martes, 17 de agosto de 2010

Rayos


Hubo una época en que los rayos caían del cielo como maldiciones bíblicas y acababan con las cosas y hasta con los hombres sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Cuando las tardes de verano se ponían negras como dicen que son las bocas de los lobos, las copas de los árboles se erizaban como los lomos de los gatos y embriagaba en el aire el olor inconfundible de la tierra mojada, el niño buscaba como un loco las faldas negras de la abuela y se agarraba a ellas como si en ello le fuera la vida.

- Cállate la boca y siéntate, que vamos a rezar el rosario.

Antes del segundo misterio se desataba más allá de la ventana un estruendo de agua, truenos y saetas de fuego y la abuela suspendía el rezo para entornarla, apagar la luz y atusarse por un instante el mechón rebelde -era toda la rebeldía que ella se toleraba- que le asomaba por debajo del pañuelo. A veces exclamaba levemente: "¡Virgen Santa!" y cabeceaba con resignación para volver a comenzar.

- Misterios Dolorosos del Santísimo Rosario. Por la señal de la Santa Cruz....


- Abuela, que toca el tercero.

De repente el cuarto se alumbraba con un fogonazo violento y el niño se tapaba los oídos mientras desgranaba con los dedos la cuenta que su padre le había enseñado: uno, dos, tres, cuatro... El ruido ensordecedor del trueno hacía temblar los cristales y el niño multiplicaba cuatro por trescientos cuarenta.

- Abuela ése ha caído a un kilómetro, ¡a lo mejor por la Hontana!


- Cállate la boca y sigue rezando. "Santo Rosario, por la señal..."


- Abuela ¿quién estará de boyero?


- Cállate la boca y aplícate..... "de la Santa Cruz, de nuestros enemigos..."


- Abuela pero si ya íbamos por el cuarto!

(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

lunes, 2 de agosto de 2010

Este verano: leer (y releer) a Miguel Delibes



Me tomo la libertad de cambiar, por esta vez, el tono y la temática de mis modestas notas para haceros a todos una recomendación veraniega: leer, o releer para quienes ya lo hayan hecho, algunos libros de los que componen la inmensa y admirable obra de un castellano que ha sabido plasmar, mejor que nadie, el espíritu de Castilla y el alma y la manera de entender la vida de los castellanos: Miguel Delibes.

Delibes nació en Valladolid el 17 de Octubre de 1.920 y falleció también en Pucela el 12 de Marzo del año actual a punto, por tanto, de cumplir los 90 años. Periodista y Director de El Norte de Castilla, inició su extensa carrera literaria en 1.947 con la novela La sombra del ciprés es alargada, comenzando con ella, también, el periplo de premios y reconocimientos que ha jalonado toda su existencia, pues con esta opera prima, obtuvo el Premio Nadal de ese año. Sería agotador hacer aquí un listado de ambas cosas, libros y premios, pero me permito señalaros los que a mi modo de ver pueden satisfacer mejor la curiosidad del lector que no conoce su obra o la de aquél que, buscando la emoción de dejarse envolver por la belleza transmitida mediante la escritura, quiera volver a sentir tal maravilla.

(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

domingo, 25 de julio de 2010

Otoño


No era el Otoño el que se apresuraba a invadirlo todo el martes de Santa Lucía. Ahora lo sé. Era el Invierno crudo y cruel el que llegaba sin avisar y sin que nadie le hubiera dado permiso para avasallar de aquélla forma.


- Más vale que te pongas el chaquetón si es que vas a llegar tarde, que no sé, la verdad, qué es lo que hacéis por ahí hasta las tantas, a lo tonto modorro, digo, sin juicio, que ya se han acabado las fiestas y parece que no pensáis terminar nunca con tanto andar p'acá y p'allá todos los días, que no sé si os dais cuenta de la edad que vais teniendo y que la vida es otra cosa que venga fiesta y fiesta.....
Soltó la abuela su perorata cansina con poco entusiasmo y con menos éxito mientras doblaba con mimo las rodillas de cuadros y recogía los platos de sopa de encima de la mesa. El muchachito aspirante a mozo la escuchaba como sin ganas mientras intentaba reconocer a través de la ventana a los que protagonizaban ese trajín de café completo a la puerta del bar. Ahí estaban ellos, sus amigos, o lo que quedaba de ellos después del duro pechar de las jornadas previas, ese sinsentido frenético y, entre nosotros, algo etílico.


Quiso decirle algo a la abuela, como para tranquilizarla un poco, o para sosegar sus inquietudes más urgentes pero fue en vano. Había sucedido lo que parecía inevitable, había desaparecido por fin ese frágil hilo de voz que brotaba de sus labios desde hacía unas horas amenazando como con irse definitivamente. Y lo había hecho. Tan solo un incomprensible ruido gutural logró arrancar el mozalbete ante la perplejidad de ella que se sintió por ello aún más autorizada para continuar con su sermón didáctico.
- No, si ya lo sabía yo, cuánto mejor si os trancarais ya en casa, que os vais a poner malos de tanto cantar y chospar y andar zascandileando por ahí n'eso, como cosas tontas. O de andar metidos todo el día en el chamizo ese de la escuela, que cualquier día se arrana y os espanzurra como a escuerzos, espantajos que sois unos espantajos....
Se alejó la abuela mascullando esas cosas entre dientes, camino de la cocina, pidiéndole a Dios por caridad cristiana que le diera ya algo de juicio a ese nieto suyo, que ya estaba bien de tanta inconsciencia y tanta disipación, o al menos, que llegara pronto el momento en que le viera trasponer camino de Madrid subidito en La Serrana, derecho a los brazos de su madre, a ver si con ella se enderezaba un poco el trapalón, que la tenía en un sinvivir desde que el sábado aterrizó por tal tierra dispuesto a comerse el mundo.

Miró el alguacilillo de nuevo por la ventana y entornó los ojos como para retener lo de allá lejos, San Cirbián, el Campo el Valle, la parte de Gete y los praos de Cabezón, y una inmensa melancolía le sacudió las entrañas. No encontró la causa de que todo se hubiera tornado gris como por encanto, y un sabor amargo, como a magarza, le invadió ese corazón de cabritilla que golpeaba con ansia por dentro del esternón.

.................................................................................
(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

martes, 29 de junio de 2010

Las Brechas

Estamos vivos de casualidad. Por mucho menos de la milésima parte de las brechas que rasgaron nuestras impúberes frentes en nuestra infancia hacinense los muchachitos de hoy en día se habrían quedado a vivir de forma permanente en las urgencias de algún hospital, a sus padres les hubieran retirado la custodia y hasta la patria potestad y a todos juntos de la circulación por orden gubernativa.

Y sin embargo hemos llegado hasta aquí sin demasiados remiendos y con pocas mataduras para lo que podía haber sido. Tan temerosas estaban mi abuela y mi tía Casilda de verme aparecer por el portal de la casa con una brecha en la frente y con la cara empapada de sangre, que para ellas la llegada del buen tiempo y el anuncio de mi consecuente aparición en escena tenía casi tanto de alegría, por verme, sí, aunque no lo crean, como de reto titánico hasta conseguir ponerme, de nuevo, en el navarro, el día de mi feliz partida, y verme trasponer en toda mi integridad camino de Madrid con la menor cantidad de cicatrices que fuera posible.

- Hola majo… ¡cómo has crecido! ¿Te ha echado tu madre el botiquín?

- Sí, abuela, en la maleta está…

- ¡Ay qué ojos!... cada día se te nota más en la cara el Molinero que llevas en el apellido… ¿y gasas, te ha echado gasas?... mira que por aquí andamos escasos de esas cosas.

- Sí abuela, de esas que vienen en una caja redonda, ahí estarán, junto a los mantecaos.

- Muy bien majo, a ver este año si te salvas también… ¿oye y te ha vacunado del tétanos?

En aquéllos tiempos remotos de los que hablo si te caías por el terraplén del castillo o te descocotabas sancirbián abajo eras, casi seguro, un mostrenco o estabas algo modorro, pero a nadie se le ocurría echarle la culpa de eso a los maestros por negligentes, a las abuelas por viejas y despreocupadas ni a los alcaldes y concejales de la villa por no asfaltar las calles, poner vallas al borde de los precipicios o permitir mobiliario urbano sin las medidas de seguridad homologadas por la UE o por la ISO 905, ya sabe, de ese que lleva los filos vistos como navajas sin goma ni nada. No. La vida tenía sus riesgos y había que sortearlos cada día. Era parte del aprendizaje. Una aventura que comenzaba cuando te levantabas y culminaba si llegabas, con suerte, al final del día entero. Si al concluir la jornada contabas con una herida más o una brecha en la cara era parte de lo inevitable, daños colaterales que dicen ahora, pero, en el fondo todo un éxito del instinto de supervivencia.

(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

viernes, 28 de mayo de 2010

Aquéllos ojos

El muchachito presuntuoso y majadero llevaba varios meses sorprendido consigo mismo a fuerza de observar los cambios prodigiosos que en su cabeza y en todo su cuerpo se estaban desarrollando. Aquélla desazón inexplicable, aquélla ansiedad, aquél picor a deshoras en ese pedacito tan particular de su anatomía le tenían entre sobrecogido y perplejo. Y más perplejo aún cuando analizaba la causa que supuestamente le estaba llevando a tal extremo de obstinación psíquica y física. Para él no había dudas. Eran aquellos ojos. Los ojos de ella. Sí, de ella precisamente. Y hasta sabía en qué momento se habían clavado en él de aquella forma tan brutal e inmisericorde.

Había sido el día de Santa Lucía. Para él, hasta entonces y a sus quince años recién cumplidos, todas esas cosas de las chicas y el amor eran tonterías de los mayores que no le preocupaban nada. Y mucho menos los ojos de nadie. Pero tuvo que ser así. En el baile de la ermita, por la tarde. Él andaba como un tonto muy preocupado en colgarse al cuello aquel cencerro de barro que había comprado en el puesto de los de Hortigüela cuando Los Racheles arrancaron sin previo aviso con las notas del pasodoble Islas Canarias. Y fue cuando, de repente, notó aquéllos ojos penetrándole hasta el cogote y sintió por un momento un espantoso desasosiego que le recorría todo el cuerpo.

- ¿Bailas?, dijo ella.

- Bueno, dijo él.

En realidad podemos decir que fue el primer baile de su vida. Él ya había dado algunas vueltas alrededor de alguna chica al compás de alguna cosa vieja de los Abba - Waterloo, Waterloo- en aquéllas tardes de la casa del cura, soportando alternativamente algún par de codos clavándose sin piedad en sus clavículas, primero en la derecha y luego en la izquierda, pero enseguida entendió que aquél baile que le estaban proponiendo era algo diferente. Se pasó toda la pieza sin decir una palabra, notando aquél calor tan cercano y aquél aliento tan próximo -ahí mismo, en el cuello- que casi no sabía para dónde mirar ni cómo mover los pies sin pisarla. No sabía qué cara había que poner para que nadie notara todo lo que le gustaba lo que le estaba pasando, ni qué decir que no resultara demasiado tonto.
(para seguir leyendo clickar aquí abajo)

domingo, 25 de abril de 2010

Tío Francisco

El tío era un hombre peculiar. Algo así como un bohemio de la tierra a su propia imagen y semejanza. Un hombre luchador a su modo y apegado a las cosas que daban sentido a su vida como si de los tesoros más grandes del mundo se trataran.

- Avíate majo, que vamos hasta la huerta p'a que veas que vainillas más hermosas me están saliendo.

La huerta del tío era todo su mundo, toda su vida. La visita mañanera a la huerta era un auténtico rito minucioso que el tío preparaba con esmero y el niño gozaba en cada detalle.

- Este año has medrao bastante.

- Algo. Dice la abuela que es el estirón.

- En ná me alcanzas.

Y el niño miraba la inmensa humanidad de su tío Francisco de abajo a arriba, orgulloso

de su estatura y de su inmensa sabiduría hortofrutícola.

- Mete la bicicleta en el corral y dile a la Victoria que nos eche un cacho chorizo de la matanza de este año, que no la has probao. ¡Ah!, y pan p'a el almuerzo. Y vamos arreando.

El tío se daba otra vuelta a la boina hasta que le colocaba el rabo justo en la coronilla y enganchaba la carretilla para ir arreando. Y tío y sobrino cogían el camino de Castrovido antes de que el sol de Julio cayera a plomo, entre el ronroneo suave del canal y el chirriar estridente de la rueda de la carretilla. Todo en su sitio, siempre en orden, como debe ser. La granja, el puente, el viejo molino.

- Hay que sacar un poco de broza de por allí.

-Sí.

- Este año ha venido muy malo. La piedra de Abril nos ha jeringao bien.

(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

martes, 29 de diciembre de 2009

CRÓNICA DE LA XXX REUNIÓN DE LA COFRADÍA DE AMIGOS DEL CORDERO LECHAL


Se celebró el pasado 24 de Octubre la reunión anual de la “Cofradía de Amigos del Cordero Lechal” con todo éxito de participantes y de disfrute. En esta ocasión se celebraba el 30 aniversario de tal acontecimiento, motivo que aún suscitó más emotividad alrededor del encuentro que, desde 1979 y sin faltar un solo año, reúne a un buen grupo de amigos hacinenses que residen en diferentes lugares de la geografía nacional para compartir una buena comida y unas horas inolvidables de amistad y gratos recuerdos. A celebrar este magno aniversario acudieron puntual y tempranamente, ya que la cita se fijó a las 9 de la mañana en la puerta del Ayuntamiento, los siguientes amigos (por orden de aparición como en las películas de época):
Jesús, Gabri, Agustín, Paquito, Felipe, Carlos, Manolo, Ignacio, Julio, Teo, Alberto y Miguel Ángel. El conductor de todo (“menos del codo” que decía un contemporáneo de los concurrentes, el popular Locomotoro) fue, como siempre, otro amigo fijo de este evento: El Güay, de Salas.
Esta reunión se celebró en una zona maravillosa del norte de la provincia de Burgos: El Valle del Rudrón y el Cañón del Ebro. La actividad cultural, uno de los aspectos más interesantes de estos encuentros, según la opinión de los asistentes, siempre y cuando no quite mucho tiempo a las otras actividades que a continuación se relatan, fue especialmente espléndida por la riqueza artística de los monumentos visitados (la iglesia Románica de Moradillo de Sedano con sus sorprendentes columnas psicodélicas), por el interés cultural de los centros que nos mostraron la riqueza de esos valles (el centro de interpretación de Sedano) y por la espectacularidad de los paisajes y lugares que visitamos: el pueblo de Pesquera de Ebro con su abismal mirador al cañón de ese río, Orbaneja del Castillo con sus cascadas milenarias o el pintoresco pueblo de Valdelateja. Allí fue donde se celebró una de las escenas más emocionantes de la representación anual: la de darse al buen yantar mientras se comparten charlas, bromas y unas buenas horas de sobremesa y amistad. El lugar escogido para ello no pudo haber sido más acertado, el Asador de Santa Centola en ese fantástico pueblo, donde gracias a todo el arte del cocinero/asador y a la gentileza de las gentiles camareras, catamos un cordero lechal (algunos un chuletón de buey) de lo mejor que hemos disfrutado en estas salidas históricas. Los entrantes excelentes y de los postres ni hablamos, ya que con seguridad a más de uno se le enmudecerían los ojos recordándolos.

 (Para seguir leyendo clickar aquí abajo)

jueves, 29 de octubre de 2009

4 Km


En cuestión de pesos, longitudes y volúmenes, el sistema métrico decimal y lo consensuado en la 1ª Conferencia General de Pesos y Medidas de París de 1889 no admiten discusión, pero estarán de acuerdo conmigo en que a veces necesitamos algún “patrón” cercano y manejable, de esos de andar por casa, para poner en referencia cualquier dimensión, ayudándonos así a comprender mejor el tamaño de las cosas.

A ver si me explico. En Cuba, por ejemplo, la unidad de volumen más utilizada en la cocina es la latica de leche condensada.

-… y ¿cuánto arroz le pongo?
- No sé… como dos laticas de leche condensada.

Mi madre, excelente cocinera, también tenía claras las dimensiones de las cosas en la práctica culinaria común aunque dentro de un planteamiento, ¿cómo diría?, completamente autodidacta.

- …y si le añades un poco de caldo te queda buenísimo.
- Un poco… ¿cómo cuánto?
- Pues un poco así, más o menos.

Siempre he pensado que por no entender cómo de grandes eran “los pocos así” de mi madre en la cocina nunca pude hacer unas patatas con bacalao ni la mitad de buenas que las de ella.

Mi abuela fue otro ejemplo para mí de lo imprecisas que pueden resultar las medidas si se expresan en el sistema internacional y, sin embargo, lo efectivas que resultan cuando se miden según otra escala de mesura y de valores.

- ¿Dime abuela, cuántos litros de agua vas a necesitar?
- ¡Qué litros, ni litros…! Con que me traigas dos viajes de agua de Los Cubillos tengo bastante.

Ella tenía sus cálculos claros, y siempre le salían bien. Por ejemplo y a saber: para lavar un poco de ropa (unas rodillas, dos toallas y algún mandilón de trajinar en casa) 2 viajes de agua (4 calderos en su sistema particular de conversión de unidades); para bañarse y dependiendo del tamaño de la víctima y la gravedad del ensuciamiento, entre 3 calderos (gurriato no muy sucio) y 6 ó 7 (persona mayor que acaba de cambiar la cama a los cochinos) y así sucesivamente.

(Para seguir leyendo clickar aquí abajo)