legendario vehículo del que también habrán tenido noticias, debiendo detenernos en uno sí y en otro también para dejar paso a los Reyes Magos que, a esas horas de ese día, cabalgaban a lomos de sus camellos por toda la geografía hispana, ¡qué ubicuidad!, para deleite de niños y desesperación de padres, sobre todo de los que tenían que llegar a Salas cuanto antes.

Eran unos tiempos en que las carreteras pasaban por mitad de los pueblos, las cabalgatas se desarrollaban sin respeto alguno a quien tenía prisa y los tíos se nos iban sin avisar, después de algún soponcio imprevisto. El susodicho que escribe, entonces un gurriato con aspiraciones a mocito, pretendía encontrar la causa de aquél triste e inesperado suceso intentando, con la ayuda del relato de los que le acompañaron en sus últimas horas, encajar las piezas en los rudimentarios conocimientos que entonces tenía de patología médica, sin lograr encontrar algo de coherencia en todo ello.

A pesar de que mi tía avisó a escape a Don Evaristo, pensando que se trataba de un paralís, nada pudo hacer el bueno del practicante porque, en realidad, según dijeron quienes se juntaron en su casa a darnos el pésame, se trataba de un amago y de poco le valió la indición que le puso “in extremis”.

Con esta confusión y estas prácticas tan contradictorias fui aprobando asignaturas como pude, hasta que el verano siguiente, al saltar la pared de una harréin con mis amigos, no recuerdo si para acortar camino o para tirar el pantalón, me esmorré como el lebrel y negado que, según mi madre, siempre fui, dándome una buena costalada que, a poca costa, me tronza el hueso del alma. Los entendidos me aconsejaron que dejara ya la tontería del esguince, que eso solo le pasa a los de la capital, decretando que me había contorcido el tudillo, y que lo mejor eran baños de agua salada, refregones con vinagre y, después, masajes con aceite. Y la verdad es que tratar la lesión como si fuera una ensalada le fue de miedo al mostrenco, porque, volviendo a las disquisiciones del inicio, las soluciones caseras que me dieron mis compañeros de aventuras y que habían aprendido en alguna visita a algún curandero de la comarca, suelen ser excelentes, en especial para los males óseos o articulares.

En aquellos años de investigación minuciosa, más de una botana aprendí a tratar con baño, sobre todo si daba calentura o mormera, escuchando y observando cómo actuaban personas expertas, pero, eso sí, jamás se me ocurrió aplicar cataplasmas a un cólico miserere, ni tratar un baile de San Vito como si el afectado, aunque estuviera algo murrio, fuera un chinado o un majareta. Tampoco me apunté a mojarme con agua fría las muñecas ni a echar la cabeza para atrás, a riesgo de esnucarme, cuando sangraba por la nariz, aunque me lo recomendaron muchas veces, porque comprobé que solo servía para que la sangre acabara en el buche en vez de en la mamola, pero seguía brotando. Por mucho que admiré la sabiduría informal respaldada por la experiencia que demostraron muchos bienintencionados que conocí, nunca bebí siete tragos de agua sin respirar cuanto tuve hipo, ni até una moneda encima de una hernia, jamás puse una llave de hierro encima de un párpado rijoso, ni creí que esas manchas blancas tan poco estéticas que me salían debajo de las uñas eran el resultado de las mentirijillas que, de vez en cuando, soltaba sin reparar en sus consecuencias.

Fuente: Curanderos tradición es cultura, México

En ese afán de aprender remedios no formales adaptados culturalmente a quienes sufrían los achaques, pero intentando a la vez reconducir esas prácticas hacia otras respaldadas por el conocimiento científico y de probada eficacia e inocuidad, tuve la suerte de asistir muchos años después, en una comunidad indígena llamada Primavera, en Ixcán, Guatemala, a la “cura del susto” de un joven aquejado de ese mal y que había perdido la salud física y mental desde que estuvo a punto de morir ahogado en un río. El chamán que realizó la cura le llevó al lugar del incidente y, allí, le bañó y “le despojó” con ruda, hojas de laurel y algo de hierbaluisa, recitó unas fórmulas mágicas en lengua Q'eqchi' y, después, le acompañó a su casa. Mientras lo hacía, este curandero tradicional que en realidad era un agente doble disfrazado, que se ganaba la confianza de la gente con esas prácticas de gran aceptación popular pero que trabajaba también como agente de salud en el consultorio de otra comunidad, le fue recomendando al atormentado paciente, aún en shock, que mejorara su alimentación, clorara el agua de consumo, pusiera mosquiteros en las camas y acudiera con rapidez a ponerse las vacunas que tenía pendientes. Mano de santo, el enfermo imaginario se curó del susto a la vez que lo hacía de la diarrea, el dengue y la desnutrición que tanto le atenazaban a él y a su familia.

Como decíamos, sentir la enfermedad, interpretar su gravedad y buscar ayuda para tratarla o prevenirla es algo tan personal como cultural. Y para que vean que la transculturalidad de la que hablamos también es útil cuando analizamos, en nuestro propio país, cómo viven, sienten y se expresan en diferentes pueblos y comunidades, les contaré lo que le ocurrió a un amigo y compañero que trabajó como médico durante algunos años en un pueblo de Aragón. Según me dijo, le costó mucho, al principio de su ejercicio profesional en aquel lugar, averiguar qué debía hacer o decir para que los pacientes se colocaran en decúbito supino en la camilla cuando intentaba explorarles. Aunque él les pedía que se tumbaran, primero, que se tumbaran boca arriba, después, incluso picha arriba, o hacia arriba o, simplemente, “que se echaran”, lo único que conseguía es que lo hicieran boca abajo. Hasta que un día alguien le contó el secreto: había que pedir que se pusieran “de memoria”. Y así lo hizo, triunfando desde entonces y consiguiendo, por fin, examinar barrigas, ingles, gaznates y todas las partes de la anatomía que están por delante, con toda comodidad y diligencia. Elucubraba el bueno del matasanos, si esa expresión podría ser un atavismo lingüístico que identificaba esa posición con la de los difuntos cuando en su lápida se inscribe “in memoriam”, aunque mucho me temo que se quedó sin saberlo (1).

Los males del cuerpo y de la mente se viven, interpretan y expresan según multitud de factores personales y colectivos dependientes de ese conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico. En su abordaje, distinguir lo que popularmente es válido y aconsejable de lo que no aporta nada es una cuestión fundamental, como lo es ponerles remedio desde el conocimiento científico a través de prácticas culturalmente aceptables por todos.

Porque, para serles sincero, estoy deseando colocarle a esto el punto detrás de la última palabra para ponerme de memoria un rato. Con el permiso de ustedes.

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, 13 de diciembre 2025, día de Santa Lucía, patrona de Hacinas

Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", nº 190, 4º trimestre 2025
Nota. Las palabras en cursiva forman parte del hacinés original

(1) En el blog de un hijo del pueblo castellonense de Puebla de Arenoso encontré la expresión de "dormir o estar de memoria", con el significado que aquí se recoge. Considerando que esta localidad valenciana es limítrofe con Aragón, en concreto con la comarca turolense de El Maestrazgo, podemos señalar que tan curiosa expresión es propia de esa zona. Sobre cómo se recoge en dicho blog se puede acceder al mismo a través de este enlace: Puebla de Arenoso: ESTAR, DORMIR DE MEMORIA 

 

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Remate final

Lo mejor es no perder la perspectiva, comprender siempre donde estamos ubicados, en qué momento vivimos, cuáles son los antecedentes y, aunque sea con el rabillo del ojo, mirar hacia adelante para calcular en términos realistas el tiempo del que, razonablemente, disponemos. Lo digo porque, indudablemente, los de mi generación afrontamos la última etapa de la vida y eso, queramos o no, nos obliga a reconfigurar de alguna forma nuestro propio papel en el mundo y nuestras relaciones con los demás.

Es un hecho, ya podemos ir firmando que muchas metas que alguna vez nos propusimos no las alcanzaremos: no hablaremos inglés a la perfección si ya no lo hemos hecho, no jugaremos en primera división, no tendremos una banda de rock and roll con la que tocar por las noches en locales de mala nota ni nos concederán el Nobel de Física. “Ni falta que nos hace” dirá más de uno y, si lo dice, tampoco le faltará razón.

Tengo a mi alrededor mucha gente embargada por una melancolía sublime no exenta de un pesimismo a mi modo de ver injustificado, que considera que estamos para el arrastre. Los hay que han decidido comprarse el mejor coche “porque, total, será el último”, hacer el viaje de sus sueños “porque este no lo voy a repetir” o, incluso, liarse la manta a la cabeza y cambiar radicalmente de vida “porque si no lo hago ahora ya no lo haré nunca”. En ocasiones “el empujoncito” se lo dan otros, como el traumatólogo cuando les dice “esta prótesis que le vamos a poner no habrá que recambiarla en el futuro, porque están durando una media de 20 años”. 

-          O sea, que me la llevo para el otro barrio.

-          Mucho me temo.

Un buen amigo salió deprimido de la consulta cuando el matasanos le comunicó que ya no le iba a pedir algunos análisis de los habituales porque, aunque se le detectara algún problema maligno “es tontería, con su edad se va a morir antes de cualquier cosa que de un tumor”. 

Tenemos poco tacto, esa es la verdad, y con eso no ayudamos a afrontar lo que queda con positividad y optimismo. Hablamos del envejecimiento activo y saludable, pero en la práctica no nos lo tomamos en serio. Ya que no lo hacemos con el ejemplo, deberíamos predicar con buenos consejos para llevar una vida sana y recomendar a estos temerosos “adultos” que afrontan esta fase postrera que hagan ejercicio, consuman una rica y variada dieta y practiquen una variada y rica vida social, ejerciten por igual mente y cuerpo, se esmeren en el control de sus problemas crónicos, abandonen el tabaco y el alcohol y eviten sumirse en la tristeza y la depresión.

Reencontrarnos con nuestras raíces, reconocer y dejarnos envolver por lugares, sitios o personas que significan mucho en nuestras vidas es una gran terapia para no caer en esa nostalgia algo destructiva que padecen algunos de mis conocidos. Por eso y por muchas otras cosas, ustedes me entenderán, es tan bueno volver a Hacinas.

En mi último viaje, sin ir más lejos, encontré mi tirabequis, que muchos años durmiera el sueño de los justos en el desván de la abuela, un arma portátil de mucha categoría. No exagero si digo que fue de los mejores que han disparado cantos por La Hontana y su contorno. Lo cierto es que me ayudaron a confeccionarlo y recuerdo que se hizo con materiales de primera calidad: una horquilla bien pulida de manzano que me buscó mi tío Francisco, una espléndida badana de piel de oveja que apareció en la casona de Julio y dos gomas perfectas de cámara de bicicleta de Jesús Molinero. No diré que aticé a muchos ñizes, no está en mi carácter, ni que le pegué a muchas jarrillas, pero con él participé en alguna portiguilla e hice otras picias de menor cuantía, lo confieso ahora que ha vencido el plazo de las penitencias. Viendo esbararse durante los días de Santa Lucía a unos gurriatos por la ladera de Sancirbian recordé las veces que, haciendo lo mismo que ellos o escolingándonos de las ramas del moral, nos estrompábamos hasta morirnos de la risa cuando comprobábamos que no nos habíamos esnucado ni cascado la chinostra en el intento.  

Made Dark Fantasy

En especial y por encima de las cosas, volver a compartir con personas queridas es una medicina infalible para enfrentar con el mejor talante el camino que nos queda, que esperamos sea largo. Cuánto de largo es otra adivinanza que inquieta a muchos, aunque difícil de resolver. Tenemos hoy en día herramientas nuevas que se anuncian como la panacea que revolucionarán la vida de la gente, como la Inteligencia Artificial. Nadie duda de los enormes cambios que su uso producirá en nosotros y en lo que nos rodea. Imbatibles en los procesos de búsqueda, en los análisis predictivos y en los cálculos complejos de probabilidades, no tienen la capacidad de considerar muchas cuestiones imperceptibles y, por tanto, imposibles de medir, que forman parte de las ecuaciones que queremos resolver y que, muchas de ellas, las incorporamos los seres humanos en las valoraciones que hacemos de las cosas y los sucesos. Por ahí aún no nos alcanzan.

Pregúntenle a ChatGPT, DeepSeek o Grok si es posible que vean el eclipse solar. Uno de estos que notan que están enfilando la última etapa, lo hizo y estos programas modernos le dijeron que sí, sin lugar a duda, con una altísima probabilidad. Cuando averiguó que el próximo fenómeno, el que se verá en Hacinas, será en agosto de 2026 rectificó y dijo que, evidentemente con este contaba si no había novedad, pero que se refería al que sucederá el 5 de diciembre de 2048, oscurecimiento completo del astro rey que será visto en América. Tras hacer una recomposición de lugar y algoritmos estos adivinos de la nueva tecnología le recomendaron que, por si acaso, aprovechara el del año próximo porque nunca se sabe.

Vivo rodeado de gente estresada porque no quiere perder ninguna oportunidad de las que brinda la vida en la última etapa. Sufren lo que llamo el síndrome del remate final. Los hay tan exagerados y temerosos de lo que pueda pasar que han decidido no comprar plátanos si están verdes.

 

Manolo Díaz Olalla

Segovia, el día de San Mateo, patrón de Logroño y día mundial del Alzheimer, de 2025

Nota. Los términos que aparecen en cursiva forman parte del hacinés original y su significado se puede consultar en el “Diccionario tradicional del siglo XX de un pueblo serrano-burgalés” de Jesús Cámara Olalla

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

domingo, 21 de septiembre de 2025

Pasajeros

 Siempre me ha parecido sorprendente cómo la vida, en su discurrir cronológico, nos obliga a intercambiar roles y funciones con otras personas, colocando arriba a quien estaba abajo y convirtiendo a cada cual en lo que nunca imaginó. Cuando esta transmutación de papeles ocurre con nuestros seres queridos, ya saben, con la senectud los padres se convierten en hijos y los tíos en sobrinos, entonces nos parece vivir en una nube de irrealidad impuesta por las circunstancias, mientras afrontamos cada día situaciones difíciles de comprender y de asimilar. 

Se asumen, eso sí, por el inmenso cariño que preside esas relaciones paterno (o materno) filiales y desde el cálculo indudable de que, en todo caso, estamos devolviendo una mínima parte de lo que esos niños sobrevenidos nos dieron cuando ejercían como adultos en la plenitud de su vida.

Me han leído alguna vez contar la emoción sin igual que sentíamos de niños cuando emprendíamos aquellos viajes a Hacinas, al empezar el verano o en cualquier otra fecha señalada, y la tremenda nostalgia con que afrontábamos, tiempo después, los de regreso a casa. Nuestros padres o familiares nos llevaban y traían en sus coches particulares o en coches de línea (“Navarro” y “La Serrana” para los que hacíamos la ruta central), mientras aceptábamos sin rechistar, total ¿para qué?, fechas, horarios y condiciones del viaje. En aquellos años, la inmediatez y las ganas de aventuras eclipsaban todo lo demás y no hubiéramos creído fácilmente que, muchos años después, nosotros dirigiríamos las operaciones de traslado y tomaríamos el papel de choferes mientras ellos y ellas cogerían el de pasajeros.

Cuando mi padre, con los años, empezó a perder algunas facultades, si hubo que ir a Hacinas era yo quien le llevaba y traía, pero nunca ejercí de director de operaciones, pues esa función la mantuvo hasta el final, haciendo caso omiso a ruegos, consejos y consideraciones. Genio y figura se llama eso. Se llamaba Deogracias Manuel y siempre admiré en él la capacidad de desdoblamiento nominal que alcanzó, pues en algunos ambientes relacionados con su activismo en las circunstancias históricas que le tocó vivir se le conocía por el primer nombre, mientras que en el ámbito familiar y más cotidiano era conocido como Manuel o, a veces, como Manolo. Una suerte de dualidad calculada, de modo que “Deogracias” se convirtió en algo así como un seudónimo.

Lo cierto es que el Deogracias no le llegó por tradición familiar sino más bien por el azar del santoral vigente el día de su nacimiento. Siempre agradecí a mi madre la capacidad negociadora que mostró con la familia de mi padre, evitando que ese nombre paterno me alcanzara, permitiendo, eso sí, el otro, con lo que todo el mundo quedó tan satisfecho y yo tan agradecido. De la misma forma, recuerdo cuando, alguna vez, llegaban a casa cartas que, equivocadamente, alguna persona remitía a nombre de “Don Desgracias”, lo que nos llenaba de perplejidad pues la verdad es que las adversidades, cuando las hubo, nunca fueron para tanto. 


Fuente: diario Público

En uno de esos viajes a Hacinas en que yo ejercía de conductor y padre postizo y él de acompañante e hijo rebelde, observé al atravesar Huerta de Rey que esa misma tarde se celebraba allí el “Encuentro Internacional de Nombres Raros”, materia prima de la que Huerta es una gran cantera, prometiendo los anuncios que colgaban de farolas y fachadas importantes premios a los ganadores, además de la inclusión de tan original mérito en una famosa lista de récords. No lo dudé y, antes de enfilar hacia el cerro, le propuse que se presentara. 

- “Es verdad que quizás no te lleves un premio grande”, le advertí, “pero quién sabe si te dan un accésit o una invitación a merendar”. 

Me miró de reojo con resignación y echando la cabeza hacia atrás me señaló con la quijada la dirección del camino que ya habíamos tomado, con lo que no me quedaron dudas de su opinión, ni de su decisión respecto a mi solicitud. Y fue una pena porque si bien su exótico nombre no le llegaba en rareza y singuralidad ni a la suela de los zapatos a los Evilasio, Gláfida, Filadelfo, Walfrido, Hierónides, Filogonio, Sindulfo, Burgundófora, Firmo, Alpidia y Ercilio que se presentaron y fueron dignos ganadores de los trofeos, estoy seguro de que hubiéramos pasado una buena tarde, degustado y bebido alguna exquisitez de la despensa y bodega local y, quién sabe, si registrado el tan señalado nombre de mi padre en ese libro de excesos que hay en inglés y que lleva, además, el título de una famosa cerveza negra irlandesa.

En otra ocasión acompañé a mi tío Leandro, religioso de las Escuelas Cristianas, a las fiestas de Santa Lucía. Bueno, ahora que lo pienso y dadas las circunstancias, seguramente fue él quien me acompañó a mí, un servidor haciendo de tío y conductor del vehículo y él de sobrino, copiloto y padre espiritual, algo consustancial a su carácter y vocación. Fue aquel un viaje místico, pues la advocación de cada localidad que atravesábamos a su santo patrón le daba al bueno de mi tío un motivo para iniciar una oración a la que yo respondía, poniendo mucha atención en no equivocarme y sin perder de vista la carretera.


Fuente: coolbe

-          - Buitrago de Lozoya, magnífico pueblo de la sierra madrileña, cuyo patrono es San Roque. Recemos una oración en su honor, ahora que hace poco que fue su fiesta. A ver, Creo en Dios Padre Todopoderoso….

Y así fuimos avanzando kilómetro a kilómetro sin dejar de repasar el santoral, él iniciando los rezos correspondientes con todo énfasis y yo respondiendo a cada uno lo mejor que podía. Aunque usé algunas artimañas para intentar que decayera tan pío propósito del Hermano Leandro, tales como parar a comprar agua, o a echar gasolina, o hablar del tiempo y de otros temas banales, él siempre volvía a sus intenciones.

-          - Aranda de Duero, la capital de la Ribera. Vamos a rezar un Ave María a la Virgen de las Viñas, su patrona. Dios te salve María, llena eres de gracia…  

No pudo faltar, al pasar por Caleruega, el recuerdo a Santo Domingo de Guzmán y el rezo de un Misterio Doloroso del Santísimo Rosario y al atravesar Santo Domingo de Silos, el Padrenuestro. “Padre nuestro que estás en los cielos”, comenzó, y ya metidos en las curvas del Mataviejas respondí yo sin perder de vista la carretera “El pan nuestro de cada día, dánosle hoy…”

Creí que mi participación había sido bastante honrosa, pero noté, al finalizar mi parte, que algo no funcionaba bien y que la tensión ambiental se incrementaba por momentos. Miré a mi tío de reojo mientras él, muy serio y sin pestañear, las manos entrelazadas, no apartaba la vista de la calzada. Antes de llegar a Carazo me lo preguntó:

-         -  ¿Cuánto tiempo hace que no vas a misa?

La pregunta me sorprendió tanto que no acerté a contestar.

-          - Hombre, tío, ¿por qué me preguntas eso?

-         -  Porque el Padrenuestro hace tiempo que no se reza así.

Me quedé sin palabras y de poco valió que, después, alegara mil y un motivos para justificar mi mal desempeño oratorio, “Ya sabes tío, que soy muy despistado, como tú, eso nos viene de familia, seguro que he oído la nueva versión pero no la he incorporado” o, “Estaba pendiente de las curvas, era un tramo muy peligroso” o, incluso, dispuesto a mostrar mi malestar con el clero y hasta con el catecismo: “Pero, bueno, qué necesidad había de cambiar una letra que estaba tan bien…”

Pero nada fue suficiente para que modificara la mala impresión que en aquél viaje le había causado, ni para que se le quitara la idea de que su sobrino, aunque galeno, era poco practicante. Y eso que durante las fiestas me esmeré en asistir a todos los oficios religiosos, situándome siempre en algún lugar destacado para que me viera, o cantando más alto que nadie el “Loor a la excelsa patrona de Hacinas…”, de su inspiración y de la de Anastasio Antón, para que me oyera, pero creo que nada de eso fue suficiente.

Llegan momentos en la vida en que, empujados por el deterioro propio de los años, cambiamos los roles y debemos cuidar y asistir a quienes antes lo hicieron con nosotros. Si las circunstancias lo requieren nos convertimos en su apoyo, pero lo que nunca podremos cambiar es que sigan siendo nuestros referentes, guías y ejemplos.

Y aún mucho menos si van de copilotos.

 

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, el día de San Pedro, patrón de Hacinas, de 2025

Publicado en la Revista de la Asociación "Amigos de Hacinas", número del º trimestre de 2025

miércoles, 4 de junio de 2025

Quien te conoció ciruelo

 


Quién te conoció ciruelo, FB de Salvador Cerezo

Nos dejamos fascinar por lo que viene de fuera, personas o cosas, mientras desdeñamos lo que nace o se hace en el terruño. Así somos, no me digan que no. En especial si lo foráneo no es pobre o de factura sencilla. Si no lo es, lo que llega nos embruja de tal modo que no pensamos que la cotidianidad que nos rodea lo puede superar con creces.

Esta evidencia, consustancial a la naturaleza humana, empuja a muchos vanidosos y acomplejados a abdicar de su origen y hasta a falsearlo si las circunstancias les pone en esa tesitura.  

“Quien te conoció ciruelo y hoy Santo Cristo te ve” exclamaba mi padre, con sorna, ante la presencia de quien, tras alcanzar cierta relevancia pública, renegaba de su origen, como el apóstol Pedro, especialmente si la procedencia era humilde o modesta. Indagando sobre el fundamento de esa expresión popular llegué al conocimiento de la fábula que la sustenta, que no es otra que la del hortelano que vendió ese árbol frutal que adornaba su huerta al cura del lugar, quien se lo entregó a un artesano para que, de aquel leño fértil, aunque informe, hiciera surgir, oh maravilla, la imagen mística de Jesús crucificado. Pues bien, según la leyenda, cuando estuvo terminada y ubicada en una esquina del altar de la iglesia de aquel lejano lugar acertó a pasar por allí el horticultor que fue propietario de la materia prima con que se confeccionó, el que, mirándolo fijamente y algo confundido ante el realismo de sus facciones no pudo hacer otra cosa que exclamar la aludida expresión que figura más arriba, a la que añadió, recordando los escasos y amargos frutos que le proporcionaba en su vida vegetal, “los milagros que tú hagas que me los cuelguen a mí”.

Cuenta la historia que el perplejo expropietario del frutal, pensando en el destino de otro pedazo de aquella misma madera murmuró a una feligresa que le miraba sin entender el sentido de su comentario:

-          Del pesebre de mi burra es el hermano carnal

Somos un poco como el bueno del agricultor del cuento, escépticos por naturaleza, desconfiados con lo que conocemos y generosos con lo que desconocemos, sobre todo si viene bien envuelto o con pedigrí de primera. Las cosas que nos son comunes han perdido toda la magia y la capacidad de deslumbrarnos, pero las desconocidas, aunque de peor catadura, siempre conservan ante nuestros ojos ese encanto de lo ignorado, imprevisto, novedoso o extraño.

Pero de la fabulilla jocosa se desprenden otras enseñanzas muy importantes, como la incomparable fuerza de la creación artística, ese don que solo poseen los seres humanos, que puede, de la nada o de algo inconsistente, recrear la realidad, como aquí ocurre o, aún más sublime, interpretarla. El hortelano de la historia no era capaz de elevarse con la magia del arte por lo que se negaba a rezar a una imagen que, a pesar de su realismo, sabía que no dejaba de ser más que un trozo de la madera de un árbol con el que se relacionó durante su vida y no mereció por su parte más consideración que la que se le brinda a un vegetal que, como todos, florece y da sus frutos cuando corresponde. “Ciruelas, muchas”, pensaría, “milagros, ninguno”.

¿Será mejor, por tanto, no conocer el origen de las cosas para que gocen de nuestra consideración? Por supuesto que no. Las cosas son, ante todo, lo que creemos que son y tienen el valor que queramos darles.

Aún recuerdo aquellos atardeceres espléndidos de los veranos de nuestra adolescencia, allí, en el castillo, donde andaba el mozalbete que fue este que escribe con su radiocasete al hombro, marca Sanyo, preparando las cintas que íbamos a escuchar mientras caía la noche, cual moderno deejay, esperando a la cuadrilla. Algún aficionado a la tecnología de la edad de piedra de la electrónica, miraba aquél rudimentario reproductor con interés hasta que preguntaba:

-          ¿De dónde es el invento?

-          Japonés

-          ¡Oh, japonés! ¡Qué maravilla! ¡Lo extranjero es mucho bueno!

Además de los temas de Karina, Mocedades y Serrat, apuestas seguras ayer y siempre, nos gustaba escuchar música en inglés que, aunque con letras ininteligibles para la mayoría, hacían las delicias de los congregados y conferían a quien las solicitaba cierto halo de exquisitez y cosmopolitismo.

-          ¿No tienes algo de “Simón y Cafrune”?

-          Sí, por ahí está el casete ese de Sonidos del “silence” y el de Puente sobre “wáter” turbulentas, o como se diga….

Lo extranjero era mucho bueno, nunca lo hemos dudado, quizás más bueno entonces que ahora, porque la globalización cumple su implacable función de homogeneizar y porque de lo cotidiano conocemos todo o, al menos, eso creemos. Pero el tiempo se ha encargado de demostrarnos lo contrario.

Los finos estudiosos del folklore que me agasajan con su atención y leen estas modestas historias no habrán quedado impasibles al leer la parábola que comento y comprender que, como en tantas otras, aparecen juntos el preciado frutal y un clérigo, al igual que pasa en la que cuenta lo que le ocurrió al cura de la ribereña localidad de Sinovas, que duerme en el suelo, pero este tema, que daría para escribir otro relato, lo dejaremos para otra ocasión

Yo soy de Hacinas, aunque las circunstancias de la vida, sobre todo de la vida de mi madre, me llevaran a nacer en otra parte. Como nadie es profeta en su tierra, y aquí enlazamos el refranero con la fabulilla que da hilo a estos párrafos, bien pudiera ser que tuviera más credibilidad en cualquier otro pueblo que en el mío, pero no lo siento así. Noto que en el mío los paisanos y amigos que me ven, me saludan, me abrazan o me leen, reconocen en mí antes al ecce homo que parezco que al tarugo que soy, lo que es muy de agradecer. Aunque no tenga culto ni haga milagros, que solo faltaba.

 

 

                                                                                                                                     Manolo Díaz Olalla

                                                                                Guardalavaca, Holguín, 8 de octubre de 2024

                                   (Publicado en la Revista de la Asociación Amigos de Hacinas, abril 2025)

 

 

 

 

 

sábado, 11 de enero de 2025

44.ª Reunión anual de la Cofradía “Los Lechales”. Un paseo por el entorno.

 
Un año más, con el regocijo habitual, se celebró la reunión de la famosa cuadrilla de tan ovino título, que cumple ya su aniversario color turquesa (“cuadragésimo cuarto” también se llama, pero se decidió desechar esta denominación porque es difícil de pronunciar, en especial después de la segunda ronda de blancos). Tan magno evento tuvo lugar durante los días 25 y 26 de octubre de 2024 y estuvo animado, muy animado diríamos, por los 16 miembros que acudieron a la convocatoria, casi un pleno, siendo muy sentida por todos la ausencia, en el día grande, de uno de sus socios habituales que causó baja, muy a su pesar, por indisposición transitoria.


Tras la cena-recepción de la primera jornada, en la que el destacado socio Agustín fue nombrado “Cocinero Mayor” de la cofradía por sus muchos méritos, tanto en la recogida y selección de las materias primas como en su posterior elaboración, la jornada principal amaneció lluviosa, por lo que hubo que suspender las actividades al aire libre programadas por la organización y acogerse al “plan B” que preveía solo actividades culturales “a puerta cerrada”. De esta manera conocimos y disfrutamos de los “Museos Vivos” de Castilla y León, loable iniciativa de protección y difusión del patrimonio natural, cultural, histórico y artístico de la Comunidad, en la que está incluido nuestro Museo del Árbol fósil. Y así visitamos el Museo de Instrumentos musicales antiguos de Silos y el de Fósiles de Tejada, antes de hacer una visita guiada por Caleruega, su casco histórico y el Monasterio de Santo Domingo de Guzmán, paradas muy aconsejables e instructivas.

Entre unos vinos y otros llegó la hora de comer, lo que se hizo con gran satisfacción de los asistentes en la cercana localidad de Espinosa de Cervera, en un establecimiento de buen libar y mejor yantar cuyo nombre evoca la presencia del más insigne de los guerreros que ha dado nuestra tierra, donde, horas después, los cofrades vieron caer la tarde mientras cantaban órdagos y reclamaban arrenuncios. Una paradita en Salas para saludar a algunos amigos y para que, los más hinchas, se pusieran al día de los resultados futbolísticos, antes de acabar en Castrovido reponiendo fuerzas, si es que a alguno le flaqueaban, a base de sopas de ajo (“Somos lechales, sí, pero soperos también”, es el lema) y otras delicias ligeras, para concluir con el fin de fiesta musical que estuvo amenizado a la guitarra por este humilde trovador bajo la dirección artística de Paco, el más musical de la panda.

Total, que se levantó la reunión con prisa, pero sin pausa, y cada mochuelo a su olivo porque, ¡ay que ver lo que son los años!, parece que como el gintonis de casa con el pijama puesto, no hay nada.

Otra jornada excelente que vivimos con alegría y compañerismo, preludio de las que vendrán, que pensamos seguir disfrutando y contando desde estas páginas. 


Manolo Díaz Olalla, relator de la Cofradía

(Publicado en la Revista d la Asociación "Amigos de Hacinas,  nº 186, IV trimestre de 2024)