domingo, 25 de abril de 2010

Tío Francisco

El tío era un hombre peculiar. Algo así como un bohemio de la tierra a su propia imagen y semejanza. Un hombre luchador a su modo y apegado a las cosas que daban sentido a su vida como si de los tesoros más grandes del mundo se trataran.

- Avíate majo, que vamos hasta la huerta p'a que veas que vainillas más hermosas me están saliendo.

La huerta del tío era todo su mundo, toda su vida. La visita mañanera a la huerta era un auténtico rito minucioso que el tío preparaba con esmero y el niño gozaba en cada detalle.

- Este año has medrao bastante.

- Algo. Dice la abuela que es el estirón.

- En ná me alcanzas.

Y el niño miraba la inmensa humanidad de su tío Francisco de abajo a arriba, orgulloso

de su estatura y de su inmensa sabiduría hortofrutícola.

- Mete la bicicleta en el corral y dile a la Victoria que nos eche un cacho chorizo de la matanza de este año, que no la has probao. ¡Ah!, y pan p'a el almuerzo. Y vamos arreando.

El tío se daba otra vuelta a la boina hasta que le colocaba el rabo justo en la coronilla y enganchaba la carretilla para ir arreando. Y tío y sobrino cogían el camino de Castrovido antes de que el sol de Julio cayera a plomo, entre el ronroneo suave del canal y el chirriar estridente de la rueda de la carretilla. Todo en su sitio, siempre en orden, como debe ser. La granja, el puente, el viejo molino.

- Hay que sacar un poco de broza de por allí.

-Sí.

- Este año ha venido muy malo. La piedra de Abril nos ha jeringao bien.

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