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lunes, 20 de noviembre de 2023

El hacinés

 

Foto: EFE/Jesús Monroy

Nos quieren parejos, indistinguibles, cortados como por el mismo patrón, igualados, aunque no seamos ovejas, porque así nos pueden pastorear mejor. No nos colocan la barrila porque no pueden, pero cuenten que para ellos ya estamos marcados con remisacos o con aguzos, dependiendo del rebaño, para que no nos chospemos y vayamos todo el día como amorrados. Eliminan lo genuino, lo que nos caracteriza y nos hace diferentes, nos quieren mostrencos y les molestan hasta los caretas si llamamos demasiado la atención. Mucho me temo que cualquier día nos mancorvan y nos arremeten con sus cachiporras o nos azupan sus canes.

Es la dictadura de la uniformidad, que busca no solo facilitar la tarea del pastor, burriquero o boyero, depende del “ganao” que acarreen, sino también anularnos como grey y que no nos escarriemos, so pena de hincarnos sus girodias donde más duela.

En todos los manuales de sometimiento y guerra psicológica se marca la prioridad de eliminar todo lo que hace diferentes a los que se quiere dominar, subrayando lo importante que es homogeneizar, equiparar y, si es necesario, apartar a los que difieren, estén esgurriados o tengan badana, que tanto da o, simplemente, sean ojinegras en un rebaño de blancas, anden con modorra o no acudan a escape cuando les chifle el amo. No digo nada si estás machorra o se figuran que seas merina en atajo de churras. Te esquilan, que es como si te dieran un uniforme, y te borran el alias y hasta el apodo para convertirte en un número más.

No duden de que es así, aunque un poco más sutil. Viajas y te cuesta reconocer lo auténtico, lo característico de cada sitio, lo que hace único un pueblo, una ciudad, una cultura o una lengua. Se vive una invasión de restaurantes de las mismas grandes cadenas comerciales donde te ponen la misma manduca y cada vez es más difícil hallar tiendas de barrio o mercadillos donde encontrar productos diferentes. Todos, aquí o allá, en esta o aquélla majada, comemos el mismo pasto y nos surtimos de los mismos aperos. Hasta balamos igual, ese es el problema.

Vamos a Hacinas, hoy en día, y cuesta escuchar que alguien se dio una órdiga o estuvo a punto de descocotarse, si se arranó alguna casona, o si hay que amolarse cuando vienen unos pelujetos de otro pueblo. Más bien, en el bar o en la calle, oyes hablar de influencers, de si algún muchacho imprudente potó en una calleja, de que lo mejor es que rule o de que hay que irse a casa porque va haciendo gusa. O sea, que cierras los ojos y no sabes si estás en la maravillosa localidad serrana que nos vio nacer o nos acogió desde niños, o en Valdepeñas, es un decir. Y a fuerza de perder lo que nos hace únicos y diferentes dejamos de ser pueblo para convertirnos en masa informe preparada para su adecuado manejo.

Sí, efectivamente, los medios de comunicación masiva, con sus enormes ventajas y su incontestable aportación al progreso, acaban con el lenguaje propio de cada lugar y hasta con su idiosincrasia, eso sin hablar de cómo nos someten, como el cojudero a los borregos, al pensamiento único, que esa es otra más peliaguda.

Sofocar lo que no es igual, acabar con esa larvada rebelión de lo dispar, ese es el propósito. Y en esta batalla oculta y permanente, los que dirigen la morcada, en sus mestas, se frotan las manos, porque saben que igualados estamos perdidos, nos apacentan a su antojo, nos llevan a la era que más les guste y, allí, nos venden el puchero que más les interesa y nos lo atan al cuello.

No es fácil, no lo dudo, tienen todas las cachavas preparadas para domarnos y a los perros de la globalización, con sus carlancas erizadas, dispuestos a someternos. Pero propongo desde aquí a los eficientes mayorales que gobiernan el hatajo que somos, munícipes, responsables de las asociaciones, paisanos ilustres, una campaña para promocionar el “hacinés”, maravillosa lengua que aprendimos desde infantes, en peligro de extinción, sofocada por el habla homogeneizada e insulsa que nos meten todos los días en la cabeza, como el merinero atiza a las andoscas descuidadas.

Ojalá que así sea y en unos años podamos celebrar a lengua suelta, chichorros o con ropa, colodros o serenos, mangarranes o de punta en blanco, el renacer de nuestro idioma local, tan rico, distintivo y exclusivo. Lo celebraremos, aunque sea, y por mucho que esté mal visto, echando un caliqueño que, en perfecto hacinés, no es lo que ustedes se imaginan sino un purito de esos esgarramantas, que sueltan malos humos, pero tan buenos momentos nos han hecho pasar.

 

Manolo Díaz Olalla

El día de la Merced de 2023

 

Nota del autor. Las palabras escritas en cursiva son expresiones usadas en Hacinas que no están incluidas en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, según el “Diccionario tradicional del siglo XX de un pueblo serrano-burgalés” (Jesús Cámara Olalla, 2011, editado por la Asociación Amigos de Hacinas), excepcional trabajo que propongo desde aquí como referencia oficial del hacinés.


Publicado en la Revista de la Asociación "Amigos de Hacinas" , nº 181, III trimestre de 2023

viernes, 14 de abril de 2023

La colección

He contado alguna vez mi extraña relación con el baúl de los recuerdos, algo así como de amor y odio a la vez, hasta tal punto que su presencia se ha convertido en algo inquietante que a la vez me atrae y me repele. Seguro que saben a lo que me refiero. 

Algunos que me conocen afirman que padezco un incipiente Síndrome de Diógenes, el de la acumulación infinita, ya que mi incapacidad manifiesta para deshacerme de las cosas que se han cruzado en mi camino raya lo abiertamente patológico. Me río cuando lo oigo, pero últimamente me ha dado por pensar si no tendrán, esos habladores, alguna razón en lo que afirman. Recientemente he tenido que enfrentarme con un cajón que desconocía y del que no me hago responsable, pues nos ha llegado por transmisión hereditaria: se trata de la colección de todos los números de la revista “Amigos de Hacinas”, desde su aparición hasta 2007, que laboriosamente y con todo el cariño guardó mi madre en el fondo de un armario, y que ha salido a la luz al hacer limpieza y revisión de la casa familiar. 

Ojo, me dije, este baúl es peligroso. Si lo abres tendrás que enfrentarte a algo peor que a un álbum de fotos viejo, roído por el tiempo y el olvido, pues en la colección de las revistas estaremos retratados nuestro pueblo, ustedes, yo mismo, no solo en imágenes, sino tal como éramos en ideas, inquietudes, anhelos y sentimientos, lo que pensábamos y lo que queríamos alcanzar, para contrastar todo eso, tantos años después, con lo que somos ahora y lo que hemos conseguido. Todo un reto.

Me lo pensé un rato, pero finalmente empecé a desgranarlas una a una de modo retrospectivo, colocadas en el orden en que ella las dejó, primero las más recientes y al final “los incunables”, y les confesaré que he podido sentir la misma emoción que nuestra madre sentía cuando las sacaba del sobre que acababa de entregar el cartero, para bebérselas de un sorbo primero y lentamente después, durante algunos días, hasta que, finalmente, tras muchas vueltas por la casa y después de un intenso intercambio de mano en mano, se incorporaban al montón creciente del que ahora las extraje.

Agustín Antón, Alcalde de Hacinas, compartiendo con otras autoridades, fiesta de Santa Lucía

Las he hojeado una tras otra y, además del disfrute personal experimentado ante la avalancha de recuerdos que han saltado de sus páginas, me he atrevido a hacer una somera revisión bibliográfica, nada objetiva, más bien muy sesgada por gustos, afinidades y formas de ver las cosas, que a continuación y muy brevemente quiero compartir con ustedes. Como digo es una aproximación muy personal y nada científica, tampoco se pretende, y pido disculpas a tantos y tantas que se quedan fuera de las menciones por razones obvias, en especial por el tiempo y el espacio, esos monstruos implacables que imponen siempre sus normas y sus restricciones. Quienes han contribuido con textos, poesías, fotografías, dibujos y trabajos de diseño, maquetación y coordinación a lo largo de estos años, todos y todas, se merecen no solamente una referencia sino, sobre todo, el agradecimiento general por haber logrado algo tan espléndido como esto. Diremos también que como muchos de los autores ya no están entre nosotros, me ahorraré al lado de su nombre el q.e.p.d. que procede, deseando que así sea.

Me ha encantado leer las joyas escritas por Severiano de Juan, crónicas divertidas, algo ácidas y siempre certeras con que nos alumbraba, desde sus geniales “bromisuegras”, hasta sus maravillosas recetas surrealistas, sus cartas y sus cuentos y he recordado también con deleite el placer que fue entrevistarle para la propia revista y la maravillosa tarde que pasamos, Julio y yo, en su casa con tal motivo.

Precisamente la entrevista es uno de los géneros que un servidor más ha ejercitado para estas páginas, siendo una de ellas, la que realicé a Monseñor Lucas, obispo hacinense radicado en Paraguay, en 1981, mi primera colaboración, aparecida en el número 5. Las aportaciones del que suscribe han sido diversas y tocando distintos palos, culo de mal asiento que diría mi abuela, en la producción literaria como en la vida añadiría yo, abarcando desde las crónicas de viajes por el mundo en misiones humanitarias, hasta las prolíficas memorias de las fiestas de Santa Lucía y las actas reiteradas y siempre optimistas de las reuniones anuales de “Los Lechales”. Mis preferidos, siempre, los relatos de recuerdos infantiles, que tanto he disfrutado escribiendo y recreando en mi memoria, aunque sabiendo de sobra que muchas veces la imaginación desbordaba, en mucho, la realidad de los sucesos.  De entre todas mis aportaciones me quedo con una modesta semblanza que escribí a la memoria de Evencio, nuestro inolvidable amigo y compañero, poco después de su partida física (número 109, 2005).

Para seguir entre amigos y compañeros, he redescubierto textos muy interesantes de Tarsicio (” Contar una fábula”, nº124, 2009), además, por supuesto, de los inigualables escritos por su padre, Anastasio, tan llenos de sabiduría e impregnados siempre de la esencia y la tradición hacinense. Familia de escritores sin duda, mi amigo Agustín nos regalaba por entonces trabajos tan acertados, importantes y cargados de actualidad y de contenido social como “Solteros” (nº 67, 1995), “Adiós, Bar Matías” (nº 66, 1995) o “Sobre el racismo” (nº 57, 1992). Antológico es también el relato sobre su trabajo publicado en Diario de Burgos en octubre de 2004 y reproducido en esta revista en el nº 106, titulado “El cartero tiene quien le espere”, una perfecta y justa reivindicación de la figura del cartero rural a través de la crónica de un día en su vida de abnegado funcionario de ese servicio público.

Una pena que Agustín no haya continuado ilustrándonos con sus acertadas opiniones o, dicho de otra forma, que haya abandonado la pluma, según se vea, porque bien parece que para ser buen alcalde primero hay que publicar en la Revista como él hizo, o Jesús Cámara Sebastián (Jesusín, “el míster” sempiterno del CD Hacinas) quien escribió la preciosa carta, que tanto nos emocionó, titulada “Los buenos vecinos”, dedicada a mi familia tras el fallecimiento de nuestra madre (nº 115, 2007). Y como no podía ser de otra manera, Alberto Gallego, vara de regidor municipal en mano, recibió merecidas loas por su trabajo en la promoción de la riqueza paleontológica de nuestro pueblo en el nº 117 (2007). La presencia del Padre Abdón es también constante y sus textos musicológicos, históricos y culturales nos han hecho entender y querer aún más a nuestro pueblo.

La presencia de Agustina, nuestra madre, no solo se hace patente en el intuido temblor de las páginas que ella pasó tantas veces, sino también en algunos de los textos que publicó, como “Ángel sin alas” (nº 18, 1983), “Testimonio” (nº 51, 1991) y “Niños del doble amor” (nº 85, 1999), todos dedicados, a nuestra hermana María Jesús, ¿a quién si no?, la que daba todo el sentido a su existencia.

Hay artículos por los que no ha pasado el tiempo y, con los años, al contrario de lo que nos ocurre a nosotros, han ganado en belleza sin perder ni una pizca de su sentido o, incluso, lo han incrementado. Es el caso de las colaboraciones del Padre Ventura, tan justas y cargadas de contenido social y de reivindicación laboral, como aquella titulada “Despido libre” (nº 19, 1983) o aquella otra llamada “Hablemos del paro” (nº 38, 1988). Los trabajos de Antonio Cámara, reciente y tristemente fallecido, son golosinas trufadas de conocimiento y amor a su pueblo y, por continuar con su extensa y apreciada familia, las ilustraciones de Jesús Cámara Olalla, su “Diccionario de la lengua hacinense” entregado por capítulos y sus relatos sobre el paso de la guerra civil por nuestro pueblo y comarca, son en sí mismos un lujo que hace grande y solvente a una revista como esta. Y si el otro Jesús Cámara, “el míster”, me lo permite, diré que esas colaboraciones ponen a esta revista en primera división.

Mis amigos, los de mi cuadrilla, un poco de cal y otro de arena, han hecho buenas aportaciones, aunque, la verdad, no han destacado por su prolijidad. Ya hemos citado a algunos, pero habrá que señalar que Julio Cámara, sin ir más lejos, con su “Crónica de un partido de futbol” de 1982 y su “Carnet por puntos” de 2007 (noticia extraída de la prensa local que informa sobre sus éxitos profesionales), así como Teodoro Rey con su “Fiesta de San Isidro“ (nº 16, 1983), hilaron fino con un poco de sorna y otro de rabiosa actualidad. Y no pasa nada cuando nuestros amigos no se deciden a escribir, porque lo hacen sus padres y así todo queda en casa, por eso Timoteo Terrazas publicó un emocionante recuerdo de sus aprietos juveniles una tarde de tormenta titulado “Los últimos que pisaron el puente del molino” (nº 17, 1983).

Las tardes de repaso de la colección me han enseñado, en esta visión retrospectiva y continua, que la revista ha cumplido también su función de informar y acercar la actualidad de nuestro pueblo a los que vivían lejos, sobre todo en una época en que las comunicaciones eran mucho más limitadas que ahora. En este aspecto destaca el número de septiembre de 1990 en su abordaje de los problemas del controvertido destino de la Casa del Cura.

Somos un pueblo de poetas, ya lo saben, es imposible no reconocerlo en esta breve semblanza de los primeros 30 años de la revista Amigos de Hacinas. Y sus poesías y la belleza que generan han quedado suficientemente recogidas en sus páginas. Empezando por mi tío Leandro, singular poeta y lingüista, con su maravillosos texto “Hacinenses en Madrid”, nº 83, 1999, o con “La tarde del domingo” , asombroso y emotivo poema que relata las tareas de mi abuelo Ceferino y el cariño que ponía en ellas una tarde festiva cualquiera, que es casi un himno familiar (nº 5, 1981),  siguiendo por las inspiradas rimas de Vicente del Hoyo hasta llegar a la inmensa obra de Felisa de Juan, publicada también por entregas, poetisa referente para todos los que amamos Hacinas y la poesía, quien domina tanto y tan bien el ritmo de sus escritos que en cada párrafo de prosa crees que estás leyendo un poema.

Esta revisión ha sido una tarea ardua y peligrosa para la salud y la tranquilidad. Pasar las hojas de la historia de nuestro pueblo, hacia atrás, a través de las páginas de la revista y vernos allí reflejados, como pueblo y como individuos, no solo tal cómo éramos, sino también tal como pensábamos y cómo hicimos las cosas, es más que un deporte de riesgo no apto para todos los públicos.

Mítica selección pionera del CD Hacinas

Dejé caer de mis manos la última revista del montón, o sea el primer número, y una vez colocadas en su orden cronológico, doné la colección entera a un querido amigo, un luchador de la cultura de nuestro pueblo, a un generoso hacinense que, además de todas esas cualidades, tiene suficiente sitio en el desván para guardarlas. Cuando vuelvan a reclamar la atención de alguien, quizás dentro de muchos años, en plena era digital, es muy posible que alguien catalogue la colección de “hallazgo arqueológico”.

No se dejen dominar por la melancolía, es mejor pensar que nada está perdido.

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, 26 de marzo de 2023


Publicado en la Revista de la Asociación Amigos de Hacinas, nº180, I trimestre de 2023








 

 

miércoles, 1 de junio de 2022

Carta a la Directora de la Revista de la Asociación "Amigos de Hacinas"

 








Estimada María Adela,

Recientemente apareció en las noticias de la Universidad de Burgos (ver el siguiente link: https://www.ubu.es/noticias/un-banco-de-imagenes-para-preservar-conocer-y-divulgar-el-patrimonio-rural-de-burgos ) que la Cátedra de Etnografía y Estudios del Medio Rural piensa crear un banco de imágenes del mundo rural, lo que me pareció una fantástica idea, ilustrándose la información con una foto en la que aparezco con mi abuela, una mítica instantánea de Jesús Molinero tomada hace más de 50 años.

Me ha encantado y emocionado la noticia y el hallazgo y he recordado que hace 4 años publiqué en esta revista la historia de esa fotografía bajo el título tan poco original de “La foto” (número correspondiente al tercer trimestre de 2018).

Lo más curioso del caso es que al releerlo he descubierto que había previsto el destino del citado retrato con asombrosa precisión: “un museo etnográfico”, vaticiné, lo que no se aleja mucho de la realidad que ahora conocemos. En fin, una curiosidad que quise compartir con ellos, a los que felicité por su iniciativa, tan valiosa para la investigación etnográfica, poniéndome a su disposición para lo que pudieran considerar de interés.

Me respondieron agradeciéndome el correo, pues para ellos tiene un gran valor, según dijeron, además de la foto, conocer todo lo que la rodea, enviándome, además, un título de reconocimiento por esta humilde aportación al “conocimiento, recuperación y salvaguarda del patrimonio cultural de la provincia de Burgos”. 

Me pidieron también, y por eso me dirijo a todos los lectores de la revista por este medio, que animáramos a todas aquellas personas que tenga fotografías de este tipo, que ilustran cómo es y fue el mundo rural de nuestra provincia, a que las envíen al banco de fotos a través de la siguiente dirección de mail: catedraetno@ubu.es y, si fuera posible, acompañadas de algunos datos sobre fecha aproximada, lugar, personas que aparecen en ella y circunstancias en que se tomaron.

La Revista de la Asociación “Amigos de Hacinas” tiene, sin duda, una gran cantidad de fotos interesantes que ya han publicado y los lectores y socios, por supuesto, muchas más. Sería muy interesante que se las hagamos llegar a estos investigadores de la Universidad de Burgos. Ojalá que así fuera, porque colaboraríamos con tan loable fin de la conservación del patrimonio cultural de nuestros pueblos.

Quisiera aprovechar también esta ocasión para manifestarte mi enhorabuena por el excelente trabajo que hacéis. Recibe un cordial saludo,

Manolo Díaz Olalla

jueves, 15 de julio de 2021

Carta a la Directora de la Revista "Amigos de Hacinas"


Estimada directora,

Aunque el número actual de la revista habrá recogido el singular acontecimiento al que, con tu permiso, quiero referirme brevemente, quisiera aprovechar la publicación de un nuevo número de la Revista de “Amigos de Hacinas”, siempre un gran acontecimiento para los hacinenses de acá y de allí, para señalar la importancia de la presentación durante el mes de junio del Blog “Las Rutas de Julio”, en el lenguaje moderno que se habla ahora www.ventederuta.com, del que es autor nuestro paisano, amigo y compañero, el lechal Julio Cámara.

Se trata de un trabajo ímprobo, realizado con la meticulosidad y el detalle que siempre imprime a las cosas que hace, de gran utilidad, en el que ha invertido mucho tiempo y, lo que es más importante, mucha ilusión. Solo los visionarios pueden crear recursos de utilidad para todos a partir de actividades habituales o aficiones personales, aunque compartidas por muchos. Para llevarlos a cabo se necesita, además, grandes dosis de paciencia, de interés por el proyecto y, sobre todo, de sentido de la solidaridad para compartir, no ya lo que nos sobra o ha dejado de interesarnos, sino lo que más queremos.

Es un trabajo de gran proyección que no dudo incrementará el interés por nuestra tierra de gentes lejanas, viajeros curiosos y turistas de todas clases, además de mejorar el conocimiento que nosotros mismos tenemos de la riqueza natural, paisajística, arqueológica e histórica de nuestro entorno.

En fin, una gran obra por la que quiero agradecer a Julio su esfuerzo y manifestarle mi enhorabuena más efusiva. Un ejemplo para todos. No suelo ser muy imparcial con mis amigos ni, en general, con los que quiero, sobre todo si, como en este caso, son como hermanos para mí. Pero los hechos son incontestables, la calidad es la calidad y siento admiración por el trabajo bien hecho.

Y a ti, directora, gracias por mantener la Revista en este nivel tan alto, por el esfuerzo que hacéis todos los que la sacáis adelante cada trimestre y por crear espacios para comunicarnos y poder expresar nuestros sentimientos.

Recibe un abrazo,

Manolo Díaz Olalla

Julio de 2021

La siesta

"La siesta", Vincent Van Gogh. Copyright: © Photo RMN – Hervé Lewandowski

Un gran invento, dicen, made in Spain, remarcan, eso de la siesta en toda época, pero especialmente la estival, una pausa necesaria, un reposo revitalizante, un regalo para el cuerpo y la mente. Nadie discute ya el beneficio que supone para nuestro sistema cardiovascular e, incluso, los hay que aseguran que el récord en esperanza de vida del que podemos presumir los españoles es fruto no tanto de las bondades de la dieta mediterránea y del excelente sistema sanitario del que disfrutamos, maltratado por quienes deberían cuidarlo y cuyas costuras saltaron por los aires ante las acometidas de la pandemia, sino del efecto bálsamo   que ese corto pero merecido descanso produce en nosotros.

La siesta es un placer adulto, no lo duden. Recuerdo que mi padre nunca renunció a ella ni cuando teníamos visita en casa, lo que provocaba las excusas algo fingidas de mi madre, pues todos sabíamos que en el fondo agradecía ese rato de charla distendida lejos de su desbordante presencia. Pero para los niños y zangolotinos que poblábamos las calles de Hacinas en los veranos de aquellos años que tanto recuerdo, la siesta obligada era como un castigo inmerecido, una sanción que te separaba de amigos y aventuras gran parte de la tarde, mientras los mayores descansaban y tú te morías de aburrimiento encerrado en casa y mirando por la ventana la calle tan vacía como apetecible para un mocoso ávido de experiencias.

-          Hala, échate un rato hasta que baje el calor y no marees más.

La abuela se transponía a ratos en su sillón, aunque lo negaba tajantemente y el imberbe se rebelaba. ¿Y qué si hacía calor? Eso era lo de menos. ¿Acaso no había sombras donde cobijarse? La de detrás del castillo, por ejemplo, que era mucho buena y que, además, quedaba lejos de miradas indiscretas, lo que era excelente si el sopor te animaba a encender un cigarrito y observar la era del Señor Pedro a través del humo del mencey que se cayó de alguna cajetilla descuidada por su dueño. Siesta, decían, ¡pues no faltaba más! ¡Qué pérdida de tiempo! En fin, no costó mucho descubrir para qué servían las gateras de las puertas de las casas que no tenían gato. Sobre todo, si el gurriato era pequeño y el orificio grande. Hace gracia escuchar ahora a líderes de opinión o a dirigentes políticos cuando para relatar lo difícil que fue una negociación y contarnos todas las cosas a las que hubo que renunciar afirman que “se dejaron pelos en la gatera”. Los oyes y tienes que preguntarte: ¿sabrán de verdad qué es una gatera?, ¿habrán visto alguna en su vida? o, lo que es más importante, ¿se habrán escapado alguna vez de casa de su abuela a través de una de ellas?

Sin duda no, pero en aquellas calcinantes tardes de verano nos hicimos unos expertos en salir de casa sin ser vistos ni oídos, y depuramos tanto esa técnica de abrir cuarterón, correr tranca y dejar un resquicio en la puerta suficiente para que esos magros cuerpecitos se escaparan sin ser sentidos, que más de una vez pensaron de verdad que huíamos por donde debieran salir, o entrar, los gatos de la casa.  

Tiempos, siestas y periodos preventivos de reposo. Y ninguno peor que los que te obligaban a guardar con la excusa de evitar un corte de digestión, cuando andabas de excursión por algún río o piscina. Era algo así como una tortura cuyos motivos resultaban incomprensibles para el niño o la niña recién comido y deseoso de lanzarse al agua para continuar la húmeda fiesta del día.

-          Ni hablar del peluquín, ahora hay que esperar tres horas de digestión antes de volver al agua. Túmbate en aquella hamaca, o en la manta con Julio y Jesús, y haz un rato de siesta.

Mi padre y, en ocasiones, mi tío Caprasio, eran inflexibles con eso. Y tú mirabas deseoso aquéllas heladas aguas de la piscina de Hontoria o de la monumental de Navaleno, que era olímpica, del río Arlanza o del Pedroso, tan cercanas y refrescantes, que renegabas de las medidas profilácticas pautadas y, observando como otros niños se bañaban casi con el último bocado sin deglutir, o después de observar solo dos horas de cuarentena sin que les pasara nada, no te quedaba más solución que exigir algunas explicaciones.

Y entonces era cuando se reían de las cosas que tenía el mostrenco, te contaban el fundamento de la hidrocución y te desvelaban el misterio fisiológico de la sangre atrapada en el tubo digestivo durante la digestión, dejando sin atender algunas funciones muy importantes, como la del calentarnos cuando la piel se pone en contacto con un elemento frío, como el agua, en especial si esta era de la piscina de la Yecla, puro hielo recién derretido de algún nevero permanente de aquellas cumbres cercanas. Y por mucho que te advertían de que eso podría acabar en un colapso y hasta en el ahogamiento del bañista imprudente, tú seguías renuente.  Ante tus dudas, reparos y protestas por lo prolongado de la espera (“con dos horas vale”, aducías a la desesperada) siempre añadían al argumentario lo de que se debía incluir un extra de precaución si el menú había sido a base de ensaladilla y filetes empanados, o sea, lo que mi madre casi siempre incluía en el pack de excursión, que depositaba con amor en la neverita portátil junto a la botella de orangina y el melón.

Parecerá una tontería, pero esas discusiones de las tardes estivales me hicieron entender y, hasta asumir sin plantear muchas discrepancias, las decisiones de la autoridad sanitaria, que luego con los años me ha servido mucho, en especial en época de pandemias. Y todo ello a pesar de que aquellas siestas preventivas obligatorias se situaban para nosotros en el ámbito de lo incompresible y lo injusto, aunque los chapuzones posteriores, que nos dábamos con tantas ganas, borraran en un instante las incomodidades de la espera.

Vivimos infancias en que las siestas reparadoras y relajantes eran como castigos y las explicaciones fisiológicas nos sonaban a música celestial que era mejor no escuchar. Los adultos que somos, más que adultos en muchos casos, sabemos disfrutar ahora de una buena siesta, abandonados en brazos de Morfeo al sopor y a la ensoñación en algún rincón fresco de la casa, mientras en la calle se derriten los sueños y las aventuras que, no me pregunten por qué, hace tiempo han dejado de tener interés para nosotros. 

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, el día de mi cumpleaños de 2021

Publicada en la Revista de la Asociación Amigos de Hacinas, II trimestre de 2021

domingo, 4 de abril de 2021

Érase una vez



Amaneció este 13 de diciembre, día de Santa Lucía, soleado, frío y con restricciones perimetrales a la movilidad en muchos municipios y comunidades autónomas de España. Recordé otros tiempos en que este día, siempre en la distancia, se celebraba en casa con mucho cariño y nunca faltaban una comida especial, algunos ayes nostálgicos de mi madre y una llamada telefónica a la abuela:

- Cuídese madre, no coja frío, háganse compañía Julianita y usted y escriba cada vez que pueda.

- Que sí hija, marcho a escape, que ya han dado las largas, no te preocupes y cuelga ya, que es conferencia. 

Quienes nunca pasamos un día de Santa Lucía de los “oficiales”, de los que se celebran cuando toca según manda el santoral, siempre tuvimos esa festividad invernal alternativa como una especie de enigma indescifrable más. Y no sería porque los amigos que en Hacinas la pasaban no daban toda la información que se les requería, hasta con pelos y señales si venía al caso (horarios, actividades, afluencia de público), pero a pesar de ello no dejaba de ser algo incomprensible para quienes los disfrutábamos, es un decir, del lado de acá: un día de la patrona sin romería y, lo que era más grave, sin nuestra propia y, pensábamos, ilusos de nosotros, fundamental presencia. 

Aún sin conocer detalles no dudo que este año las cosas hayan sido muy diferentes a jornadas festivas anteriores. Como dijimos en una ocasión, esta pandemia que nos arrasa nos ha descubierto una verdad que no queríamos ver: somos completamente vulnerables y de esta solo podremos salir si lo hacemos todos juntos. Los acontecimientos se suceden tan deprisa y nos arrojan a la cara, un día sí y otro también, informaciones tan distintas y aún contradictorias respecto a las anteriores que, de repente, hemos descubierto lo peligroso que puede resultar el aire que respiramos cuando lo ponemos en común en un espacio cerrado. Y este hallazgo, no cabe duda, va a producir un cambio radical en nuestra forma de comportarnos y relacionarnos, al menos mientras la COVID-19 continúe llenando hospitales, UCI's y, por desgracia, cementerios del mundo entero. 

Es muy posible que si las vacunas resultan eficaces, lo que deseamos con todas nuestras fuerzas, y esta terrible infección pasa a ser un mal recuerdo, olvidemos pronto lo aprendido y la vida, y los días de Santa Lucía, los de septiembre y los de diciembre, sean como antes, pero pasará mucho tiempo hasta que eso vuelva a ser así. La descarnada realidad que nos ha trasladado este virus es que una infección que se transmite de forma simple y sencilla, tanto como lo es el hecho de compartir el aire que exhalamos, puede ser fatal para muchos, de la misma forma que, en su momento, el HIV/SIDA llenó de inquietud al mundo entero al comprender que una relación sexual sin protección puede resultar mortal, como lo fue y aún lo es para millones de personas en todo el orbe.

Andaba yo con estas y otras disquisiciones parecidas cuando sonó en mi vitrola particular aquella maravilla de canción de Serrat, en catalán, que es como mejor ha compuesto siempre el Joan Manuel, llamada Temps era temps (algo así como “érase una vez”) y me dejé llevar por esos versos que canta: “Eran tiempos que más que buenos o malos, eran los míos y han sido únicos”. 

Únicos, sin duda, fueron. Como únicos serán los que nos quedan por vivir. Esperemos que, aunque como dice esa canción “Temprano y mal lo supimos todo: quiénes eran los reyes, de dónde vienen los niños y qué come el lobo”, esta vez aprendamos bien las cosas y no las olvidemos, seamos más conscientes del riesgo que corremos y del valor que nuestra actitud y la de los demás tiene en la vida de todos, de la inmensa riqueza que significan unos buenos servicios públicos que protejan a todos y todas y que, cuando por fin podamos llevar una vida lo más parecida a la que antes teníamos, lo hagamos sin dejar a nadie atrás. Porque solo estaremos a salvo cuando estemos todos a salvo.


Manolo Díaz Olalla
Día de Santa Lucía de 2020
Publicado en la Revista Amigos de Hacinas, primer trimestre de 2021



jueves, 1 de abril de 2021

La revista

 



Leo y releo el último número de la revista “Amigos de Hacinas”, el 170, y vuelvo a reconocer en ella el enorme efecto aglutinador que lleva desarrollando desde hace más de 40 años. Mientras la deshojo cual margarita perenne esperada durante meses, recuerdo a mi madre, y a otros muchos hacinenses de la diáspora interior, y la emoción tan grande que sentía cuando el cartero llegaba con ella, glorioso momento en que, abandonando cualquier tarea que estuviera realizando, algo impensable en ella excepto por motivos de fuerza mayor como este, se la bebía entera, primero a grandes tragos y, después, con más sosiego y en los días sucesivos, sorbo a sorbo, deleitándose con cada uno. Sin duda, una de las grandes virtudes de este medio puesto en marcha por iniciativa de algunas mentes preclaras, ha sido la de asegurarnos la participación y la de permitirnos a todos y todas mantener las señas de identidad que tanto nos unen como pueblo y como comunidad dispersa. Estas cualidades son sobre las que con más seguridad se asienta esa capacidad de supervivencia que ha demostrado a lo largo de tantos años, incluso por encima de su función informativa, una de sus aportaciones más notables.

Una cascada de sentimientos encontrados se desata cuando la abro. Me emociono con las palabras que nuestra prima Felisa dedica a su amado y, tristemente, ausente David, que con tanta fuerza transitan de su corazón hasta su pluma, como todo lo que escribe, para después entristecerme con la noticia de la partida de Lucinio Gómez, el insustituible e inolvidable secretario de Hacinas, a cuya familia mando un abrazo desde aquí y entre cuyos miembros cuento con queridos amigos, para pasar después de la perplejidad a la incredulidad cuando, al dar la vuelta a otra página, me descubro en una foto de hace, digamos, muchos años, en compañía del también inolvidable Severiano de Juan. La mente empieza a rebuscar en ese baúl hecho de neuronas y conexiones sinápticas del que tanto les hablo y es entonces cuando recuerdo con nitidez aquella entrevista, que no fue otra cosa que una conversación grata y distendida con una persona excepcional y de cuya visión del mundo y de la vida tanto aprendimos esa tarde y otras tardes que vinieron después. Y es que, como se imaginan, no todo lo que hablamos fuera, como se dice ahora, “políticamente correcto”, aunque estuviera cargado de razones y argumentos irrebatibles. La contemplación de esa fotografía, una sorpresa más que trae esa revista, con mi ensayada pose a lo Lalo Azcona(*) y con esa mata de pelo que hoy es solo un bonito recuerdo, me hace recordar lo que dice un buen amigo de que envejecer es admitir que el pelo se caiga de donde no se tiene que caer y salga donde no tiene que salir; sobre la primera de estas predicciones no tengo nada que añadir ya que comparando aquella instantánea con mi versión actual salta a la vista lo acertado de la misma, pero sobre la segunda prefiero guardar un discreto silencio, si me lo permiten.

El autor, con la mata que se cita. Hace tiempo

Y así, entre sobresaltos y emociones llego a la información sobre la actualidad municipal y descubro una noticia que me gustaría comentar: se decide dedicar lo recaudado con las sanciones por incumplimientos de las medidas preventivas para la COVID-19 ocurridas en el verano (uso de mascarilla, distancia social, etc) a la Residencia de Mayores Santa María, de Salas, donde viven algunas personas de nuestro pueblo. Sabia decisión, creo yo, que nos introduce en el mundo de lo que podemos llamar “el destino finalista de los fondos” y que, en este caso, surge de una relación causa-efecto que no tiene discusión: el deficiente control de la infección que acarrea la baja observación de las medidas preventivas de demostrada eficacia provoca sus peores efectos en las personas mayores y, en especial y según lo observado, en las institucionalizadas. Hay antecedentes de este tipo de actuación y, como se imaginan, no siempre exentos de polémica, como, por ejemplo, aquél famoso “céntimo sanitario”, eufemismo con que se denominaba a la política de gravar con esa minúscula cantidad el precio de cada litro de gasolina, ya que la contaminación que los vehículos producen genera muchas enfermedades que sobrecargan e incrementan el gasto del sistema sanitario, que es a donde se dirigen esos fondos extraordinarios. ¡Qué bien pensado! que diría P. Tinto, siempre que, de verdad, fueran fondos adicionales y el sistema sanitario, una de las piezas fundamentales de nuestro Estado del Bienestar, estuviera bien y suficientemente financiado por fondos públicos, lo mismo que las residencias de mayores, independientemente de que quien deba recibir la atención correspondiente sea un mayor o un enfisematoso y que cada cual aporte lo que le corresponda según sus posibilidades, conduzca vehículos o sea peatón raso.  

Una polémica planteada en el Reino Unido hace años supuso otra vuelta de tuerca sobre este mismo procedimiento, aunque con algunos matices. Se anunció que se sacaría de la lista de espera de cirugía coronaria a aquellos pacientes que siguieran fumando tras detectárseles el problema que les señalaba la puerta del quirófano. Tiene su lógica, no lo negaremos, en este caso justificada además por la eficacia del tratamiento, ya que en los fumadores persistentes la solución tiene un efecto limitado. Como ocurre en la fontanería en que estos procedimientos se sustentan, hay que decir que se taponan con rapidez los vasos desobstruidos en quienes continúan con esa adicción y que en este caso la decisión tiene difíciles aristas que sortear desde el punto de vista ético. Porque ¿quién se puede arrogar la autoridad de negar a alguien una solución que le puede salvar la vida, por mucho que no quiera o no pueda cumplir las condiciones que garantizan un éxito duradero del remedio? 

Somos conscientes de que hay un trasfondo de búsqueda de la equidad en ambas decisiones, la de las sanciones veraniegas por proteger a los más perjudicados por una conducta que tiene poco en cuenta a los más vulnerables y la del National Health Service británico por priorizar el tratamiento de quienes esperan una solución desde hace mucho tiempo a la vez que aseguran mejor el éxito de la misma con su comportamiento, pero, cuidado, si nos volvemos estrictos con estas estrategias dentro de nada, querido lector, le pueden negar la receta del medicamento para el colesterol si continúa con ese feo vicio de comer chorizo o, a los que componemos la cuadrilla de los lechales, sin ir más lejos, expulsarnos de la consulta de nutrición donde nos ponen la dieta de adelgazamiento si persistimos en nuestras reuniones, en las que se consumen manjares hipercalóricos en demasía, a pesar de que dichos encuentros, de los que ustedes tendrán noticias, sean anuales exceptuando los años pandémicos.

El destino finalista de los recursos está muy bien y las estrategias disuasorias de los hábitos poco saludables también, porque estimulan la equidad y señalan dónde están los problemas, siempre que la atención que cada cual necesite en cada momento esté debidamente financiada con el esfuerzo de todos según las posibilidades de cada uno. Y, mientras concluyo estas disquisiciones, llego a la ultima página del número 170 de la revista y reconozco que, como siempre, ha cumplido con creces las expectativas que, cuando la saqué del sobre, había depositado en ella: me ha dado una buena ración de información, emoción, sorpresa, recuerdos de quienes somos y de cómo fuimos, tristeza por los que se han ido y alegría por los que llegan, reflexión y sonrisas, además de fomentar mis deseos de seguir participando y mis sentimientos de pertenencia a este pueblo que somos.

Enhorabuena a los que tuvieron la genialidad de poner todo esto en marcha en 1980 y a los que durante todos estos lustros han conseguido mantener viva esta llama.

 

Manolo Díaz Olalla

21 de marzo de 2021. Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", nº 171, primer trimestre de 2021

 

(*) Nota del autor. - Para los muy jóvenes o los desmemoriados copio a continuación lo que sobre este personaje dice la Wikipedia: “Ladislao de Arriba Azcona, conocido como Lalo Azcona (Oviedo, 20 de junio de 1951), es un periodista y empresario español que se hizo famoso cuando, en el verano de 1976, se le encargó la edición y presentación de la primera edición del Telediario de TVE, puesto que ocupó hasta finales de 1977. Su juventud, su peculiar y cercana forma de dar las noticias y su imagen (sic) lo convirtieron en un rostro extremadamente popular en la época”.

El susodicho Lalo Azcona. También hace mucho tiempo


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Mi abuelo Ceferino y la salud pública municipal

 

A la memoria de David Martín, entusiasta lector y seguidor de estos humildes escritos y de la Revista de Amigos de Hacinas en su conjunto.  Su pérdida, aún más por inesperada e injusta, nos llena de tristeza. Mi cariño enorme para Felisa y para sus hijos, Bea y Javi, que forman parte de mi familia.

Descanse en Paz.

 Al igual que el gran poeta León Felipe reconoce en ese catálogo de orfandades existenciales que es su poema “Qué lástima”, yo tampoco tuve un mi abuelo que ganara una batalla. Ni falta que nos hizo, creo yo, pero de todas las personas de mi familia que no tuve la ocasión de conocer quizás sea mi abuelo Ceferino a quien más lamento no haberlo hecho. Muchos de los que le trataron me han hablado en Hacinas de sus cualidades, que debieron ser notables, e incluso me han halagado señalando el parecido físico que mantengo con él, por ejemplo, por el pelo encrespado y oscuro que adornaba mi cabeza antes de que me asaltase la escasez capilar que ahora sufro. Más difícil será que me aproxime a sus numerosas virtudes, aunque lo intente, ya que todos los que le conocieron le tuvieron por hombre cabal, honrado, generoso, solidario, familiar y con un enorme sentido de la justicia. Este afán puso a prueba su integridad en ocasiones cruciales de su vida, en las que, según me han contado, siempre antepuso lo justo a lo conveniente, incluso en detrimento de su tranquilidad y de la de su familia, aún a costa de ver reducida su hacienda en muchas de ellas.

Una penosa enfermedad, hoy en día muy fácil de atajar, acabó tempranamente con su vida dejando a mi abuela Margarita sola para satisfacer las necesidades familiares. Sabía de él que durante años ejerció la difícil función de Juez de Paz, tiempos duros con la guerra civil y sus inciviles secuelas de por medio, y como Alcalde de Hacinas en otra época. Pero no conocía nada de sus atinadas incursiones normativas en el ámbito de la salud pública y al descubrirlas ahora, me han llenado de gozo, no solo por lo que significan sino porque me ha dado por pensar que es posible que de casta le venga al galgo.

Ha sido un hallazgo de ese gran investigador de la historia contemporánea de nuestro pueblo y su comarca, mi admirado Jesús Cámara Olalla, el que me ha mostrado una faceta de su vida que desconocía. Andaba el bueno de Jesús buscando bibliografía para uno de sus últimos y excelentes trabajos, “La gripe de 1918 y su incidencia en pueblos de la comarca de Pinares”, en Tu Voz en Pinares, 4 de mayo de 2020 (ver también “1918: gripe española, 2020: covid-19, las lecciones aprendidas de la respuesta burgalesa”, en BURGOS-conecta el 20 de junio de 2020), cuando cayó en sus manos un edicto de la Alcaldía de Hacinas, firmado por mi abuelo Ceferino a fecha 2 de septiembre de 1918 y publicado en el Boletín Oficial de la Provincia de Burgos el 7 de septiembre de ese año. En él y tras exponer claramente los riesgos que para la seguridad alimentaria de romeros, visitantes y naturales de la villa comporta la fiesta de Santa Lucía próxima a celebrarse, los días 14, 15 y 16 de ese mes y año, y en especial, atendiendo a la cantidad de asistentes y a la profusión de actividades de consumo de comida y bebida no regulado ni inspeccionado por la autoridad sanitaria local, advierte que no está dispuesto a que se repitan situaciones de años anteriores, que no solamente pudieron socavar la salud de los ciudadanos sino que además causaron considerable perjuicio a las arcas municipales.


Por un momento rememoré episodios a los que, muchos años después, pude asistir, cuando Jesús Cámara Sebastián o Agustín Antón ejercieron de alcaldes, muy de mañana, los días de Santa Lucía en que, mientras se montaban los puestos de la era de la ermita intentaban cobrar las tasas municipales, lo que no siempre era una labor agradable ni acogida de buen grado por vendedores y feriantes. Pero no solo eso, sino que en su escrito Ceferino impone una serie de condiciones a la venta y comercialización de alimentos y bebidas, planteadas con mucho juicio y en defensa de la seguridad y la tranquilidad de los consumidores, en una época anterior a la llegada de la refrigeración industrial y carente de las condiciones higiénicas en la elaboración y la manipulación de alimentos que disfrutamos en la actualidad. Prohíbe mi abuelo en la norma emitida que se comercialice comida preparada anteriormente a la fiesta, así como la admisión de carne cruda traída de otros lugares. Tan solo se permite, en el caso de las reses, las carnes que procedan de las que se sacrifiquen durante la propia fiesta. Es decir que solo podrán ser consumidas las carnes que llegaron “vivas” a la fiesta y, yo diría, que “por sus propias patas”, tras ser examinados los animales por las autoridades sanitarias locales y dados como aptos para el consumo, sacrificándose a continuación.

En fin, creo que Ceferino Olalla quedó investido en aquel edicto como salubrista municipal de una sola pieza. Estuve tentado de adornar esta semblanza calificándole también de “visionario”, pero me contuve. Tan solo, y a fuerza de atar cabos y dar rienda suelta a ese componente tan importante de la historia que es la cronología, comprendí que, aunque ni mi abuelo ni las demás autoridades locales lo supieran, la feroz epidemia de gripe ya acechaba. Hablo efectivamente de la gripe del 18, mal llamada gripe española, es decir, ese espejo pandémico en el que ahora nos miramos con tanto frenesí a la búsqueda de respuestas. Por los pelos se celebró la romería aquél nombrado año, pues apenas tres días después de que los mozos de la época, que tan sanamente y con tanta tranquilidad comerían el cuarto asado y beberían buen ribera de pellejo, entonaran el “pobre de mí” o, para ser más respetuoso con las costumbres locales, se tomaran el chocolate en “San Cirbián”,  el Gobernador Civil de Burgos, el celebrado y reconocido Don Andrés Alonso (ver número de la Revista de Hacinas del primer trimestre de este año), pidió a los alcaldes de la provincia que reunieran las respectivas Juntas Municipales de Sanidad para que tomaran las medidas de prevención oportunas contra la gripe, para apenas 5 días después, el 23 de septiembre suspender fiestas y ferias de ganados en pueblos y aldeas. Poco después, en fin, en el Boletín Oficial de la Provincia de fecha 4 de octubre, publicó Don Andrés la comentada circular en la que advierte sobre las frecuentes indisciplinas que se registraban y señala a los mozos de Los Balbases como responsables de repartir por su localidad los virus que tan inconscientemente adquirieron en las fiestas de Valdequirán, pasaje este sobre el que ya escribimos recientemente. 

Es decir que en las fiestas de Santa Lucía de aquél conflictivo año de 1918, mozos y romeros comieron y bebieron tranquilos y a discreción por orden de la autoridad, pero sin saberlo quizás más de uno se fue para su casa con algún virus que no traía y que en tan concurrida ocasión pudo regalarle algún contacto estrecho que, con forma de amigo, pariente o amante, ni siquiera imaginaba que lo era. Así se escribe la historia.

A mi abuelo, como ya hicimos con el Gobernador, le admiraremos por su sentido de la salud pública y por su contundencia en promocionarla, pero no le colgaremos la etiqueta de visionario. Ni la necesita, creo yo. Ni profeta, ni adivino. No vamos a caer aquí en la lamentable disquisición a la que hemos asistido recientemente en nuestro país de asignar culpas y responsabilidades a posteriori, cuando nadie en el momento de los hechos conocía lo que estaba pasando. Ni siquiera los que en teoría tenían la obligación de conocerlo. Es lo que tienen las enfermedades infecciosas, que nos cogen desprevenidos a costa de alcanzarnos antes de que los afectados muestren síntomas de padecerlas, si es que alguna vez lo hacen. Periodo de latencia lo llaman, o de incubación, y gracias a él virus y bacterias ganan algunas batallas. Por ello y por lo difícil que es tomar medidas de protección para cada uno y para los demás cuando quien puede transmitir la infección se siente sano.

Yo, como León Felipe, no tuve un mi abuelo que ganara una batalla, pero puedo sentirme orgulloso de haber tenido uno que se preocupó por la salud pública de su pueblo y por la justa compensación a las arcas municipales. Fue un adelantado a su tiempo, aunque no a pandemias desconocidas, y estoy seguro que de haber caído aquellas fiestas de 1918 una semana después, y que San Mateo me perdone, por aquélla campa de la ermita no hubiera pasado romero alguno.

Ni intoxicación alimentaria, ni infección respiratoria. Nada. Ni una almendra garrapiñada.

Ni una jota, vamos.

Manolo Díaz Olalla
septiembre de 2020
Publicado en la Revista Amigos de Hacinas, tercer trimestre de 2020

jueves, 16 de julio de 2020

Hacinas, un pueblo que goza de buena salud


Razón de mortalidad estandarizada de hombres, 1989-2014, Hacinas y comarca

En el mes de febrero de este año, es decir, un poco antes de que irrumpiera en nuestras vidas como un huracán este virus que tanto y tan profundamente está alterando nuestro mundo y nuestra forma de vivir y de comportarnos, muy poco antes y sin que nadie aún imaginara lo que se nos venía encima, investigadores e investigadoras de la Fundación Fisabio y de la Dirección General de Salud Pública de la Generalitat Valenciana publicaron un atlas digital de mortalidad en España con información desagregada por municipios. Se trata de una herramienta interactiva que analiza por separado todas las causas de muerte (agrupadas en 102 categorías) en los 8.063 municipios españoles y permite estudiar de forma combinada si existen diferencias geográficas, en el tiempo y por sexo. Se estudian todas las defunciones ocurridas en España en 25 años (de 1989 a 2014), que fueron 5 millones de hombres y más de 4 millones y medio de mujeres, analizándose conjuntamente en ese periodo. Esta estrategia de agrupamiento unida a las técnicas de suavización, el cálculo de probabilidades bayesianas y otras lindezas estadísticas en las que no merece la pena detenerse, permiten hablar con poca incertidumbre de los datos, facilitando los análisis y las comparativas con bastante fiabilidad, incluso cuando hablamos de municipios pequeños, como es Hacinas.

Es importante señalar que el conocimiento de la mortalidad de una población, aunque parezca una contradicción, es una de las informaciones más importantes que podemos tener de su salud: cantidad de defunciones ocurridas, distribución por causas y edades de las mismas y su evolución en el tiempo aportan datos de mucha relevancia para comprender la magnitud y la naturaleza de los problemas que más amenazan la salud de la gente y, tras la pertinente elaboración de los datos de manera que permita calcular los riesgos de morir en unas condiciones que se puedan comparar con otros municipios (cálculo de tasas y estandarización por edades) podremos llegar a una visión bastante completa de la situación y a poner en referencia unos municipio con otros, pues se elimina el efecto fundamental que sobre la mortalidad tienen las diferentes composiciones por edades, es decir que podemos hacer comparaciones como si todos los pueblos contaran con la misma proporción de jóvenes y de mayores y la edad no tuviera un efecto fundamental en la probabilidad de morir.

Es lo que han hecho estos investigadores valencianos y el resultado de su trabajo se puede encontrar y consultar fácilmente en internet (https://medea3.shinyapps.io/atlas_nacional/). Aunque la tarea sin duda ha sido ardua y su elaboración compleja, su presentación es sencilla e intuitiva y la visualización de los mapas permite entender con rapidez la naturaleza y el tamaño de los problemas. Les invito a que lo hagan y curioseen todo lo que puedan en esa fabulosa herramienta, pero me he permitido hacer un muy pequeño resumen de los resultados más relevantes que se pueden encontrar sobre Hacinas.

Hacinas tiene una situación de su salud, analizada de esta forma que les comento, muy buena, claramente entre las mejores de todos los municipios de España. Ahí es nada. No está mal la noticia para abrir boca, creo yo. El riesgo de morir considerado globalmente es un 35% más bajo en nuestro pueblo que el del conjunto de España en ese periodo, con bastante certeza y, según se ha dicho, como si todos los pueblos tuvieran la población con las mismas edades, lo que nos lleva a concluir que solo hay 462 municipios, de los 8063 en los que se han hecho los cálculos, con mejor situación que la nuestra en el país. La situación es especialmente buena en los hombres, un 40% menos riesgo y tan solo 61 pueblos mejor que el nuestro en comparación con los datos de la mortalidad de los hombres de toda España, mientras que las mujeres hacinenses, con una tasa un 20% por debajo de la de las mujeres nacionales, están mejor que la mayoría de ellas, aunque haya unos 2.000 municipios con mejores resultados.

La situación ha ido mejorando en Hacinas desde el principio del periodo analizado, pues mientras al principio del estudio (1989 y años sucesivos) la situación de la mortalidad se acercaba mucho a la media nacional, a lo largo de los años, hasta 2014, ha ido poco a poco destacándose por encima de la media hasta quedar en el nivel tan bueno que hemos señalado en la actualidad.

Otro dato de gran interés de este estudio y de la revisión de sus mapas, o al menos así me lo parece, es que tenemos una comarca y los riesgos, problemas y niveles de salud son muy parecidos a los de los demás pueblos de nuestros alrededores. Es decir, que esas buenas informaciones que hemos anticipado son extensibles a casi todos los municipios de la zona, y todos hemos avanzado casi de la mano en estos 25 años del estudio.

Hay, no obstante, algunos datos que merecen reflexión y, quizás, algún análisis más en profundidad. Se trata de que a pesar de que en conjunto el riesgo de morir es bajo comparativamente, no es menos cierto que hay algunos problemas en los que destacamos por nuestra mala situación, como lo hacen los municipios cercanos, que para eso somos todos un fuenteovejuna epidemiológico: se registra bastante más riesgo de morir por algunos tipos de cáncer (especialmente de estómago) y por accidentes de tráfico. El primero de los problemas es el principal para hombres y mujeres de Hacinas en ese periodo y estamos entre los 500 municipios de España con más mortalidad por ese motivo. Para los accidentes de tráfico también desatacamos tristemente sobre el conjunto nacional, quedando en mala posición también en la mortalidad por “accidentes de otro tipo”. En lo que se refiere al tumor maligno de estómago el conocimiento científico indica que en su origen pueden estar involucrados muchos factores, desde infecciones crónicas, hasta la dieta (abundantes alimentos ahumados, pescado y carne salada y curada y vegetales conservados en vinagre), pasando por algunos problemas hereditarios y por el tabaco.

Por mucho que se diga, posiblemente se deba seguir insistiendo en que por encima de la COVID-19 y sus derivadas, los problemas de salud de las personas y de las poblaciones siguen ahí y sus consecuencias seguirán haciéndose visibles cuando el foco se aparte un poco del virus de nuestros temores. Y sus causas, impertérritas, continuarán entre nosotros si no las abordamos. Pero también seguirán las causas de las causas. La epidemiología nos informa desde hace mucho que los factores sociales son el grupo de determinantes que de forma más importante produce mala salud (vivienda, trabajo, precariedad, exclusión), seguido de los hábitos (tabaco, alcohol, alimentación, ejercicio físico). Todas ellas se deben abordar por quien tenga la responsabilidad política y normativa, contando con nuestro esfuerzo.

Tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos de pertenecer a una comunidad con un alto nivel de salud, entendiendo comunidad no solo como municipio sino también como comarca, pero no es menos cierto que se deben tomar medidas para seguir mejorando y disipando las amenazas que aún nos acechan. Dieta y educación vial son buenas temáticas para un plan de educación para la salud, para empezar. Porque estos problemas provocan una mortalidad innecesariamente prematura y, sobre todo, evitable con medidas que es posible y deseable poner en marcha.

                                                                                                              

                                                                                                                        Manolo Díaz Olalla

                                                                                                                             Julio de 2020

 

                                                   (Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", 2º trimestre de 2020)

jueves, 31 de octubre de 2019

Lechales’40: la leyenda




De un tiempo a esta parte optamos por la discreción a la hora de compartir con nuestro público y seguidores las gozosas noticias de las reuniones de la Cofradía de Amigos del Cordero Lechal (“lechales” en adelante) para no resultar reiterativos, acaparadores ni plastas. No fue una decisión fácil, pero comprendimos que sólo con la reunión anual aparecemos en uno de cada cuatro números de esta revista y si, después, con permiso de la dirección, nos dejáramos llevar por la emoción y la fanfarria ocuparíamos una buena parte de las páginas de que consta la publicación por lo que tuvimos miedo de que algún día este medio perdiera su acertado nombre para pasar a llamarse “Revista de lechales”.

Nos limitamos por ello, con comedimiento y contención, a dar una pequeña nota en el número de invierno correspondiente y, como si tal cosa, volver a un modesto segundo plano hasta el año siguiente. Pero en esta ocasión no podemos continuar con ese falso papel de cautos que tan poco nos pega y queremos reclamar el espacio que merece el insigne acontecimiento que venimos a anunciarles y que no es otro que los pasados días 25, 26 y 27 de octubre de este año 2019 celebramos la edición número 40 de estas reuniones fabulosas, sin faltar ni un año y con una nómina bastante constante de cofrades que, reunión tras reunión, asciende a unos 15 ejemplares, lechal arriba o lechal abajo. En esta ocasión, y como el calendario recomendaba, la quedada tenía que ser especial y así lo fue gracias a la ilusión de todos y a la impecable organización de un medalla de oro de la cofradía: Julito Cámara. Tanto se cuidó el escenario que nos desplazamos a celebrarla a Urdaibai, Reserva de la Biosfera, esa maravilla natural de Vizcaya de singular belleza, cuya contemplación la complementamos con paseos y estancias por otras localidades cercanas (Gernica, Mundaca, Sucarrieta-Pedernales, San Juan de Gaztelugache y Baquio).

No entraremos aquí en detalles para que vean que nuestros deseos de moderación son sinceros, pero debemos decir que las jornadas, los ratos pasados, los lugares visitados (los de contemplar la naturaleza y los otros) y esa magia de disfrutar de estar todos juntos, volvieron a brillar, deslumbrantes, como pocas veces lo había hecho. El medio condiciona, ya lo saben, y no se puede disfrutar de esos parajes naturales sin gozar y mucho del paisaje humano que, año tras año, componemos los amigos que nos juntamos.

Nos encontramos la primera vez el 25 de mayo de 1980 (como las cabezas ya no están buenas del todo y ha llovido tanto, sobre el día exacto nunca acabamos de ponernos de acuerdo, pero la señalada es la fecha que goza de mayor consenso) un grupo de amigos, el germen de los futuros “lechales”, en Aranda de Duero con la sana intención, creíamos, de pasar el día y dar buena cuenta de algunos cuartos asados del óvido infante en la Casa de Rafael Corrales. Si a alguno de aquellos amigos hacinenses, por aquél entonces mucho mozos y bien majos, que nos reunimos con tan sana y provechosa intención aquel día lejano, nos hubieran contado que 40 años después seguiríamos encontrándonos con el mismo propósito y anhelo, año tras año y sin fallar ni uno solito, no lo hubiéramos creído. Pero no ha sido la incredulidad lo que nos ha hecho llegar hasta aquí, hazaña que bien merecería figurar en un libro de excesos que se publica en inglés, como bien dijo el genial Krahe, si no la sana alegría de continuar y no darle una sola ocasión al olvido o la indolencia para que hicieran la más mínima mella en la profunda amistad y camaradería que nos une. Porque tanto mérito tuvieron los que lanzaron la primera cita como los que, a punto de despedirse aquella vez pionera dijeron “¿Y si repetimos el año que viene? Vamos a poner fecha…”.

De esa forma, después de aquella reunión inaugural sin saber que lo era, siguieron otras dos en la misma localidad de la Ribera (1981 y 1982), la más frecuentada por la cofradía, y para que no decayera convocamos la cuarta en Burgos en el año 83, después de nuevo en Aranda (84), El Burgo de Osma (85), Pedraza (Segovia) en el 86, Riaza (también Segovia) en el 87, la burgalesa Roa en el 88, Cuéllar (Segovia) en el 89, Burgos en el 90, Ereño (Vizcaya) en el 91, Torrecaballeros (Segovia) año 92, Aranda en el 93, Soria en el 94, Haro (Logroño) en el 95, Villalcázar de Sirga (Palencia) año 96, Covarrubias en el 97, Hontoria de Valdearados en el 98, Vilvestre del Pinar en el 99, Aguilar de Campoo en el año 2000, El Burgo de Osma en 2001, Soria en  2002, Lerma en 2003, Aranda, otra vez, en 2004, Las Viniegras (Rioja) en 2005, Burgos en 2006, Vilviestre del Pinar en 2007, Tariego de Cerrato (Palencia) en el año 2008, Valdelateja (Valle de Sedano, Burgos) en 2009, Berberana (Burgos) en 2010, Ayllón (Guadalajara) en 2011, Saldaña (Palencia) en 2012, Gumiel de Izán (Burgos) en 2013, Poza de la Sal (Burgos) en 2014, Porto Colom (Mallorca) en 2015, La Vid (Burgos) en 2016, Rioseco de Soria en 2017, Valle de Valdelaguna y Castrovido en 2018 y Urdaibai y San Juan de Gaztelugatxe (Vizcaya) 2019, el año de los 40, que no pican pero atormentan.

La educación y la cultura es la mayor riqueza de los pueblos y tan sensibilizados estamos de ello que en ninguna reunión faltó la visita cultural, el museo, las ruinas, la iglesia, el centro de interpretación o la bodega, aunque, eso sí, deprisa, vamos, no se fuera a pasar la hora del blanco. Tenemos la memoria ya tan enclenque que desde hace años llevamos un libro de actas en el que se apuntan todos los detalles de cada reunión, aprobándose, o no, según proceda, cada año la del anterior y añadiendo, cuando es menester, quejas, comentarios o sugerencias de los cofrades. La recepción de asistentes el viernes, la partida de mus tras las comidas del sábado, el posado de Carlos para el álbum de fotos y el repaso al variado y trasnochado repertorito musical, a veces a capela, pero siempre bajo la exigente batuta de Paco y el auxilio de la guitarra de Manolo, se han convertido ya en clásicos de estos fantásticos encuentros de amigos.

No queremos abusar más de su atención y su confianza, hemos dicho que todo lo hacemos sin ánimo de protagonismo, pero no nos equivocamos si afirmamos que los lechales de Hacinas se han convertido en leyenda: “Lechales, cuarenta años dejando bien alto el nombre de Hacinas en tascas, bares, casas de comida y locales de esparcimiento de Castilla y León”.

Cuarenta años nos contemplan y lo que empezó siendo una reunión de amigos se ha convertido en un clásico del otoño castellano, la perseverancia en mito y este modesto secretario de cofradía en Historiador de este asombroso fenómeno que ya forma parte de nuestra historia.

Manolo Díaz Olalla
Historiador de los Lechales




N. del A. Se acompaña esta crónica de dos fotos. Son de las dos reuniones celebradas en Vizcaya, una del año 1991 en Erentxun y otra de este último año en la isla de Txatxarramendi. No ponemos cuál es cada una porque preferimos que lo adivine el avispado lector. Ah, y no admitimos bromas al respecto. Gracias.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Nuestra vida antes del móvil

Tomada de Xatakandroid.com 


Explica el genial escritor argentino Hernán Casciari que en cierta ocasión se encontraba contándole a su hija el cuento de Hansel y Gretel y, en lo más emocionante de la historia, justo en el momento en que los hermanitos se pierden en el bosque, la niña le reventó el relato cuando, inocente e incrédula, le interrumpió con esta pregunta: “¿Y por qué no hacen una llamada por washapp a su papá?”.
Aunque quizás les extrañe lo que voy a escribir, creo que hemos tenido suerte de haber transitado por nuestra infancia, adolescencia y juventud sin conocer el teléfono móvil. No dudo que quizás descubran una gran contradicción en ello, cansados de oírme mantener todo lo contrario si es que leen estas modestas crónicas, pero todo tiene su explicación.

Una gran parte de las historias de nuestra vida, de las importantes, de las que se pueden contar y también de las otras, de las que les traigo aquí en ocasiones con el ánimo de desvelar quiénes fuimos y cómo era Hacinas entonces, tienen como eje de la trama la distancia y la incomunicación. Planteamiento, nudo y desenlace. Pongan un móvil en el bolsillo de aquellos muchachitos y muchachitas que fuimos alguna vez y ninguna de esas historias valdría un céntimo, ni las recordaríamos, ni merecería la pena contarlas. Ninguna historia funcionaría porque no habría argumento. Da cierto vértigo pensar lo insulsa de aquella existencia si la tecnología de la comunicación con su telefonía de datos y sus terminales inteligentes hubieran llegado 20 años antes. Veamos.

¿Qué hubiera sido de nosotros si Jesusín, que pasó temprano aquélla tarde por los praos de Campo el Valle, hubiera puesto un mensaje en el grupo de “Buscadores de hojas tiernas para los cochinos”, diciéndonos que aquello estaba pelao y que más valdría que nos fuéramos, con calderos y todo, hacia la parte de la Hontana? Pues que esa tarde no hubiéramos dedicado el tiempo a hablar de música y a tirar balones a puerta ante la escasez de follaje, por lo que el mundo quizás hubiera perdido un músico de la categoría de Julito y un rematador a puerta de los que no se olvidan, como fue un servidor, modestia aparte.

¿Qué les hubiera podido contar a ustedes de aquél mi primer enamoramiento adolescente frustrado por incomparecencia, si aquella noche en que andaba de sanquintines con mis amigos, la maravillosa muchacha que tanto me gustaba me hubiese puesto un mensaje en el móvil que dijera “¿Vienes o ké? Llevo + de 1 hora n’el baile esperando. O llegas o m voy p casa”?

¡Qué poco hubiéramos disfrutado de la hazaña de aquél muchachito que se bebió el agua de los renacuajos “sin tragarse ni uno”, como dijo, “porque apreté bien los dientes”, como añadió,  si en los días siguientes a los hechos le hubiera pedido a su abuela que colgara fotos en el Instagram cada seis horas de la conjuntiva y la lengua del depredador de especies y, si hubiera podido ser, también de algunas caquitas de las que hacía la esgurriada criatura!

¿Qué tendríamos que contar a la concurrencia y a los lectores de esta revista sobre aquélla tarde en que se desató tan terrible tormenta que nos caló hasta los huesos y espanzurró decenas de chopos a nuestro paso, si en vez de coger las bicis e irnos a Silos nos hubiéramos quedado en casa porque el localizador GPS, los mensajes de alerta meteorológica y la webcam del monasterio nos hubieran informado, dos horas antes, de lo que se avecinaba?

¡Qué carentes de emoción hubieran sido aquellas tardes jugando al “tres navíos” si, sin necesidad de patearnos el casco urbano, que era lo propio y lo emocionante, y sin movernos del castillo hubiéramos localizado a los escondidos en calle, calleja o casona activando la geolocalización de sus móviles y situando sus coordenadas XY en el google-map!

“Ojo chavales, que Jesús va para allá”, y sin más, al punto de recibir el SMS hubiéramos apagado nuestros menceys y enterrado las colillas, nos hubiéramos enjuagado la boca con orangina y las manos con varondandy, hubiéramos desenfundado la guitarra y nos hubiéramos hecho los sorprendidos cuando Jesús “El pollo”, en su visita exploratoria y sospechando lo que era evidente, hubiera hecho acto de presencia por detrás del castillo mientras, disimuladamente, seguíamos rasgando inútilmente las cuerdas como quien busca la nota exacta. Ese placer incomparable de experimentar lo prohibido sin saber si vas a ser descubierto no existe cuando el buen amigo te avisa del peligro y, otra vez, la historia se queda en el cajón de todo aquello que nunca fue interesante.

“Ven a la estación de Salas para que veas a la mismísima Claudia Cardinale pasearse entre los vagones del tren de Soria”, no me pudo contar en un audio mi amigo Fede aquélla mañana en que asistió, por casualidad, a tan fabulosa aparición. Y si eso hubiera ocurrido se me habría desvanecido ese mito erótico, que es lo que les pasa a todos los mitos cuando los ves, de aquí a allí, al natural y en carne y hueso. Como nadie me pudo mandar ese audio me pasé la mañana en la casa del cura probando el tocadiscos y aunque no vi a la estrella en toda su apabullante corporalidad, me la he imaginado muchas veces entre las vías y hoy tengo una historia que contarles, la de lo que pudo haber sido y no fue.

Esas historias, las que no fueron, aunque podían haber sido, siempre son mejores que las otras. En aquéllas la imaginación se hace la dueña, en las otras la realidad tozuda y gris acaba con todo con demasiada frecuencia.

Hubo un tiempo anterior a la telefonía móvil, aunque muchos no lo hayan conocido. Hoy en día se puede añadir a la pirámide de Maslow de jerarquía de las necesidades humanas, dos nuevos elementos además del reconocimiento, la seguridad, la afiliación, la autorrealización y la filosofía: el wifi y el cargador del móvil. Pero los tiempos modernos y las tecnologías “de doble punta”, que dice un buen amigo, dejan poco margen a la sorpresa y a la incertidumbre, y la vida con ellas se vuelve insustancial y monótona demasiadas veces. Todo lo arreglamos desde el sofá con el móvil en la mano y creemos que vamos sobre seguro, pero no es así.

En Hacinas tenemos la ventaja de que la cobertura de telefonía móvil no es buena. Aprovechemos esa circunstancia para vivir historias de verdad, con sus desencuentros, sus imprecisiones, sus sorpresas y sus soluciones en diferido.

Vivamos esa excitante experiencia y tendremos historias para contar.

Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", número del tercer trimestre de 2019)