domingo, 21 de julio de 2019

Alicáncanos


El recientemente canonizado San Brochero decía: "Dios es como los alicáncanos, está en todas partes pero prefiere a los pobres""

Veía el muchacho, con los ojos como platos, cómo los mozos grandes, porrón en mano o la bota, que tanto da, se desternillaban de risa mientras  desgranaban aquéllas letanías de doble intención imitando al cura en plena celebración. Levantaban las manos hacia el techo del bar y, muy solemnes, entonaban en perfecto gregoriano:

“Alicáncano que picaste

En cabeza de sacerdocio

Has de morir en patena

Per Christum dominum nostrum”


Y respondían todos muy serios “Amén”  mientras volvían a echar el porrón para arriba y brotaban las carcajadas de todas las gargantas rompiendo otra vez la placidez de la noche veraniega.

El renacuajo, sin entender nada de lo que allí se decía, retenía todo lo que podía de aquéllas liturgias paganas y jocosas para hacer indagaciones por su cuenta cuando las condiciones fueran favorables. Le costó entender que el alicáncano es ese parásito maldito que causa estragos en escuelas e internados y pavor en madres y padres, que pica más que la guindilla y se contagia más que el bostezo. Ese insecto que se combate con permetrina y liendreras o, si la cosa se pone crítica, sin miramientos pelando al cero. Le costó, incluso, darle sentido a la chanza de los mayores.


- Parece ser que era un piojo que le picó al cura mientras decía misa, y el cura lo cogió y  lo aplastó disimulando delante de los feligreses, así, con la uña, en el platillo ese reluciente que luego limpia con tanto esmero, sin cortarse lo más mínimo …

- Me extraña no le echarían (sic) la culpa al monaguillo de haber pegado los piojos al señor cura… o sea, los alicáncanos esos….


Se miraban los otros gurriatos entre incrédulos y divertidos, deseosos de que las incursiones de Manolín en el folklore popular acabaran lo antes posible para marchar al campo de fútbol de una vez, que es lo que realmente aseguraba una tarde divertida.


El chavalito aspirante a folklorista deseaba con frenesí que se repitieran esas reuniones mozas, animadas por el buen clarete de la Ribera, para apuntar en la libreta o en el cacumen aquéllas joyas de la tradición oral que tanto gustaba memorizar, desentrañar y repetir después. Por algo sería. Más de treinta años después, en las reuniones de lechales y en alguna otra celebración, sus compañeros aún le piden que se arranque con alguna coplilla tradicional, si lleva un poco de picante o de irreverencia mejor, de aquéllas que aprendió de niño y mocito, para animar las noches compartidas en Castrovido o donde se tercie.

Lo cierto es que en aquéllas reuniones cantadas de antaño la mejor estrategia era la de pasar desapercibido. El mostrenquito buscaba acomodo en algún rincón y permanecía en silencio toda la velada evitando llamar la atención. Con los ojos y los oídos bien abiertos. Pero la curiosidad era mucha, casi tanta como la imprudencia y las ganas de aprender del mocoso.

- Echaros la del alicáncano, venga.

En esos momentos el silencio se imponía hasta que un murmullo medio etílico, entre de sorpresa y de intrusión, inundaba la tarde espesa.

- ¡Pero mira quien está ahí! ¡Jodío Manolín! Pero ¿qué haces aquí si aún no has pagado la entrada de mozo? Agárramelo que saco la navajilla. Ven p’acá, que te vamos a capar….

Y el cencerrín salía a escape calle arriba, hasta meterse en el mejor refugio que conocía para esas ocasiones, las faldas de su abuela. Y allí, tranquilo, notaba cómo se apagaba el miedo a quedarse eunuco tan deprisa como crecían las ganas de merendar. Y con un buen cacho de hogaza y media onza de chocolate dejaba la investigación etnológica para el día siguiente o para cuando se terciara.

Durante mucho tiempo vivió intrigado por el auténtico sentido de algunas de aquéllas coplas furtivas de tonada mística pero de contenido disolvente. Por ejemplo nunca le quedó claro qué pretendía en realidad aquél páter que andaba en coplas y que tocó las campanas de Roma y anduvo, al parecer toda la noche, que ya es trajín, de la ventana al jardín, un poco antes de irse a dormir con el ama. Algo así, y que los expertos perdonen si la memoria de aquél aspirante a Joaquín Díaz le traiciona:

“Que si fuistis y vinistis

Y las campanas de Roma tocastis

Y no faltó quien te vio

De la ventana al jardín

Y con el ama te fuisti a dormir”


No le sonó bien aquélla historia jeroglífica que nunca entendió, aunque con el tiempo seguramente acertó cuando se puso en lo peor  y hasta en lo lascivo, en especial por las caras de sátiros de aquéllos mozos que lo entonaban mientras repetían pasándose el tintorro: “Santo, santo, santo”.


Lo del folklore le viene de atrás al galgo. Buenos maestros tuvo, no digo yo, aunque se esmeraron poco en la enseñanza y como de tantas cosas importantes de la vida, tuvo que aprender lo más interesante de manera clandestina, saltando de fiesta en fiesta sin ser visto, de la misma forma que va, de cabeza en cabeza, un buen alicáncano.




Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la "Revista de Hacinas", segundo trimestre de 2019)



Nota del autor.

En la monografía titulada CALÁNDULA (EL CUENTO POPULAR EN TORRE PACHECO, Murcia), el etnólogo Anselmo Sánchez Ferra recoge estos dos cuentos que bien parece pudieron servir de inspiración a aquéllos mozos hacínenses de los que se habla en el texto.


“Estos cuentecillos los contaba el tío Viga, se llamaba Andrés que se casó con "la" Margarita de Driebes. Este hombre le contaba los cuentos a mi abuelo Antero (1901) en Brea de Tajo cuando era chico.

El alicáncano
  
“Era un cura en aquella época que había muchos piojos, y el cura estaba diciendo misa y le empezaron a picar los piojos de la cabeza y levantando las manos en el altar cantó:

- Alicáncano que picasteis
Cabeza de sacerdocio
Moriréis en la patena
Per cristum dominum nostrum
(Y en la patena le aplastó con la uña)”

Los pastoráticos

“En aquellos entonces se pasaba mucha hambre y mandó el cura a robar ovejas al sacristán y a los monaguillos. Y llegó la hora de decir misa y no venían, no venían, no venían y no le pudieron dar noticias de cómo les había ido el robo y resulta que estando ya en misa les vio que aparecieron por el coro el sacristán y los monaguillos y el cura en vez de decir “dominus vobiscum” dijo:

Los que fuistis y vinistis
De la rapiña ¿Qué trajisitis?
Y el sacristán, tocando el órgano y todo le contestó:
Los que fuimos y vinimos
De la rapiña trajimos
Que salieron los pastoráticos
Nos dieron cuatro palíticos
Y nos quitaron la yegua Fátima”.


Del mismo autor y texto es interesante leer este cuento (nº 248) que guarda parentela con el comentado ripio que los mozos de Hacinas cantaban sobre el toque de “las campanas de Roma”: 

LA CONFESIÓN DEL CURA (Roldán)

Vivía una fuera del pueblo, a cuatro o cinco kilómetros, y la mujer pos venía a
confesarse. Pero llegó tarde en la que el cura había dicho la inisa ya y le dice:
-Mire usté, que venía a confesarme.

-Pos mire usté, ha llegao tarde porque la misa la dicho ya.
-Pos mire usté, que vengo a cinco kilómetros pa confesarme ...
Dice el cura:
-Pos na. Fuera de tiempo, pero te voy a confesar.
Y entonces pos la metió en el confesionario, la puso enfrente; y el hijo del
sacristán (que entonces había sacristanes), pos estaba por allí, era un pillete, y
se escondió:
-Pos voy a ver la confesión d 'esta.
Y entonces el cura fue tocando poco a poco (a la feligresa) y le puso la mano en
la frente y dice:
-Esto qué es, hija?
-Pos mire usté, la frente.
-No, esto son tierras de Herminia. No sabéis hablar:
Y luego le puso las manos en los pechos. Dice:
-; Esto qué son ?
-Pos mire usté, unos le icen las tetas, otros los pechos.
-; Válgame Dios, hija, que palabras más terrestres Virgen del Carmen! jE~to
son las Vírgenes Marías!
Y luego pos fue y le tocó el ombligo. Dice:
-; Esto qué es?
-Pos mire usté, esto es el ombligo.
-;No hombre, no! ;Esto es el Mojón de Medio Mundo, el que divide los dos
extremos!
Luego se fue abajo, dijo:
-Esto qué es ?
-Pos mire usté, unos le icen la breva, otros el conejo, otros ...
-; Uy qué palabras más terrestres, Virgen del Carmen! jPor eso pecais tanto!
-dice-. Esto es la Pila de Bien Intruiste, la Pila de Bien Intruiste -dice-. ;Vente
pa la sacristía!
Y allí en la sacristía l'izo tres, la «confesó» tres veces. Total que la dejó ir ya.
Pero el hijo del sacristán, que estaba viendo toa la confesión pues le dijo a su
padre:
-;Papá, voy a ir a ayudarle al cura a decir misa!
-Hijo, tú izo sabes.
-jNo, sí, sí, sí, sí!
Y entonces.fue aquella mañana y le dijo al cura:
-Vengo en puesto de mi padre a ayudarle a usté a decir misa, porque mi padre
Está  muy  resfriao y tal.
-Sí, s i No está mal, no está mal.
Y entonces se pusieron a decir misa. Y cuando el cura dice unas cosas, el
monaguillo le contesta. Dice (el pilluelo al sacerdote entonando como si de una
letanía se tratara):
-En Tierras de Herminia estuviste,
por Tierras Lanas (?) bajaste,
las campanillas de las Vírgenes (?) tocaste,
en el Mojón de Medio Mundo estuviste
v en la Pila de Bien Instruiste
tres veces caíste.
Y dice el cura:
-;Ah, hijo de la gran puta, que bien me viste! ;Amén!"


Sobre este mismo asunto Agúndez, en su libro titulado “Rimas” comenta:

Como nos hace observar Joaquín Díaz, la canción que suele entonar el niño es un canto
popular, evidentemente, que sigue los ritmos de la tradicional canción Viudita del conde
Laurel. En otra versión diferente, el propio niño es testigo de los turbios manejos del cura
que, con un lenguaje figurado, induce a la mujer que acude a confesarse a mantener relaciones con él: después se burlará con la siguiente canción:

En Tierras de Herminia estuviste,
por tierras Lanas (¿) bajaste,
las campanillas de las Vírgenes (¿) tocaste,
en el Mojón de Medio Mundo estuviste
y en la Pila de bien Intruiste
tres veces caíste “

(Anselmo J. Sánchez Ferra, op. cit., pp. 188-190, n° 248: La confesión del cura. El propio recopilador aclara antes de la canción: "Dice (el pilluelo al sacerdote entonando como si de una letanía se tratara)". En el lenguaje figurado, el cura da a la frente el nombre de Tierras de Herminia, a los pechos, Vírgenes Marías, al ombligo, Mojón de Medio Mundo y más abajo, Pila de Bien Intruiste)

De la misma obra de Agúndez destaco que el autor interpreta que lo que pretende aquel niño es avergonzar al cura públicamente en la iglesia por sus fechorías. Pero el padre hace que aprenda otra canción que habla de los amoríos del sacerdote, y la cante en público.
La cantinela de nuestra versión es prácticamente idéntica a la del Campo de Gibraltar, de donde son los versos precedentes:

“El cura de Jerez 
Ha cogido todas las mujeres,
Y la que le falta del alcalde,
Que la va a coger esta tarde”

Cuento con ciertas reminiscencias al escuchado por el muchachito en Hacinas durante los años de su niñez, que trataba de la hazaña del cura de Castrovido que encontrándose dirigiendo el rezo del rosario en la Iglesia un domingo, sintió que empezaba a llover y acordándose de que tenía la hierba en el prao anexo extendida secándose, levantó a la feligresía de los bancos y organizó la recogida de la parva con urgencia, a la orden de “Los hombres (a horcadas) y las mujeres conmigo (a brazadas)


martes, 15 de enero de 2019

La desmemoria

Ilustración de Miguel Bustos para VEME digital


Como en aquel espléndido pasaje de la inmortal novela de Gabo en que Aureliano Buendía y su prole, al ver amenazado su futuro y el de Macondo por la fatal epidemia de desmemoria que se les venía encima, decidió pegar un letrerito en cada cosa con su nombre y su función, un servidor anota desde tiempo inmemorial -no me negarán que la expresión no es de lo más acertada-  en libretas, servilletas y pedazos de papel las cosas que cree deben salvarse de la quema inapelable del tiempo y el olvido, que nada respeta.

Esta epidemia, como saben, es el mal de nuestros días y conocemos su existencia desde mucho antes de que el Dr. Alzheimer decidiera pasar a la historia dándole su nombre. Preocupado por sus devastadores efectos me inventé ese ardid simplón que les comento, nada original como ven, el Premio Nobel colombiano ya había recurrido a él en su fantástica novela, pero cuya eficacia no tengo mas remedio que poner en duda.

Todo esto viene a colación porque hace unos días, forzando la cerradura del baúl de los recuerdos -¡ay Dios, qué imprudencia!, cada vez me inquieta más lo que puedo encontrar dentro- hallé una libreta cuya existencia desconocía -¿qué les dije de la cabeza?- aunque escrita de mi puño y letra, datada posiblemente alrededor del 1985 del siglo pasado, en la que con poca paciencia y muy mala letra fui anotando refranes, dichos, máximas y expresiones de uso común, la mayoría hacinenses, salenses y de la comarca, que había ido recopilando durante infancia y adolescencia, con el objeto de que esa transmisión oral de cultura popular de que me había beneficiado no acabara en mi humilde persona cuando hiciera su presencia el maldito mal del olvido, si es que me alcanza.

Reconozco en muchos de esos dichos la inspiración de mi tía Victoria, la más expansiva y desinhibida de mi familia materna, un autentico verso suelto que dirían ahora, pero con el paso del tiempo no acierto a comprender su significado, el sentido que tienen, el contexto en el que fueron creados ni su uso correcto. Es como si recordara la letra pero desconociera la música. Pienso y no comprendo por qué Crespo siempre está sólo por mucho que insista en hablar en plural, “aquí estemos”, repite, ni por qué se complicaron tanto las cosas el día en que Moreno contrajo nupcias. Me cuesta comprender qué pudo pasar en Gete con un marinero y un perro, por qué, a pesar de la rima,  Ciriaco y Lucía, una señora que tal día como hoy celebraría su onomástica, confiaban tanto en el día de mañana, ni, en fin, la razón por la cuál el que no consigue ir a Zaragoza admite con resignación que su destino sea un charco. Hay que averiguar quién era esa Rita a la que todos señalaban como trabajadora ejemplar cuando daban vivas al campo y por qué el cemento sobrante siempre encontraba acomodo en los almacenes municipales. Desconozco qué condiciones meteorológicas deben darse para considerar a marzo “cagarzo", ni por qué comparten tan mala fama el cura callejero y el sol madrugador.

Leo y releo y sigo “in albis”. Según cuenta García Márquez en su tan citada Cien años de soledad, con paciencia ejemplar en Macondo etiquetaron los objetos y los animales y las plantas para que sus nombres resistieran los duros picotazos del olvido. Con buena caligrafía Aureliano escribió “puerta para entrar”, “cama para dormir”, “cacerola para cocinar” o “esto es una vaca y hay que ordeñarla todas las mañanas”. Con similar proceder, un servidor intenta hoy salvar del naufragio los últimos recuerdos de su juventud. Cometí la imprudencia de apuntar las cosas pero no su significado por lo que el feliz hallazgo de la libreta, lejos de refrescarme la memoria y activarme la masa encefálica solo ha servido para incrementar aun más mi incertidumbre y mi desasosiego. Me consuelo pensando que la precaución que tomaron los personajes de la novela no les llevó a mejor puerto que a mí pues, según dicen, cuando por fin el temido mal les alcanzó se olvidaron también de leer por lo que, como a mí ahora, todos aquellos carteles se tornaron en un jeroglífico indescifrable.

Lamentablemente, todo aquél mundo de nuestra juventud está hoy a punto de desaparecer bajo la herrumbre inexorable del tiempo, carcomido por nuestra propia indolencia o, peor aún, demolido a golpes bajo la triste piqueta del desinterés y el abandono. Como una enorme manta que empezara a deshilarse desde la última fibra vamos dejando jirones en el camino y nos hundimos sin remedio en el pantano de la desmemoria, perdiendo el recuerdo de lo aprendido, la certeza de lo averiguado y la experiencia de lo vivido.

Hay que compartir recuerdos y experiencias, refrescarlas y contrastarlas con quienes las han vivido con nosotros, actualizarlas e, incluso, ampliarlas con lo que recuerdan otros. Mientras tanto he decidido dejar mi libreta con mucho cuidado en el mismo sitio en que la encontré y rogar que si esa peste fatal me llega, aparezca, como en Macondo, un gitano Melquiades con el antídoto que cure ese terrible mal.

Manolo Díaz Olalla
Santiago de Cuba, 13 de diciembre de 2018

Publicado en "Amigos de Hacinas", primer trimestre de 2019

sábado, 8 de septiembre de 2018

La foto



Es cierto que, como decía Ilich Ulianov, hay momentos históricos en que, en pocos años, la humanidad avanza infinitamente más que en siglos anteriores. Miro el retrato y no dejo de sorprenderme de que las cosas, efectivamente, sean así. Si pienso en la vida que hemos llevado mi abuela Margarita y el Manolín de la foto, un servidor, incluso metiendo en la ecuación también las biografías de la generación de en medio, la de mi madre, tías y tíos, solo puedo concluir que un abismo nos separa. De la misma forma que no tengo ninguna duda de que entre unas y otras el elemento diferencial decisivo haya sido las distintas oportunidades que a lo largo de nuestra existencia se nos han presentado a unos y a otros.

Desarrollo y avance es, ante todo, me digo, el resultado de incrementar las oportunidades de la gente, de la misma forma que crear opciones al alcance de todos y todas, especialmente de los más humildes, debe ser la forma más eficaz de reducir las desigualdades, el gran reto de quienes nos gobiernan y la mejor consecuencia de las buenas políticas. Me lo digo a mi mismo, últimamente me pasa mucho, a lo mejor tendría que mirármelo, y vuelvo a posar mis ojos en la mítica fotografía de Jesús Molinero, ese fotógrafo y artista genial que ha dado nuestro pueblo, intentando recordar todo lo que rodeó ese momento. 

Fue una calurosa mañana de julio y el marco era, no me lo nieguen, incomparable. Hay adjetivos tan ligados a algunos sustantivos que su uso se restringe a ellos casi en exclusiva. Aquélla mañana, muy temprano, se había desatado un pavoroso incendio (ahí tienen otro ejemplo de lo que digo) en el monte y las campanas de la iglesia se habían quedado mudas de tanto repique. Cuando la situación estuvo bajo control, poco rato después, se presentó Jesús en nuestra casa pues acababa de llegar de Barcelona junto a su madre, nuestra inolvidable prima Mercedes, y venía a hacernos una visita. Con su cámara Kodak al hombro, una de las primeras réflex que se vieron por Hacinas, y tras degustar un sorbo de café y comer una rosquilla de las que la abuela había puesto en la mesa para el desayuno, hizo su composición de lugar e imaginó el encuadre. Mientras daba algunas explicaciones sobre sus intenciones de realizar ese verano un reportaje fotográfico de Hacinas y sus gentes, nos sacó hasta la puerta de la calle arrastrando el viejo carro de hilar, completamente en desuso, que la abuela había rescatado del cuarto de los leones esa misma mañana y que había aparcado en una esquina del portal no sabemos con qué intenciones.

Refunfuñaba la abuela por la inesperada labor que se había encontrado de buena mañana, nada extraño, quienes la conocieron recordarán que era muy de refunfuñar, pero al final posó ante el carro mientras el fotógrafo intentaba mantenerla en tensión:


-A ver, tía Margarita, paciencia, que acabamos a escape. Levante un poco esa cabeza.

Una, dos y tres instantáneas, clik-clik, disparó la máquina en un periquete. Asistía yo a la sesión divertido por la incomodidad mal disimulada de mi abuela y los esfuerzos del fotógrafo por sacar unos buenos retratos, aunque impaciente porque terminara para escaparme a la parte Sancirbián a chutar unos balones con mis amigos, cuando Jesús tuvo otra idea, genialidades de artista, y me pidió que me acercara a la abuela para dar un contrapunto a la composición y cierto sentido de movimiento. Y tanto que la di. Mientras me aproximaba por su izquierda y ella fingía que no me veía, Jesús calculó la velocidad de obturación y la apertura del diafragma y ¡zas!- ¡oh maravilla!- nos inmortalizó para la posteridad, nunca mejor dicho. Ahí tienen la prueba.

Miro la fotografía ahora y analizo los detalles intentando recrear de la forma más fidedigna lo que fuimos y sus circunstancias. La puerta de la casa entreabierta mostrando la oscuridad algo inquietante del portal, donde se adivina el cuarterón de par en par, la gatera que desde que se había muerto el felino animal estaba tapiada en señal de luto con dos tablas atravesadas y, arriba a la izquierda, la chapa del Sagrado Corazón clavada sobre la madera como avisando a quienes se dispusieran a entrar en la casa que allí se contaba con todas las bendiciones. La abuela, posición expectante y gesto adusto, que desmaya las manos sobre la saya mientras mantiene el pie en el pedal de mover la rueda, aparece coronada por su eterno pañuelo negro del que asoma por algún descuido un mechón y la raya del peinado; a su lado, Manolín sostiene el balón de reglamento entre las manos, enfundado en los pantalones cortos del año anterior que con tanto esmero y cariño habían confeccionado sus tías Carmen y Dolores, allí en Tarragona, calzado con los zapatos blancos calados de la comunión, calcetines a juego, pelo liso, espeso, peinado a flequillo, mira a la abuela con una mueca entre divertida y tierna. 

Creo que vi aquélla foto alguna vez el año siguiente y quizás algún tiempo más tarde entre los papeles de la abuela cuando se nos fue “detrás del castillo para siempre”, eufemismo que usaba para denominar la eternidad. Pero no recuerdo haberla contemplado de nuevo hasta mucho tiempo después en que la reencontré frente a frente y de forma sorprendente, yo de pié con un vermú en la mano y ella colgando de una pared del Bar “La Plaza” de Hacinas, junto a otras del mismo artista, mientras sentía la gran emoción del que se pregunta por qué el pasado sale a buscarle de esa manera tan inesperada y enigmática. No pude contenerme y, vaso en ristre, me acerqué a ella como preguntándole que de dónde salía y la volví a examinar despacio. Por un momento percibí que, en la mesa de al lado, un grupo de muchachos jovencitos a los que no conocía, ni ellos a mí indudablemente, había interrumpido conversación y degustación de pipas para observarme entre divertidos y perplejos por mi incomprensible actitud. Les miré con cierto aire de superioridad y, señalando el retrato, les dije:

- Esa es mi abuela y ese soy yo.

Lejos de sosegarse noté que se incrementaba su extrañeza a la vez que se mezclaba con cierta incredulidad e, incluso, que alguno me miraba con más detenimiento, examinándome de arriba abajo, como si hubiera visto al auténtico hombre de Cromañón, mientras  parecía preguntarse “Ah, ¿pero aún quedan vivos ejemplares de aquélla época?” 

No me quejo. Al contrario, me encanta ver un retrato mío colgado de la pared de un bar de tanto lustre como ese, junto a mi abuela, aunque reconozco que, a diferencia de lo que me pasa a mí, ella era más de iglesias que de locales de ocio. Y me encanta verme allí rodeado de otros retratos de hacinenses de pro y de los mejores paisajes de nuestro pueblo. Si les digo la verdad lo que me da cierto miedo escénico es acabar algún día en algún museo etnográfico rodeado de estrébedes negras de tizne, romanas de las de colgar de un clavo, máquinas de hacer chorizos, medias fanegas y otros aperos de labranza. Pero es el destino. Nada que hacer para evitarlo. 

Me río yo solo, últimamente me da por eso, no sé si lo he comentado, a lo mejor me estoy volviendo turulato, me río, digo, pensando que enfilo los últimos tramos de la cincuentena contemplando una foto que tiene más de diez lustros. 

Y reafirmándome en que, de alguna forma, somos lo que fuimos.

Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", tercer trimestre de 2018) 


miércoles, 18 de abril de 2018

El paseo otoñal


Llegó, como tantas veces lo hiciera, en el coche de línea. “Ay, qué tiempos” pensó, e imaginó el gentío en Los Infantes, las idas y venidas, las esperas, las despedidas y los encuentros.

Sólo se lo imaginó, porque la calle estaba desierta. Era una mañana fría, pero huyendo de las sombras se sentía bien. Callejeó calculando en cada esquina la ruta a seguir para no perder ni un instante el sol de octubre, como los lagartos. “Ahí está”, se dijo, y volvió a meter las manos en los bolsillos de la chaqueta antes de entrar en la plaza. Miró a su alrededor intentando reconocer cada rincón, cada portal, cada bar. Al fin, cruzó transversalmente el rectángulo del espacio público hasta alcanzar La Carrera, y se sintió mejor. Paró un momento y volvió a mirar a su alrededor, mientras se dejaba acariciar la cara por los tibios rayos de media mañana. Extendió la cabeza hacia atrás para aprovecharlos todos y recordó las tardes que había recorrido ese mismo camino con su tía, camino del mercado.
-     Hala, majo, vamos a escape por La Carrera. Mejor cojo la carretilla y así andamos más ligeros.
Mientras lo observaba longitudinalmente entornando los ojos pensó que el precioso camino estaba aún más esplendoroso que antes. Y le pareció, también, más corto y estrecho de lo que constaba en su registro mental. Sonrió por un momento mientras echaba la cuenta de que crecemos poniendo todo lo demás en perspectiva. Siguió caminando admirando por igual praos, casas y chopera, hasta la fuente y la canal, y allí, en el mismo cruce, alzó la vista para observar otra vez, asomada a la loma, la casa abandonada de sus tíos y todo lo que la circunda. Pensó por un momento que era casi un milagro que se mantuviera en pie, tan maltratada  por el tiempo y el olvido, pero no cabía duda, allí estaba con sus inconfundibles ventanas pintadas de verde manzana, enhiesta como un torreón de vigilancia, desafiando desde su privilegiada posición al Altollano y a la inmensa vega del Arlanza.

Quiso convencerse de que no subía por no entretenerse pero en realidad desechó la idea para sortear la tristeza presentida y decidió seguir por la calle de la Fuente y el camino de Castrovido. Recordó que el objetivo del paseo no era otro que llegar hasta la huerta de su tío, ese paraíso de su imaginario infantil cuya contemplación anhelaba. Apretó la marcha cuando dejó a la derecha la calle Luna y allá, más arriba, el camposanto, deseoso como estaba de recorrer cuanto antes el kilómetro escaso que, si no recordaba mal, le separaba del soñado vergel. Se encontraba tan bien al tímido sol que se quitó la chaqueta y siguió caminando. Cruzó por encima del Arroyo Cubillo y pensó que estaba cerca. Le extrañaba, eso sí, que el entorno no le resultara del todo familiar, mientras dejaba atrás la pared vegetal frondosa a la izquierda y el descampado pelón a la derecha.

Camino de Castrovido y, a la izquierda, lo que queda de la huerta del tío Francisco y la tía Victoria (google map)

Tuvo que caminar unos minutos más hasta convencerse de que ya no se trataba de dimensiones relativas, distancias, ni tiempos falsificados por su cerebro, sino que, definitivamente, había pasado por delante de la huerta sin reconocerla. Volvió sobre sus pasos observándolo todo con detenimiento hasta que al rato cruzó de nuevo el puente del arroyo sin haber distinguido el terrenito soñado. Lejos de abandonar decidió retomar el camino otra vez en dirección a Castrovido, examinando esta vez paso a paso todo lo que le rodeaba. Tardó pero lo encontró. Dudó mucho pero al final reconoció que aquél pedazo de tierra que tenía delante había sido alguna vez la huerta de su tío. Aquél soñado lugar donde las tardes de verano eran un regalo de paz, diversión y  aprendizaje de técnicas hortofrutícolas avnzadas para cuya enseñanza el tío no escatimaba esfuerzos. Membrillos injertados que daban unos perucos  tiernos, dulces y jugosos e ingeniería imaginativa para subir el agua de la canal eran las innovaciones que todos los veranos ocupaban la mayor parte del tiempo magistral, mientras paseaban esquivando unas lechuguitas aquí, unas vainas allá y unos pimientitos al fondo. Y para culminar, la merienda en el chamizo, al resguardo de moscones y miradas indiscretas, buen cacho de chorizo con pan y porrón de orangina, mientras el diario hablado de Radio Nacional invadía la quietud pastoril de aquel lugar con novedades sobre la inauguración de algún pantano del Plan Badajoz.

De todo aquello no queda nada. Se acercó hasta lo que fue algún día la puerta de entrada a ese paraíso, ahora  solo unos restos de maderas podridas y muelles de somier, para darse cuenta de que todo había terminado. Se había consumido por el tiempo, el abandono y la desidia. Derrumbadas cercas y paredes de piedra que con tanto esmero cuidaba el tío, la huerta se había entregado al campo y el campo se había apoderado de ella. No quiso entrar, tan solo miró la devastación desde lejos. ¿Dónde frutales y surcos de hortalizas?, pensó, ¿dónde los espantapájaros con sombrero?, ¿dónde el chamizo fresco y la canal caudalosa y cantarina?, ¿dónde aquél esplendor?, ¿dónde su tío y su tía?, ¿dónde aquél chaval que fuera? ¿Dónde…..?

Ahogado por la melancolía salió de nuevo al camino y avanzó sin rumbo fijo hasta que encontró un pequeño merendero junto al arroyo y se sentó en un banco. Perdido en sus pensamientos y triste, muy triste, entornó los ojos y se quedó medio dormido al sol de mediodía, mientras uno de sus grandes amigos de adolescencia acertó a pasar por el camino dando su carrera diaria, haciendo footing, que se dice ahora. El amigo, al que no veía hacía muchos años, le vio de lejos sentado en aquél banco y pensó para sí “qué raro, un tío sentado a estas horas en ese lugar, quizás se encuentre mal”. El deportista a la fuerza (la afición por ir a escape por caminos y veredas no le venía por el gusto si no por el colesterol)  examinó con detenimiento a aquel extraño intentando averiguar el porqué de su presencia y si necesitaría alguna ayuda. Cuando estuvo lo suficientemente cerca comprobó que probablemente se trataba de cansancio lo que mantenía allí al inesperado desconocido, la cabeza extendida hacia atrás y los ojos cerrados. Nada para alarmarse, pensó. Se detuvo un instante más mientras aminoraba la marcha sin llegar a pararse del todo y repasó su cara. Ciertamente le sonó familiar pero no acabó por reconocerle.

Paró en seco un poco más adelante, asaltado por una duda pasajera y sutil, "no, no puede ser", se dijo, pero por si acaso regresó sobre sus pasos para volver a mirar al dormido hasta convencerse de nuevo de que, a pesar de esa brizna de duda, definitivamente no era él, su gran amigo, aquél que descansaba allí. Y siguió combatiendo el sobrepeso con el sudor de su frente.

Cuando, minutos después, despertó, aún atenazada su garganta por la pena y se puso de pie para coger el camino de vuelta, no podía imaginar que el tiempo, el implacable, el que pasó, trata con tan poca piedad a las cosas como a las personas, que también nosotros perdemos los bordes hasta casi confundirnos con el entorno, que somos pasto del olvido y que la devastación puede ser tan grande que nos volvemos irreconocibles hasta para quienes más nos han querido.

Al pasar por delante de su casa, ya cerca del mítico Luyma, se acordó de su buen amigo. ¿Qué habrá sido de su vida?, se preguntó. ¡Cómo me gustaría volver a verle!, pensó.

El sol regalaba sus últimos rayos del día y, mientras se dirigía al coche de línea, no quiso pensar en nada. Ni siquiera en algo tan evidente como que el tiempo y el olvido se habían hecho cargo de él con la misma impiedad con que se hacen cargo de todo. Y que el otoño ya lo invadía todo esa tarde triste de octubre.

Manolo Díaz Olalla

(publicado en la revista "Amigos de Hacinas", 1er trimestre de 2018, nº 159)

lunes, 29 de enero de 2018

Lechales ' 38


El 28 de octubre de 2017 se celebró otra edición de la reunión anual de lechales, un clásico del otoño hacinense, esa gozosa ocasión, la número 38 sin fallar ni un solo año, en que los amigos se reúnen, se congratulan no solo de encontrase sino de encontrarse bien y se dedican durante algo más de un día a los cánticos, los abrazos, los recuerdos y la degustación de manjares y caldos, algunos espirituosos, que habrá que decirlo todo.

El encuentro fue organizado en esta ocasión por Arturo quien nos preparó un programa para la mañana del sábado lleno de emociones. La más notable fue la visita guiada a la cueva “Galiana Baja”, en las entrañas del cañón del Río Lobos en su parte soriana, una experiencia de espeleología avanzada que transcurrió por una de las simas más impresionantes de Castilla, poniendo a prueba los nervios y la sangre fría de los más templados de la cuadrilla. También nos obligó a embutirnos en trajes de espeleólogo, para solaz y despiporre de propios y extraños, un auténtico mono de minero con su culera plástica y todo, por aquello de esbararase con comodidad por las piedras húmedas de la gruta. ¡Ay si nuestras madres, tías y abuelas hubieran conocido este complemento del vestuario cuando pasábamos las tardes de nuestra infancia rompiendo pantalones en la ladera de sancirbian, en especial en esos descensos desafortunados en que el cartón se quedaba clavado en una piedra y los mostrencos seguíamos bajando, a culo limpio, hasta la casa de Timoteo!

Penetramos, no sin cierto resquemor, al abismo, sí, entre estalagmitas, gours y coladas, y allí conocimos la ignota belleza de las profundidades de la tierra después de sentir el efecto de la sobredosis de adrenalina que se acumula en venas y arterias al practicar estos deportes de elevadísimo riesgo. Dos horas y media de aventura por aquél averno que nos reconfortó y que no olvidaremos fácilmente. Como tampoco se nos quitará fácilmente de la memoria, y eso que ya flaquea un poco, la experiencia de vivir la segunda de las emociones que nos tenía reservada la fría mañana soriana: la degustación de unos torreznillos exquisitos, todos de concurso, en el Burgo de Osma. Acabamos esa parte de la jornada con la comida de fraternidad que se celebró en un precioso establecimiento de Rioseco de Soria donde, y para no andar dando vueltas a lo tonto modorro, también echamos la partida mientras caía la tarde.

Podemos decir sin miedo a equivocarnos que somos una de las cuadrillas más musicales de Hacinas, del partido de Salas y de parte de la comarca de La Demanda, así que entrada la noche perpetramos uno de nuestros ya míticos conciertos en Castrovido, concretamente en el bar de Begoña, donde ya están acostumbrados, primero en play back, después a capela y finalmente al natural como los buenos diestros, mientras compartíamos algunos platillos calientes y brindábamos otra vez por la paz, la armonía, el placer de celebrarlo nuevamente y, también, por seguir batiendo records tan majos y tan mozos.

En fin, otra jornada fantástica que hemos querido compartir con todos y todas, para lo que dejamos aquí esta pequeña crónica y algunas pruebas gráficas.

Así sea.
Manolo Díaz Olalla

(Secretario de la cofradía)
(Publicado en "Amigos de Hacinas", último número de 2017)

Foto oficial encuentro Lechales'38


Julito miliciano

Agustín esbarándose con mucho estilo


Comida

Cante "jondo"



Javi pirata


Cuando pusieron "lo agarrao"

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los veranenates



“¡Ya  llegan los veraneantes!”, solían decirme, no sin cierta sorna, algunos mozos hacinenses al verme pasar cuando, verano tras verano, asomaba por calles y callejas enredado en aquéllas excursiones exploratorias que acababan cuando comprendía que  todo, básicamente, seguía en su sitio y se podían retomar las tareas del ocio y el deleite en el punto exacto en que las habíamos dejado 9 ó 10 meses atrás. Era ironía, claro, que buscaba provocar y señalar o poner en evidencia que, ante todo, entre ellos y tú siempre existirá una diferencia básica, la permanencia en el puesto, y que, más o menos, estabas allí de prestado y por lo tanto merecías la consideración de forastero. 

Ese asunto me rebelaba, pero de nada valía pararse a discutir sobre quién es y quién no es un veraneante, o las diferencias que existe entre aquél y un autóctono o, incluso, entre éste y un oriundo, nada, porque en la medida en que quedaba claro lo mal que toleraba el epíteto, lejos de razonarlo, más insistían en la afrenta. Era una de las penitencias que había que sufrir al llegar a Hacinas todos los años, pero que, a pesar de todo, se llevaba bien sobre todo si la comparabas con la enorme cantidad de sensaciones maravillosas que te esperaban, tras sortear este inicial escollo identitario.

Yo, que nunca me he sentido un veraneante en mi pueblo, aunque cada vez lo pise menos, he disfrutado mucho hace unos días leyendo un articulito que ha caído en mis manos, titulado “El futuro de los pueblos está en los veraneantes”, del periodista César Javier Palacios, publicado en el periódico “20 minutos” el 22 de agosto. Les recomiendo su lectura. Repasa el autor el desolador panorama de la despoblación mesetaria, asunto que no por conocido y citado en esta revista resulta menos descorazonador, para acabar constatando, a base de ejemplos y didáctica que, lejos de lo que pensábamos hace unos años, el futuro de pueblos como el nuestro está en la revitalización que llega de la mano del turismo interior y de los recursos y servicios que genera y demanda, situándose el reto de verdad en asegurar la presencia de los veraneantes de forma más continuada o permanente (“volver al pueblo”)  y de preparar esos servicio para que sean suficientes en los momentos “pico” a la vez que se puedan rentabilizar el resto del tiempo. 

Como doctores tiene la Santa Madre y se cuentan en centenares los expertos en municipalismo rural entre los ilustres lectores de esta revista, no me meto más en ese bardal,  aunque no quiero dejar de citarles, volviendo a aquélla época dorada de nuestra vida, lo incongruente que me parecía que quienes más me martirizaban con el calificativo que les indiqué y que aparece en el título de esta humilde crónica, fueran capaces, a poca costa,  de presumir de la cantidad de casas que se abrían en verano en Hacinas.


-          ¿Qué te has creído, majo? , este es el pueblo que más crece en verano de todos los de la comarca. No sé si no llegaremos a los 1.000  para la Virgen y San Roque. Muchismo personal, que te lo digo yo.

Me reía por lo bajo de que los veraneantes, que sí los había, no digo que no, aunque no fuera en mi casa, dieran tanto juego y fueran motivo del merecido orgullo local. Nacionalismo hacinense en sus prolegómenos, no me equivocaré si afirmo que hoy crece mucho más la población estival. Sin llegar al nivel de Jaramillo Quemado, que multiplica por 24 veces cada mes de agosto su escasa población permanente batiendo todos los records provinciales, muy bien nos situaremos en un incremento de tres o cuatro veces la población habitual, que ronda los 160 soperos fijos, según el INE. 

¿Y los demás? “Son veraneantes”, dicen algunos, como si eso fuera malo, o como si para querer un pueblo o para ser de un pueblo fuera necesario estar recluido en él todos los días del año.

El artículo que les cito y les recomiendo cuenta una anécdota que me ha hecho recordar a mi tía Victoria, mujer admirable con quien tantos ratos maravillosos y tiernos compartí en mi infancia y mi adolescencia, hacinense de la diáspora que vivió “exiliada” en Salas muchos años, y, después, otros cuantos en Barcelona y Madrid. Un poco antes de irse definitivamente para siempre me confesó que nunca soñaba, cuando lo hacía, con Salas, ni con otro sitio que no fuera Hacinas. Con el trabajo, con la huerta, con las vacas y el arado, con la cocina, con los cerdos, con las gallinas, con las partidas de cartas con las amigas y con la obra de teatro que representó en el Ayuntamiento a sus 20 años, de la que recordaba hasta la letra que declamaba su personaje (“Qué desvergüenza se observa en la juventud del día. Ni respetan los ancianos, ni a los padres de familia, ni a los ministros de Dios, ni al alcalde de la villa, ni a ninguna autoridad. ¡Ay España, España perdida!”). 



Y yo, ¿qué quieren que les diga?, la entendía muy bien: ni en Salas, ni en Barcelona ni en Madrid había nada con lo que soñar.

A quien esto escribe le pasa lo mismo. Cuando sueño, siempre estoy en Hacinas. Seguramente por eso, y aunque lo pise poco últimamente, ni fui, ni soy, ni seré nunca veraneante en mi pueblo.

Manolo Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", 
nº 157, III trimestre de 2017)