Hay pocas cosas tan identificativas como la voz humana, que es resistente al paso del tiempo, y pocos sentidos tan evocadores como el olfato. Un olor borrado, un aroma archivado en algún espacio virtual del córtex cerebral y sentido nuevamente es capaz de desatar una cascada de recuerdos, sentimientos y emociones que hasta ese momento permanecían agazapados en lo más profundo del olvido. Quizás tan solo el oído le haga la competencia, es un decir, en esa capacidad de devolvernos a sitios y momentos que teníamos enterrados en lo más desconocido de nuestra memoria. Como un olor, un sonido quizás no escuchado en mucho tiempo nos puede devolver sin pretenderlo a un momento o a un lugar del que no constaba registro previo.
Con frecuencia cierro los ojos y repaso algunas escenas de
mis años de infancia y adolescencia en Hacinas y me sorprendo de que lo más
nítido que siento son los ruidos y sonidos de cada momento del día, algo
irrepetible, pues, como si de un ejercicio de arqueología mental se tratara, en
su mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de
un pasado que no volverá. Y no lo hará porque quienes los producían o
provocaban ya no están o están en desuso.
Aún en la cama, el canto del gallo, ese kikirikí reiterativo,
cansino e interminable, era interrumpido apenas por el toque de la campana de
la iglesia anunciando la misa matinal (“avíate majo, que ya han dado las
largas”), por el cacharrear de la abuela en la cocina colocando la
corbetera, o abriendo el mosquero a la búsqueda del pan y la leche
para las sopas, o cortando con las estijeras algún pedazo de carne con
que alegrar la puchera de garbanzos. Y era mejor andar a escape y no
esperar a oír el ruido del cuarterón de la puerta, pues cuando chirriaba
el tranco de hierro para su apertura el mostrenco debía estar listo.
Si se hacía el remolón en la cama aún podía escuchar a lo
lejos los cantos de algún colorín de los majos, el monótono cucú de
algún macho de pecu perdido, el vuelo rasante de algún gorrión mocho o
de alguna torda, o el propio del trabajo fino de algún vencejo de
los que anidaban bajo el tejado de la casa. Hubo días en que el
despertar del perezoso se vio recompensado por el canto de algún chichás,
o por alguna cigüeña diligente que, a esas horas, se esforzaba en machacar
el ajo.
Cuando el acarreo, la mañana se llenaba de ruidos agrícolas
y de gritos y conversaciones de labradores abnegados, que colmaban de sonidos el
aire hasta componer la banda sonora que, en su dulce refugio, le gustaba
escuchar al mostrenco. Aún dejo volar la imaginación y me parece oír las
instrucciones que daban a las yuntas cuando había que arrecular en la
esquina de la casa del Sr. Pedro porque no entraba el carro, con la carga a
punto de esbarrigarse, el campaneo del cencerro de las vacas, sobre todo
el de La Rubia cuando se chospaba, el chasqueo seco de los aros
de los carros en la vereda y el estruendo cuando se respingaban o, aún
más grande, si vulcaban.
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| Acarreo, descargando en la era. Inolvidable Basilio Cámara. Fuente: Banco de imágenes del mundo rural de la Cátedra de Etnografía y Estudios del Medio Rural, Universidad de Burgos |
Muy impresionado por el mundo animal y todo lo que le rodea, el mochuelo disfrutaba del sonido de burras y boches cuando venían de brinquillo, en especial si la burricada llegaba tarde, el agudo sonido del changarrillo pequeño y el inconfundible susurro de lo que ocurría dentro de las casonas, y las órdenes y gritos de quienes cuidaban el ganado, desde el “cache” o el “chita”, hasta el “chichi”, la “chivina” o el “pitas, pitas”.
El aprendiz de muchachito no confundiría el silbido del afilado
del dalle con la pizarra recién sacada de la colodra, ni el que
hacen los archiperres que se guardan en la casona, en especial cuando se
usan, como la maza, o la azada, ni el rechinar desafinado de las angarillas cuando
se abren y se cierran, sobre todo si hace tiempo de que el aceite pasara por
allí.
El día se llenaba de aventuras y sonidos hasta que llegaba
la fatídica hora de la siesta, una actividad que, a pesar de ser tan saludable
y reconstituyente, el niño luchaba por saltársela para salir con sus amigos a
hacer alguna trastada pero que, finalmente, por el interés de abuela, tías o
madre cumplía a rajatabla por la cuenta que le tenía. Y esos son los sonidos
más emocionantes: distingo las voces de ellas perfectamente, como si las
estuviera oyendo ahora, y vuelvo a ser por un instante el Manolín trasto y
retrucón que daba tanta guerra.
Y allí, en la cama nuevamente, durante el tórrido reposo
impuesto, se esforzaba, a pesar del silencio de la tarde estival, en ir
distinguiendo otros sonidos para su colección particular, porque ni en el campo
el silencio es del todo perfecto. En esas calurosas tardes escuchaba a lo lejos
algunos ladridos ahogados, el chillido de alguna bicicleta que bajaba por la
calle de La Fuente, los pasos inconfundibles de alguna legaterna que se
paseaba, la insensata, por el cuartillejo de la ventana, o el vuelo de
algún molesto moscardón u otro mosco, sin descartar la presencia volandera de
algún frontino o algún pínfano.
La tarde se iba despejando y llenando de sonidos nuevos,
como el repicar de las campanas, el pregonar a la voz en grito del aguacil
anunciando la venta de algún producto en el royo, o el del claxon de la
furgoneta o el camión del gaseosero ofreciendo de esta estruendosa manera su
mercancía. Y de repente, y poco antes de salir a la calle con las bendiciones
familiares, la tarde se rompía con el escándalo de los truenos y el sonido
inmisericorde de la burrumbada que ¡oh veranos! se presentaba sin que
nadie la esperara. Menos mal que pasaba pronto.
Manolo
Díaz Olalla

