"Puchero a la lumbre". (Fuente: Ayuntamiento de Malagón. Concejalía de cultura. C. Real) |
Lo del minchar es
asunto de trascendencia, diga usted que sí. Por los buenos ratos que pasamos
mientras nos nutrimos, sobre todo si es en buena compaña, y por lo que la
manduca y todo lo que la rodea explica de cómo somos, cómo vivimos y hasta la
salud, o la poca salud, que tendremos. Lo que tiene que ver con su preparación,
que también nos gusta, aunque no sean remojones,
lo dejamos para otro día, no sea que algún chamuscas
nos coloque el mote de catapucheros y
la broma pase a mayores.
Siempre oí que hace años, cuando el desarrollo de una
sociedad como Hacinas o, en general, como la Castilla rural de la época, era
apenas un sueño, la alimentación diaria cabía en un puchero en el que se
depositaba con cariño, muy temprano en la mañana, un puñado de garbanzos, algo
de berza, quién sabe si un chorizo o un pedazo de tocino, cuatro vainillas, pero nada de pizca, eso ni soñarlo, ni que fueran
bodas, con suerte una bola si la
hicieron, o un pedazo de zangarrón, y
se llenaba de agua de los Cubillos, que, por su blandura, cuece las legumbres muchísimo bien.
Eso me contaba mi abuela mientras me señalaba con el dedo de
mandar chitón el quincho donde colgaba el cuadro con los calderos para que saliera a escape, camino de la fuente.
Y después, ahí, en la cocina, encima de las estrébedes o entre los rescoldos
humeantes se pasaban las horas en aquél chup-chup lento, como a conciencia, mientras
la gente andaba, dale que te pego, esterronando
en la tierra, o en la casona metiendo
los chivos en el ciburto, llenando el
gamellón, o afilando la zadilla, ya saben, en su trajín cada cual.
Ese cocidito sabía a gloria cuando, después del toque de
mediodía, la familia se juntaba y se destapaba aquel puchero y se servía
aquella sopa sustanciosa, en la que algunos hundían buenos cachos de pan de la
hogaza (¡ay, los soperos!),
deleitándose en cada cucharada mientras no quitaban ojo del recipiente
entreabierto por el que asomaba lo que vendría después, en los siguientes
vuelcos. Esas comiditas sencillas pero naturales y honradas, dicen que
resucitaban a un difunto, bueno, es difícil saber si llegaban a tanto, pero
desde luego espabilaban una filoxera y
remendaban la mala pelleja que daba
gusto. Hasta le cambiaban la cara al pujete
cuando le llegaban los aromas al portal atravesando la sobrecocina.
El niño rebisco
tenía que pasar por la palancana después
de sacudirse bien la pichorra, antes
de coger su plato, y al verle comer con tanta cazuza no faltaba quien comentara que quizás habría que suspender
el tratamiento a base de quina Santa Catalina, que es medicina y es golosina,
por sus extraordinarios efectos como reconstituyente.
¡Dejaime, dejaime!,
protestaba el gurriato mientras tía y abuela le quitaban los churretes de la
cara con la esquina de una rodilla mojada en saliva, sin soltar ni un segundo
el plato humeante, temeroso de que el castigo por el desaliño llevara asociado
el ayuno al áspero restriegue facial.
“¿Sabe hijo, sabe?”,
preguntaba la abuela con interés muchos años después en aquélla misma cocina, mientras
Manolín, que siempre fue un melindre,
asentía con la cabeza por no defraudar, disimulando que lo que de verdad absorbía
su curiosidad en ese momento no era tanto el contenido de cada bocado ni su
suculencia sino el allar que colgaba
del cañón de la chimenea, al que no
quitaba ojo en su pendular cadencia.
Alimentación monótona, sabrosa y poco proteica, como es y ha
sido en todos los sitios y en todos los momentos la manduca de los humildes,
que mantiene a la gente fibrosa, aunque, en ocasiones, muy cerca de los límites
de la desnutrición, en especial a quienes más necesidades tienen, un suponer,
los lagartijos muy movidos, a riesgo
de quedarse canijos, o las empampiroladas
que no están cumplidas. La poca
variedad en la dieta diaria hace, además, a la gente muy vulnerable ante
cualquier evento imprevisto que ponga en peligro la cosecha, meteorológico,
como una sequía, o natural, como una plaga, poniendo a las personas, a poca costa, en el pico de la cigüeña negra.
Afortunadamente había momentos en que la rutina se rompía y
aparecían manjares insospechados. Durante las fiestas, los cumpleaños, tras un ojeo
exitoso, en las bodas y otros acontecimientos sociales se llenaban mesas y barrigas
de cabecillas asadas, sadurillas, con suerte alguna lebrasca o un cuarto asado, mazas de cabra bien curadas, sin hablar
de morcillas, lomos y chorizos, ni cuantas delicias procedentes del reino
animal, conservadas con mimo en abundante aceite, se puedan imaginar para el
consumo humano.
Dietas, no obstante, en las que el pescado era una
excepción. Conocido es el hecho de que la necesidad de una correcta
conservación de esos alimentos siempre fue un límite importante para su consumo
en la meseta en la época previa a la electrificación, lo que fue más o menos
resuelto con las salazones y las conservas. En aquellos tiempos de que les
hablo llegaban a todos sitios las bacaladas y los arenques, ¡ay esas cajas
redondas encima de los mostradores con las coronas de sardinas en perfecta
formación!, y, una tarde sí y otra también el alguacil, tras el oportuno toque
de corneta, avisaba a la concurrencia de que:
“¡¡¡ se venden…
chicharros…
en el rollo !!!”.
La especie que se cita, o el zapatero, un suponer, que
también se pregonaba mucho, son excelentes pescados azules muy populares en
nuestra comarca, pero el asunto de la distribución del pescado fresco
procedente del Cantábrico por Castilla en aquél entonces, es un enigma difícil
de descifrar. Por ejemplo, el congrio, abierto o cerrado, es un pescado tan
popular en la Ribera, que existe un plato típico de su cocina que se llama “congrio
a la arandina”, lo que sin duda demuestra que nunca faltaron esas codiciadas
piezas en aquellos mercados, donde siempre fueron muy populares, no dejando de
ser un asunto singular, sobre todo una vez comprobado que tan sabroso pez no se
pesca en el Duero.
Comparen, en fin, de qué, cómo y cuánto se alimentaban los
hacinenses hace unos lustros con lo que pasa ahora en nuestra bella localidad y
en todos los sitios. En primer lugar, llama la atención la uniformidad de la
que hablábamos otro día: hoy por hoy se come casi igual (de mal) en todas
partes. Hay una enorme variedad de alimentos diferentes, pero la gente padece
malnutrición (sobrepeso y obesidad) como nunca antes, con terribles efectos
sobre su salud. Si nuestros antepasados lo vieran seguro que nos dirían que nos
hemos equivocado: no se trataba de comer mucho, sino de comer bien, una dieta
equilibrada y variada con suficiente contenido en proteínas, pero moderada en
hidratos de carbono y baja grasas, así como en azúcar y sal. Y, después de dar
buena cuenta de lo ingerido, arreando al campo o a la huerta, a la bici o al
camino, a la piscina o al parapente, a quemar las calorías que sobran.
Hoy en día nos conformamos con cualquier comistrajo o con
cualquier aguachirle que nos ponen porque tenemos prisa, salimos a escape sin tiempo de acabar el jariguay o el solisombra, como espantajos, ni el clarete con el plato de cacagüeses terminamos, cuando deberíamos
comportarnos como padres cucharones
y, al menos, comer con tranquilidad la buena manduca que nos merecemos y nos
dan o nos preparamos.
Somos cairones,
hay que reconocerlo, y nos gusta chingar del porrón y de la bota hasta dejarlos
secos, pero no le den vueltas ni le busquen, por malicia, otro sentido a un
verbo que en perfecto hacinés tiene más de una acepción. Y si este idioma es
tan rico, les prometo que otro día hablaremos de su otro significado. Eso
también puede dar para mucho.
Manolo
Díaz Olalla
Madrid, el
día de San Pedro, patrón de Hacinas, de 2024
Nota: Las
palabras y expresiones en cursiva forman parte del hacinés tradicional, no
están incluidas en el DRAE 22ª edición y están tomadas del “Diccionario tradicional
del Siglo XX de un pueblo serrano-burgalés”, de Jesús Cámara Olalla