viernes, 28 de mayo de 2010

Aquéllos ojos

El muchachito presuntuoso y majadero llevaba varios meses sorprendido consigo mismo a fuerza de observar los cambios prodigiosos que en su cabeza y en todo su cuerpo se estaban desarrollando. Aquélla desazón inexplicable, aquélla ansiedad, aquél picor a deshoras en ese pedacito tan particular de su anatomía le tenían entre sobrecogido y perplejo. Y más perplejo aún cuando analizaba la causa que supuestamente le estaba llevando a tal extremo de obstinación psíquica y física. Para él no había dudas. Eran aquellos ojos. Los ojos de ella. Sí, de ella precisamente. Y hasta sabía en qué momento se habían clavado en él de aquella forma tan brutal e inmisericorde.

Había sido el día de Santa Lucía. Para él, hasta entonces y a sus quince años recién cumplidos, todas esas cosas de las chicas y el amor eran tonterías de los mayores que no le preocupaban nada. Y mucho menos los ojos de nadie. Pero tuvo que ser así. En el baile de la ermita, por la tarde. Él andaba como un tonto muy preocupado en colgarse al cuello aquel cencerro de barro que había comprado en el puesto de los de Hortigüela cuando Los Racheles arrancaron sin previo aviso con las notas del pasodoble Islas Canarias. Y fue cuando, de repente, notó aquéllos ojos penetrándole hasta el cogote y sintió por un momento un espantoso desasosiego que le recorría todo el cuerpo.

- ¿Bailas?, dijo ella.

- Bueno, dijo él.

En realidad podemos decir que fue el primer baile de su vida. Él ya había dado algunas vueltas alrededor de alguna chica al compás de alguna cosa vieja de los Abba - Waterloo, Waterloo- en aquéllas tardes de la casa del cura, soportando alternativamente algún par de codos clavándose sin piedad en sus clavículas, primero en la derecha y luego en la izquierda, pero enseguida entendió que aquél baile que le estaban proponiendo era algo diferente. Se pasó toda la pieza sin decir una palabra, notando aquél calor tan cercano y aquél aliento tan próximo -ahí mismo, en el cuello- que casi no sabía para dónde mirar ni cómo mover los pies sin pisarla. No sabía qué cara había que poner para que nadie notara todo lo que le gustaba lo que le estaba pasando, ni qué decir que no resultara demasiado tonto.
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domingo, 25 de abril de 2010

Tío Francisco

El tío era un hombre peculiar. Algo así como un bohemio de la tierra a su propia imagen y semejanza. Un hombre luchador a su modo y apegado a las cosas que daban sentido a su vida como si de los tesoros más grandes del mundo se trataran.

- Avíate majo, que vamos hasta la huerta p'a que veas que vainillas más hermosas me están saliendo.

La huerta del tío era todo su mundo, toda su vida. La visita mañanera a la huerta era un auténtico rito minucioso que el tío preparaba con esmero y el niño gozaba en cada detalle.

- Este año has medrao bastante.

- Algo. Dice la abuela que es el estirón.

- En ná me alcanzas.

Y el niño miraba la inmensa humanidad de su tío Francisco de abajo a arriba, orgulloso

de su estatura y de su inmensa sabiduría hortofrutícola.

- Mete la bicicleta en el corral y dile a la Victoria que nos eche un cacho chorizo de la matanza de este año, que no la has probao. ¡Ah!, y pan p'a el almuerzo. Y vamos arreando.

El tío se daba otra vuelta a la boina hasta que le colocaba el rabo justo en la coronilla y enganchaba la carretilla para ir arreando. Y tío y sobrino cogían el camino de Castrovido antes de que el sol de Julio cayera a plomo, entre el ronroneo suave del canal y el chirriar estridente de la rueda de la carretilla. Todo en su sitio, siempre en orden, como debe ser. La granja, el puente, el viejo molino.

- Hay que sacar un poco de broza de por allí.

-Sí.

- Este año ha venido muy malo. La piedra de Abril nos ha jeringao bien.

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martes, 29 de diciembre de 2009

CRÓNICA DE LA XXX REUNIÓN DE LA COFRADÍA DE AMIGOS DEL CORDERO LECHAL


Se celebró el pasado 24 de Octubre la reunión anual de la “Cofradía de Amigos del Cordero Lechal” con todo éxito de participantes y de disfrute. En esta ocasión se celebraba el 30 aniversario de tal acontecimiento, motivo que aún suscitó más emotividad alrededor del encuentro que, desde 1979 y sin faltar un solo año, reúne a un buen grupo de amigos hacinenses que residen en diferentes lugares de la geografía nacional para compartir una buena comida y unas horas inolvidables de amistad y gratos recuerdos. A celebrar este magno aniversario acudieron puntual y tempranamente, ya que la cita se fijó a las 9 de la mañana en la puerta del Ayuntamiento, los siguientes amigos (por orden de aparición como en las películas de época):
Jesús, Gabri, Agustín, Paquito, Felipe, Carlos, Manolo, Ignacio, Julio, Teo, Alberto y Miguel Ángel. El conductor de todo (“menos del codo” que decía un contemporáneo de los concurrentes, el popular Locomotoro) fue, como siempre, otro amigo fijo de este evento: El Güay, de Salas.
Esta reunión se celebró en una zona maravillosa del norte de la provincia de Burgos: El Valle del Rudrón y el Cañón del Ebro. La actividad cultural, uno de los aspectos más interesantes de estos encuentros, según la opinión de los asistentes, siempre y cuando no quite mucho tiempo a las otras actividades que a continuación se relatan, fue especialmente espléndida por la riqueza artística de los monumentos visitados (la iglesia Románica de Moradillo de Sedano con sus sorprendentes columnas psicodélicas), por el interés cultural de los centros que nos mostraron la riqueza de esos valles (el centro de interpretación de Sedano) y por la espectacularidad de los paisajes y lugares que visitamos: el pueblo de Pesquera de Ebro con su abismal mirador al cañón de ese río, Orbaneja del Castillo con sus cascadas milenarias o el pintoresco pueblo de Valdelateja. Allí fue donde se celebró una de las escenas más emocionantes de la representación anual: la de darse al buen yantar mientras se comparten charlas, bromas y unas buenas horas de sobremesa y amistad. El lugar escogido para ello no pudo haber sido más acertado, el Asador de Santa Centola en ese fantástico pueblo, donde gracias a todo el arte del cocinero/asador y a la gentileza de las gentiles camareras, catamos un cordero lechal (algunos un chuletón de buey) de lo mejor que hemos disfrutado en estas salidas históricas. Los entrantes excelentes y de los postres ni hablamos, ya que con seguridad a más de uno se le enmudecerían los ojos recordándolos.

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jueves, 29 de octubre de 2009

4 Km


En cuestión de pesos, longitudes y volúmenes, el sistema métrico decimal y lo consensuado en la 1ª Conferencia General de Pesos y Medidas de París de 1889 no admiten discusión, pero estarán de acuerdo conmigo en que a veces necesitamos algún “patrón” cercano y manejable, de esos de andar por casa, para poner en referencia cualquier dimensión, ayudándonos así a comprender mejor el tamaño de las cosas.

A ver si me explico. En Cuba, por ejemplo, la unidad de volumen más utilizada en la cocina es la latica de leche condensada.

-… y ¿cuánto arroz le pongo?
- No sé… como dos laticas de leche condensada.

Mi madre, excelente cocinera, también tenía claras las dimensiones de las cosas en la práctica culinaria común aunque dentro de un planteamiento, ¿cómo diría?, completamente autodidacta.

- …y si le añades un poco de caldo te queda buenísimo.
- Un poco… ¿cómo cuánto?
- Pues un poco así, más o menos.

Siempre he pensado que por no entender cómo de grandes eran “los pocos así” de mi madre en la cocina nunca pude hacer unas patatas con bacalao ni la mitad de buenas que las de ella.

Mi abuela fue otro ejemplo para mí de lo imprecisas que pueden resultar las medidas si se expresan en el sistema internacional y, sin embargo, lo efectivas que resultan cuando se miden según otra escala de mesura y de valores.

- ¿Dime abuela, cuántos litros de agua vas a necesitar?
- ¡Qué litros, ni litros…! Con que me traigas dos viajes de agua de Los Cubillos tengo bastante.

Ella tenía sus cálculos claros, y siempre le salían bien. Por ejemplo y a saber: para lavar un poco de ropa (unas rodillas, dos toallas y algún mandilón de trajinar en casa) 2 viajes de agua (4 calderos en su sistema particular de conversión de unidades); para bañarse y dependiendo del tamaño de la víctima y la gravedad del ensuciamiento, entre 3 calderos (gurriato no muy sucio) y 6 ó 7 (persona mayor que acaba de cambiar la cama a los cochinos) y así sucesivamente.

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jueves, 9 de julio de 2009

EL SACAMANTECAS

Dice siempre un buen amigo mío que él no es supersticioso porque esas cosas traen muy mala suerte… Y no dudo que así sea… aunque detrás de esa exhibición forzadamente humorística no hay duda que se esconde un gran supersticioso.

Y esas cosas irracionales no están mal y tienen hasta su gracia mientras no trastornen nuestras vidas, nos empujen a hacer cosas absurdas o peligrosas o nos conviertan en fanáticos siervos de algún dios pagano de esos que tienen los pies de barro y arrastran, como imanes, conciencias y voluntades.


ALTAR DE LA "DIFUNTA CORREA"

He visto muchos de esos que se han apoderado de la vida de la gente. Caminar por carreteras argentinas, por ejemplo, es encontrarse cada pocos kilómetros con unos altarcitos en las cunetas cubiertos de botellas de agua mineral. Se los dedica la gente a la “difunta Correa”, un personaje mítico aunque histórico, que vivió durante las guerras montoneras, de quien la gente asegura que murió de sed mientras amamantaba a su hijo porque nadie quiso darle agua. Se alternan estos altares con otros algo más elaborados coronados por un pañuelo rojo. Estos se dedican al “gauchito Gil”, un bondadoso muchacho que vivió en la misma época que la difunta y fue cruelmente degollado por no querer luchar contra los que creía suyos. La leyenda, la superstición bien establecida, asegura que después de tan deplorable suceso el asesinado concedió importantes beneficios a sus verdugos, en forma de milagros inesperados, y a todos los que, desde entonces, imploran su colaboración.

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martes, 30 de diciembre de 2008

TÍA CASILDA




Siempre he pensado que cuando muere alguien que nos quiere, morimos nosotros también un poco. Si la ecuación no falla, mi familia, Hacinas y su gente nos hemos dejado un pedazo de vida, desprendida brutalmente, como a jirones, este pasado mes de Octubre.

Porque murió Casilda, mi tía Casilda. Esa mujer que durante toda la vida ha significado tantas cosas para mí. Tantas que su presencia permanente es imposible desprenderla de ninguno de mis recuerdos de Hacinas. Si me preguntasen no sabría ahora decirles en qué momento, en qué historia, en qué aventura, en qué pasaje de mi vivencia personal en Hacinas, ese periplo fundamentado que desde hace años desgrano pasaje a pasaje en estas páginas como si de los capítulos de una novela se tratara, no está presente mi tía Casilda.

Porque lo está en todos, directamente o asumiendo el papel protector, el papel de la madre, esa madre que encontraba cada verano y con la que me sentía tan bien. Era el refugio en que uno haya calor y todo lo que necesite para que la vida sea un poco más confortable. Tan sustancial y definitivo cobijo que siguió ejerciendo todos esos roles a través de los años. Y lo hizo tanto y tan bien que ahora Hacinas, sin su presencia física permanente y espléndida, ha perdido para mí gran parte de sus alicientes. Y para toda mi familia en conjunto.

Mi tía Casilda era una mujer entera. De una sola pieza, como nos han dicho siempre que se tiene que ser. Sin dobleces y, cuando era preciso, llamando a las cosas por su nombre. Fiel a sus principios siempre y a su manera de ver las cosas en todas las ocasiones, esa actitud ante la vida le acarreó más de un disgusto y más de dos incomprensiones. Pero esa sinceridad sin matices era, según creo, otro de sus encantos. Y uno de sus grandes valores en unos tiempos en que decir lo que se considera correcto o lo que los demás quieren oír es la actitud más ventajosa. Al menos la que menos quebraderos de cabeza produce. Pero si escribo aquí este semblante canijo ante la enormidad de sus merecimientos es más por hacer presente mi dolor y el de toda mi familia que por darles a ustedes una información que, después de tantos años de conocerla, se aporta sólo por añadidura.

Mi tía Casilda era la portadora de la información completa del archivo familiar y de todas las cosas que, de Hacinas, merecía la pena conocer. Era una enciclopedia del pueblo y su gente, completa y en varios tomos, en especial cuando era auxiliada en esa tarea por su marido, Caprasio. Nos hemos quedado huérfanos con su partida, y eso es lo que más angustia provoca, pero también nos hemos quedado sumidos en la más absoluta oscuridad sobre nuestro pasado y sobre nuestros orígenes, en la más terrible amnesia colectiva, en la desmemoria más categórica. Será difícil a partir de ahora que esta familia sepa de verdad a dónde va y de dónde viene. Aún no hemos tenido el tiempo necesario para comprender cómo vamos a echar de menos sus enseñanzas, sus explicaciones y el relato de los acontecimientos fundamentales de su vida, que eran los de las vidas de todos. Teníamos que haber andado más listos, pero la parca cruel e inexplicable se nos adelantó otra vez. Y, en esta ocasión, además de solos nos dejó sin referencias. Y ni se imaginan cómo me arrepiento ahora de haber andado a escape tantas veces, como hubiera dicho ella, y no haber invertido más tiempo en sentarme a su lado para aprender más de sus vivencias.

Mi tía dominaba como nadie los tiempos y los espacios de nuestro pueblo. Era un pozo sin fondo de sabiduría popular y de cultura hacinense que, como saben, es sólida y amplia. El mejor chascarrillo, la poesía más sentida, la copla más olvidada o la explicación más detallada y completa sobre usos y costumbres locales brotaban de su boca cuando la ocasión lo demandaba abriéndonos los ojos sobre ese tesoro colectivo que es propiedad de todos.

Aunque nunca presumió de ello tengo que hacer honor a la verdad y decir aquí que degustando sus platos y su conversación he pasado a su mesa momentos irrepetibles junto a mi tío Caprasio. Seguro que se han dado cuenta que el corazón y el estómago andan muy cerca y se relacionan más de lo que pensamos. Comer y cocinar son siempre actos de amor. A quien queremos nos lo comeríamos y quien bien nos quiere… nos guisa siempre una comida maravillosa. O eso nos parece porque, según lo que defienden los teóricos psicosomáticos, al comerla engullimos “simbólicamente” también y de alguna manera al cocinero que tanto se esmeró en complacernos. Bueno, dejémonos de teorías porque lo que quiero explicar es algo más prosaico: en uno de mis últimos viajes a Hacinas mi tía Casilda nos regaló a mi tío y a mí uno de los rellenos de cocido más sublimes que yo haya probado nunca.

Ese matriarcado feliz que fue la familia Olalla Molinero encontró durante muchos años que mi tía Casilda era el pilar básico en que apoyarse y la persona que asumió en nombre de todos las tareas familiares. Esa circunstancia le marcó de alguna forma toda la vida ante la realidad ineludible de que los hermanos abandonaron pronto la casa llamados por su vocación y las hermanas, mayores que ella, ya habían partido cuando ella se hizo mocita. Por ello y por sus cualidades fue siempre el punto de referencia más importante de la familia. Ella lo sabía y, sin querer darle la importancia que merecía, asumía ese papel con entereza y generosidad.

Su desaparición repentina e inesperada nos coloca otra vez ante el vértigo de la incertidumbre de nuestro futuro. Caprasio, Isabel, Pere y Mario, como todos los demás miembros de la familia, nos hemos quedado solos de solemnidad. La cercana y dolorosa muerte de mi madre, Agustina, hace algo menos de dos años, que ella tanto lloró y la más reciente desaparición de su prima Mercedes, va situándonos ante la cruda tesitura de que una generación de esta familia está diciendo adiós.

Mi tía Casilda se ha ido y aun nos parece mentira que haya podido pasar esto. No sólo nos hemos quedado huérfanos sino que su partida nos sume en el olvido y la ignorancia de las cosas que son y han sido el patrimonio de todos. Porque la llave de todos los secretos se ha ido con ella.

Y, francamente les digo, no sé qué vamos a hacer ahora.




Manolo Díaz Olalla

(Publicado en "Amigos de Hacinas, Diciembre de 2008)

martes, 9 de diciembre de 2008

POZOS SIN FONDO



Cada uno es muy libre de tener sus miedos y sus fobias. Yo he vivido muchos años con la angustia de tener que enfrentarme alguna vez al abismo que no tiene fondo y nunca encuentra un final. Creo que debe ser un temor infantil, una fijación de épocas remotas que no he sido capaz de superar del todo. Me imagino al borde de un precipicio o ante un pozo oscuro en el que no se puede vislumbrar dónde está el fondo o si es que tiene, y esa sensación es sencillamente insuperable para mí. En especial si esa sima desconocida está llena de agua.

Si me pongo a pensar creo que todo empezó siendo yo muy niño, cuando me contaban las historias del pozo del castillo de Hacinas. No sólo las que hablaban del becerro de oro que allí se encuentra, y nunca he dudado que así sea, sino sobre la fábula inquietante de que ese pozo esconde secretos inescrutables. Siempre oí que se comunicaba con la fuente de la pililla cercana, en el camino que va desde el camposanto a la era de Pedro (qepd) e, incluso, recuerdo bien que muchos contaban aquélla historia de la burra que viajaba después de ahogada, porque tras caer al pozo del castillo vino a aparecer, hinchada como un escuerzo algunos días después en esa pililla ante los ojos atónitos de unos segadores que bajaron hasta allí para aliviarse del calor. Entra dentro de la lógica, lo diremos, pues resulta más que probable que ese pozo sea en realidad el acceso al sistema de galerías subterráneas que las fortalezas medievales tenían para facilitar la huída discreta de sus moradores en caso de asedio prolongado. Si eso es así hay dos detalles de aquélla historia que aún no me quedan claros: por qué los acaudalados moriscos abandonaron en su huída por cuevas y galerías aquél tesoro del becerro y quién, años después, subió aquélla burra al castillo. O a lo mejor es que se trataba de una burra suicida. La cuestión es que, pozo o túneles excavados, aquélla sima que se abría en la roca del castillo no tenía fondo para un gurriato como yo en la época de los miedos insuperables.

Otro pozo sin fondo que marcó mi infancia, mucho más contundente y rotundo que el del castillo, fue la Laguna Negra de Urbión. Aquél lugar, mágico también, tiene su propia leyenda. Oí contar siendo muy niño que nunca había sido encontrado el fondo de esa laguna. Daban hasta detalles de los hechos probados:


- Al parecer han venido aquí muchas veces gente de ICONA, y los de “El Hombre y la Tierra” y de muchos sitios, y se han puesto en el centro de la laguna y han hecho pruebas con unos aparatos especiales de ultrasonidos que tienen y no han encontrado el fondo.
- ¿Y con una cuerda plomada han probao?
- También
- ¿O sea que no tiene fondo?
- No tendrá… ¡qué sé yo!
- Pues yo me salgo ya que me está entrando canguis
- ¿Pero no te estoy diciendo que es en el centro?… Si aquí nos llega el agua por las pantorras!
- Por si acaso..
- ¡Qué ganas tengo de versos..!
- ¿Cómo de versos?
- Sí, hombre, de versos trasponer y que me dejéis bañarme tranquilo…

Durante años pensé que aquello era un cuento para impresionar a forasteros e incautos. Pero descubrí después que, con menos detalles aunque sin un resquicio de duda, ese preocupante asunto formaba parte del imaginario colectivo, de la leyenda viva, que, generación tras generación pasaba de unos a otros para que de esa manera no se extinguiera la tradición oral. Fue cuando leí el romance de Don Antonio Machado llamado “La tierra de Alvargonzález” (de Campos de Castilla, 1907-1917). Este poema relata una conocida leyenda soriana: los hijos mayores de Alvargonzález matan a su padre para heredar sus tierras, pero estas están malditas, y arrojan su cuerpo a la Laguna Negra. Pero lo sorprendente es cómo reconoce el poeta la curiosidad más turbadora de la laguna. Lean si no:

“Hasta la Laguna Negra, bajo las fuentes del Duero, llevan el muerto, dejando detrás un rastro sangriento, y en la laguna sin fondo, que guarda bien los secretos, con una piedra amarrada a los pies, tumba le dieron.”

No creo que a Don Antonio le contaran también lo de los técnicos del ICONA. Pero está claro que quien me lo contó hace tantos años no hacía más que servir de eco a una leyenda arraigada hasta los tuétanos en la conciencia y hasta en la mitología popular.

Les diré que pensé muchas veces en el cuerpo atormentado del pobre de Alvargonzález y me pregunté dónde habría ido a parar en caída libre si nada le hubiera detenido. Algo le detuvo, sin duda, porque según el poema del insigne sevillano se apareció después a su infame prole a pedirles cuentas y a amargarles la vida, lo que aquí entre nosotros tenían más que merecido. Pero pude averiguar que si no hubiera sido así el cuerpo del atormentado labriego soriano hubiera salido del globo terráqueo cerca de Nueva Zelanda. La burra del castillo, por ejemplo, si no se hubiera detenido en la pililla y hubiera seguido cayendo sin parar por el pozo sin fondo hubiera visto la luz, es un decir, en el punto exacto que aprecian en el mapa, que son las antípodas de Hacinas. Es decir donde viven unas gentes que, en relación a nosotros, llevan una existencia completa y cabalmente cabeza abajo.

Creo que siempre he tenido miedo a los abismos porque todas las historias a las que se les asocia son desasosegantes. Los pozos me inquietan pero aquéllos que no tienen fondo, aquéllos en los que uno cae y cae sin límite ni medida, hasta salir cerca de Wellington si el núcleo terrestre no te achicharrase antes, que no sé qué pintas allí, digo yo, sin conocer a nadie, esos para mí superan en mucho todo lo que me pudiera parecer razonable.



Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", Diciembre de 2008)

jueves, 7 de agosto de 2008

LATINAJOS




Cuando echo para atrás la imaginación y busco por ahí algún recuerdo infantil que me acompañe un rato casi siempre aparece Hacinas y, con frecuencia, en el suceso que rememoro figura algún latinajo de significado incomprensible pero, siempre, vinculado a alguna de mis actividades estivales preferidas, la de ayudar a Misa o la de acompañar a mi abuela en el rezo vespertino del Rosario. Ruego me perdonen lo aparentemente despectivo del término pero como ahora verán lo que yo en realidad entendía entonces nada tiene que ver con las expresiones auténticas y correctas de la lengua clásica.

A pesar de que el Concilio Vaticano II (1959 a 1965) concluyó cuando yo era muy niño la Misa se rezó en latín en Hacinas durante mucho tiempo después y siempre según el rito pre-conciliar. Monago diligente y aplicado escuchaba con atención los rezos latinos sin comprender nada de lo que significaban pero con tanto interés y dedicación que acababa por aprendérmelos de memoria. Bueno, diremos más bien que repetía, como un loro, lo que a mí me parecía que decían los curas.

- ¿Qué te tengo dicho, mostrenco? ¿Cómo se dice?
- Los señores curas, abuela…
- Eso está mejor.

Y también lo que decían los feligreses cuando respondían. Por cierto que ellos muchas veces pronunciaban también latinajos. De eso me fui percatando cuando algo mayor me dio por hojear el misal de cantos gastados de mi abuela intentando encontrar equivalencias entre lo errónea y dudosamente pronunciado y lo correctamente escrito.

Y me esforzaba por retenerlo para luego ensayarlo en mi cuarto, en el campo de fútbol o sentado en el poyo de casa mientras merendaba ese pan de hogaza recién untado de leche condensada cocida al baño maría, tan naranja y cremosa. Y decía para mis adentros: pan celeste estenachipian (1), y lo repetía hasta la saciedad porque el estenachipian ése me costaba retenerlo. Si tenía suerte y repasaba la lección con Julito o con Jesús, por ejemplo, la cosa se hacía algo más divertida y el resultado más contundente.

- ¿Qué dice el cura después de lo de estenachipian?
- Creo que lo de estabilimichismei salvusero (2).
- Sí, creo que sí, pero hay que escucharlo mejor porque no estoy seguro…¡cómo lo dice p’a él solo! Así no nos enteramos.
- Pues majo, pon más atención y ya verás. Como ayudas mañana luego me lo cuentas…
- Joé este año cómo te ha dao con el latín. P’a la propina que dan con que te sepas cuando hay que tocar la esquila y las cuatro cosas p’a ayudarle a vestirse vas de sobra…
- Pero bueno… ¿queremos ser ayudantes de categoría o de los que pasan sin pena ni gloria? ¿De esos que si un día faltas y no viene el sustituto ni el cura se entera de que no estás…?
- Bueno, venga sigue con los latinajos, pero luego me acompañas a por hojas para el cochino.
- Vale.

Si la cosa del rezo se ponía algo compleja recurríamos a reglas nemotécnicas. Tan malos éramos para eso que a veces las reglas eran más difíciles de recordar que la frase a la que supuestamente abrían el paso.

- A ver, vuelve a decir eso que te has inventado para cuando se lava las manos.
- Pon atención y no me digas que no te lo aprendes porque como estás sujetando la palangana lo tienes que oír bien clarito. A ver: “lavando a los inocentes las manos, te orinas” (3).
- ¿Pero tú estás seguro de eso de que te orinas?
- No, hombre, nos seas mostrenco, él dice lo otro pero yo no me atrevo a repetirlo… además en las reglas estas que nos estamos inventando no hay por qué decir las mismas cosas…
- En eso vas a tener razón… pero como me oiga mi abuela rezando eso me avía p’a rato…
- Pues ándate con ojo cuando la tengas cerca en Misa.
En realidad en lo que mi abuela ponía bastante atención era comprobar cómo respondía a los rezos del Rosario que, tarde tras tarde al caer el sol, rezaba en la cocina de casa entre Kyrie éleison y Christe éleison. La llegada de las letanías, aquella retahíla de frases en latín pronunciadas por la abuela con las pausas correspondientes entre frase y frase para que contestase los consabidos Miserére nobis u Ora pro nobis, según correspondiera, anunciaba que el Rosario tocaba a su fin. Su cadencia mantenida me sonaba como una pieza musical que iba in crescendo y me mantenía en tensión evitando así el bostezo presentido e, incluso, el sueño profundo cuando las hazañas del día habían sido demasiado grandes
Pero a veces no era posible. Comenzaba la cosa con las cabezadas anunciadoras del sueño cuando la abuela iba más o menos por el Mater inviolata, o el Mater intemeráta; pero al llegar al Virgo potens, o todo lo más al Virgo fidélis, me derrumbaba sobre el tablero de la mesa y no había quien me despertara. La abuela, sin descuidar su rezo, me propinaba algún codazo que otro intentando despertarme sin conseguirlo.
- No te duermas, cencerro, y contesta a las letanías como te tengo enseñado.
- Sí abuela, sigue.
- Ya no me acuerdo dónde me he quedado.
- Creo que en Rosa Mystica
- Bueno pues: Torre de David, Torre de Marfil, Casa de Oro…

Cuando se interrumpía a mi abuela en mitad de las letanías solía continuar rezándolas en castellano. Es como si hubiera estado atrapada en un trance místico para volver a la realidad ante una torpeza tan carnal como el sueño incontrolable y súbito del gurriato de su nieto. Descubrir cada noche de esta manera que mi abuela era bilingüe y cambiaba del latín al castellano con esa alegría me producía cierta desazón que intentaba solucionar, de nuevo, a base de bostezos.

- Que espabiles te digo o te doy un cocotazo. No te duermas que todavía te tienes que tomar la leche… A ver, ¿dónde me he quedado?
- En Refugium Peccatorum, abuela.
- Bueno pues… Consolatrix Afflictorum,
- Ora pro nobis
- Auxilium Christianorum
- Ora pro nobis…

Creo que durante años viví pensando que el latín era una lengua indescifrable y sin significado alguno que se repetía día tras días en los oficios religiosos, pero en realidad lo que se rezaba eran fórmulas mágicas que aseguraban que vinieran cosas buenas para todos.

Con el paso de los años, es decir, a posteriori, he podido comprender que el latín abre caminos muy importantes al conocimiento. A grosso modo es una lengua que se habla de facto. Ni siquiera hace falta hablarla ex profeso. Si no lo hacemos de motu propio nos pillarán in fraganti y nos tocará rezar un mea culpa. No les dejaré mi currículum vitae in situ porque no busco que me concedan un accésit. Me conformo con intentar sorprenderles sin dejarles in albis y les recomiendo que lean la postdata antes de que crean que los latinajos me los he inventado yo y me he vuelto un orate.

Amen, que quiere decir, así sea.


Manuel Díaz Olalla

Nota del autor: los latinajos de más arriba se corresponden, según consta en el Misal de mi abuela, a las siguientes citas de la Misa latina:

(1) Panem cæléstem accípiam,
(2) ...et ab inimícis meis salvus ero.
(3) Lávabo inter innocéntes manus meas


(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", en el número del Verano de 2008)