viernes, 7 de noviembre de 2014

Orquestas



Recibí con júbilo, unos días antes de la celebración de las precoces fiestas de Santa Lucía de este año, una foto del cartel festivo que me envió un buen amigo, quien sin duda quería hacerme partícipe de su alegría. Lo encontró, según me dijo, pegado a una pared en un pueblo de la comarca. Me llamó la atención el original diseño, cigüeña incluida –tendremos que hacerle “pájaro oficial” con la esperanza de que algún día contribuya a subir la tasa de natalidad local-,  y la variada concurrencia de bandas musicales que se anunciaba. 

“¡Cuatro días, cuatro orquestas!” pensé,  y no pude por menos que recordar que en aquéllos años mágicos de nuestra vida, de los que tanto les he hablado en este blog, esta diversidad orquestal era imposible y teníamos que conformarnos con una banda sola. Y sobraba. Pero éramos la mar de felices.

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Un grupo y gracias. Sin duda por ello y para contentar a todos los asistentes a verbenas y bailes-vermú, esos héroes de la música contemporánea, esos pioneros de la interpretación musical en condiciones extremas, aprendieron a tocar de todo. Lo mismo te cascaban  “Paquito el chocolatero” que “El rock de la cárcel”, lo mismo arrancaban con “Amparito Roca” que con “La bamba”, igual ponían la guinda con la jota serrana que con la última de Perales (“Y ¿cómo es él / en qué lugar se enamoró de ti?”).

En aquél tiempo remoto del que les hablo la elección del grupo musical para las fiestas era una de las decisiones municipales más esperadas  y discutidas del año, provocando, casi siempre, división de opiniones en mozos y aficionados.

      - Creo que traen otra vez a Los Racheles.
      - Pues por San Roque tocaron en Salas Los Magos, de San Leonardo, y son muchismo buenos.              Podían haberlos traído este año para Santa Lucía
      - No seáis tan exigentes. Que dicen que no llega el presupuesto.

Las fiestas veraniegas de la comarca eran siempre un buen escaparate para aficionados y responsables de festejos que, de pueblo en pueblo, iban degustando la oferta musical del año entre cubata y cubata, hasta conformar, con buen criterio,  una opinión fundamentada.
-          Los de La Unión tocan bien. Dice Jesús que los vio en Arroyo y animaban mucho. Pero que echan unas jotas demás de largas. Te digo yo que si los traen a las fiestas alguno se revienta.
-          Pues el que quiera bailar que lo haga con algo de juicio.

Si tuviéramos que escribir la historia contemporánea de nuestro pueblo y de nuestras vidas, ambas de la mano durante buenos trechos, tendríamos que reconocer que uno de los acontecimientos más importantes ocurridos en relación a las fiestas patronales en el último cuarto del siglo pasado fue la aparición en el panorama musical regional del grupo Odessa. Sin duda fue un salto cualitativo de grandes proporciones, tanto por lo que aportó en su primera etapa tras su fundación en 1978, como en su segunda reinvención en  1983. Los arandinos trajeron modernidad, calidad y otra estética y hay que admitir que el tiempo ha pasado muy bien por ellos, como se pudo rubricar recientemente en Hacinas. Esto es así, sin duda, porque han sabido reconciliar la experiencia de las figuras históricas con las nuevas incorporaciones. Siempre fue una buena noticia ver su nombre en el cartel de las fiestas de Santa Lucía, siendo capaces de sofocar las discrepancias y conseguir el difícil consenso a su favor de mozos y bailarines.
- Me he enterado que este año traen a Odessa  otra vez
- Buena noticia.
- Pero dice el alcalde que si os vais a pasar las fiestas metidos en el bar y no vais a echar ni un baile que no les contrata más. Que no están los tiempos para tirar el dinero.        
- Pues dile que si quiere empezar con los recortes que lo diga y que no busque excusas.
¡Ni que hubiésemos sido tan bailones alguna vez en la vida! Nada de eso. Lo justito. Dar una vuelta por la plaza o por el ayuntamiento, según el tiempo, observar la coreografía, tantear el sonido y la actualidad del repertorio y al bar otra vez. Y si andabas listo, llegar a punto de la jota, para cumplir. Eso sí, cuando había que opinar de la orquesta y del acierto o no  de su elección éramos implacables.

Hubo un tiempo en que los abnegados músicos que amenizaban las fiestas de Santa Lucia tocaban jotas de media hora para amansar al mocerío, subían los instrumentos desde la era al ayuntamiento en el remolque de un tractor y lo mismo tocaban para tapar un roto que un descosido. Probaban el micrófono con la monotonía del  “guán , tu, tri, ¿me se oye?” antes de arrancarse por Miguel Ríos (“Bien-ve-ni-dos”) y no se quejaban si había que dormir tres horas para estar a las dianas a la hora convenida. Despertaban mozas y forasteros a golpe de chunda chunda y se reían como el primero con los cocotazos que se llevaban algunos al compás de “La escoba”.

En los tiempos que corren las orquestas que llenan de alegría nuestras fiestas se han especializado en algún estilo musical (“Creo que para la víspera viene un grupo indie”, ¡oh!), recorren la geografía comarcal en sorprendentes escenarios móviles que se despliegan como el brazo de mazinger z y montan espectáculos psicodélicos a base de luces, humo de mentira y efectos especiales diversos, que hacen el deleite de chicos y grandes. 

Lo que no está claro es si, con todos estos avances, bailamos más o si, simplemente, lo pasamos mejor ahora que con aquéllas rotundas y admirables bandas todo-terreno de nuestra vida.


Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas" del tercer trimestre de 2014)

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