![]() |
| cunetas, rigueras y escorrentías... clin-clin-clin |
Y tras el chapazo veraniego llegaba la calma que
invitaba al zascandil a salir a unas calles que parecían diferentes tras su
lavado de cara, mientras que, envolviéndolo todo, surgía de aquí y allá el
sonido fresco y ligero del agua corriendo por rigueras, cunetas, canalones
y otras escorrentías, clin-clin-clin, y otro más monótono de los
goterones golpeando rítmicos y recalcitrantes la chapa de calderos y barreñones,
clon-clon-clon.
Después de la manta imprevista y abundante, sin aviso para
tocar un tentenublo, don…don…don, ni para subirse a un testero
por si acaso, el escenario quedaba de nuevo montado para las picias que
el mocarrón estuviera dispuesto a protagonizar y que, para sorpresa de
nadie, podían abarcar desde ponerse como unas barrederas haciendo barruches
en algún charranco adobillado a charcalear a gusto en el primer recalzadero
del camino, clas, clas, clas.
No era raro que, escampando, se oyera por calles y plazuelas
los rebuznos, hiaa, hiaa, mezclados con el trote cansino y empapado de
las burras que venían del lavadero con su carga de ropa mojada, o el chirriar
de la rueda de alguna carretilla con la misma carga, güi-güiiii-güi, acompañados
de los comentarios de las mujeres, también caladas, que renegando volvían a
casa tras la dura jornada de Fuentepeña.
En realidad, la tarde era el momento en que los juegos
infantiles se convertían en el centro de la vida del pueblo, por lo que los
gritos de los niños, ¡aaaah! ¡eeeek!, y los ruidos de sus actividades lo
llenaban todo. Un retumbo fijo era el del balón chocando contra alguna pared, ¡PUM!
¡PAM!, y si estaba en la cama por imposición del matriarcado que le
gobernaba (madre, abuela, tías), el muchachito se aviaba para salir a escape, a
ser posible sin ser visto. Si con los compañeros de fatigas no había consenso
para bajar a “Campo el valle” pero se daban otras circunstancias se jugaba al “tres
navíos”, al “tras que le dio”, a burro o a grulla, y
el aire se saturaba de los gritos, lemas y órdenes propios de esas labores lúdicas,
¡adivina quién te dio! o ¡y otros tres en busca van!, que la
chiquillada regaba por esquinas, callejas y harreines sin ajabardarse.
Ni siquiera la merienda era capaz de sacar al mostrenco de esas tareas lúdicas. Tan solo un acontecimiento tenía esa prerrogativa: la llegada de la boyada. Cuando escuchaba la explosión de cencerros inundando las calles ¡tolón, tolón!, ¡talán, talán!, escapaba, ladera arriba hasta encontrar junto a la escuela algún lugar donde esconderse y esperar la llegada y el paso del toro camino de la casona en que, junto al castillo, le encerraban entonces. Y allí estaba el chiquillo asustado e hipnotizado, temblando de miedo, pero sin poder evitar acercarse todo lo posible para ver pasar con claridad aquel animal majestuoso, para oír el sonido rítmico de sus pisadas de gigante, "clomp, clomp” y como si de un héroe de la tauromaquia se tratara, para observar su cuerno roto, uno de los rasgos más significativos del imponente animal. Y, de repente, el inolvidable Basilio Cámara, que acarreaba al bicho para que no se apartara del camino correcto, descubría al niño atemorizado y, de sopetón, le espetaba: ¡torero!, rematando su sorpresa con una sonora carcajada, ¡ja, ja, ja, ja! Durante muchos años siempre que veía por la calle al muchachito exclamaba muerto de risa ese “torero” que le recordaba que para maletilla había salido un poco “cagao” y hasta la madre del mocoso, o sea, la mía, que supo de estas hazañas sin duda por boca del boyero, acostumbraba también a llamárselo sin que nadie comprendiera el porqué de aquel cariñoso apelativo.
Algunas veces la vida les regalaba una sesión vespertina de rio, en las huertas o la presa, tardes de cangrejos y baño, según el día, pero cuando había sumersión el aire se colmaba de gritos “ahh, ahh, ahh” y sonidos acuáticos de chapoteos, ¡chap, chap! o de algún trago indebido, ¡glup, glup! de aquel chocolate en que se convertía el agua del rio. Cuando las yemas de los dedos de los gurriatos se quedaban ajujuridas estos salían del agua, llegaba la calma y reaparecía la banda sonora del campo estival que protagonizaban las chicharras con su zumbido continuo y caliente, ¡chirr-chirr! y ¡zzzzzzz!, y el viento moviendo los chopos de la ribera, “sss... sss...” cuando soplaba suave, o ¡Fuuuu! cuando se convertía inesperadamente en ventarrón violento. Y más de un cuque se ganó el zangolotino de la historia cuando llegaba a casa exhausto y como un ecce homo.
Caía la tarde y, durante una época, el castillo era refugio
de chiquillos, chiquillas, mocetes y mocitas que, armados de magnetofón y
cintas de casete veían trasponer al astro rey por el portillo dicho de Santa
María, mientras dejaban que el espacio se inundara con los sonidos de los
mejores hits de la época, desde “Eva María se fue” a “Como un gorrión” y desde “Bridge
over Troubled Water” a “El arriero va”.
El verano traía sonidos de perros ladrando a lo lejos, ¡Guau!,
el tono seco de los pasos humanos en las calles, “tac-tac”, el de
los carros regresando del campo levantando polvo, "chucu-chucu” y
el de las campanas llamando al Ángelus o al rosario, “tan, tan, tan”. Algo
muy diferente a lo que pasaba en el invierno, en que la atmósfera estaba
dominada por el recogimiento, el eco y la austeridad sonora. Un silencio denso
lo envolvía todo, sin insectos ni pájaros de mención, quizás el crujido de botas
sobre la nieve o el barro helado, "crrrsh", el de la leña
partiéndose, ¡CRACK! y de las chimeneas
encendidas cuyo crepitar se oía desde la calle. Y, para terminar, la tarde se
rompía alguna vez por el ruido de algún motor viejo arrancando con dificultad, ¡gruuun-tu-tu-tu...
¡brrrooom!
Hubo una época en que el paisaje sonoro de Hacinas, como el
de los demás pueblos, era orgánico, lento y comunitario. En la actualidad se ha
vuelto mecánico, intermitente e individual. De aquel predominio de sonidos
naturales y humanos, como los que producían los carretones renqueantes, las
yuntas de vacas y otros animales sueltos por las calles, los aparatos de radio que
transmitían el diario hablado a través de las ventanas entreabiertas, los niños
corriendo por la calle y los silencios largos hemos pasado a otro dominado por
los del tráfico masivo de coches y motos, de televisores y equipos de música,
de maquinaria, de taladros y de megafonía amplificada y voces metálicas.
Cuando repaso algunas escenas de mis años de infancia y
adolescencia en Hacinas me sorprendo de que los sonidos de cada momento del día
sobresalgan por encima de cualquier otra sensación. Algo extraño pues en su
mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de un
pasado que no volverá.
Manolo Díaz Olalla

No hay comentarios:
Publicar un comentario