lunes, 18 de junio de 2007

Agustina es tu nombre




Ha muerto mi madre. Y un dolor indescriptible ha llenado nuestros corazones. Se fue como vivió, discretamente e intentando molestar lo menos posible. Es cierto que no existe nada más inesperado que la muerte, pero la de ella lo fue tanto que a todos nos ha hecho reflexionar, otra vez, sobre el sentido que puede tener que esa línea que separa la vida de su ausencia sea tan borrosa, tan imprecisa, tan poco fiable…
Si algún consuelo nos queda a quienes tuvimos la suerte de vivir a su lado es que, hasta el final, disfrutó de la vida y fue feliz. Porque a pesar de que durante los últimos años el mundo se le hacía, cada vez, un enigma más y más indescifrable, mantuvo siempre un decoro y una dignidad que nos llenaba de admiración. Hasta su último momento supo disfrutar de una conversación interesante, de una comida rica, de la compañía de su familia (en especial la de la hija más querida, María Jesús), de una canción bonita, de una poesía bien recitada o de un recuerdo, siempre presente, que le transportara a Hacinas. Cada día de su vida fuimos capaces de despertar toda la luz de su rostro y de observar cómo los ojos se le llenaban de alegría tan sólo con nombrarle Hacinas o proponerle un plan de una próxima visita para pasear por sus calles y saludar a su gente.
Y murió como vivió, amando su pueblo a cada instante. E inculcándonos a todos ese amor por Hacinas, por sus gentes, por sus rincones y por su cultura. Si desde niño aprendí a querer a Hacinas fue por lo que me enseñaron las mujeres que más han marcado mi vida: mi abuela Margarita y mi madre.
Pocas veces en mi vida me he sentido más orgulloso que, cuando después de mucho tiempo sin verme, alguien en Hacinas, se ha preguntado:

-¿Este quien es?
Y otro, o yo mismo, ha respondido:
-Manolo.
-¿Manolo?, se ha interrogado el interlocutor incrédulo.
-Sí, Manolo, el de la Agustina…han aclarado por fin con la seguridad de que, ese dato, era definitivo.

Como soy y seré para siempre Manolo el de la Agustina puedo contar aquí que si esta familia, la mía, ha perdido a la persona más querida, este pueblo ha perdido a una hija fiel y esta revista que usted tiene en sus manos, a una lectora ferviente y a una propagandista acérrima en cualquier lugar donde se encontrara. Durante años la llegada a casa de la “Revista de Hacinas” era uno de los grandes acontecimientos del trimestre, y su lectura y los comentarios que surgían de la misma una de sus aficiones favoritas. Esta actividad y las conversaciones telefónicas con Felisa y con Esther cuando llegaban a Madrid tras un viaje a Hacinas, sin duda, fueron para ella una inagotable fuente de información y el cordón que, de alguna forma, la mantenía en contacto con su pueblo y su gente.
En los últimos tiempos recuperó, de su memoria, algunas anécdotas y poemas perdidos por el paso de los años que no dudaba en recitar en los momentos que ella consideraba más apropiados. Y como quiera que, a su modo de ver, el espejo, últimamente, no le hacía la justicia que ella merecía, con frecuencia le gustaba declamar una poesía que alguien le compuso cuando su juventud se debía mostrar en toda su plenitud –nunca confesó quién fue su autor, si un familiar, un pretendiente anónimo o mi propio padre-, y su belleza, según cuentan quienes la conocieron entonces, era deslumbrante:


“Agustina es tu nombre,
Olalla por apellido,
la miss del pueblo de Hacinas,
hija del tío Ceferino.
Sumisa sin los apaños
de enfermizas vanidades,
tiene unos ojos castaños,
con un reír sin engaños
que infunde tranquilidades…”

Ha muerto nuestra madre y su ausencia repentina nos ha llenado a todos de dolor. Murió como vivió, amando a su pueblo y a su familia y rodeada del cariño de todos.
Si alguna vez observáis en mí o en mis actos algún rasgo de bondad, no lo dudéis: eso lo aprendí de mi madre.



Manuel Díaz Olalla
Manolo, el de la Agustina

(Publicado en la revista Amigos de Hacinas, 2º trimestre, 2007)

domingo, 14 de enero de 2007

Jesús "El Pollo" (crónica triste de despedida)

JESÚS, EL DIA DE SUS BODAS DE ORO,... UN POCO ANTES DE DEJARNOS DEFINTIVAMENTE


La noticia, de boca de su hijo Julio, aquélla mañana prenavideña fue, además de sorprendente, como si mi gran amigo me hubiera planteado un enigma que no acertaba a comprender. Nos había dejado Jesús El Pollo, así, sin avisar, y su sola ausencia generaba un desorden y un desconcierto en mis referentes vitales muy difíciles de desentrañar.

Porque Jesús ha sido muchas cosas para mí. Desde luego una presencia consustancial a Hacinas. En multitud de recuerdos, en casi todos, que conservo de Hacinas desde que era niño aparece Jesús como era él: bonachón, divertido, trabajador, amante y admirador de los suyos, y siempre dispuesto a una buena conversación o a una partida de cartas. Llegar a Hacinas, a partir de ahora, y no encontrarle se me va a hacer muy extraño y difícil.

Recopilé con urgencia aquélla mañana anécdotas y pasajes infantiles y de juventud en los que aparece él, y he pasado algunos buenos ratos con esos recuerdos: como cuando íbamos, ya mocitos, Jesús padre con Jesús hijo, Julio y yo a pescar cangrejos a Cascajares y fingíamos ataques súbitos de tos cuando encendía su rosli para disimular delante de él, ilusos de nosotros, que ya a esas alturas éramos fumadores impenitentes y empedernidos; o cuando le acompañábamos las noches de las fiestas de Santa Lucía a repartir los mozos a los que había sentado mal algún vino por toda la comarca, de pueblo en pueblo, y las carcajadas que nos producían las torpezas etílicas que cometían; o cuando interpretábamos el papel, al amanecer, de que nos levantábamos de la cama cuando en realidad si estábamos vestidos a esa hora era porque en ese mismo instante en que él se despertaba nosotros pretendíamos acostarnos...

Tantas anécdotas recordé de tantos momentos compartidos, y otras muchas que no cuento, que sentí sin duda que alguien muy importante en mi vida desaparecía para siempre.
Alguien me hizo llegar una de las últimas cartas que escribió y quedó sin enviar. Le decía a un amigo en relación a mi presencia en la foto de toda la familia celebrando las bodas de oro, que yo estaba en ella porque era “como un hijo más y que él me tenía como tal”. Me emocionó leerlo porque, verdaderamente yo me he considerado siempre, en esa gran familia, como uno más. Por eso entiendo ahora lo que noté cuando Julio me dio la fatal noticia: fue un escalofrío de orfandad porque yo también, como todos sus hijos, me quedé un poco sin padre aquélla mañana de Diciembre.

He oído decir, y creo haberlo comentado en estas mismas páginas, que la llegada de Jesús y Julia a Hacinas hace cincuenta años supuso, de alguna manera, una pequeña revolución en aquélla sociedad rural muy endogámica, y demasiado cerrada e impermeable. Eso, por lo que tiene de cambio de mentalidad, y la incomprensión que produjo a su alrededor tuvo que acarrear más de un disgusto a la joven pareja. Pero el esfuerzo, visto con esta perspectiva que ahora tenemos, sin duda ha merecido la pena. Si algo maravilloso hizo Jesús en su vida, junto con su inseparable Julia, fue levantar ese gran imperio que es esa extraordinaria familia.
Por eso y porque fue un hombre eminentemente bueno es por lo que la siguiente mañana a la tan triste a que me refiero apareció un sol espléndido de invierno en el cielo serrano y el castillo de Hacinas, el camposanto y toda la campiña de alrededor no fueron capaces de acoger a la cantidad de gente que llegó, emocionada, a darle el último adiós y a acompañar a su familia, rota por el dolor.

Dolor que es el mío porque también lo es esa familia.

Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas" en Enero de 2007)

domingo, 17 de diciembre de 2006

La necesidad fisiológica y el progreso



Buceando en carpetas ajadas por los años y la desidia, en el trastero de casa, sin buscar nada concreto (últimamente lo hago tan a menudo que estoy pensando en preocuparme), me doy de bruces con una carta fechada en Hacinas el 8 de Enero de 1973, firmada por el Alcalde Don Bonifacio Rojo, dirigida a mis padres, en la que les anuncia que van a iniciarse las obras de “abastecimiento de aguas y saneamiento”.
El descubrimiento de esta deliciosa pieza, que es ya un documento histórico sobre el progreso de nuestro pueblo, y su lectura, me llevó a recapacitar sobre el efecto tan definitivo que la construcción de este tipo de infraestructuras (las de saneamiento ambiental) tiene en las importantes mejoras de la salud de la gente, en la disminución de la mortalidad infantil y en los incrementos notables de la supervivencia, de la calidad de vida y de la esperanza de años que cada cual puede esperar vivir. Incluso diré que los trabajos que se realizan en el ámbito de la salud pública internacional nos ayudan a clarificar el hecho de que, en términos de beneficios para la salud, es más importante la adecuada eliminación de excretas y aguas negras que la propia disponibilidad de agua potable en los domicilios.
En el documento histórico que hallé en mi trastero y al que me refiero, las justas argumentaciones que expone la autoridad y la pertinente solicitud de aportación a cada vecino me hizo recordar cómo era la vida en Hacinas antes de que se iniciara tan determinante suceso: ése que quedó grabado en nuestra memoria colectiva con el eufemismo casi bíblico de “la traída de las aguas”.
Los hacinenses que tienen menos de cuarenta años en la actualidad, y que por lo tanto no habían nacido o eran muy niños cuando ocurrió tan feliz evento, no sabrán que hubo un tiempo en que caminar por algunas callejas del pueblo era, aproximadamente, como andar por campos minados.
- Mira por donde andas, ojazos, o vas a pisar donde no debes. ¿O es que no te das cuenta cómo está por ahí n’eso?
- ¡Vaya! Otro día vamos a coger moras por otro lado, porque por aquí n’esto viene mucha gente y no a por moras precisamente…
- Sí, más parece que vengan a dejar que a coger, como nosotros...
El progreso en general, y las nuevas tecnologías que trae consigo, como los váteres, tienen también su parte más negativa. Tal es el hecho frecuente de que nos aíslan a unos de otros y nos hacen más egoístas fomentando el individualismo más feroz. Se lo digo porque hubo una época en Hacinas (no hace tanto, ¡yo ya había nacido!, hablo del último tercio del siglo pasado) en que ciertas actividades personales que ahora muy poca gente se plantea realizar en público, no eran sino una expresión comunitaria y festiva de la necesidad fisiológica.
- ¿Dónde se habrán metido éstos?
- No sé, les busco hace rato pero ¡no están por tal tierra! Parece que les vieron trasponer por el lado de allá.
- Pó que se hayan ido a tirar el pantalón a la arrein de la tía María… ¡como si lo viera!
- ¡Pues como les pille les arrea un par de ellas detrás de cada oreja…!
- Déjales que se diviertan todos juntos, que son jóvenes…
Hubo un tiempo en que entrar en algunas casonas, establos o cochiqueras tenía doble ración de riesgo: el determinado por la presencia del bestiario doméstico y la disposición aleatoria de sus excrementos, y el añadido del derivado de la presencia humana que a veces evidentemente había sido urgente, cuantiosa y depositada en cualquier parte del recinto sin luces, señales, ni avisos de situación.
- Vamos a por hojas para los cochinos.
- Bueno, dame el caldero y te ayudo a cogerlas, pero luego les echas tú, que a tu casona no hay quien entre.
- No seas tan remilgao. Con que te fijes un poco se arregla el asunto. Donde veas un cacho periódico ya sabes que tienes que andarte con cuidado. Y se acabó.
Esa era otra de las grandes utilidades de la prensa escrita después de leída, y a veces antes: la de facilitar las actividades higiénicas de cada cual, por muy áspera que esa colaboración pudiera resultar. Eran tiempos donde el autoconsumo era un planteamiento vital, y el reciclado no era una actividad más del esnobismo, como lo es ahora, sino la expresión más patente de la necesidad. A la fuerza, que diría alguno, y yo lo suscribiría. Con la consiguiente ventaja de amenizar también, y previamente a su uso final, la parte más aburrida del proceso evacuatorio informándonos de cuanto acontecimiento digno de mención había sucedido en Burgos y la provincia.
Hubo una época, no tan lejana, en que la gente enseñaba a las visitas el cuarto de baño recién construido como una rareza, casi excéntrica, que nos imponía la modernidad que venía, impertérrita, a apoderarse de todo y a marcarnos una nueva forma de vivir. Una época donde el desconcierto inicial fue tan grande que hubo que vencer prejuicios y luchar a brazo partido contra una fuerza titánica, que es la de la costumbre.
- Tu prima se ha hecho un cuarto de baño de ésos con mármol en las paredes, pero dice que va a seguir yendo a la calleja a aliviarse p’a no mancharlo mucho.
- ¡Si será mostrenca!
- Déjala, así se orea un poco…
Hubo un momento en nuestras vidas en que se acabó lo que de comunitario y festivo había en la actividad fisiológica más común, mejorando la transitabilidad de callejas y callejones, aunque fuera a costa de disminuir notablemente los índices de lectura entre el vecindario. Se trata de tributos que hemos tenido que pagar al progreso para poder vivir más y mejor.
Cuando he tenido que trabajar en determinados lugares del mundo con bajo nivel de desarrollo humano y mucha pobreza, y he analizado cómo viven sus habitantes y por qué motivos muchos de ellos enferman y mueren tan frecuente y precozmente, he sacado la conclusión científica de que el hecho de no tener acceso a agua potable y no disponer de un sistema de eliminación de excretas y aguas residuales en condiciones, era la causa de una gran parte de esos problemas de salud y de falta de desarrollo. Si pensamos cómo son sus condiciones de vida, al menos en estos aspectos, concluiremos que no se trata de mundos atrasados varios siglos respecto a nosotros. Sino que son pueblos que viven en situaciones de subdesarrollo parecidas a las que nosotros sufríamos, solamente, hace 40 años. Por ello al bucear esta mañana en mi trastero y encontrarme con la carta del Alcalde Don Bonifacio Rojo supe que había encontrado un documento histórico. Algo que marcaba, ineludiblemente, el fin de una época de precariedades históricas para Hacinas.
Y supe además que en esa cuartilla se marcaba el inicio de otro tiempo que nos lanzaba, imparable, hacia el progreso y hacia rotundas mejoras de las condiciones de vida y salud.




Manuel Díaz Olalla

(Publicado en la revista Amigos de Hacinas, 4º trimestre de 2006)

lunes, 25 de septiembre de 2006

La huerta de mi abuela era un quincho así...

La huerta de mi abuela era un quincho así, mal señalado, de tamaño regular y de geometría imperfecta. Un rectángulo dibujado con prisa, más ancho al fondo que a la entrada. La pared norte, la más estrecha, daba al camino. De hecho si lees los datos del catastro observarás que le asignan la dirección más bien enigmática de “Camino de la Fuente”. Eso sí, sin número. Es lógico que no lo tuviera porque tampoco tenía puerta. Por ello el abordaje se hacía por un portillo destartalado encajado a duras penas entre las piedras sueltas de la pared y construido a base de paciencia, alambre, unas pocas puntas y algunos leños mal escogidos y peor emparejados.
De la Fuente decidieron bautizar al camino que toda la vida fue el de campo los muertos.

- Niño ¿dónde vas?
- A la huerta de mi agüela
- ¿Al río?
- No señora, a campo los muertos.

Si les confieso la verdad, me hubiera gustado más que la huerta de mi abuela hubiera estado junto al río, por el soto. Como todas. Aquéllas eran unas huertas comunitarias, festivas, ideales para echar la tarde entre golpe de azadón y parrafada con el vecindario. La mejor elección para una tarde de ocio, con merienda compartida y baño incluido.

- ¡Qué majos te están saliendo esos tomates! Pasa la bota…
- No están mal. ¡Tú tampoco te podrás quejar de las vainas! ¿Has catao esta cecina? Está coj…… ¡Niño, atiende esos reteles o te vas pa casa a escape!

Pasar la tarde en las huertas del soto era, para un mequetrefe que apenas levantaba un palmo del suelo, casi como una fiesta. Cuando alguna vez me invitaba algún amigo a su huerta por el río, un poco más abajo de la presa, aquello se convertía en todo un acontecimiento. Si además te llevabas los reteles y, entre cebolla y cebolla, sacabas un par de docenitas de cangrejos la fiesta era completa.

Pero no. La huerta de mi abuela, que era un quinchito así, mal señalado, estaba en campo los muertos. Por entonces pensaba que la gente prefería tener la huerta por el soto porque el nombre del lugar donde se encontraban situadas las otras resultaba poco atractivo. Y eso que, a veces, y para que no me resultara tan árida la excursión veía a mi abuela salir del paso como podía, sin pronunciar el topónimo, con la sana intención de que no le cogiera prevención al sitio, mientras enganchaba el caldero de regar: “Anda hijo, vámonos ya para acerón, que se hace tarde”. Fuera bajo esta denominación o no, la tarde de riego y recolecta de hortalizas en la huerta de la abuela era una aventura que no tenía parangón. Más temprano que tarde, con tiempo calculado para estar en casa de vuelta antes del toque de las primeras del rosario, nieto y abuela con los calderitos, los fardeles y la azada tomaban el camino de la carretera. Generalmente el nieto, renqueante, caminaba sujeto por una mano a la de su abuela y, en la otra, haciendo malabarismos para que no acabara en el suelo, la rebanada de hogaza untada de aceite y espolvoreada de azúcar que, las tardes de huerta, solía ser el plato principal de la merienda. Para que la rebanada pasara el gaznate del todo era obligada la parada en la fuente -¡sí señores, la fuente!- de campo los muertos para que el mentecato se pegara un buen trago de agua fresca.

- Agüela la fuente está seca
- ¡Calla cencerro!, que no lo está. Nada más hay que cebarla. Ahora sacamos un poco de agua del pozo y vienes tú a hacerlo.
- Agüela ¿por qué esta agua tiene este sabor?
- Cuentan que aquí hubo una batalla y…, bueno, ya te lo contaré otro día. Ahora vamos a escape que se hace tarde…

La huerta de mi abuela era un vergel fascinante. O, al menos, a mí me lo parecía. Sin acertar a explicarme cómo, con el esfuerzo de sus manos y algunos calderos de agua, todo aquél derroche de fertilidad se hacía posible. Allí brotaban berzas, aquí patatas, junto al pozo garbanzos y vainillas, y por el otro lado tomates, cebollas y otras delicias de menor cuantía. Aquél prodigio de la naturaleza era algo difícil de entender para mí. Y, en el centro de aquél milagro, como el guardián máximo del enigma, estaba el pozo. Un pozo que, abierto a ras del suelo y tapado precariamente con unos tablones, ejercía sobre mí, y desde el momento mismo de atravesar el portillo detrás de mi abuela, una mezcla de atracción y rechazo. Lo veía como un agujero oscuro que con sólo presentirlo ya me angustiaba y, a la vez, hechizaba de una forma insoportable. El pozo de la huerta de mi abuela fue el auténtico protagonista de mis sueños infantiles. Algunas noches era el escondite de un monstruo comegentes que nos mantenía a todos a raya y, además, sin una mala lechuga que llevarnos a la ensalada. Pero otras, era una fuerza irresistible que tiraba de mí, allá donde estuviera, para tragarme sin piedad. Con monstruo o sin él no había tranquilidad para mí mientras la abuela, cordel tras cordel, sacaba calderos de agua para darle de beber a las verduras.

- No quiero ver que te acercas por ahí neso, mostrenco, mientras yo hago las labores.
- ¿Por qué?
- Porque te caerás al pozo.
- ¿Y qué me pasa si me caigo?
- Que te ahogarás, como le pasó a aquél chico del que te hablé.

El chico de Cabezón que se ahogó en un pozo fue otro de los grandes enigmas que atormentaron mi infancia. Era rara la tarde que, volviendo de la huerta, no intentara imaginarme la cara del chico que se ahogó en aquél pozo, aún sin conocerle, e intentara reconstruir cómo debieron ser sus últimos minutos. Real o inventada por mi abuela (ahora me inclino más por esto último) aquélla historia me sirvió para guardarle la distancia a pozos y acequias y para admirar, aún más, el trabajo abnegado de los que trabajan la tierra hasta sacarle todo lo que lleva dentro.
Las lecciones de horticultura de mi abuela fueron de las mejores clases prácticas que he recibido en mi vida y, también, de las más inútiles. Lo aprendí casi todo respecto a cuándo hay que sembrar las patatas, cuándo recoger los tomates, cómo cavar un surco mediano donde sembrar con éxito unas buenas semillas de berza, cómo conseguir que las vainillas crecieran hacia el cielo bien agarradas a la vara, y, sobre todo, cómo tratar con mimo la tierra para recibir su recompensa. Me arrepiento de no haber sacado más jugo a aquéllas lecciones ya que quizás tengamos que enfrentarnos en el futuro, de nuevo y como pasaba entonces, a una vida basada en el cultivo de subsistencia. Lamentaré entonces haberme comido aquéllos tomates maravillosos y no haber aprendido cómo sembrarlos. Pero para entonces ya será demasiado tarde.
Mi abuela tenía una huerta que era un quinchito así, regular de tamaño. Cuando cerrábamos el portillo destartalado y agarraba mi mano con la suya, recia, camino de casa, siempre me invitaba a beber otro traguito de agua de la fuente de campo los muertos, cerca de acerón. Musitaba algo de una batalla que allí hubo cuando le volvía a preguntar sobre ese sabor metálico tan particular del agua, y tiraba de mí para llegar a casa antes del toque de las primeras. En casa derramaba sobre la mesa de la cocina el botín arrebatado a la tierra roja de la huerta y aplicaba los garbanzos para ponerlos a secar al sol encima de una estera. El mocoso miraba todo el proceso embelesado, mientras se preparaba para la siguiente aventura que Hacinas le tenía preparada cada tarde de verano.


Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", Septiembre de 2006)

lunes, 14 de agosto de 2006

"Arriba, que levanto!!!!"


Volvió a subirse despacio a la arquilla, como intentando que su cabeza asomase por encima de las demás, y con parsimonia meditada hizo sonar de nuevo la esquila mientras, la voz partida y cortando la manoseada baraja en dos, exclamó a los cuatro vientos: ¡Arriba, que levanto....!. ¡El dos de copas!. A ver quién se lleva estas éstas almendras....

Un muchachito contrariado miraba una y otra vez la tablilla con sus tres carta buscando con ahínco el dos de copas que allí no estaba. Jesús le observaba desde su pedestal y acertó a recogerla antes de que el mozuelo, desilusionado, la tirase a la cuneta: Trae para acá, chupacharcos... le dijo esbozando una sonrisa complaciente. Los Racheles volvieron a entonar los primeros compases de España Cañí y el pequeño grupo que se había concentrado delante del puesto se disolvió lentamente mientras una señora, la que había resultado afortunada en la rifa, enseñaba con orgullo su dos de copas a todo el que se aproximaba.

Jesusín se afanaba en la venta sin quitarle ojo a un par de mozos sospechosos que rondaban con disimulo intentando enganchar alguna cazuela de las que colgaban del travesaño de babor. Hacía lo que podía porque los faltantes, a veces notables, eran la peor noticia del final del día. Le costaba mantener el estado de alerta permanente porque había madrugado mucho y, ya entrada la tarde, el sueño amenazaba con pasarle la cuenta. Julito no, siempre más pequeño y, a la fuerza, con menos responsabilidad que el hermano mayor, estudiaba con detenimiento cada movimiento de los músicos y no perdía detalle ni del repertorio ni de la modesta puesta en escena.

- ¿Cuánto dirás que cobran estos por esta actuación?
- Y yo qué sé...
- Cinco mil duros.
- Mucho me parece.
- ¿Dices?. Pues los que vienen este año a Santa Lucía, esos de Zaragoza que estuvieron el otro año en los Tolbaños, van a cobrar el doble por la verbena del domingo...
- Mejor sería que nos lo dieran a los chicos p’a meriendas...
- ¡Y tú qué sabrás...!. Te digo que son unos músicos muchismo buenos...

Jesusín, definitivamente muerto de sueño ya a esas horas, no se quejaba de nada. Aún recordaba la dureza de otras fiestas, cuando, pocos años antes, había que madrugar mucho más y recorrer un montón de kilómetros en bicicleta, a veces con nieve, camino de Moncalvillo, siguiendo la vía del tren alumbrados escasamente por la mortecina luciérnaga del faro a dinamo. Comparar por comparar las cosas mejoraban poco a poco y, de todas formas, siempre prefirió las fiestas de Contreras. Si le hubieran dado a elegir se hubiera quedado con estas, después de las del Rosario en Huerta, por supuesto, aunque bien es cierto que esas eran para disfrutar y estas para trabajar. Jesús padre, presintió una demanda incontenible en el público que llenaba la campa del baile y pensó que, de esta, liquidaba las tres docenas de paquetes que le quedaban en el coche y que, hasta bien entrada la madrugada, había garrapiñado Julia en las ollas de cobre a fuerza de mucha lumbre. Con eso, pensó, se iban para casa más felices que unas pascuas. Por ello intentó asomar la cabeza por encima de las demás y comenzó a reclamar la atención de bailarines y espectadores del gozo ajeno a grito pelado y a golpe de esquila...

- Vamos que con esta lo termino y me voy p’a casa... seis tablillas tengo en la mano y estoy que lo regalo....Toma maja llévate estas que las rifamos a escape...

Manolín, el que les cuenta esto treinta y tantos años después -¡que se dice pronto!-, miraba la escena entre perplejo y divertido desde el banco de la Caja del Círculo que había al lado del puesto, intentando abrir los ojos todo lo posible para que no se le escapase detalle alguno, y, de vez en cuando, intentando distraer a Julito de sus obligaciones:

- A mí me gustan mucho estos de Covarrubias... lástima que no se sepan ninguna de Karina...

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El pasado 26 de Noviembre, ya les dije que más de treinta años después de ese episodio que recuerdo como si hubiera ocurrido antes de ayer, y exactamente cincuenta años desde que Jesús, el mago de la rifa, contrajera nupcias con Julia, la madre de los retoños, he vuelto a ver repuesta, detalle por detalle, aquélla escenografía reiterada, entre mágica y fascinante, por los mismos actores, aunque esta vez, eso sí, como un juego didáctico para niños y nostálgicos. Por sorpresa ante nietos, hijos, yernos, nueras y curiosos, algunos sentimentales habían preparado el escenario de manera cuidadosa. No era una copia burda: era el propio puesto histórico que Jesús paseó por todas las fiestas de la comarca y que dormía el sueño de los justos en algún rincón del desván. Nadie pudo contenerle y en cuanto lo vio allí instalado se encaramó a la arquilla, a la auténtica, a la original, a la que iba y venía, como la maleta de la Piquer, de fiesta en fiesta llena de almendras, de manera que, estirando el cuello lo que pudo para sacar su cabeza por encima de las demás, volvió a repiquetear la esquila mientras gritaba a voz en grito...¡Arriba que levanto...!.

Los 14 nietos de Jesús y Julia miraban sorprendidos el espectáculo desconocido e irrepetible, y en sus ojos abiertos como platos y en sus gestos fascinados por la magia, volví a encontrarme con ese Manolín del banco de Contreras, ese Manolín al que no encontraba hace mucho.

Ese showman que es Jesús, como siempre perfectamente auxiliado por Julia en las labores logísticas, acabó por rifar todas las chucherías, las almendras, las muñecas, los camiones y, hasta las cazuelas de porcelana que no tocaban nunca, para mayor deleite de la chiquillada y gozo sin fin de quienes, alguna vez, asistimos al espectáculo en tiempo real.

He oído comentar a algún estudioso de la realidad cultural de Hacinas (que los hay; yo conozco varios; si quieren algún día les doy sus nombres), que la llegada de Jesús y Julia a Hacinas, de la que va a cumplirse cincuenta años, cambió de alguna manera la forma de pensar y de comportarse de un pueblo que, marcado por la endogamia constante de la vida rural que definió una época en España, vivía demasiado encerrado en sí mismo. Puede que sea verdad.

Un servidor, quien profesa por Jesús y Julia, y por toda esa gran familia, un cariño filial, ha tenido la suerte de asistir a esa fiesta grande con la que han querido recordar que están juntos desde hace cincuenta años. Y ha sido tanto el regalo que quisieron hacernos a los que allí estábamos que Jesús volvió a subirse despacio a la arquilla, como intentando que su cabeza asomase por encima de las demás, y con parsimonia meditada hizo sonar de nuevo la esquila mientras, la voz partida y cortando la manoseada baraja en dos, exclamó a los cuatro vientos: ¡Arriba, que levanto....!. ¡El dos de copas!.


Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", 2006)

lunes, 26 de junio de 2006

Aniversarios

Mal asunto. Me tiene preocupado el hecho de que, de un tiempo a esta parte, cualquier acontecimiento banal que tiene que ver con mi vida se convierte, de repente, en un aniversario. Últimamente estoy cumpliendo un cuarto de siglo de un montón de sucesos que marcaron un hito en mi vida. Eso quiere decir, si las matemáticas no engañan, que algunas de esas cosas ocurrieron en torno a mis veinte años, y que los tantos que colean en los cuarentaytantos que hace que vine al mundo se aproximan a la decena a una velocidad peligrosa. Usted los sabe muy bien, no es lo mismo cumplir años que cumplir los que terminan en cero. Y no es igual que se cumplan años de que ocurrió cualquier cosa importante en su vida a que se cumplan veinticinco, o cincuenta, de que pasó aquello.

Hace poco les contaba desde estas mismas páginas que recientemente habíamos celebrado “el 25 aniversario” de la reunión que, con la excusa de comer juntos, organizamos una vez al año un grupo de amigos de Hacinas que hemos convertido esa actividad en un regalo para nosotros (que pasamos un espléndido día) y para nuestras compañeras (que aún lo pasan mejor liberadas de nuestra presencia cotidiana). Bien, pero la cosa no acaba ahí. En estos días recibí una llamada inquietante de una persona a la que había olvidado por completo y que tras saludarme y confesar que habíamos sido compañeros de estudios me comunicó la sorprendente noticia de que este año cumplíamos 25 de que los acabamos. “Seguro que ya habías caído en esa cuenta”, me dijo, aseveración ante la que no pude más que contestar con una risita que le tuvo que sonar medio tonta, la verdad. No había caído, no, pero fingí que sí, para escuchar después que él y otros compañeros estaban intentando localizarnos a todos para reunirnos un día en la Facultad, con el objeto de verificar, uno por uno y sin anestesia, lo que el tiempo había hecho con nosotros. “Las bodas de plata de que terminamos” me dijo. “Ah...” –me dijo también- “...mira a ver si encuentras algunas fotos de entonces para proyectarlas durante el acto”.

Hay que tener cuidado con lo que se le pide a la gente. Muchas veces se tiene poca sensibilidad respecto al mal trago que pueden pasar los demás ante determinadas situaciones. Enfrentarse con los álbumes de fotos viejas es una de las más peliagudas. No obstante y, a pesar de todo, baje al trastero una tarde armado de valor y después de haberme tomado un par de güisquis, que todo hay que decirlo. Buscando y rebuscando, comprobando en cada página lo que fuimos, me reencontré con algunas de Hacinas que no pude por menos que subir a casa para analizarlas con más detenimiento, y con la misma sensación del que ha salvado a un náufrago instantes antes de ahogarse. Alguna de ellas se las muestro para que las disfruten conmigo.

Una de las mejores selecciones de fútbol de Hacinas que ha corrido la pradera de Campo el Valle es la que parece en una de ellas. Hace unos días estuvieron Carlos y Mercedes en casa y al observar esa foto, mientras Mercedes realizaba el esfuerzo titánico de intentar reconocernos a todos, Carlos no pudo por menos que exclamar: “Bueno..., esa foto si no tiene cuarenta años le falta poco!”. Un estremecimiento me recorrió la espalda mientras volví a posar, incrédulo, los ojos en el retrato. Y ahí me vi de nuevo. Todos tan circunspectos: Gabri con los pantalones remangados en señal de solidaridad con los demás, Arturo con la actitud del que forma parte de una barrera contra la que van a tirar una falta directa, y Agustín, al fondo, entre los palos, observando con curiosidad la escena. Los demás aparecen tan formales y tan gurriatos que casi no se les reconoce. Juzguen ustedes y díganme si no sería mejor dejarlas dormir plácidamente el sueño de los justos en el último rincón del álbum más perdido que se consume en el cuarto trastero. Yo, por si acaso, se las enseño para que ustedes decidan.

También se han cumplido veinticinco años de que, voluntariosos e inconscientes, atrevidos y resueltos, Julio y un servidor iniciamos una serie de recitales de música popular castellana en Hacinas para amenizar la actividad cultural de la víspera de Santa Lucía. A guitarra y voz, con más voluntad que acierto y con más ganas que oído deleitamos al personal durante unos años. A veces éramos la única pieza del cartel y otras, con mucho gusto y no menos afán, aparecíamos de teloneros de otros artistas de más renombre. Pero siempre con el interés de colaborar con las actividades que se organizaban en nuestras fiestas. A pesar de eso habrá que decir, para hacernos justicia, que logramos concertar en torno a nuestro arte a un grupo nutrido de incondicionales fans. Para ellos, y para que no nos olvidaran, nos hicimos el retrato que aparece en la otra foto, instantes antes de uno de nuestros gloriosos conciertos en el Ayuntamiento. La foto es sencilla y está tomada con los medios rudimentarios de la época. Aunque aún no había llegado la foto en color, y el cine sonoro se acababa de inventar, el artista cuidó hasta el más mínimo detalle: el encuadre bajo la parra entre las cuerdas del tendedero de Julia, la actitud desenfadada y hasta el detalle del neumático roto. Más natural y bucólico parece imposible.

Han pasado más de veinte años de que dejamos de amenizar las vísperas de las fiestas de Santa Lucía con nuestros maravillosos recitales y un grupo de fans perseverantes está realizando un esfuerzo gigantesco para reeditar este año uno de aquéllos momentos mágicos. Empeño le ponen aunque ya los ánimos, las voces y los instrumentos no estén tan afinados. Yo creo que conseguirán que volvamos a salir, como en tiempos, para celebrar este aniversario. Si es así podrán asistir a un revival auténtico. Aunque haya que pagar algo a mí ya me han convencido. Habrá que animar a Julio, que en estos años se ha convertido en artista de categoría, a que acepte salir con un aficionado, aunque sea con el saxo.

El aniversario lo merece.

Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas", Junio de 2006)

martes, 9 de agosto de 2005

Evencio


La noticia sorprendente de la muerte de Evencio me asaltó desde las páginas de la revista “Amigos de Hacinas” y tuve que releerla varias veces para comprender que sí, que hablaba de Evencio, de nuestro Evencio.

Y sin pretenderlo, como fogonazos, me vinieron a la memoria, nadie sabe desde donde, retazos sueltos de vivencias, de momentos, de tiempos vividos que dormían el sueño de los justos en algún lugar oscuro a mitad de camino entre lo perdido para siempre y lo que aún se podría recuperar si anduviera más listo. Son como descargas de cañón que, ante la increíble noticia, se producen de dentro afuera y me llenan la vista, el tacto, el olfato, el gusto y hasta el oído de sensaciones vividas y perdidas para casi siempre en algún lugar del camino. Es curioso que cuando esto ocurre no suele tratarse de anécdotas distinguidas o momentos estelares, sino más bien de pasajes discretos, aparentemente anodinos e intrascendentes que no acierto a explicar como se han quedado ahí, esperando para volver a buscar la luz en vez de haber sucumbido definitivamente en la oscura nebulosa de los tiempos y de la memoria. Resulta curioso pero, en ocasiones, la pieza que engancha y sujeta el episodio, lo fija y lo retiene para que no se pierda en el marasmo del abandono perpetuo es un detalle insignificante, una mirada, un comentario que se quedó ahí grabado para siempre.

I

Pocos en Hacinas han cantado mejor que Evencio. Y no hablo sólo del tono tan personal sino también del ritmo y del sentido musical. Hace muchos años, muchos, algunos tomamos la costumbre de recibir las noches estivales encaramados en el castillo guitarra en ristre, riéndonos de todo, hilando palabras hasta el absurdo y cantando alguna coplilla que otra hasta que la advertencia del vecindario nos recomendaba dejarlo para otro día. Una de esas noches, en que la desentonación y el desafinamiento se hacían irresistibles acertó a aparecer Evencio por allí. Fue cuestión de poco rato hasta que, sin poder soportar más aquél coro de grillos disfónicos se puso en pié y entonó a pleno pulmón su ranchera favorita ante la perplejidad, la admiración y el profundo respeto de todos los que, allí reunidos, tuvimos la suerte de escucharlo:

“Por el amor a mi madre
voy a dejar la parranda.
Y aunque me digan ¡cobarde!,
A mi no me importa nada...”

II

Fue el acontecimiento del año: Evencio había salido en los papeles. Era aquélla foto memorable que muchos de ustedes recordarán porque durante años, con seguridad, estuvo colocada entre el cristal y el marco de alguna otra foto, esta vez familiar, a lo mejor tapándole la cara a su abuelo, posiblemente encima del televisor y rodeada de una ingente cantidad de cadáveres de moscas que, a sus pies, habían dejado de existir por el letal efecto de esas tiras de papel insecticida que prendíamos en la casa para dispensarnos de su molesta presencia y sofocarnos las tardes de verano . Me refiero a aquélla foto del Diario de Burgos en que se veía el royo, las casas y casonas de alrededor y a Evencio, con sombrero de paja y buena vara, dirigiendo a la pareja de vacas que, creo recordar, arrastraban un carro posiblemente volviendo de la era. Esa foto vieja, virada a sepia por el paso de los años, fue algo así como el resumen casi perfecto de lo que fue nuestro pueblo en aquélla época. De cómo era y, por tanto, de cómo éramos. No por casualidad Evencio formó y ya forma parte de este espléndido icono de la Hacinas que afrontaba tiempos de cambios rotundos encarando ya la recta final del siglo XX. Esa foto se mereció un premio porque el mérito del artista no es sólo expresar las cosas con belleza sino, también, resumir de un solo trazo (un gesto, una pincelada, un verso o una imagen) una realidad compleja de explicar. Tan difícil como lo que fuimos. Si nadie aplaudió al artista lo hago yo ahora en nombre de todos, con el permiso de ustedes. Y le doy el premio a la belleza plástica, a la expresión artística y a la oportunidad de escoger a quien en ese momento, mejor podía representarnos a todos.

III

Eran años de inquietud juvenil los que nos tocaba vivir. Evencio había, definitivamente, escogido su vida y su trabajo, y no ocultaba a nadie que conducir era una de sus grandes aficiones. La pasión de todos, en realidad. En aquéllos tiempos de poco calcular y mucho correr hemos de agradecer que siempre hubiera cerca algún buen amigo que nos diera un buen consejo sobre cómo mejorar nuestro comportamiento al volante para evitar males mayores. Paco siempre se distinguió por recomendarte lo mejor cuando veía que las cosas no iban del todo bien. Si pecaba de algo era de que a veces se prodigaba mucho en los consejos, los hacía largos y tediosos y, quizás, la reiteración de argumentos podía resultar algo cansina. Una tarde de Agosto, sentados alrededor de una mesa del bar, Paco daba una charla sobre seguridad vial a Evencio ante la atenta mirada de Fidel. Los consejos se repetían tanto que, los concurrentes, empezaron a dar muestras evidentes de cansancio. Un servidor, cámara en mano, tiró como al azar una foto al grupo y, días después (al igual que lo que le debió ocurrir a Alberto Korda cuando observó por primera vez la foto que sería la más reproducida de la historia: la que él mismo había hecho horas antes al Che Guevara en un acto público) me quedé perplejo ante la maravilla que tenía delante. Paco, muy didáctico, imparte recomendaciones a Evencio dedo en ristre, quien parece dormirse ante tanta retahíla argumental, y Fidel, entre ausente y perplejo, parece pensar en otra cosa. Esa foto ha sido expuesta durante años entre otros trofeos de menor cuantía y mérito en el Bar “Hermanos Cámara”, a pocos metros de donde se tomó y, modestia aparte, aunque sin querer compararla con la belleza plástica de la instantánea antes mencionada, también tuvo su mérito. El de la oportunidad no creo que se lo discuta nadie.

IV

Evencio se fue convirtiendo, al menos para alguien como yo que visito Hacinas mucho menos de lo que me gustaría, en una persona permanente en nuestro pueblo. Su presencia se fue asimilando a lo consustancial de Hacinas de tal manera que era tan natural encontrarlo por allí que casi no deparabas en el ser humano, en sus necesidades de afecto, en su vida en suma. Como si todo fuera siempre igual y la vida pasara por encima de los otros sin casi dejar huella me sorprendió la última vez que estuve en Hacinas encontrarme con un Evencio triste y como más encerrado en sí mismo. Analicé por un momento que, quizás, de manera imperceptible, esa sensación podía ser fruto de un proceso involutivo y de retraimiento general que llevaba en marcha algunos años. Siempre quise a Evencio y ahora me angustia no saber si él lo supo. Creo que todos quisimos a Evencio, pero no estoy seguro de si supimos estar a su lado cuando nos pudo necesitar. Es triste sentirse mal cuando se muere un amigo, un colega, un quinto tuyo y, hasta ese momento, no haberte parado a pensar si él sabía que podía haber contado contigo.

Aquélla tarde, la última que le ví, le presentí ausente y alejado. Quise acercarme un poco a él o quizás sólo quise acercarme a mí mismo. No lo sé. Pero recuerdo bien que tiré por donde yo sabía que era muy difícil que no me respondiese:

-Evencio, chaval, hace mucho que no cantas. ¿Se te está olvidando o qué?

Sonrió pero evitó la cuestión. Insistí un poco.

-¿Cómo era aquélla ranchera que echabas tan bien?

Se escapó por la tangente y no pude por menos de iniciar yo la primera estrofa. Sonreía ante mis olvidos de la letra, pero se resistía a cantar. Por fin, a punto de comenzar la última estrofa y ante el desastre que se avecinaba si yo continuaba sólo, no pudo por menos que ponerse de pié, entornar los ojos y, con el mejor de sus timbres, rematar aquello:

“Adiós botellas de vino,
adiós mujeres alegres,
adiós todos mis amigos,
adiós, los falsos quereres”


La noticia sorprendente de la muerte de Evencio me asaltó desde las páginas de la revista y tuve que releerla varias veces para comprender que sí, que hablaba de Evencio, de nuestro Evencio. Que nos había dejado para siempre de la forma que él lo hacía todo: casi sin molestar. ¡Con la cantidad de coplas que nos quedaban por cantar juntos!.


Manuel Díaz Olalla
(Publicado en la "Revista de Hacinas" en 2005)

lunes, 8 de agosto de 2005

El que asó la manteca

Manolín, el que asó la manteca, durante una excursión a Hontoria del Pinar, delante de la tartera de los filetes empanados, tan ricos, que hacía su madre para salir al campo.


Puedo confesar aquí que desde que tengo uso de razón he vivido fascinado por los dichos y los refranes. Lo reconozco y no me importa que alguien, para hacerse cómplice mío y redondear la gracia me pueda decir cualquier día a la cara aquello tan conocido de “Hombre refranero...”. No, mejor no sigamos por ahí y vayamos al detalle si es que es posible.

Yo, aquí donde me tienen, debo decirles que soy el que asó la manteca. En persona. Bueno, peor que eso: según opinión de mi abuela, cuando yo era niño, las cosas que a mí se me ocurrían no se le pasaban por la cabeza ni al que asó la manteca. Figúrense ustedes. Yo, por aquél entonces salía a la calle y me ponía a pensar: ¿y quién será ese que asó la manteca?. Si algún día me lo encuentro le diré: “Oiga usted, se creerá que su imaginación no la supera nadie... pues está usted muy equivocado: yo, aquí donde me ve, tan pequeñajo y tan poca cosa, tengo unas ocurrencias que ni usted en sus mejores momentos, según dice mi abuela. Por ejemplo ¿alguna vez ha echado usted azúcar a las lentejas, ha salido a la calle en pleno mes de Enero en calzoncillos, o le ha regalado a su madre por su cumpleaños un casco de motorista cuando sabe usted perfectamente que su madre no tiene carné?. ¿A que no?. Pues todas esas cosas las he hecho yo señor mío, y otras muchas que si se las contase no saldría usted de su asombro. Así que ya sabe, y no presuma más de lo suyo en la cocina que tampoco es para tanto...”

Nunca me encontré con él pero seguí por muchos años ostentando el título del más ocurrente de mi casa siempre y cuando se tomase como referencia la comentada hazaña de aquél cocinero insigne. Si embargo hoy, cuando hago alguna cosa extravagante o chocante, que está fuera del guión y provoca extrañeza en los demás, que todavía las hago que todo hay que decirlo, no encuentro a nadie que recurra a un dicho, ni a un ejemplo como ese para situarme donde me corresponde y para que no pierda las referencias.

Soy de una familia que ha gozado siempre de un buen dicho pronunciado a su debido tiempo y con la entonación adecuada. Es un placer nada desdeñable y que ayuda mucho a rematar una buena conversación o un buen rato de ocio. Soy de un pueblo donde se disfruta también siempre de un refrán, de un lugar común o de un guiño lingüístico donde reconocernos todos y confirmar nuestra identidad de colectivo. Y lo he agradecido mucho. Incluso cuando he estado lejos de la tierra y he reconocido en una conversación un giro local que me ha sugerido una procedencia cercana (los mejores refranes y dichos son aquéllos que te identifican con tu gente) me he sentido mucho más próximo de mi interlocutor aunque no le conociera de nada. Como si uno se sintiera más seguro andando por la vida con gente que ha compartido con él orígenes, fuentes y refranes.

Soy de una tierra donde la producción histórica de refranes, dichos, chistes, diretes, y cualquier otra manifestación de la cultura popular comprimida y resumida en expresiones del idioma alcanza niveles inconmensurables. Estoy seguro que podría mantener con cualquiera de mis amigos de Hacinas una conversación de horas utilizando sólo expresiones comunes o frases hechas inspiradas en vivencias locales, con absoluto entendimiento y disfrute mutuo, y sin que existiera ningún resquicio de dudas entre ambos sobre de qué y cómo estamos hablando. Cualquier esfuerzo para conservar esta riqueza cultural será muy importante ahora en que los medios de comunicación de masas y la extraordinaria movilidad de los grupos humanos amenazan con destruirla para que hablemos todos igual y digamos las mismas frases tontas que se dicen en todos los sitios (“Pues va a ser que no...!”) hasta que a fuerza de pronunciar las mismas expresiones vacías, no sepamos de qué pueblo somos ni qué gente es la nuestra.

Propongo empezar hoy mismo. “Para, Juan, que mea la vaca” decía mi tía Victoria, la mujer de quien más refranes y dichos he aprendido en mi vida, cuando notaba que por algún motivo me aceleraba. “Órdenes rigurosas del Padre Aramburu” respondía yo en señal de sometimiento a sus instrucciones. Recuerdo que mi tía disfrutaba mucho recordando las cosas que decía Crespo cuando estaba sólo o cómo acabó la boda de Moreno, palo por medio, dando el acertado contrapunto a quien exclamase con desgana “...Bueno!”. Los almuerzos en su casita de Salas eran un deleite para los sentidos, no sólo por la exquisitez de su jamón y su chorizo, sino también por la retahíla bien construida de dichos y sentencias que articulaba desde su ventana que era una atalaya: “La bendición de Ramos: que no vengan más de los que estamos!.... y si vienen... que marchen por aquél Alto Llano!”. La sonrisa presentida y cómplice en la cara del sobrino se veía rematada muchas veces con aquélla expresión de “Buen provecho...”. “Esa cuenta nos hemos hecho”, contestaba yo, loro al fin, algo impaciente por que acabasen los consabidos prolegómenos y alguien se decidiera por fin a cortar la primera rebanada de aquélla hogaza tierna que descansaba sobre la mesa.

“Que Dios te lo pague!” le decían cuando ella, cosa corriente, mostraba su corazón caritativo abierto de par en par. “Sí, y que yo me lo trague” respondía con desenfado, cuando no pretendía aparentar lo que no tenía exclamando “A mí lo que me sobra es dinero... y buenas relaciones con el Ayuntamiento”. Ahí sí que se sentía ella a sus anchas: en todo lo que fuera el refranero popular aplicado a la administración local: “De momento un saco de cemento.... si no es p’a mí, p’a el Ayuntamiento” afirmaba cuando pretendía justificar la necesidad de dar comienzo a algo, o rematar una bravuconada ajena con aquél dicho de reminiscencias antiguas: “Arriba el campo!... sí, pero que trabaje Rita!”. Muy aficionada a la sátira carnavalesca y a practicar el escarnio propio del oficio de los cómicos nunca faltaban en su boca comentarios y diretes tendentes a ridiculizar a los munícipes de su pueblo adoptivo: “A el alcalde de Salas le ha dado por la finura... y se ha comprado un carrito para sacar la basura” decía con desparpajo, y otras lindezas que no diremos aquí para no ofender a autoridad alguna desde estas páginas, respecto a la opinión que mi tía tenía sobre qué había que hacer con algo que llegaba de Madrid en un bote...

Muy instalada en las concepciones más castellanas de la belleza (“Ojos azules mala pintura!, donde no hay ojos negros no hay hermosura”), vivía recreándose en conceptos algo anticuados sobre la vida de los demás y las manifestaciones de las naturaleza: “El sol madrugador y el cura callejero, ni el sol calentará ni el cura será bueno”. Solía despedirse poniendo en boca de otros lo que era evidente para todos (“Mañana será otro día. Sí Ciriaco. Sí Lucía”), y en cuanto tenía ocasión recurría a lo más granado del saber popular para parar en seco un bostezo intempestivo: “Boca abrir: comer o dormir. O la calentura venir... o la conversación no gustar”.

Mi infancia fue un festival de adultos redichos y refraneros que me regalaban permanentemente exquisitas píldoras de saber popular para que aprendiera todo lo que se debe saber para ser un hombre de provecho. Siento que al perderse estas sentencias sorprendentes y quienes las conservaban nos perdemos un poco cada uno de nosotros.

Hace unos días tomando un café en una cafetería céntrica de Madrid escuché cómo alguien a quien no conocía le decía a otra persona: “Vamos hombre, que eso no se le ocurre ni al que asó la manteca...”. No pude remediarlo y me acerqué al extraño y le dije: “Discúlpeme, no he podido evitar escucharle. Yo soy de Hacinas, ¿y usted?”. “Yo no, me respondió, yo soy de la parte de León”. “Y dígame... ¿conoció a quien asó la manteca?”, le dije. “No, me contestó, pero mi abuela siempre me decía eso cuando hacía alguna cosa absurda”. “Vaya, vaya, le dije, igual que la mía... ¿le molesta si me siento con ustedes?”. “No, por favor, arrime usted esa silla...”.

Desde ese día tomo café con un señor de León al que no conozco de nada, que, según parece, ha bebido en las mismas fuentes del saber popular que yo, y que anda, también como quien esto suscribe, buscando al que asó la manteca desde que era niño. Ay si nuestras abuelas levantasen la cabeza...!





Manuel Díaz Olalla


(Publicado en "Amigos de Hacinas, 2005)