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| Fuente Euskonews |
Cómo interpreta cada cual las señales que le manda su cuerpo o su mente cuando lo hacen, cómo las vive y las explica cuando las comenta con otras personas o pide ayuda ante los temores que le infunden, es siempre algo particular y exclusivo, aunque lleve el envoltorio cultural que pone en común expresiones y significados y las relaciona con todo lo aprendido y establecido.
En cada cultura, en cada país, incluso en cada pueblo,
denominamos de modo diferente a los males que nos aquejan y les damos un
significado distinto, de modo que problemas menores para algunos pueden ser
asuntos de trascendencia para otros, y lo que aquí y ahora exige atención
especializada de alto nivel en otro sitio, o en otro momento histórico, apenas
mereció un ligero reposo.
Recordaba hace unos días que mi tío Francisco, ese salense
singular, figura fundamental de mi infancia y adolescencia del que les he
hablado en alguna ocasión, falleció en su pueblo repentinamente la madrugada
del 5 de enero de un año que no me atrevo a determinar, a finales de la década
de los 70 del siglo pasado. Recuerdo el viaje a Salas desde Madrid para asistir
al entierro y acompañar a la familia, atravesando pueblos de la meseta en el
seiscientos de mi padre, legendario vehículo del que también habrán tenido
noticias, debiendo detenernos en uno sí y en otro también para dejar paso a los
Reyes Magos que, a esas horas de ese día, cabalgaban a lomos de sus camellos
por toda la geografía hispana, ¡qué ubicuidad!, para deleite de niños y
desesperación de padres, sobre todo de los que tenían que llegar a Salas cuanto
antes.
Eran unos tiempos en que las carreteras pasaban por mitad de
los pueblos, las cabalgatas se desarrollaban sin respeto alguno a quien tenía
prisa y los tíos se nos iban sin avisar, después de algún soponcio imprevisto.
El susodicho que escribe, entonces un gurriato con aspiraciones a mocito, pretendía
encontrar la causa de aquél triste e inesperado suceso intentando, con la ayuda
del relato de los que le acompañaron en sus últimas horas, encajar las piezas en
los rudimentarios conocimientos que entonces tenía de patología médica, sin
lograr encontrar algo de coherencia en todo ello.
A pesar de que mi tía avisó a escape a Don Evaristo, pensando que se trataba de un paralís, nada pudo hacer el bueno del practicante porque, en realidad, según dijeron quienes se juntaron en su casa a darnos el pésame, se trataba de un amago y de poco le valió la indición que le puso “in extremis”.
Con esta confusión y estas prácticas tan contradictorias fui aprobando asignaturas como pude, hasta que el verano siguiente, al saltar la pared de una harréin con mis amigos, no recuerdo si para acortar camino o para tirar el pantalón, me esmorré como el lebrel y negado que, según mi madre, siempre fui, dándome una buena costalada que, a poca costa, me tronza el hueso del alma. Los entendidos me aconsejaron que dejara ya la tontería del esguince, que eso solo le pasa a los de la capital, decretando que me había contorcido el tudillo, y que lo mejor eran baños de agua salada, refregones con vinagre y, después, masajes con aceite. Y la verdad es que tratar la lesión como si fuera una ensalada le fue de miedo al mostrenco, porque, volviendo a las disquisiciones del inicio, las soluciones caseras que me dieron mis compañeros de aventuras y que habían aprendido en alguna visita a algún curandero de la comarca, suelen ser excelentes, en especial para los males óseos o articulares.
En aquellos años de investigación minuciosa, más de una botana
aprendí a tratar con baño, sobre todo si daba calentura o mormera,
escuchando y observando cómo actuaban personas expertas, pero, eso sí, jamás se
me ocurrió aplicar cataplasmas a un cólico miserere, ni tratar un
baile de San Vito como si el afectado, aunque estuviera algo murrio,
fuera un chinado o un majareta. Tampoco me apunté a mojarme con agua
fría las muñecas ni a echar la cabeza para atrás, a riesgo de esnucarme,
cuando sangraba por la nariz, aunque me lo recomendaron muchas veces,
porque comprobé que solo servía para que la sangre acabara en el buche
en vez de en la mamola, pero seguía brotando. Por mucho que admiré la
sabiduría informal respaldada por la experiencia que demostraron muchos
bienintencionados que conocí, nunca bebí siete tragos de agua sin respirar
cuanto tuve hipo, ni até una moneda encima de una hernia, jamás puse una llave
de hierro encima de un párpado rijoso, ni creí que esas manchas blancas tan
poco estéticas que me salían debajo de las uñas eran el resultado de las
mentirijillas que, de vez en cuando, soltaba sin reparar en sus consecuencias.
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| Fuente: Curanderos tradición es cultura, México |
En ese afán de aprender remedios no formales adaptados culturalmente a quienes sufrían los achaques, pero intentando a la vez reconducir esas prácticas hacia otras respaldadas por el conocimiento científico y de probada eficacia e inocuidad, tuve la suerte de asistir muchos años después, en una comunidad indígena llamada Primavera, en Ixcán, Guatemala, a la “cura del susto” de un joven aquejado de ese mal y que había perdido la salud física y mental desde que estuvo a punto de morir ahogado en un río. El chamán que realizó la cura le llevó a lugar del incidente y, allí, le bañó y “le despojó” con ruda, hojas de laurel y algo de hierbaluisa, recitó unas fórmulas mágicas en lengua Q'eqchi' y, después, le acompañó a su casa. Mientras lo hacía, este curandero tradicional que en realidad era un agente doble disfrazado, que se ganaba la confianza de la gente con esas prácticas de gran aceptación popular pero que trabajaba también como agente de salud en el consultorio de otra comunidad, le fue recomendando al atormentado paciente, aún en shock, que mejorara su alimentación, clorara el agua de consumo, pusiera mosquiteros en las camas y acudiera con rapidez a ponerse las vacunas que tenía pendientes. Mano de santo, el enfermo imaginario se curó del susto a la vez que lo hacía de la diarrea, el dengue y la desnutrición que tanto le atenazaban a él y a su familia.
Como decíamos, sentir la enfermedad, interpretar su gravedad
y buscar ayuda para tratarla o prevenirla es algo tan personal como cultural. Y
para que vean que la transculturalidad de la que hablamos también es útil
cuando analizamos, en nuestro propio país, cómo viven, sienten y se expresan en
diferentes pueblos y comunidades, les contaré lo que le ocurrió a un amigo y
compañero que trabajó como médico durante algunos años en un pueblo de Aragón.
Según me dijo, le costó mucho, al principio de su ejercicio profesional en
aquel lugar, averiguar qué debía hacer o decir para que los pacientes se
colocaran en decúbito supino en la camilla cuando intentaba explorarles. Aunque
él les pedía que se tumbaran, primero, que se tumbaran boca arriba, después,
incluso picha arriba, o hacia arriba o, simplemente, “que se echaran”,
lo único que conseguía es que lo hicieran boca abajo. Hasta que un día alguien
le contó el secreto: había que pedir que se pusieran “de memoria”. Y así lo
hizo, triunfando desde entonces y consiguiendo, por fin, examinar barrigas,
ingles, gaznates y todas las partes de la anatomía que están por delante, con
toda comodidad y diligencia. Elucubraba el bueno del matasanos, si esa
expresión podría ser un atavismo lingüístico que identificaba esa posición con
la de los difuntos cuando en su lápida se inscribe “in memoriam”, aunque mucho
me temo que se quedó sin saberlo.
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| Fuente: Blog pueblaarenoso |
Los males del cuerpo y de la mente se viven, interpretan y expresan según multitud de factores personales y colectivos dependientes de ese conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico. En su abordaje, distinguir lo que popularmente es válido y aconsejable de lo que no aporta nada es una cuestión fundamental, como lo es ponerles remedio desde el conocimiento científico a través de prácticas culturalmente aceptables por todos.
Porque, para serles sincero, estoy deseando colocarle a esto
el punto detrás de la última palabra para ponerme de memoria un rato. Con el
permiso de ustedes.
Manolo
Díaz Olalla


