domingo, 12 de abril de 2026

Mapa infantil de antiguos sonidos de Hacinas (I)

 Hay pocas cosas tan identificativas como la voz humana, que es resistente al paso del tiempo, y pocos sentidos tan evocadores como el olfato. Un olor borrado, un aroma archivado en algún espacio virtual del córtex cerebral y sentido nuevamente es capaz de desatar una cascada de recuerdos, sentimientos y emociones que hasta ese momento permanecían agazapados en lo más profundo del olvido. Quizás tan solo el oído le haga la competencia, es un decir, en esa capacidad de devolvernos a sitios y momentos que teníamos enterrados en lo más desconocido de nuestra memoria. Como un olor, un sonido quizás no escuchado en mucho tiempo nos puede devolver sin pretenderlo a un momento o a un lugar del que no constaba registro previo.

Con frecuencia cierro los ojos y repaso algunas escenas de mis años de infancia y adolescencia en Hacinas y me sorprendo de que lo más nítido que siento son los ruidos y sonidos de cada momento del día, algo irrepetible, pues, como si de un ejercicio de arqueología mental se tratara, en su mayoría ya no existen, solo viven en nuestros recuerdos, como vestigios de un pasado que no volverá. Y no lo hará porque quienes los producían o provocaban ya no están o están en desuso.

Aún en la cama, el canto del gallo, ese kikirikí reiterativo, cansino e interminable, era interrumpido apenas por el toque de la campana de la iglesia anunciando la misa matinal (“avíate majo, que ya han dado las largas”), por el cacharrear de la abuela en la cocina colocando la corbetera, o abriendo el mosquero a la búsqueda del pan y la leche para las sopas, o cortando con las estijeras algún pedazo de carne con que alegrar la puchera de garbanzos. Y era mejor andar a escape y no esperar a oír el ruido del cuarterón de la puerta, pues cuando chirriaba el tranco de hierro para su apertura el mostrenco debía estar listo.

Si se hacía el remolón en la cama aún podía escuchar a lo lejos los cantos de algún colorín de los majos, el monótono cucú de algún macho de pecu perdido, el vuelo rasante de algún gorrión mocho o de alguna torda, o el propio del trabajo fino de algún vencejo de los que anidaban bajo el tejado de la casa. Hubo días en que el despertar del perezoso se vio recompensado por el canto de algún chichás, o por alguna cigüeña diligente que, a esas horas, se esforzaba en machacar el ajo.

Cuando el acarreo, la mañana se llenaba de ruidos agrícolas y de gritos y conversaciones de labradores abnegados, que colmaban de sonidos el aire hasta componer la banda sonora que, en su dulce refugio, le gustaba escuchar al mostrenco. Aún dejo volar la imaginación y me parece oír las instrucciones que daban a las yuntas cuando había que arrecular en la esquina de la casa del Sr. Pedro porque no entraba el carro, con la carga a punto de esbarrigarse, el campaneo del cencerro de las vacas, sobre todo el de La Rubia cuando se chospaba, el chasqueo seco de los aros de los carros en la vereda y el estruendo cuando se respingaban o, aún más grande, si vulcaban.

Acarreo, descargando en la era. Inolvidable Basilio Cámara.  Fuente: Banco de imágenes del mundo rural de la Cátedra de Etnografía y Estudios del Medio Rural, Universidad de Burgos

Muy impresionado por el mundo animal y todo lo que le rodea, el mochuelo disfrutaba del sonido de burras y boches cuando venían de brinquillo, en especial si la burricada llegaba tarde, el agudo sonido del changarrillo pequeño y el inconfundible susurro de lo que ocurría dentro de las casonas, y las órdenes y gritos de quienes cuidaban el ganado, desde el “cache” o el “chita”, hasta el “chichi”, la “chivina” o el “pitas, pitas”.

El aprendiz de muchachito no confundiría el silbido del afilado del dalle con la pizarra recién sacada de la colodra, ni el que hacen los archiperres que se guardan en la casona, en especial cuando se usan, como la maza, o la azada, ni el rechinar desafinado de las angarillas cuando se abren y se cierran, sobre todo si hace tiempo de que el aceite pasara por allí.

El día se llenaba de aventuras y sonidos hasta que llegaba la fatídica hora de la siesta, una actividad que, a pesar de ser tan saludable y reconstituyente, el niño luchaba por saltársela para salir con sus amigos a hacer alguna trastada pero que, finalmente, por el interés de abuela, tías o madre cumplía a rajatabla por la cuenta que le tenía. Y esos son los sonidos más emocionantes: distingo las voces de ellas perfectamente, como si las estuviera oyendo ahora, y vuelvo a ser por un instante el Manolín trasto y retrucón que daba tanta guerra.

Y allí, en la cama nuevamente, durante el tórrido reposo impuesto, se esforzaba, a pesar del silencio de la tarde estival, en ir distinguiendo otros sonidos para su colección particular, porque ni en el campo el silencio es del todo perfecto. En esas calurosas tardes escuchaba a lo lejos algunos ladridos ahogados, el chillido de alguna bicicleta que bajaba por la calle de La Fuente, los pasos inconfundibles de alguna legaterna que se paseaba, la insensata, por el cuartillejo de la ventana, o el vuelo de algún molesto moscardón u otro mosco, sin descartar la presencia volandera de algún frontino o algún pínfano.

La tarde se iba despejando y llenando de sonidos nuevos, como el repicar de las campanas, el pregonar a la voz en grito del aguacil anunciando la venta de algún producto en el royo, o el del claxon de la furgoneta o el camión del gaseosero ofreciendo de esta estruendosa manera su mercancía. Y de repente, y poco antes de salir a la calle con las bendiciones familiares, la tarde se rompía con el escándalo de los truenos y el sonido inmisericorde de la burrumbada que ¡oh veranos! se presentaba sin que nadie la esperara. Menos mal que pasaba pronto.


Manolo Díaz Olalla

Olhâo, Algarve, el día de San Afrodisio de 2026
Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas" nº 191, I trimestre de 2026
Nota. Las palabras en cursiva están tomadas del hacinés original según su diccionario oficial

domingo, 5 de abril de 2026

Lechales’45, otra reunión excelente de esta singular y añeja cofradía

 

Lechales 45, foto oficial

Los días 24, 25 y 26 de octubre de 2025 se celebró la cuadragésimo quinta reunión de la agrupación de amigos “lechales” de esta localidad de Hacinas, con gran éxito de asistencia y pleno cumplimiento de los objetivos planificados.

Se dieron las circunstancias de que como no había llovido previamente, no se degustaron las deseadas setas en los menús, un clásico de estas celebraciones, y de que como lo hizo copiosamente el día de autos hubo que recurrir al plan cultural alternativo o seco, es decir, al que no incluía actividades al aire libre. Se recorrieron las bellas y pintorescas localidades de  Hacinas, Santibáñez del Val, Barriosuso, Santo Domingo de Silos, donde se comió, Mamolar, Castrillo de la Reina, donde se hizo lo propio el tercer día de festejos y Salas de los Infantes.

La novedad logística y organizativa de esta convocatoria fue que se añadió el domingo a la fiesta con el objeto de reducir la frecuencia de la ingesta del sábado, rebajando así el riesgo de shock proteico y de pancreatitis de los concurrentes, lo que sin embargo no aminoró la cantidad final de alimentos y bebidas que consumieron pues el domingo lo hicieron como si fueran personas mayores. Que es lo que son.  

Se debe destacar la visita a la ermita de Santa Cecilia, interesante construcción originalmente prerrománica del siglo IX cercana a Barriosuso, y a la hospedería-convento de San Francisco, en Silos, localidad en la que se comió el sábado, a gusto de los participantes.  Las partidas se jugaron en Mamolar y la comida dominical se degustó en Castrillo, dando por terminada allí la reunión anual, aunque dejando abierta la posibilidad de alguna otra intermedia que se pudiera celebrar a gusto y criterio de los socios de tan singular cofradía.

El aspecto social de la reunión, es decir: el encuentro, el intercambio, la interacción, la reminiscencia, la confirmación de la amistad y los cantos regionales fue, como siempre, lo más destacable, lo que más se agradece y, por encima de otras cosas que son coyunturales, lo que más garantiza el pleno disfrute de un acontecimiento tan especial y reiterado.

De todo lo cual dejo constancia como secretario permanente y para que no haya duda de que, aunque algo mermada la velocidad de respuesta, aún nos quedan reflejos,

Manolo Díaz Olalla