martes, 8 de agosto de 2000

EL CASETE



Aún recuerdo con emoción aquél primer casete de mi vida: Magnetófono reproductor y grabador a cassete, que ponía en la caja. Aquél primer casete de mi vida fue el premio de fin de curso del año 1970 ó 1971, perdónenme la falta de memoria, y lo estrené en Hacinas. Fue, sin duda, la revolución tecnológica de aquél verano hacinense, envidia del mocerío en aquéllas noches tórridas del castillo, y el augurio de que una nueva era de la multimedia estaba llegando. Casi se sonroja uno pensando en cómo cambian los tiempos y en cómo pasan los años. Y se sorprende constatando cómo avanzan la electrónica y los soportes de la comunicación.

Lo recuerdo, y me recuerdo -¡ay Dios!-, casi como si fuera el verano del 99. Allí estaba yo, con mi casete de color naranja marca Sony -"diga usté que sí, que lo japonés es mucho bueno"- forrado en aquélla funda de cuero, colgándome del hombro, en bandolera, camino de la huerta, tras la abuela. Ella con el caldero y la azada. Yo con mi casete al hombro. Camino de Campo los muertos. Recuerdo aún que sólo tenía cuatro cintas que oía y oía hasta acabar con la paciencia de la abuela: una cinta virgen donde grabar todo tipo de bobadas; las otras tres regalo de mi prima Isabel, una de Serrat en catalán ("lo último de Serrat, niño, salió en Enero, no te creas"...), otra de Tom Jones en directo, cantando entre otras A mi manera ("joé qué voz el tío"), y, la última, un variado de música americana, de la buena, entre la que destacaba, y aún me parece oírla, Suavemente me mata con su canción de Roberta Flack.

Recuerdo que mientras la abuela echaba un trago en la fuente de Campo los muertos, después de cebarla con mimo y dedicación, yo me las daba de disc jokey interesante y la abordaba con preguntas que para ella eran completamente intrascendentes, en especial si se consideraba la faena hortofrutícola que se le avecinaba:

- ¿Abuela con qué empezamos, con Tom Jones o con Serrat?.
- Calla la boca si puedes, mostrenco, y no marees más con ese aparato.

Diremos aquí que la abuela nunca mostró, o al menos en lo que yo conocí, un interés excesivo en la comprensión y aprovechamiento de las tecnologías de última generación. Tuvo ocasión de demostrarlo cuando prendieron delante de ella por primera vez un aparato de televisión. Nada le gustó aquélla invasión repentina de la sala de estar por parte de aquélla gente que salía en la pantalla. Gente que, como ella afirmaba, ni conocía, ni nadie había invitado a casa. Pero eso sí, en todo caso, ella consideraba que a pesar de la poca formalidad que demostraban viniendo sin invitación, por nuestra parte había que mostrar una educación exquisita. Nadie podía levantarse de la mesa mientras el locutor presentaba el telediario. Ni siquiera a la cocina a buscar el segundo plato. Costó mucho convencerla de que a aquél mostrenco que hablaba y hablaba dentro del aparato de cosas que a ella no le interesaban en realidad le daba igual si le escuchábamos o nos íbamos a Castrillo por no oírle.

El mocito, o aún menos, que era uno durante aquél verano de casete y copla, pensaba, quizás, que la abuela se enfadaba porque prefería música romántica, o jotas a lo mejor, y me instalaba frustrado en mi inquietud musical bajo la sombra de aquél guindo soberbio de la huerta, mientras la abuela echaba el primer caldero de la tarde al pozo misterioso y profundo que, confesémoslo ya de una vez, me daba pavor. Nunca olvidaré aquéllas tardes de contrastes, tardes irrepetibles, que se iban y se venían entre explorar cómo funcionaba el play y el rewin y en aprender a recoger las vainillas más verdes, las cebollas más espigadas o las berzas más suculentas. Las tardes, otrora tranquilas y tan sólo rotas por el trasiego de la cuerda en el brocal y de la azada contra los terrones o por el paso cansino de las ovejas camino de las casonas, se vieron invadidas, durante aquél verano, por músicas extrañas cantadas en lenguas de fuera que, la abuela, en su eterna paciencia, no acababa de entender ni de aprobar.

- ¿Para eso querías venir?, ¿para pasarte la tarde ahí como un zascandil?. Cierra ese chisme, aplica los garbanzos y tiéndelos ahí neso.

Descubrí aquél verano que la abuela no era partidaria de las modernidades tecnológicas ni de la música en lata. Ni entendía el catalán, ni le gustaba que le hicieran entrevistas cuando, con mi micrófono en ristre, me la acercaba por la espalda emulando a Matías Prats, padre, naturalmente.

- Nos encontramos esta tarde en Hacinas, en la huerta de la señora Margarita, a quien vamos a hacer una entrevista.....uán, tú, trí, ¿me se oye, me se oye ?. Sí parece que sí... bueno, señora Margarita, ¿cómo se presenta este año la cosecha de ajos?.
- Quita ese cable de ahí, espantajo, y haz el favor de regar un poco las lechugas o te doy un cocotazo.

Siempre breves pero contundentes declaraciones las de la abuela, dispuesta por todos los medios a aruinarme la vocación periodística y a que no perdiera el tiempo en esas majaderías y pusiera algo más de interés en recoger las patatas, actividad sin duda mucho más sustancial y productiva.

Estoy seguro de que mis amigos aún se acordarán de aquél viejo casete japonés, una reliquia prehistórica en este mundo actual de los CDs y de los MP3s, una reliquia digna de algún museo de la ciencia si todavía lograra rescatarlo de algún montón de cacharros de los que abundan en la leonera en que se ha convertido mi cuarto trastero, y se acordarán de aquéllas noches de verano en el castillo, tras la faena agostí de era y bielda, allí, tan ricamente, mientras ensayábamos cómo se echa el humo por la nariz y hacíamos planes para el viernes.

- ¿Y no tienes otra cinta?.... es la cuarta vez ya que pones al Tom Jones ése...
- ¿El hermano de Paco...?
- Eso... hasta ahí nos tienes ya con el casete...

Eran noches mágicas, de risas incoherentes, chistes reiterados, lugares comunes, menceys chupados y la cinta de Tom Jones una y otra vez. La luna llena allí arriba y nosotros allá abajo, descubriendo el mundo y las cosas, hablando de chicas y de pueblos, de bicicletas y de internados donde invernar, y muy pendientes del casete, que lo llenaba todo.

- Pues mi primo Juan tiene una cinta de Simon y Garfunkel, se la voy a pedir a ver si cambiamos un poco.....
- Vale.






Recuerdo con nitidez meridiana el casete viejo que tanto nos acompañó aquél verano del 70 -¿o era del 71?-, que me gané por mi buena conducta y que mucho nos ayudó a descubrir unas cuantas cosas: que se habían inventado los equipos electrónicos portátiles; que una misma canción, por buena que sea, a la quinta vez ya cansa; que recoger cebollas mientras se oye a Serrat se hace más llevadero; que la abuela no era partidaria del trabajo musicado ni de las entrevistas en directo; y de que las noches estivales a la luz de la luna resultan más dulces si suena cerca un tema romántico entonado con sentimiento.

Recuerdo todo eso, y más cosas que no puedo contar, y ahora, cuando estoy a punto de enviar esta pequeña crónica sentimental por el e-mail de mi PC si es que el servidor está operativo, cuando con el mando a distancia voy a proceder a apagar el canal satélite del televisor, el equipo de CD-ron y hasta el DVD, pienso que es verdad aquello de que las ciencias adelantan que es una barbaridad, y de que, indudablemente, estamos cumpliendo muchos años.

Manuel Díaz Olalla
En Madrid, el día de mi cumpleaños del año 2000
(Publicado en "Amigos de Hacinas", fecha indeterminada del año 2000)

lunes, 9 de agosto de 1999

Canciones







Todas las cosas que debemos saber están recogidas, una por una, en las canciones de nuestra vida. En ellas, y solo en ellas, se desglosan, como en un inventario incalculable, todo lo que somos, lo que hemos sido y, aún, lo que nunca seremos.

Todas ellas, una detrás de la otra, han brotado de nuestras bocas y, muchas veces, de nuestros corazones, tan intensamente que nuestras propias historias hoy no se distinguen de las letras de aquéllas canciones antiguas, ya algo rancias, que duermen en algún rincón de nuestra memoria y que, cuando más descuidados estamos, nos salen al encuentro, como para recordarnos que aún siguen existiendo, desde algún programa de aniversario de la radio, o desde el fondo de algún cajón lleno de discos viejos.

Analice si no. Y lo verá.

I.

En casa de la abuela hubo veranos, ya hace muchos, en que la emoción de cada tarde rondaba siempre la hora de llegada de la boyada.

- ¿Abuela, han llegao las vacas?
- No, aún le queda un rato....

El niño esperaba ansioso aquella invasión vacuna que llenaba calles y casonas -¿aún se acuerdan ustedes?-, entre temeroso y perplejo, procurando que aquél fenómeno vespertino no le sorprendiera lejos de algún refugio seguro desde donde pudiera ver con claridad el paso cansino de las rumiantes sin ser visto por ellas, pues entendía que, en realidad, las bestias llegaban cada tarde buscándole por calles y callejas con la malsana intención de hundirle un cuerno en aquélla barriga lampiña. Si, por cosas del azar, aquel desembarco animal le sorprendía por la parte de le escuela, y tenía la suerte de observar la llegada del toro, sobre todo de aquél toro viejo que solo tenía un cuerno, el corazón del gurriato saltaba en el pecho como queriendo salirse de la caja y entonces, el mocoso corría desesperado, escaleras abajo hacia la casa de la abuela, mientras oía a lo lejos las carcajadas de Basilio que le gritaba: "¿Dónde vas, torero?".

Llegaba por fin al portal, trancaba con frenesí puerta y cuarterón, y se agarraba a las sayas negras de la abuela que, a esa ahora y descuidada de las hazañas taurinas del nieto, se esforzaba en remendar algún calcetín viejo. Cada tarde, a esa hora, y como si desde Radio Castilla supieran lo que pasaba en cada casa, aquél transistor tan chic que había llegado de Suiza y que pendía como un espantajo del clavo de colgar chorizos que había en la viga del portal dándole cien patadas a la estética austera de casa de pueblo de la época de la pre-electrificación, aquél transistor, digo, lanzaba a los cuatro vientos aquélla canción tan vieja y tan festiva que aún hoy, solo al oírla, me traslada automáticamente a esas tardes inciertas de mis primeras faenas en el arte de Cúchares :

"Tengo una vaca lechera,
no es una vaca cualquiera...."


II.

Corrían aires modernos, en aquélla época, en las reuniones del club, allí todos, los sábados por la tarde, los veraneantes y los de allí, alrededor de aquél tocadiscos prestado que hoy sería pieza de museo si existiera, oyendo los discos que cada uno traía de Madrid, de Bilbao, de Barcelona, de Burgos. Eran debates intensos sobre nuevas tendencias de la música moderna, que acababan en audiciones reflexivas de las piezas debatidas y una posterior puesta en común.

Los había de la línea de Karina, los de José Feliciano, los de Massiel, y, algunos, los más progres, hasta partidarios acérrimos de los Abba y otras lindezas foráneas.

-Dí que sí, que lo extranjero es mucho bueno.

Era una época en que la televisión no había irrumpido en nuestras vidas como un tótem demoledor, y las cosas de la globalización eran una utopía. Épocas en que la música que se oía en cada pueblo era sustancialmente distinta, definida más por los gustos de la gente que por las necesidades comerciales de las casas discográficas, y donde, por tanto, cabía discutir de modas y tendencias de cada lugar.

Se discutían, por tanto, las experiencias personales y las propias formas de entender la música. Ahora eso sería imposible. Vivamos dónde vivamos y vayamos a dónde vayamos todos oímos las mismas cosas y aquéllos debates tan ricos han dejado, al menos en parte, de tener razón.

Pero aquéllas tardes del club marcaron nuestras vidas de aficionados y nuestra adolescencia impúber.

El muchachito que asistía, él más perplejo que nadie, a la propia eclosión hormonal de sus 15 años, se las daba de entendido en música romántica, a ser posible francesa, sobre todo para quedar bien delante de las chicas. Hablaba de su experiencia discotequera y de lo bien que bailaba el agarrao cuando sonaba una buena pieza con sentimiento. Cuando las tardes del club se alargaban y de las discusiones se pasaba a las prácticas bailables sobre todo lo debatido, el muchachito imberbe se atusaba con discreción algún rizo rebelde, ponía cara de interesante y se dejaba caer al lado de alguna chica que le hiciera tilín.

Aquélla tarde de Septiembre hacía un frío casi invernal. El tocadiscos hacía rato que lanzaba al aire sus quejidos musicales y los muchachitos y muchachitas movían sus esqueletos, y todo lo demás, al compás de lo último de los Lone Stars, de los Pop Tos o de Claudio Baglioni. Cuando comenzó la música lenta él la miró. Ella hizo como que no se daba cuenta. Él se acercó con aplomo y seguridad.

-¿Bailas?, dijo él.
- Bueno, dijo ella extendiendo sus brazos como mecánicamente.

Él quería quedar como el campeón del feelin y no dudó en aparentar una seguridad y una experiencia de las que, obviamente, carecía.

- ¿Esta es la música que te gusta a ti?, dijo ella dejándose llevar.
- Sí, contestó él con decisión.
- ¿Tú has bailado mucho?, preguntó ella
- Mucho, contestó él mientras sonreía.

Ella, notándole tembloroso, se atrevió a más y le propuso:

-Parece que tienes las manos muy frías. Si quieres puedes meterlas en los bolsillos de atrás de mi pantalón mientras bailamos....

Al muchachito listillo y sabelotodo comenzaron a venirle sudores fríos a la frente y a las manos, y tuvo que tragar saliva dos veces antes de reaccionar. Comenzó a sonreir con esa risa medio histérica del que se ve sorprendido por su propia arrogancia y se quedó allí, en mitad del club, con cara de tonto, mirándose las manos sin saber qué tocarse o dónde meterlas. Le salvó el subdesarrollo cuando, de repente, se fue la luz, y el tocadiscos se detuvo. Pudo salir de aquélla sin necesidad de ponerse colorado del todo ni hacer el ridículo del mojigato que se ve superado por su propia inexperiencia.

Nunca sabremos cómo habría acabado aquél guateque sin aquél corte de luz. Pero aún hoy, tantos años después, el mero hecho de escuchar aquélla canción de Adamo me transporta, irremediablemente, al club de Hacinas y a una tarde fría de Septiembre en que una propuesta inocente estuvo a punto de echar por tierra esa leyenda de muchacho de mundo que, por la pura estupidez adolescente, había intentado construir.

“Y mis manos en tu cintura,
pero mírame con dulsor...”

Somos lo que las canciones que se han cruzado en nuestras vidas han querido que fuéramos. No lo dude. Piense que todo está en las letras de sus canciones e intente recordar alguna de las más antiguas y comprenderá que lo que en ellas se dice se ha confundido ya en su cabeza y en su corazón con su propia historia como algo inseparable. Tanto que, seguramente, le será muy difícil decir dónde termina la canción y dónde comienzan sus sentimientos.


José Manuel Díaz Olalla


(Publicado en "Amigos de Hacinas" en fecha indeterminada)

sábado, 20 de marzo de 1999

VACAS



Veo vacas. Continuamente veo vacas. Vacas de todos los colores, rubias, morenas, castañas. Vacas mohinas, tristes, de andar cansino y pasos aturdidos. Vacas mochas, vacas rabicortas, vacas descencerradas y descascarilladas de pitones. Vacas escuálidas y enclenques, vacas desnutridas, vacas anémicas. Muchas vacas.

Llevo muchos días viendo pasar vacas y su sola presencia, el sentir sus pasos, el oír sus mugidos me transporta casi sin quererlo a mi infancia. Tendré que reconocer que estas vacas no son como aquéllas. Las vacas de mi niñez eran vacas trilladoras, vacas relistas que se buscaban lo suyo y se cagaban en la parva cuando más lejos tenías la lata.

- Espabílate, mostrenco, y anda a escape que te vas a dejar ensuciar el grano.

Las vacas de mi niñez eran vacas comunitarias, que buscaban la boyada densa y concurrida por la dehesa arriba, que levantaban el polvo con las pezuñas en cualquier secarral y miraban con descaro al veraneante que les salía al paso. Aquéllas eran unas vacas de mucho fundamento con el lomo reluciente y la mirada altiva.

Llevo días viendo pasar vacas y siento que hasta las vacas sufren el subdesarrollo, los parásitos, los desastres, el hambre, la injusticia. Estas vacas que veo pasar aunque no trillan, ni acarrean, ni aran la tierra, saben de dolores y de miserias. Son vacas que han perdido a sus amos ahogados en cualquier recodo de un río que un día quiso ser mar y no entendió de cuencas ni de orillas. Son vacas que han perdido a sus terneros arrastrados por unas aguas incontenibles, sepultados bajos montañas de lodo espeso, asfixiados con su propia amarra intentando escapar de lo que ya era inevitable. Son vacas que buscan desesperadamente pastos para comer donde antes hubo y hoy no queda nada, que abrevan en pozos inmundos en cuyos fondos se pudren los cadáveres de los arrieros que las enyugaban y de otras vacas que no tuvieron tanta suerte al intentar resistir los envites de la naturaleza brutal y desbordada.

Cuanto más las miro -"¡ojazos, si paece que no ves!"-, más recuerdo y más me transporto a las tardes atorrantes en la era del Señor Pedro, en aquéllos veranos de la niñez, cuando todo era nuevo y fascinante y cuando la responsabilidad de sentarte en aquél taburete carcomido pilotando aquél trillo destartalado era la empresa más importante de tu vida y toda una aventura capaz de arruinar el sosiego y la paz de sopas de ajo que se respiraba en la casa de la abuela a la hora de cenar.

- Y la Señora Felipa tuvo que arrearle dos palos a la rubia p'a que andase más lista y no se saliera de la era.
- Anduviese, modorro.
- Anduviese modorro tres o cuatro vueltas, por eso le dio los palos.

Pienso también en aquéllos niños que éramos y dejamos de ser. Y me veo y me comparo con los niños de estas vacas. Los niños de las vacas que pasan delante de mí, son niños tristes, abatidos, con los ojos hundidos y pitañosos, niños descalzos y esgurriados, niños huérfanos, niños que han perdido la casa donde vivían y la escuela donde aprendían las cuatro reglas y la fecha de la independencia. Niños desnutridos, casi sin fuerzas para arrearlas y sin ganas de jugar ni de correr. Niños roídos por dentro por los gusanos, y por fuera por los hongos, deshechos de malaria y de dengue, exhaustos de tifoidea, de disentería, de hambre y de miseria. Las vacas son tristes pero los niños de las vacas le destrozan el corazón a cualquiera, y uno piensa si tendrá sentido seguir luchando con la historia cuando la historia se empeña en que los pueblos no levanten la cabeza, y con la naturaleza que se ensaña, como con el perro flaco, con los más pobres y desvalidos.

Estas vacas que veo están llenas de mataduras y de mugre. Son vacas mansas y malolientes que esquivan tu presencia y se van para otro lado antes de desafiarte y enseñarte la cornamenta. Son vacas que agachan la cabeza ante el destino, como sus amos y como los niños de sus amos. Vacas que se resignan a lo que venga y que miran al río cruel como esperando que vuelva a salirse para llevárselo todo.

Va a ser Navidad y estas vacas cansinas que me traen tantos recuerdos se tumban a la sombra de cualquier palmera desvencijada para aliviar el calor sofocante y esperar tiempos mejores.

Veo pasar vacas que son como fantasmas, vacas mosquilonas sin rumbo fijo ni ocupación. Pasan con ellas niños abatidos, enfermos, tristes.

Sin quererlo pienso en aquéllas vacas que eran entonces las de la boyada de Hacinas, y en los niños felices que las mirábamos pasar majestuosas, entre sorprendidos y fascinados.

Y no acabo de entender qué hicimos para merecerlo.


José Manuel Díaz Olalla
Texto escrito en algún lugar de Centroamérica el día de San José de 1999
Publicado en la revista "Amigos de Hacinas"

domingo, 10 de mayo de 1998

LAS BODAS


A Casilda y Caprasio, y a Agustina y Manuel,
que el pasado 31 de Mayo echaron un ojo al calendario y observaron, casi sin comprender cómo pasa el tiempo, que llevaban cincuenta años juntos.


- Atiende lo que te digo, y no te levantes más de la silla que me tienes mareada.

- Es que la leche está muy caliente, y me abraso.

- Se dice que me escaldo, no sé dónde os enseñan a hablar hoy en día.

Volvió el mocoso a limpiárselos con la manga de la camiseta, una camiseta muy artística que ponía “Bachini” en el pecho y una “B” en la espalda, aprovechando que ella, la abuela, miraba de reojo por la ventana, intentando averiguar quién sería el de la moto que acababa de pasar por delante y que solo había dejado tras de sí, como de muestra, una espesa polvareda gris. Fuese. Y no hubo nada.

- Aplica las migas te estoy diciendo, y para un rato, que parece que tuvieras el baile de San Vito....

- ¡ Jopé, abuela, que me aburro!...... Cuéntame un cuento...anda...



- Bueno, pero solo si te tomas las sopas de leche, y te estás tranquilo, y te subes los piugos, que te pasas todo el día comiéndotelos, que no sé lo que haces.....

- Vale abuela.... el del tren, cuéntame el del tren....

Y volvió la abuela a comenzar por el principio, despacio, como con resignación complaciente, atusándose el mechón que le caía por debajo del pañuelo negro. Con paciencia.

- Hace muchos años, era primavera, estaba el campo lleno de flores y de grama y el trigo ya andaba bueno, y la cebada.... y la gente se afanaba en el campo, ya estaba la siega temprana......

El muchachín inquieto y despistado oía el relato con los ojos como platos, jugando distraídamente con las migas que habían caído sobre el mantel después de que la abuela hubiera preparado con mimo las sopas de la cena.

- Era una mañana muy bonita. Lucía un sol espléndido, y ya desde el toque del alba se adivinaba que no era un día corriente. Sonaban los esquilines y en esta casa era mucha la fiesta, y andaba un trajín en la cocina, y en el portal, y en los cuartos, que lo envolvía todo...... Me recuerdo que había venido una cocinera de Salas, que la trajo la Victoria, y estaba la mujer enredada desde temprano con el arroz, y con que prepara la mesa, y con que avía las cosas, y con que pela los pollos, y yo, ya te imaginas, de acá para allá, que si el traje de tu tía, que si prepara las cosas, que si el broche de tu madre... , bueno, ya sabes, con tristeza por que no estuviera el abuelo, ni tu tía Felipa, que ya no estaban, y por que tus tíos no podían venir...

- ¿Y por qué, abuela?

- Las cosas de los frailes. Leandro en Madrid. Y Víctor en Melilla....

- ¿Y la Isabel, no estaba?

- No, hombre, ¿cómo iba a estar?.

- ¿Y la Mariví?

- Que no te digo.... no estaban en el mundo...piensa un poco...y sigue comiendo o te vas a la cama y se acabó. Y suénate en el moquero, que ya me tienes cansada.

Sacó el moquero del bolsillo del pantalón y se sonó sin ganas mientras le imploraba con la mirada a su abuela que siguiera con el relato. Era tarde y el sol trasponía como sin ganas por el arco de Santamaría.

- ¿Y era por la mañana, abuela?

- Claro, era por la mañana. Me recuerdo que esta casa estaba manga por hombro, sonaban las campanas desde temprano, y yo andaba hecha un zascandil sin saber a quién atender o a dónde ir. De la cocina al mosquero, del mosquero al cuarto de los leones, del cuarto de los leones a la puerta a recibir a la gente...¡ qué sé yo la de cosas!. Imagínate, se me casaban dos hijas, el mismo día, era mucha emoción......

- ¿Y fueron a la iglesia?.

- Claro, ¿cómo si no?.

- ¿Y estaban guapas las novias?.

- Guapísimas... bien majas que iban......las más majas....

- ¿Y a mí por qué no me trajeron abuela?.

- ¿Cómo te iban a traer, mostrenco, es que no te das cuenta que tú aún no habías nacido?

Intentó el mostrenco hacerse cargo de ese problema, con poca fe, y con menos entendimiento cronológico, sin comprender muy bien dónde andaría él ese día tan importante. Pasó la lengua por el borde del tazón de porcelana y volvió a mirar a la abuela que, otra vez repuesta del desánimo y la incomprensión, se tentó el flequillo para reiniciar el relato .

- Fue una boda preciosa. Estaba la iglesia llena, no cabía un alma, todas las familias, y los amigos, había venido hasta la familia de tu padre, de allá, de muy lejos...

- ¿Y qué dijo mi padre?

- ¿Qué va a decir?, pues que sí, que quería....

- ¿Y el tío Caprasio?

- Pues lo mismo, no te amuela. Calla la boca, cencerro, o se acaba la historia y te vas a la cama y te pongo las sopas de desayuno...

- ¿Y el tío Caprasio qué dijo que quería... a la tía Casilda?

- Claro... y a quién si no... mira que llegas a decir simplezas...

- ¿Y dónde se fueron luego, al Moreno?

- No hombre no, ¡qué Moreno ni Moreno!...Vinimos todos a casa, a comer. Estaba todo el portal lleno, pusimos una mesa corrida hasta la puerta, no se cabía... fue mucha la emoción.....

Al niño anoréxico y preguntón le pareció ver por un instante una lagrimilla inquieta resbalar por la mejilla ya muy surcada de la abuela Margarita, mientras miraba para la ventana como disimulando esta debilidad presentida y no anunciada. Le pegó dos cucharadas más a las sopas y acurrucó su cabeza de chorlito entre las faldas de la abuela, algo rendido ya por los acontecimientos diurnos. La abuela pasó sus manos por entre sus rizos y se volvió a enternecer sin quererlo.

- Ay gurriatito, gurriatito......

- Sigue abuela, cuenta lo del tren.....

- Pues resulta de todo esto que tus padres tenían que coger un tren en Salas, después de la comida, a las cuatro creo, que no sé para qué tantas prisas, para irse a Soria, creo, de viaje de novios. Y tuvieron que salir a escape para no perderlo... pero como se retrasaban y no llegaban a tiempo, un amigo de tu padre, que era de Salas, Benito, el hermano del difunto alcalde, salió corriendo y llegó antes que ellos. Pudo hablar con el jefe de estación de Salas para explicarle lo que pasaba y este señor, que debía ser muy comprensivo, retrasó la salida del tren hasta que llegaron tus padres....

- ¿Y los tíos, no fueron?

- No, se quedaron aquí unos días, y luego se fueron para Manresa....ay, qué tiempos, hijo mío, ya lo sabrás, es ley de vida, cada mochuelo a su olivo. Pero mira, luego vinisteis vosotros, el tiempo pasa, y es muy hermoso veros crecer.....

El muchachito ignorante hacía esfuerzos irresistibles por permanecer con los ojos abiertos mientras las manos de su abuela se enredaban en su pelo, y escuchaba el relato, ya, como a lo lejos.....

- ¿Y dime abuela, cuando te casas te esperan los trenes?.

- Claro, ¿qué hacer si no?. Es como el comienzo de una vida nueva y todos los maquinistas lo saben y esperan a los recién casados para que no se queden en tierra y puedan seguir su camino a Soria o a donde Dios les mande.

Quiso el mostrenco saber si fue en Soria donde le recogieron a él por un casual. Si es que acaso él les estaba esperando en la estación de Soria, o muy al contrario, si a él también le habían comprado en una tienda de París donde al parecer fue adquirida su hermana Mariví. Quiso preguntárselo a la abuela pero, vencido por el sueño, las palabras ya no le salieron. Y hubiera sido bueno que la abuela le hubiera aclarado estas dudas existenciales porque no es lo mismo dormirse pensando que uno es soriano que hacerlo suponiendo que uno es parisino. Ni entregarse a los brazos de morfeo suponiendo que uno esperó a sus padres en una estación de ferrocarril como el que espera a Jorge Negrete, que creyendo que a uno le sacaron de un escaparate tras habérsele entregado a un negrero un puñado de francos. Y fue una pena no saberlo. Pero fue un alivio para la abuela que unos recuerdos tan bonitos que fluían de su cabeza y de sus labios con tanta emoción no fueran interrumpidos nuevamente por tantas preguntas majaderas que estaban a punto de desesperarla.

Mientras la abuela le quitaba la ropa encima de la cama como si fuera un muñeco de trapo abrió los ojos el cencerrín y aún tuvo fuerzas para balbucear.

- Abuela...¿y fueron felices y comieron perdices?.

- A la vista está.....y bueno, comieron entremeses y cosas de la matanza, y arroz, y cordero asao, que lo asaron en la casa del panadero.....Bueno, comieron de eso todos menos tu padre que ya sabes que es un poco raro para eso de las comidas...

Hubo un tiempo en el que el tren pasaba por los pueblos, ¿se acuerdan?. Hubo un tiempo en que los trenes pasaban por los pueblos y llevaban a la gente a emprender nuevas vidas a Soria, a Manresa, a todo el mundo. Hubo un tiempo en que los trenes esperaban a la gente cuando se retrasaba y los amigos corrían veloces para parar locomotoras cuando hacía falta.

Hubo otro tiempo en que los niños se quedaban dormidos en las faldas de sus abuelas oyendo relatos fantásticos sin entender nada y sin hacerse cargo del tiempo ni de las cosas.

Hubo tiempos en que las parejas que se querían se casaban, aunque fuera de dos en dos, y esperaban a que pasaran diez lustros, o más, para ver los frutos del trabajo y del amor.



Manuel Díaz Olalla
(Publicado en "Amigos de Hacinas" en 1998)