sábado, 8 de septiembre de 2018

La foto



Es cierto que, como decía Ilich Ulianov, hay momentos históricos en que, en pocos años, la humanidad avanza infinitamente más que en siglos anteriores. Miro el retrato y no dejo de sorprenderme de que las cosas, efectivamente, sean así. Si pienso en la vida que hemos llevado mi abuela Margarita y el Manolín de la foto, un servidor, incluso metiendo en la ecuación también las biografías de la generación de en medio, la de mi madre, tías y tíos, solo puedo concluir que un abismo nos separa. De la misma forma que no tengo ninguna duda de que entre unas y otras el elemento diferencial decisivo haya sido las distintas oportunidades que a lo largo de nuestra existencia se nos han presentado a unos y a otros.

Desarrollo y avance es, ante todo, me digo, el resultado de incrementar las oportunidades de la gente, de la misma forma que crear opciones al alcance de todos y todas, especialmente de los más humildes, debe ser la forma más eficaz de reducir las desigualdades, el gran reto de quienes nos gobiernan y la mejor consecuencia de las buenas políticas. Me lo digo a mi mismo, últimamente me pasa mucho, a lo mejor tendría que mirármelo, y vuelvo a posar mis ojos en la mítica fotografía de Jesús Molinero, ese fotógrafo y artista genial que ha dado nuestro pueblo, intentando recordar todo lo que rodeó ese momento. 

Fue una calurosa mañana de julio y el marco era, no me lo nieguen, incomparable. Hay adjetivos tan ligados a algunos sustantivos que su uso se restringe a ellos casi en exclusiva. Aquélla mañana, muy temprano, se había desatado un pavoroso incendio (ahí tienen otro ejemplo de lo que digo) en el monte y las campanas de la iglesia se habían quedado mudas de tanto repique. Cuando la situación estuvo bajo control, poco rato después, se presentó Jesús en nuestra casa pues acababa de llegar de Barcelona junto a su madre, nuestra inolvidable prima Mercedes, y venía a hacernos una visita. Con su cámara Kodak al hombro, una de las primeras réflex que se vieron por Hacinas, y tras degustar un sorbo de café y comer una rosquilla de las que la abuela había puesto en la mesa para el desayuno, hizo su composición de lugar e imaginó el encuadre. Mientras daba algunas explicaciones sobre sus intenciones de realizar ese verano un reportaje fotográfico de Hacinas y sus gentes, nos sacó hasta la puerta de la calle arrastrando el viejo carro de hilar, completamente en desuso, que la abuela había rescatado del cuarto de los leones esa misma mañana y que había aparcado en una esquina del portal no sabemos con qué intenciones.

Refunfuñaba la abuela por la inesperada labor que se había encontrado de buena mañana, nada extraño, quienes la conocieron recordarán que era muy de refunfuñar, pero al final posó ante el carro mientras el fotógrafo intentaba mantenerla en tensión:


-A ver, tía Margarita, paciencia, que acabamos a escape. Levante un poco esa cabeza.

Una, dos y tres instantáneas, clik-clik, disparó la máquina en un periquete. Asistía yo a la sesión divertido por la incomodidad mal disimulada de mi abuela y los esfuerzos del fotógrafo por sacar unos buenos retratos, aunque impaciente porque terminara para escaparme a la parte Sancirbián a chutar unos balones con mis amigos, cuando Jesús tuvo otra idea, genialidades de artista, y me pidió que me acercara a la abuela para dar un contrapunto a la composición y cierto sentido de movimiento. Y tanto que la di. Mientras me aproximaba por su izquierda y ella fingía que no me veía, Jesús calculó la velocidad de obturación y la apertura del diafragma y ¡zas!- ¡oh maravilla!- nos inmortalizó para la posteridad, nunca mejor dicho. Ahí tienen la prueba.

Miro la fotografía ahora y analizo los detalles intentando recrear de la forma más fidedigna lo que fuimos y sus circunstancias. La puerta de la casa entreabierta mostrando la oscuridad algo inquietante del portal, donde se adivina el cuarterón de par en par, la gatera que desde que se había muerto el felino animal estaba tapiada en señal de luto con dos tablas atravesadas y, arriba a la izquierda, la chapa del Sagrado Corazón clavada sobre la madera como avisando a quienes se dispusieran a entrar en la casa que allí se contaba con todas las bendiciones. La abuela, posición expectante y gesto adusto, que desmaya las manos sobre la saya mientras mantiene el pie en el pedal de mover la rueda, aparece coronada por su eterno pañuelo negro del que asoma por algún descuido un mechón y la raya del peinado; a su lado, Manolín sostiene el balón de reglamento entre las manos, enfundado en los pantalones cortos del año anterior que con tanto esmero y cariño habían confeccionado sus tías Carmen y Dolores, allí en Tarragona, calzado con los zapatos blancos calados de la comunión, calcetines a juego, pelo liso, espeso, peinado a flequillo, mira a la abuela con una mueca entre divertida y tierna. 

Creo que vi aquélla foto alguna vez el año siguiente y quizás algún tiempo más tarde entre los papeles de la abuela cuando se nos fue “detrás del castillo para siempre”, eufemismo que usaba para denominar la eternidad. Pero no recuerdo haberla contemplado de nuevo hasta mucho tiempo después en que la reencontré frente a frente y de forma sorprendente, yo de pié con un vermú en la mano y ella colgando de una pared del Bar “La Plaza” de Hacinas, junto a otras del mismo artista, mientras sentía la gran emoción del que se pregunta por qué el pasado sale a buscarle de esa manera tan inesperada y enigmática. No pude contenerme y, vaso en ristre, me acerqué a ella como preguntándole que de dónde salía y la volví a examinar despacio. Por un momento percibí que, en la mesa de al lado, un grupo de muchachos jovencitos a los que no conocía, ni ellos a mí indudablemente, había interrumpido conversación y degustación de pipas para observarme entre divertidos y perplejos por mi incomprensible actitud. Les miré con cierto aire de superioridad y, señalando el retrato, les dije:

- Esa es mi abuela y ese soy yo.

Lejos de sosegarse noté que se incrementaba su extrañeza a la vez que se mezclaba con cierta incredulidad e, incluso, que alguno me miraba con más detenimiento, examinándome de arriba abajo, como si hubiera visto al auténtico hombre de Cromañón, mientras  parecía preguntarse “Ah, ¿pero aún quedan vivos ejemplares de aquélla época?” 

No me quejo. Al contrario, me encanta ver un retrato mío colgado de la pared de un bar de tanto lustre como ese, junto a mi abuela, aunque reconozco que, a diferencia de lo que me pasa a mí, ella era más de iglesias que de locales de ocio. Y me encanta verme allí rodeado de otros retratos de hacinenses de pro y de los mejores paisajes de nuestro pueblo. Si les digo la verdad lo que me da cierto miedo escénico es acabar algún día en algún museo etnográfico rodeado de estrébedes negras de tizne, romanas de las de colgar de un clavo, máquinas de hacer chorizos, medias fanegas y otros aperos de labranza. Pero es el destino. Nada que hacer para evitarlo. 

Me río yo solo, últimamente me da por eso, no sé si lo he comentado, a lo mejor me estoy volviendo turulato, me río, digo, pensando que enfilo los últimos tramos de la cincuentena contemplando una foto que tiene más de diez lustros. 

Y reafirmándome en que, de alguna forma, somos lo que fuimos.

Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", tercer trimestre de 2018) 


miércoles, 18 de abril de 2018

El paseo otoñal


Llegó, como tantas veces lo hiciera, en el coche de línea. “Ay, qué tiempos” pensó, e imaginó el gentío en Los Infantes, las idas y venidas, las esperas, las despedidas y los encuentros.

Sólo se lo imaginó, porque la calle estaba desierta. Era una mañana fría, pero huyendo de las sombras se sentía bien. Callejeó calculando en cada esquina la ruta a seguir para no perder ni un instante el sol de octubre, como los lagartos. “Ahí está”, se dijo, y volvió a meter las manos en los bolsillos de la chaqueta antes de entrar en la plaza. Miró a su alrededor intentando reconocer cada rincón, cada portal, cada bar. Al fin, cruzó transversalmente el rectángulo del espacio público hasta alcanzar La Carrera, y se sintió mejor. Paró un momento y volvió a mirar a su alrededor, mientras se dejaba acariciar la cara por los tibios rayos de media mañana. Extendió la cabeza hacia atrás para aprovecharlos todos y recordó las tardes que había recorrido ese mismo camino con su tía, camino del mercado.
-     Hala, majo, vamos a escape por La Carrera. Mejor cojo la carretilla y así andamos más ligeros.
Mientras lo observaba longitudinalmente entornando los ojos pensó que el precioso camino estaba aún más esplendoroso que antes. Y le pareció, también, más corto y estrecho de lo que constaba en su registro mental. Sonrió por un momento mientras echaba la cuenta de que crecemos poniendo todo lo demás en perspectiva. Siguió caminando admirando por igual praos, casas y chopera, hasta la fuente y la canal, y allí, en el mismo cruce, alzó la vista para observar otra vez, asomada a la loma, la casa abandonada de sus tíos y todo lo que la circunda. Pensó por un momento que era casi un milagro que se mantuviera en pie, tan maltratada  por el tiempo y el olvido, pero no cabía duda, allí estaba con sus inconfundibles ventanas pintadas de verde manzana, enhiesta como un torreón de vigilancia, desafiando desde su privilegiada posición al Altollano y a la inmensa vega del Arlanza.

Quiso convencerse de que no subía por no entretenerse pero en realidad desechó la idea para sortear la tristeza presentida y decidió seguir por la calle de la Fuente y el camino de Castrovido. Recordó que el objetivo del paseo no era otro que llegar hasta la huerta de su tío, ese paraíso de su imaginario infantil cuya contemplación anhelaba. Apretó la marcha cuando dejó a la derecha la calle Luna y allá, más arriba, el camposanto, deseoso como estaba de recorrer cuanto antes el kilómetro escaso que, si no recordaba mal, le separaba del soñado vergel. Se encontraba tan bien al tímido sol que se quitó la chaqueta y siguió caminando. Cruzó por encima del Arroyo Cubillo y pensó que estaba cerca. Le extrañaba, eso sí, que el entorno no le resultara del todo familiar, mientras dejaba atrás la pared vegetal frondosa a la izquierda y el descampado pelón a la derecha.

Camino de Castrovido y, a la izquierda, lo que queda de la huerta del tío Francisco y la tía Victoria (google map)

Tuvo que caminar unos minutos más hasta convencerse de que ya no se trataba de dimensiones relativas, distancias, ni tiempos falsificados por su cerebro, sino que, definitivamente, había pasado por delante de la huerta sin reconocerla. Volvió sobre sus pasos observándolo todo con detenimiento hasta que al rato cruzó de nuevo el puente del arroyo sin haber distinguido el terrenito soñado. Lejos de abandonar decidió retomar el camino otra vez en dirección a Castrovido, examinando esta vez paso a paso todo lo que le rodeaba. Tardó pero lo encontró. Dudó mucho pero al final reconoció que aquél pedazo de tierra que tenía delante había sido alguna vez la huerta de su tío. Aquél soñado lugar donde las tardes de verano eran un regalo de paz, diversión y  aprendizaje de técnicas hortofrutícolas avnzadas para cuya enseñanza el tío no escatimaba esfuerzos. Membrillos injertados que daban unos perucos  tiernos, dulces y jugosos e ingeniería imaginativa para subir el agua de la canal eran las innovaciones que todos los veranos ocupaban la mayor parte del tiempo magistral, mientras paseaban esquivando unas lechuguitas aquí, unas vainas allá y unos pimientitos al fondo. Y para culminar, la merienda en el chamizo, al resguardo de moscones y miradas indiscretas, buen cacho de chorizo con pan y porrón de orangina, mientras el diario hablado de Radio Nacional invadía la quietud pastoril de aquel lugar con novedades sobre la inauguración de algún pantano del Plan Badajoz.

De todo aquello no queda nada. Se acercó hasta lo que fue algún día la puerta de entrada a ese paraíso, ahora  solo unos restos de maderas podridas y muelles de somier, para darse cuenta de que todo había terminado. Se había consumido por el tiempo, el abandono y la desidia. Derrumbadas cercas y paredes de piedra que con tanto esmero cuidaba el tío, la huerta se había entregado al campo y el campo se había apoderado de ella. No quiso entrar, tan solo miró la devastación desde lejos. ¿Dónde frutales y surcos de hortalizas?, pensó, ¿dónde los espantapájaros con sombrero?, ¿dónde el chamizo fresco y la canal caudalosa y cantarina?, ¿dónde aquél esplendor?, ¿dónde su tío y su tía?, ¿dónde aquél chaval que fuera? ¿Dónde…..?

Ahogado por la melancolía salió de nuevo al camino y avanzó sin rumbo fijo hasta que encontró un pequeño merendero junto al arroyo y se sentó en un banco. Perdido en sus pensamientos y triste, muy triste, entornó los ojos y se quedó medio dormido al sol de mediodía, mientras uno de sus grandes amigos de adolescencia acertó a pasar por el camino dando su carrera diaria, haciendo footing, que se dice ahora. El amigo, al que no veía hacía muchos años, le vio de lejos sentado en aquél banco y pensó para sí “qué raro, un tío sentado a estas horas en ese lugar, quizás se encuentre mal”. El deportista a la fuerza (la afición por ir a escape por caminos y veredas no le venía por el gusto si no por el colesterol)  examinó con detenimiento a aquel extraño intentando averiguar el porqué de su presencia y si necesitaría alguna ayuda. Cuando estuvo lo suficientemente cerca comprobó que probablemente se trataba de cansancio lo que mantenía allí al inesperado desconocido, la cabeza extendida hacia atrás y los ojos cerrados. Nada para alarmarse, pensó. Se detuvo un instante más mientras aminoraba la marcha sin llegar a pararse del todo y repasó su cara. Ciertamente le sonó familiar pero no acabó por reconocerle.

Paró en seco un poco más adelante, asaltado por una duda pasajera y sutil, "no, no puede ser", se dijo, pero por si acaso regresó sobre sus pasos para volver a mirar al dormido hasta convencerse de nuevo de que, a pesar de esa brizna de duda, definitivamente no era él, su gran amigo, aquél que descansaba allí. Y siguió combatiendo el sobrepeso con el sudor de su frente.

Cuando, minutos después, despertó, aún atenazada su garganta por la pena y se puso de pie para coger el camino de vuelta, no podía imaginar que el tiempo, el implacable, el que pasó, trata con tan poca piedad a las cosas como a las personas, que también nosotros perdemos los bordes hasta casi confundirnos con el entorno, que somos pasto del olvido y que la devastación puede ser tan grande que nos volvemos irreconocibles hasta para quienes más nos han querido.

Al pasar por delante de su casa, ya cerca del mítico Luyma, se acordó de su buen amigo. ¿Qué habrá sido de su vida?, se preguntó. ¡Cómo me gustaría volver a verle!, pensó.

El sol regalaba sus últimos rayos del día y, mientras se dirigía al coche de línea, no quiso pensar en nada. Ni siquiera en algo tan evidente como que el tiempo y el olvido se habían hecho cargo de él con la misma impiedad con que se hacen cargo de todo. Y que el otoño ya lo invadía todo esa tarde triste de octubre.

Manolo Díaz Olalla

(publicado en la revista "Amigos de Hacinas", 1er trimestre de 2018, nº 159)

lunes, 29 de enero de 2018

Lechales ' 38


El 28 de octubre de 2017 se celebró otra edición de la reunión anual de lechales, un clásico del otoño hacinense, esa gozosa ocasión, la número 38 sin fallar ni un solo año, en que los amigos se reúnen, se congratulan no solo de encontrase sino de encontrarse bien y se dedican durante algo más de un día a los cánticos, los abrazos, los recuerdos y la degustación de manjares y caldos, algunos espirituosos, que habrá que decirlo todo.

El encuentro fue organizado en esta ocasión por Arturo quien nos preparó un programa para la mañana del sábado lleno de emociones. La más notable fue la visita guiada a la cueva “Galiana Baja”, en las entrañas del cañón del Río Lobos en su parte soriana, una experiencia de espeleología avanzada que transcurrió por una de las simas más impresionantes de Castilla, poniendo a prueba los nervios y la sangre fría de los más templados de la cuadrilla. También nos obligó a embutirnos en trajes de espeleólogo, para solaz y despiporre de propios y extraños, un auténtico mono de minero con su culera plástica y todo, por aquello de esbararase con comodidad por las piedras húmedas de la gruta. ¡Ay si nuestras madres, tías y abuelas hubieran conocido este complemento del vestuario cuando pasábamos las tardes de nuestra infancia rompiendo pantalones en la ladera de sancirbian, en especial en esos descensos desafortunados en que el cartón se quedaba clavado en una piedra y los mostrencos seguíamos bajando, a culo limpio, hasta la casa de Timoteo!

Penetramos, no sin cierto resquemor, al abismo, sí, entre estalagmitas, gours y coladas, y allí conocimos la ignota belleza de las profundidades de la tierra después de sentir el efecto de la sobredosis de adrenalina que se acumula en venas y arterias al practicar estos deportes de elevadísimo riesgo. Dos horas y media de aventura por aquél averno que nos reconfortó y que no olvidaremos fácilmente. Como tampoco se nos quitará fácilmente de la memoria, y eso que ya flaquea un poco, la experiencia de vivir la segunda de las emociones que nos tenía reservada la fría mañana soriana: la degustación de unos torreznillos exquisitos, todos de concurso, en el Burgo de Osma. Acabamos esa parte de la jornada con la comida de fraternidad que se celebró en un precioso establecimiento de Rioseco de Soria donde, y para no andar dando vueltas a lo tonto modorro, también echamos la partida mientras caía la tarde.

Podemos decir sin miedo a equivocarnos que somos una de las cuadrillas más musicales de Hacinas, del partido de Salas y de parte de la comarca de La Demanda, así que entrada la noche perpetramos uno de nuestros ya míticos conciertos en Castrovido, concretamente en el bar de Begoña, donde ya están acostumbrados, primero en play back, después a capela y finalmente al natural como los buenos diestros, mientras compartíamos algunos platillos calientes y brindábamos otra vez por la paz, la armonía, el placer de celebrarlo nuevamente y, también, por seguir batiendo records tan majos y tan mozos.

En fin, otra jornada fantástica que hemos querido compartir con todos y todas, para lo que dejamos aquí esta pequeña crónica y algunas pruebas gráficas.

Así sea.
Manolo Díaz Olalla

(Secretario de la cofradía)
(Publicado en "Amigos de Hacinas", último número de 2017)

Foto oficial encuentro Lechales'38


Julito miliciano

Agustín esbarándose con mucho estilo


Comida

Cante "jondo"



Javi pirata


Cuando pusieron "lo agarrao"

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los veranenates



“¡Ya  llegan los veraneantes!”, solían decirme, no sin cierta sorna, algunos mozos hacinenses al verme pasar cuando, verano tras verano, asomaba por calles y callejas enredado en aquéllas excursiones exploratorias que acababan cuando comprendía que  todo, básicamente, seguía en su sitio y se podían retomar las tareas del ocio y el deleite en el punto exacto en que las habíamos dejado 9 ó 10 meses atrás. Era ironía, claro, que buscaba provocar y señalar o poner en evidencia que, ante todo, entre ellos y tú siempre existirá una diferencia básica, la permanencia en el puesto, y que, más o menos, estabas allí de prestado y por lo tanto merecías la consideración de forastero. 

Ese asunto me rebelaba, pero de nada valía pararse a discutir sobre quién es y quién no es un veraneante, o las diferencias que existe entre aquél y un autóctono o, incluso, entre éste y un oriundo, nada, porque en la medida en que quedaba claro lo mal que toleraba el epíteto, lejos de razonarlo, más insistían en la afrenta. Era una de las penitencias que había que sufrir al llegar a Hacinas todos los años, pero que, a pesar de todo, se llevaba bien sobre todo si la comparabas con la enorme cantidad de sensaciones maravillosas que te esperaban, tras sortear este inicial escollo identitario.

Yo, que nunca me he sentido un veraneante en mi pueblo, aunque cada vez lo pise menos, he disfrutado mucho hace unos días leyendo un articulito que ha caído en mis manos, titulado “El futuro de los pueblos está en los veraneantes”, del periodista César Javier Palacios, publicado en el periódico “20 minutos” el 22 de agosto. Les recomiendo su lectura. Repasa el autor el desolador panorama de la despoblación mesetaria, asunto que no por conocido y citado en esta revista resulta menos descorazonador, para acabar constatando, a base de ejemplos y didáctica que, lejos de lo que pensábamos hace unos años, el futuro de pueblos como el nuestro está en la revitalización que llega de la mano del turismo interior y de los recursos y servicios que genera y demanda, situándose el reto de verdad en asegurar la presencia de los veraneantes de forma más continuada o permanente (“volver al pueblo”)  y de preparar esos servicio para que sean suficientes en los momentos “pico” a la vez que se puedan rentabilizar el resto del tiempo. 

Como doctores tiene la Santa Madre y se cuentan en centenares los expertos en municipalismo rural entre los ilustres lectores de esta revista, no me meto más en ese bardal,  aunque no quiero dejar de citarles, volviendo a aquélla época dorada de nuestra vida, lo incongruente que me parecía que quienes más me martirizaban con el calificativo que les indiqué y que aparece en el título de esta humilde crónica, fueran capaces, a poca costa,  de presumir de la cantidad de casas que se abrían en verano en Hacinas.


-          ¿Qué te has creído, majo? , este es el pueblo que más crece en verano de todos los de la comarca. No sé si no llegaremos a los 1.000  para la Virgen y San Roque. Muchismo personal, que te lo digo yo.

Me reía por lo bajo de que los veraneantes, que sí los había, no digo que no, aunque no fuera en mi casa, dieran tanto juego y fueran motivo del merecido orgullo local. Nacionalismo hacinense en sus prolegómenos, no me equivocaré si afirmo que hoy crece mucho más la población estival. Sin llegar al nivel de Jaramillo Quemado, que multiplica por 24 veces cada mes de agosto su escasa población permanente batiendo todos los records provinciales, muy bien nos situaremos en un incremento de tres o cuatro veces la población habitual, que ronda los 160 soperos fijos, según el INE. 

¿Y los demás? “Son veraneantes”, dicen algunos, como si eso fuera malo, o como si para querer un pueblo o para ser de un pueblo fuera necesario estar recluido en él todos los días del año.

El artículo que les cito y les recomiendo cuenta una anécdota que me ha hecho recordar a mi tía Victoria, mujer admirable con quien tantos ratos maravillosos y tiernos compartí en mi infancia y mi adolescencia, hacinense de la diáspora que vivió “exiliada” en Salas muchos años, y, después, otros cuantos en Barcelona y Madrid. Un poco antes de irse definitivamente para siempre me confesó que nunca soñaba, cuando lo hacía, con Salas, ni con otro sitio que no fuera Hacinas. Con el trabajo, con la huerta, con las vacas y el arado, con la cocina, con los cerdos, con las gallinas, con las partidas de cartas con las amigas y con la obra de teatro que representó en el Ayuntamiento a sus 20 años, de la que recordaba hasta la letra que declamaba su personaje (“Qué desvergüenza se observa en la juventud del día. Ni respetan los ancianos, ni a los padres de familia, ni a los ministros de Dios, ni al alcalde de la villa, ni a ninguna autoridad. ¡Ay España, España perdida!”). 



Y yo, ¿qué quieren que les diga?, la entendía muy bien: ni en Salas, ni en Barcelona ni en Madrid había nada con lo que soñar.

A quien esto escribe le pasa lo mismo. Cuando sueño, siempre estoy en Hacinas. Seguramente por eso, y aunque lo pise poco últimamente, ni fui, ni soy, ni seré nunca veraneante en mi pueblo.

Manolo Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", 
nº 157, III trimestre de 2017)

miércoles, 10 de mayo de 2017

Drones






























Los adelantos tecnológicos que se suceden en estos tiempos que nos ha tocado vivir además de imparables son, como en pocos momentos de la historia, revolucionarios. Y lo son porque cambian continuamente nuestra forma de vivir y nuestra manera de ver y entender las cosas.  No sólo porque rebatan todos los días y de forma eficaz las teorías que se alejan de la realidad que pretendían explicar, sino porque modifican permanentemente nuestra perspectiva del mundo. Hablo, por ejemplo, de los modernos artefactos que surcan los cielos, teledirigidos desde tierra y que, convenientemente equipados, nos devuelven “on line” (¡toma jerga!) imágenes de nosotros mismos y de nuestro entorno tal y como las vería un pájaro que volara a la misma velocidad y altura, y describiendo el mismo trayecto. Efectivamente y por capricho de los que asignan los nombres a artilugios y cosas: los drones. Pueden servir para otros menesteres, incluso para algunos poco ejemplares y contrarios al beneficio de la humanidad, como bombardear a la población civil, pero disfrutemos aquí de los buenos usos, de los que nos ayudan a comprender lo que nos rodea y a ser mejores, y combatamos los otros en la medida de nuestras posibilidades.

Conocen los lectores de esta magnífica publicación mi debilidad por las vistas aéreas, una afición que cuando se trata de imágenes de Hacinas raya en la obsesión bien entendida. He contado varias veces aquí el placer que me reporta analizarlas y poner en relación la perspectiva aérea con mis referencias callejeras de simple peatón. Desde aquella mítica fotografía aérea firmada por Paisajes Españoles que adornó durante años las paredes de nuestras casas y que a lo mejor duerme el sueño de los justos, cubierta de cagadas de mosca, en algún rincón de su desván, hasta las más modernas que podemos encontrar en internet tomadas desde naves tripuladas aunque sea precariamente, como aquella mítica de nuestro pueblo sacada desde un parapente a la que le dediqué un artículo en esta revista en el último trimestre de 2007 titulado “Hacinas desde el aire, un corazón tendido al sol”, desde la una a la otra, un abismo nos contempla. Pero el avance es imparable y lo que acabo de descubrir, motivo por el cual les estoy entreteniendo ahora, marca un nuevo hito en el conocimiento de Hacinas y sus alrededores. Me refiero a dos reportajes tomados desde sendos drones recientemente: uno está incluido en la serie de documentales de la cadena TVE-2 titulada “Los bosques protectores”, concretamente el emitido el día 20 de noviembre de 2016 con el título “Bosques de piedra”, que es muy fácil volver a ver buscando en la página web de esa cadena (“A la carta”), y el sorprendente y gratificante reportaje aéreo producido por un joven hacínense (otro “JASP”, ya saben, jóvenes, sin duda, aunque sobradamente preparados) y que ha circulado “por las redes” locales en los últimos meses.



Búsquenlo si no lo conocen y les garantizo que su visión no les dejará impasibles. Lo maravilloso de esta nueva forma de percibir la realidad reside, claro, en todo lo que aporta el movimiento. Se mueve usted, como si viajara a lomos del pájaro de plástico, y simultáneamente se mueve todo lo que pasa en la tierra, aunque nadie haya despegado los pies del suelo en ningún momento, ni usted, cómodamente sentado en su casa, ni el autor del reportaje, al que me imagino con su mando a distancia, dirigiendo las operaciones desde el castillo, un suponer. Y a pesar de ello la sensación es auténticamente la de volar. Sorprende mucho apreciar cómo cambian colores y formas cuando se introducen variables de velocidad y altura y cómo la luz (mediodía o crepúsculo) nos devuelve realidades que parecen pertenecer a lugares completamente distintos, aunque no nos movamos de nuestro precioso pueblo.

El excelente video del que les hablo cuenta con un montaje musical que mejora la comprensión de las imágenes y hace otra aportación que no había apreciado hasta ahora analizando las imágenes estáticas: la de brindarnos la mirada de cómo son y qué contienen los lugares más recónditos y escondidos de la geografía urbana, como parcelas, fincas, prados y arreines, en especial cuando los obstáculos a la visibilidad desde el suelo no lo permite. Ganamos en conocimiento, no lo duden, pero perdemos privacidad. Todo sea por la ciencia, en especial si, como pasa en Hacinas, nada hay que ocultar. Ningún demérito puede eclipsar el gran avance que significa lo que les hablo, ni siquiera el hecho de que, como se dijo antes, además de servirnos para admirar la belleza de un pueblo tan bonito como el nuestro, pueda aportar material de estudio a inspectores de hacienda, funcionarios del catastro y chismosos en general. Me dirán que mucho de lo que se ve ya lo conocíamos de tanto asomarnos al castillo o subirnos a la cima de Sancirbián, y si lo dicen no les falta razón, pero creo que a pesar de las atalayas naturales con que la naturaleza dotó a Hacinas, esta perspectiva actual de observar lo mismo pero desde diferentes ángulos casi simultáneamente, ofrece una comprensión de cómo es nuestro pueblo completamente nueva y, por lo tanto, muy diferente a lo que conocíamos hasta ahora.
















Disfruten de esos reportajes y comprenderán que vivimos en una revolución permanente, aunque solo sea en la percepción de la realidad que nos rodea, incluso de la más cercana y cotidiana. Es maravilloso que a este avance contribuyan los jóvenes hacínense quienes, por justicia y méritos, merecían vivir en una época mejor y con más oportunidades. No puede uno resistirse al progreso y, queramos o no, los artefactos voladores que nos muestran cómo somos y dónde vivimos, ya forman parte de nuestro mundo. No se extrañe si cualquier mañana descubre que en el chopo que hay frente a su ventana ya no anidan los gorriones, sino una familia de drones equipados con los últimos avances en multimedia y visión nocturna, y que su imagen tomando el sol ligerito, o ligerita, de ropa en la terraza de su casa, al resguardo de las miradas indiscretas de los viandantes, se ha convertido en “trending-topic” (¡jodo petaca!) en las redes sociales.



Manolo Díaz Olalla


(Publicado en "Amigos de Hacinas", 2º trimestre de 2017)
(Fotos, el aviador terrestre y tripulante de drones  Miguel Jiménez Cámara)  


lunes, 13 de febrero de 2017

A mi amigo Carlos, en su redondo cumpleaños


Carlos, salao, me lo contó un pajarito, no ese que tú y yo sabemos y que tanto celebrábamos de niños, que se aliviaba por las chimeneas y acababa siempre contrayendo nupcias con Perico el día del Señor, no, fue otro el que me lo dijo, uno que vive en tu casa y no te voy a dar más pistas, porque me ha pedido que guarde el secreto, aunque como en la adivinanza del plátano, el que no lo acierte bien tonto es… Me lo dijo, que te caían los que te caen, ¡ay Dios!, y me quedé pensando que, no hay duda, son ya muchos, pero también que los demás, tus amigos, los lechales y los de otras cuadrillas, están  a puntito de alcanzar esa contundente y redonda cifra, si es que aún no lo han hecho……

Carlos, majo, se pone uno a pensar y los recuerdos que nos unen se remontan tanto y tanto que casi se escapan por el  lao de allá. Piensa si no, por las callejas de Hacinas, corre que te corre, ahora a esbararse, ahora a cangrejos, luego a nidos, mañana a setas, o a Campo el Valle a echar un partido, o a un tras que le dio… En las competiciones diarias a la salida de la escuela siempre eras el que llegaba más lejos y con más puntería. Tus amigos no lo olvidan. Vaya, yo creo que más bien nunca lo han superado. Entonces ya despuntaba en ti, es un decir, y en otros de aquellos amigos, esa incipiente vocación de maestro que marcó tu vida, y no desaprovechabas cualquier ocasión para enseñar a los que nos quedábamos más atrasados. Pero esas son otras historias. Luego, tú ya en Aranda, las salidas festivas y todos aquéllos momento que sin duda aún recuerdas, y que continuaron, por mucho tiempo, cuando te instalaste en Madrid…

No sé si te lo he dicho, Carlos, niño, pero entre tantas cosas que me gustan de ti siempre me ha fascinado tu capacidad de análisis de la realidad, en especial de la realidad social de aquél Hacinas que conocimos en nuestros años de niñez, adolescencia y juventud, y tu facilidad para integrar datos y circunstancias con que construir todo un tratado de sociología hacínense que nos permita interpretar los cómos y los porqués de nuestro pueblo y sus gentes. Especialmente agudo te he encontrado siempre en el análisis de los movimientos migratorios de la época, es decir, por qué llegaron los que llegaron y cómo aquello determinó un cambio radical en la manera de vivir  y pensar de la gente, y por qué se fueron quiénes lo hicieron y el impacto que eso tuvo en la vida de todos. Podemos decir que eres un adelantado a tu tiempo. No en vano fuiste el primero de Hacinas que se fue de veraneo. Y a Bilbao, ni más ni menos, ¡jodo, petaca! Sé también, Carlos, cencerro, que siempre has disfrutado mucho con la precariedad de mis conocimientos rurales y con mi analfabetismo de todo lo que tiene que ver con el campo. Que si no distingo una picaraza de una graja, un suponer, es verdad, o que confundo las arreines de San Marcos con las de Pinilleja, también, pero tampoco había que darle cuatro cuartos al pregonero para que lo supiera todo el mundo. Y aún con eso, hemos pasado buenos ratos y hecho muchas risas con ello.

Carlos, con la motosierra que le han regalado para cortar la suerte de leña que le toque a partir de ahora

Y sin saber cómo ni por qué, Carlos, chaval, 37 encuentros de los lechales nos contemplan, y aquí estás y estamos, tú iniciando esta década, no diremos que peligrosa, pero casi, y otros haciéndonos cargo de que, como cantan los mozos en las bodas, “con el tiempo iremos todos”. Estás muy bien, ya sabes lo que dice mi chica, que eres el más guapo de quienes acudimos a nuestras reuniones, a lo que yo le contesto que ojalá Santa Lucía le conserve el oído, porque la vista la tiene perdida. Y como lo dice con tanta seguridad te miro de reojo por si fuera verdad. Pero no lo es, yo lo sé y ella también aunque insista, y la cosa es que te vas a retirar a la dolce vita en pleno uso de tus facultades físicas y mentales. Que no es poco. Si la estadística no miente, que lo hace y sé de lo que hablo aunque hagamos como que no, aún te quedan por delante, como promedio, entre 8 y 10 años en estupendo estado, antes de que lleguen los achaques. Es justo darse con un canto del rio en la dentadura, porque muchos de los que te rodean, cuando se vean en esa plácida situación que tú pronto vas a abrazar, estarán en una tesitura que oscilará entre medio tocados a bastante jodidos. Pero ahí estás… con un montón de cosechas de tomates, pimientos y vainas por delante, cultivadas con tus propias manos, y tú, como si nada, como un reloj. Qué envidia y qué alegría. Sobre todo pensando que cuando pasemos por delante de tu finca, camino de Madrid o de Hacinas, nunca nos faltará una buena cesta de hortalizas ecológicas recién recolectadas para llevarnos a casa. Gracias de antemano por las ensaladas que me vaya a meter para el cuerpo.

Carlos, amigo, qué decirte, que nos alegramos mucho. Escribo como te imaginas también en nombre de todos tus amigos, los mozos de Hacinas, que te quieren pero que, como sabes, son muy perezosos a la hora de coger papel y lápiz para contar las cuatro cosas afectuosas que les gustaría decirte. Ellos y yo somos felices de ser amigos tuyos y de haber vivido juntos tantas cosas.


Disfruta de esta celebración que te han preparado quienes te quieren. Y de este regalito que te hacen recolectando fotos, anécdotas y dedicatorias, que es un buen antídoto para la desmemoria que nos acecha, tan frecuente como triste, esa epidemia a la que bautizó un médico alemán del que ahora no recuerdo su nombre. Hojéalo con frecuencia y fruición para fijar las cosas bonitas, los momentos fantásticos y el cariño de tu gente.

No te digo más. Tiempo tendremos de charlar sobre las cosas de la vida ahora y cuando, a la sombra de la plaza de toros de Aranda, nos sentemos a observar cómo crecen las lechugas mientras vamos seleccionando las mejores piezas de la cosecha para echarlas al capazo.

Porque, es verdad, compartir siempre ha sido una de tus mejores cualidades.


Un abrazo y muchas felicidades,

Manolo

miércoles, 1 de febrero de 2017

Nueva celebración anual... ¡¡¡y van 37!!!

Los lechales recibiendo explicaciones del arqueólogo del yacimiento celtíbero de Tiermes

Como todos los años desde hace 37 y sin fallar ni uno solito, el 29 de Octubre tuvo lugar la feliz reunión de los amigos del lechal. Ya saben, todo un clásico. Como se ha convertido en tradición, la recepción de invitados se hizo la noche previa y más concretamente, este año, en casa de Alberto, quien nos obsequió con un rico ágape.

La alegría de esta convocatoria fue doble pues a la habitual del encuentro esperado se sumó la buena noticia de que el grupo sigue creciendo; este año, gracias a la reincorporación de Arturo. Así que el sábado salimos de excursión 16 más el chofer, temprano, por la costumbre, y antes de llegar al soriano y pintoresco pueblo de Caracena atravesamos los campos de La Rasa, admirando la floreciente industria agrícola de sus inmensos manzanales. La parte principal de esta jornada, en lo cultural, fue la visita al yacimiento romano y celtibérico de Tiermes, que recorrimos con detenimiento y muy bien conducidos por el arqueólogo del histórico lugar, para acabar, un buen rato después y con el gaznate más seco que un puñado de escaramujos, en Maderuelo donde Carlos, quien en esta ocasión fungía de anfitrión, nos dio por fin de beber. En lo gastronómico, el regalo principal nos esperaba en el pueblo de La Vid, donde comimos tarde pero bien, casi a la sombra del nombrado Monasterio agustino de Santa María.

Tras echar la partida en Peñaranda y los vinos en Pinilla, acabamos la jornada, como es la costumbre, en casa de Begoña, en Castrovido, donde volvimos a comer y a beber, perpetrando a pulmón limpio los grandes éxitos de nuestro repertorio tradicional. La paciencia de esa señora es admirable.
A la vuelta, tuvimos que pedir rescate pues nos habíamos quedado a pie y hacía una rasca considerable. Nos lo brindaron unos mocitos muy bien dispuestos, que acudieron presurosos en sus coches, aunque muertos de risa, a socorrer a sus padres quienes forman parte de esta cuadrilla lechal. Hubiera dado algo por oír las conversaciones que sin duda se mantuvieron el domingo a la hora de comer en más de una casa.

En fin, qué decirles, que seguimos en la lucha. ¡Y muy felices de celebrarlo!

 Manolo (cronista oficial)



sábado, 7 de enero de 2017

La ventana



Vivo fascinado por los avances de la tecnología de la información. Seguro que a ustedes les pasa lo mismo. En muy pocos años se ha experimentado un adelanto tan rotundo como inimaginable. Todo lo que tiene que ver con internet y lo que se deriva de ese conjunto descentralizado de redes de comunicación interconectadas (mensajería instantánea, correo electrónico, geolocalización) supone un progreso de incalculables dimensiones para la humanidad. Si además el uso que se le diera fuera el más apropiado para el beneficio de las personas, o sea y como se dice ahora, para el bien común, el paso dado no tendría parangón. La transformación que ha producido en nuestras vidas, hasta en los aspectos más cotidianos, ha sido y es radical. Muchos de nosotros no conciben salir de casa sin el teléfono móvil en el bolsillo, ni coger el coche sin conectar el GPS. Tanto es así que ya existen tratados de las enfermedades relacionadas con la adicción a estos sistemas, y que vayamos sustituyendo poco a poco el contacto interpersonal por el intermediado por las máquinas. Pero créanme, no hay nada parecido a la realidad que nos rodea, a la de verdad, a esa que se huele, se toca, se palpa y hasta se besa, por mucho que prefiramos vivir en otras realidades falsas o recreadas en esos aparatos modernos: las llamadas realidades virtuales. 

A mí me gusta más pensar que sin reemplazar a nada de lo de verdad, las nuevas tecnologías nos alivian y nos pueden ayudar a sobrellevar la ausencia y la lejanía. Por ejemplo: no hay nada comparable con abrir la ventana de su casa en Hacinas para saber si hace sol o si llueve, si vienen nubes por la parte de la Peña Villanueva o deducir si falta mucho para la hora del vermú, pero cuando estoy en Madrid o en Santiago de Cuba o en Sebastopol tengo otra ventana, una virtual, que me sirve para lo mismo. Se trata de la webcam de la maravillosa página de internet meteohacinas, una iniciativa de meteorología avanzada puesta en marcha por unos jasp (“jóvenes aunque sobradamente preparados”) hacinenses que te permite tener abierta desde cualquier sitio y “en tiempo real” una vista de nuestro pueblo y sus alrededores. Ahora mismo, las 11 y media del día 25 de septiembre de 2016, mientras escribo esto en mi casa de Madrid, contemplo encantado cómo estaba Hacinas a las 11 y 25 (ver foto). Día soleado, algunos cirrocúmulos de menor cuantía que nos abandonan por el Norte, y, por la luz, falta un rato para la hora del blanco. Algo menos para que den las terceras, así que, quien quiera ir a misa, más vale que se avíe a escape. Y usted me dirá: 

-          Todo eso está muy bien, pero los otoños son traicioneros, y aunque soleados, los días pueden ser gélidos, a ver dígame, ¿qué me pongo para salir? ¿voy en camisa o me echo la rebequita?

imagen de la webcam a las 11:25 h


No hay problema, amigo o amiga, la misma web, que refresca la imagen aproximadamente cada media hora, le informa de que en nuestro pueblo se registra  una temperatura 17,7ºC, una humedad del 44%, la sensación térmica es de 18ºC y está soplando un viento del Nor-Oeste de 6 Km a la hora. Un soplidito, vamos. 
Las ciencias adelantan que es una barbaridad, diga usted que sí. Como he contado otras veces, durante mi infancia y parte de mi adolescencia la ventana de la casa de mi abuela era una ventana al mundo. Asomándote a ella recopilabas de un golpe toda la información que necesitabas para tomar las decisiones más importantes de la tarde: si coger el paraguas o no, si cambiarte los pantalones cortos, si sacar la bici, si echar el bañador o si tenías aún un rato de tranquilidad porque tus amigos llegaban con retraso.

-          Apúrate, majo, que ya están ahí esos zascandiles.
-          Ya voy, abuela.

Mis amigos nunca tuvieron noticias de la calificación que les había adjudicado mi abuela. Se lo estoy contando ahora de esta forma tan elegante. Ojalá la perdonen. Si les viera ahora, tan serios, tan grandes y tan formales, seguro que cambiaba de opinión. Pero lo más impresionante del caso que nos ocupa es que la vista de Hacinas que se observaba desde aquélla ventana de mi infancia se refrescaba instantáneamente. En realidad, el refresco más importante era el que sucedía por fuera.

-          Échate la chaqueta, cencerro, que parece que sopla cierzo, no te vayas a resfriar y luego la tengamos con tu tía Casilda.

Porque ese es otro de los aspectos más notables de esta revolución que nos ha tocado vivir: la jerga que se genera alrededor de ella. Se crean todos los días infinidad de palabras nuevas a la vez que se cogen otras, se las despoja de su significado y se les asigna otro. Una locura, vamos. Así, y como saben, se dice que las imágenes se refrescan cuando se actualizan, y cualquiera de ellas las compartimos en las redes. En los años irrepetibles de que tanto les hablo, las únicas redes que conocíamos eran las de las porterías del campo de fútbol, habitualmente rotas, por lo que muchas veces no sabías si había entrado un gol cuando el balón pasaba rozando el poste. O las de los reteles que usábamos para ir a cangrejos. El muro de ahora es una página inventada donde uno puede colgar comentarios y fotos para que los disfruten, o los sufran, los demás, mientras que por aquél entonces era la pared que separaba la casa de la casona. El nudo donde se mezclan los datos que circulan se llama servidor, una etiqueta que se colgaba, antes, a quien por cortesía, te hacía un favor.

-          Muchas gracias por el bieldo.
-          Servidor, salao.

Ahora la información se puede almacenar en la nube, pero hace unos años las únicas que conocíamos eran aquéllas que aparecían en el cielo presagiando una tormenta, las mismas que veo ahora en Hacinas en esta foto refrescada de las 14:24 a través de la ventana que tengo abierta desde mi casa de Madrid, mientras pienso que lo mejor que pueden hacer mis paisanos y amigos es pagar lo que deban en el bar, abrocharse la zamarra y trasponer a escape si no quieren mojarse, también por fuera, antes de llegar a su casa a comer, y tengan que recibir dos reprimendas: una por cada mojadura.

imagen de la webcam a las 14:24 h


Estas ventanas virtuales que nos ofrecen maravillosas páginas web como meteohacinas son tratamientos paliativos de gran efectividad que nos ayudan a calmar el dolor de la ausencia. Pero nada parecido a aplicar la medicina curativa si es que usted puede permitírsela: váyase a Hacinas, abra la ventana de su casa y, además de ver cómo se encapota el cielo, compruebe in situ y en directo cómo huele a tierra mojada un rato antes de que empiecen a caer las cuatro gotas y lo bien que le sienta ese vermú del domingo compartido con amigos y familiares.


Manolo Díaz Olalla
Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", tercer trimestre de 2016