domingo, 12 de noviembre de 2017

Los veranenates



“¡Ya  llegan los veraneantes!”, solían decirme, no sin cierta sorna, algunos mozos hacinenses al verme pasar cuando, verano tras verano, asomaba por calles y callejas enredado en aquéllas excursiones exploratorias que acababan cuando comprendía que  todo, básicamente, seguía en su sitio y se podían retomar las tareas del ocio y el deleite en el punto exacto en que las habíamos dejado 9 ó 10 meses atrás. Era ironía, claro, que buscaba provocar y señalar o poner en evidencia que, ante todo, entre ellos y tú siempre existirá una diferencia básica, la permanencia en el puesto, y que, más o menos, estabas allí de prestado y por lo tanto merecías la consideración de forastero. 

Ese asunto me rebelaba, pero de nada valía pararse a discutir sobre quién es y quién no es un veraneante, o las diferencias que existe entre aquél y un autóctono o, incluso, entre éste y un oriundo, nada, porque en la medida en que quedaba claro lo mal que toleraba el epíteto, lejos de razonarlo, más insistían en la afrenta. Era una de las penitencias que había que sufrir al llegar a Hacinas todos los años, pero que, a pesar de todo, se llevaba bien sobre todo si la comparabas con la enorme cantidad de sensaciones maravillosas que te esperaban, tras sortear este inicial escollo identitario.

Yo, que nunca me he sentido un veraneante en mi pueblo, aunque cada vez lo pise menos, he disfrutado mucho hace unos días leyendo un articulito que ha caído en mis manos, titulado “El futuro de los pueblos está en los veraneantes”, del periodista César Javier Palacios, publicado en el periódico “20 minutos” el 22 de agosto. Les recomiendo su lectura. Repasa el autor el desolador panorama de la despoblación mesetaria, asunto que no por conocido y citado en esta revista resulta menos descorazonador, para acabar constatando, a base de ejemplos y didáctica que, lejos de lo que pensábamos hace unos años, el futuro de pueblos como el nuestro está en la revitalización que llega de la mano del turismo interior y de los recursos y servicios que genera y demanda, situándose el reto de verdad en asegurar la presencia de los veraneantes de forma más continuada o permanente (“volver al pueblo”)  y de preparar esos servicio para que sean suficientes en los momentos “pico” a la vez que se puedan rentabilizar el resto del tiempo. 

Como doctores tiene la Santa Madre y se cuentan en centenares los expertos en municipalismo rural entre los ilustres lectores de esta revista, no me meto más en ese bardal,  aunque no quiero dejar de citarles, volviendo a aquélla época dorada de nuestra vida, lo incongruente que me parecía que quienes más me martirizaban con el calificativo que les indiqué y que aparece en el título de esta humilde crónica, fueran capaces, a poca costa,  de presumir de la cantidad de casas que se abrían en verano en Hacinas.


-          ¿Qué te has creído, majo? , este es el pueblo que más crece en verano de todos los de la comarca. No sé si no llegaremos a los 1.000  para la Virgen y San Roque. Muchismo personal, que te lo digo yo.

Me reía por lo bajo de que los veraneantes, que sí los había, no digo que no, aunque no fuera en mi casa, dieran tanto juego y fueran motivo del merecido orgullo local. Nacionalismo hacinense en sus prolegómenos, no me equivocaré si afirmo que hoy crece mucho más la población estival. Sin llegar al nivel de Jaramillo Quemado, que multiplica por 24 veces cada mes de agosto su escasa población permanente batiendo todos los records provinciales, muy bien nos situaremos en un incremento de tres o cuatro veces la población habitual, que ronda los 160 soperos fijos, según el INE. 

¿Y los demás? “Son veraneantes”, dicen algunos, como si eso fuera malo, o como si para querer un pueblo o para ser de un pueblo fuera necesario estar recluido en él todos los días del año.

El artículo que les cito y les recomiendo cuenta una anécdota que me ha hecho recordar a mi tía Victoria, mujer admirable con quien tantos ratos maravillosos y tiernos compartí en mi infancia y mi adolescencia, hacinense de la diáspora que vivió “exiliada” en Salas muchos años, y, después, otros cuantos en Barcelona y Madrid. Un poco antes de irse definitivamente para siempre me confesó que nunca soñaba, cuando lo hacía, con Salas, ni con otro sitio que no fuera Hacinas. Con el trabajo, con la huerta, con las vacas y el arado, con la cocina, con los cerdos, con las gallinas, con las partidas de cartas con las amigas y con la obra de teatro que representó en el Ayuntamiento a sus 20 años, de la que recordaba hasta la letra que declamaba su personaje (“Qué desvergüenza se observa en la juventud del día. Ni respetan los ancianos, ni a los padres de familia, ni a los ministros de Dios, ni al alcalde de la villa, ni a ninguna autoridad. ¡Ay España, España perdida!”). 



Y yo, ¿qué quieren que les diga?, la entendía muy bien: ni en Salas, ni en Barcelona ni en Madrid había nada con lo que soñar.

A quien esto escribe le pasa lo mismo. Cuando sueño, siempre estoy en Hacinas. Seguramente por eso, y aunque lo pise poco últimamente, ni fui, ni soy, ni seré nunca veraneante en mi pueblo.

Manolo Díaz Olalla
(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", 
nº 157, III trimestre de 2017)

miércoles, 10 de mayo de 2017

Drones






























Los adelantos tecnológicos que se suceden en estos tiempos que nos ha tocado vivir además de imparables son, como en pocos momentos de la historia, revolucionarios. Y lo son porque cambian continuamente nuestra forma de vivir y nuestra manera de ver y entender las cosas.  No sólo porque rebatan todos los días y de forma eficaz las teorías que se alejan de la realidad que pretendían explicar, sino porque modifican permanentemente nuestra perspectiva del mundo. Hablo, por ejemplo, de los modernos artefactos que surcan los cielos, teledirigidos desde tierra y que, convenientemente equipados, nos devuelven “on line” (¡toma jerga!) imágenes de nosotros mismos y de nuestro entorno tal y como las vería un pájaro que volara a la misma velocidad y altura, y describiendo el mismo trayecto. Efectivamente y por capricho de los que asignan los nombres a artilugios y cosas: los drones. Pueden servir para otros menesteres, incluso para algunos poco ejemplares y contrarios al beneficio de la humanidad, como bombardear a la población civil, pero disfrutemos aquí de los buenos usos, de los que nos ayudan a comprender lo que nos rodea y a ser mejores, y combatamos los otros en la medida de nuestras posibilidades.

Conocen los lectores de esta magnífica publicación mi debilidad por las vistas aéreas, una afición que cuando se trata de imágenes de Hacinas raya en la obsesión bien entendida. He contado varias veces aquí el placer que me reporta analizarlas y poner en relación la perspectiva aérea con mis referencias callejeras de simple peatón. Desde aquella mítica fotografía aérea firmada por Paisajes Españoles que adornó durante años las paredes de nuestras casas y que a lo mejor duerme el sueño de los justos, cubierta de cagadas de mosca, en algún rincón de su desván, hasta las más modernas que podemos encontrar en internet tomadas desde naves tripuladas aunque sea precariamente, como aquella mítica de nuestro pueblo sacada desde un parapente a la que le dediqué un artículo en esta revista en el último trimestre de 2007 titulado “Hacinas desde el aire, un corazón tendido al sol”, desde la una a la otra, un abismo nos contempla. Pero el avance es imparable y lo que acabo de descubrir, motivo por el cual les estoy entreteniendo ahora, marca un nuevo hito en el conocimiento de Hacinas y sus alrededores. Me refiero a dos reportajes tomados desde sendos drones recientemente: uno está incluido en la serie de documentales de la cadena TVE-2 titulada “Los bosques protectores”, concretamente el emitido el día 20 de noviembre de 2016 con el título “Bosques de piedra”, que es muy fácil volver a ver buscando en la página web de esa cadena (“A la carta”), y el sorprendente y gratificante reportaje aéreo producido por un joven hacínense (otro “JASP”, ya saben, jóvenes, sin duda, aunque sobradamente preparados) y que ha circulado “por las redes” locales en los últimos meses.



Búsquenlo si no lo conocen y les garantizo que su visión no les dejará impasibles. Lo maravilloso de esta nueva forma de percibir la realidad reside, claro, en todo lo que aporta el movimiento. Se mueve usted, como si viajara a lomos del pájaro de plástico, y simultáneamente se mueve todo lo que pasa en la tierra, aunque nadie haya despegado los pies del suelo en ningún momento, ni usted, cómodamente sentado en su casa, ni el autor del reportaje, al que me imagino con su mando a distancia, dirigiendo las operaciones desde el castillo, un suponer. Y a pesar de ello la sensación es auténticamente la de volar. Sorprende mucho apreciar cómo cambian colores y formas cuando se introducen variables de velocidad y altura y cómo la luz (mediodía o crepúsculo) nos devuelve realidades que parecen pertenecer a lugares completamente distintos, aunque no nos movamos de nuestro precioso pueblo.

El excelente video del que les hablo cuenta con un montaje musical que mejora la comprensión de las imágenes y hace otra aportación que no había apreciado hasta ahora analizando las imágenes estáticas: la de brindarnos la mirada de cómo son y qué contienen los lugares más recónditos y escondidos de la geografía urbana, como parcelas, fincas, prados y arreines, en especial cuando los obstáculos a la visibilidad desde el suelo no lo permite. Ganamos en conocimiento, no lo duden, pero perdemos privacidad. Todo sea por la ciencia, en especial si, como pasa en Hacinas, nada hay que ocultar. Ningún demérito puede eclipsar el gran avance que significa lo que les hablo, ni siquiera el hecho de que, como se dijo antes, además de servirnos para admirar la belleza de un pueblo tan bonito como el nuestro, pueda aportar material de estudio a inspectores de hacienda, funcionarios del catastro y chismosos en general. Me dirán que mucho de lo que se ve ya lo conocíamos de tanto asomarnos al castillo o subirnos a la cima de Sancirbián, y si lo dicen no les falta razón, pero creo que a pesar de las atalayas naturales con que la naturaleza dotó a Hacinas, esta perspectiva actual de observar lo mismo pero desde diferentes ángulos casi simultáneamente, ofrece una comprensión de cómo es nuestro pueblo completamente nueva y, por lo tanto, muy diferente a lo que conocíamos hasta ahora.
















Disfruten de esos reportajes y comprenderán que vivimos en una revolución permanente, aunque solo sea en la percepción de la realidad que nos rodea, incluso de la más cercana y cotidiana. Es maravilloso que a este avance contribuyan los jóvenes hacínense quienes, por justicia y méritos, merecían vivir en una época mejor y con más oportunidades. No puede uno resistirse al progreso y, queramos o no, los artefactos voladores que nos muestran cómo somos y dónde vivimos, ya forman parte de nuestro mundo. No se extrañe si cualquier mañana descubre que en el chopo que hay frente a su ventana ya no anidan los gorriones, sino una familia de drones equipados con los últimos avances en multimedia y visión nocturna, y que su imagen tomando el sol ligerito, o ligerita, de ropa en la terraza de su casa, al resguardo de las miradas indiscretas de los viandantes, se ha convertido en “trending-topic” (¡jodo petaca!) en las redes sociales.



Manolo Díaz Olalla


(Publicado en "Amigos de Hacinas", 2º trimestre de 2017)
(Fotos, el aviador terrestre y tripulante de drones  Miguel Jiménez Cámara)  


lunes, 13 de febrero de 2017

A mi amigo Carlos, en su redondo cumpleaños


Carlos, salao, me lo contó un pajarito, no ese que tú y yo sabemos y que tanto celebrábamos de niños, que se aliviaba por las chimeneas y acababa siempre contrayendo nupcias con Perico el día del Señor, no, fue otro el que me lo dijo, uno que vive en tu casa y no te voy a dar más pistas, porque me ha pedido que guarde el secreto, aunque como en la adivinanza del plátano, el que no lo acierte bien tonto es… Me lo dijo, que te caían los que te caen, ¡ay Dios!, y me quedé pensando que, no hay duda, son ya muchos, pero también que los demás, tus amigos, los lechales y los de otras cuadrillas, están  a puntito de alcanzar esa contundente y redonda cifra, si es que aún no lo han hecho……

Carlos, majo, se pone uno a pensar y los recuerdos que nos unen se remontan tanto y tanto que casi se escapan por el  lao de allá. Piensa si no, por las callejas de Hacinas, corre que te corre, ahora a esbararse, ahora a cangrejos, luego a nidos, mañana a setas, o a Campo el Valle a echar un partido, o a un tras que le dio… En las competiciones diarias a la salida de la escuela siempre eras el que llegaba más lejos y con más puntería. Tus amigos no lo olvidan. Vaya, yo creo que más bien nunca lo han superado. Entonces ya despuntaba en ti, es un decir, y en otros de aquellos amigos, esa incipiente vocación de maestro que marcó tu vida, y no desaprovechabas cualquier ocasión para enseñar a los que nos quedábamos más atrasados. Pero esas son otras historias. Luego, tú ya en Aranda, las salidas festivas y todos aquéllos momento que sin duda aún recuerdas, y que continuaron, por mucho tiempo, cuando te instalaste en Madrid…

No sé si te lo he dicho, Carlos, niño, pero entre tantas cosas que me gustan de ti siempre me ha fascinado tu capacidad de análisis de la realidad, en especial de la realidad social de aquél Hacinas que conocimos en nuestros años de niñez, adolescencia y juventud, y tu facilidad para integrar datos y circunstancias con que construir todo un tratado de sociología hacínense que nos permita interpretar los cómos y los porqués de nuestro pueblo y sus gentes. Especialmente agudo te he encontrado siempre en el análisis de los movimientos migratorios de la época, es decir, por qué llegaron los que llegaron y cómo aquello determinó un cambio radical en la manera de vivir  y pensar de la gente, y por qué se fueron quiénes lo hicieron y el impacto que eso tuvo en la vida de todos. Podemos decir que eres un adelantado a tu tiempo. No en vano fuiste el primero de Hacinas que se fue de veraneo. Y a Bilbao, ni más ni menos, ¡jodo, petaca! Sé también, Carlos, cencerro, que siempre has disfrutado mucho con la precariedad de mis conocimientos rurales y con mi analfabetismo de todo lo que tiene que ver con el campo. Que si no distingo una picaraza de una graja, un suponer, es verdad, o que confundo las arreines de San Marcos con las de Pinilleja, también, pero tampoco había que darle cuatro cuartos al pregonero para que lo supiera todo el mundo. Y aún con eso, hemos pasado buenos ratos y hecho muchas risas con ello.

Carlos, con la motosierra que le han regalado para cortar la suerte de leña que le toque a partir de ahora

Y sin saber cómo ni por qué, Carlos, chaval, 37 encuentros de los lechales nos contemplan, y aquí estás y estamos, tú iniciando esta década, no diremos que peligrosa, pero casi, y otros haciéndonos cargo de que, como cantan los mozos en las bodas, “con el tiempo iremos todos”. Estás muy bien, ya sabes lo que dice mi chica, que eres el más guapo de quienes acudimos a nuestras reuniones, a lo que yo le contesto que ojalá Santa Lucía le conserve el oído, porque la vista la tiene perdida. Y como lo dice con tanta seguridad te miro de reojo por si fuera verdad. Pero no lo es, yo lo sé y ella también aunque insista, y la cosa es que te vas a retirar a la dolce vita en pleno uso de tus facultades físicas y mentales. Que no es poco. Si la estadística no miente, que lo hace y sé de lo que hablo aunque hagamos como que no, aún te quedan por delante, como promedio, entre 8 y 10 años en estupendo estado, antes de que lleguen los achaques. Es justo darse con un canto del rio en la dentadura, porque muchos de los que te rodean, cuando se vean en esa plácida situación que tú pronto vas a abrazar, estarán en una tesitura que oscilará entre medio tocados a bastante jodidos. Pero ahí estás… con un montón de cosechas de tomates, pimientos y vainas por delante, cultivadas con tus propias manos, y tú, como si nada, como un reloj. Qué envidia y qué alegría. Sobre todo pensando que cuando pasemos por delante de tu finca, camino de Madrid o de Hacinas, nunca nos faltará una buena cesta de hortalizas ecológicas recién recolectadas para llevarnos a casa. Gracias de antemano por las ensaladas que me vaya a meter para el cuerpo.

Carlos, amigo, qué decirte, que nos alegramos mucho. Escribo como te imaginas también en nombre de todos tus amigos, los mozos de Hacinas, que te quieren pero que, como sabes, son muy perezosos a la hora de coger papel y lápiz para contar las cuatro cosas afectuosas que les gustaría decirte. Ellos y yo somos felices de ser amigos tuyos y de haber vivido juntos tantas cosas.


Disfruta de esta celebración que te han preparado quienes te quieren. Y de este regalito que te hacen recolectando fotos, anécdotas y dedicatorias, que es un buen antídoto para la desmemoria que nos acecha, tan frecuente como triste, esa epidemia a la que bautizó un médico alemán del que ahora no recuerdo su nombre. Hojéalo con frecuencia y fruición para fijar las cosas bonitas, los momentos fantásticos y el cariño de tu gente.

No te digo más. Tiempo tendremos de charlar sobre las cosas de la vida ahora y cuando, a la sombra de la plaza de toros de Aranda, nos sentemos a observar cómo crecen las lechugas mientras vamos seleccionando las mejores piezas de la cosecha para echarlas al capazo.

Porque, es verdad, compartir siempre ha sido una de tus mejores cualidades.


Un abrazo y muchas felicidades,

Manolo

miércoles, 1 de febrero de 2017

Nueva celebración anual... ¡¡¡y van 37!!!

Los lechales recibiendo explicaciones del arqueólogo del yacimiento celtíbero de Tiermes

Como todos los años desde hace 37 y sin fallar ni uno solito, el 29 de Octubre tuvo lugar la feliz reunión de los amigos del lechal. Ya saben, todo un clásico. Como se ha convertido en tradición, la recepción de invitados se hizo la noche previa y más concretamente, este año, en casa de Alberto, quien nos obsequió con un rico ágape.

La alegría de esta convocatoria fue doble pues a la habitual del encuentro esperado se sumó la buena noticia de que el grupo sigue creciendo; este año, gracias a la reincorporación de Arturo. Así que el sábado salimos de excursión 16 más el chofer, temprano, por la costumbre, y antes de llegar al soriano y pintoresco pueblo de Caracena atravesamos los campos de La Rasa, admirando la floreciente industria agrícola de sus inmensos manzanales. La parte principal de esta jornada, en lo cultural, fue la visita al yacimiento romano y celtibérico de Tiermes, que recorrimos con detenimiento y muy bien conducidos por el arqueólogo del histórico lugar, para acabar, un buen rato después y con el gaznate más seco que un puñado de escaramujos, en Maderuelo donde Carlos, quien en esta ocasión fungía de anfitrión, nos dio por fin de beber. En lo gastronómico, el regalo principal nos esperaba en el pueblo de La Vid, donde comimos tarde pero bien, casi a la sombra del nombrado Monasterio agustino de Santa María.

Tras echar la partida en Peñaranda y los vinos en Pinilla, acabamos la jornada, como es la costumbre, en casa de Begoña, en Castrovido, donde volvimos a comer y a beber, perpetrando a pulmón limpio los grandes éxitos de nuestro repertorio tradicional. La paciencia de esa señora es admirable.
A la vuelta, tuvimos que pedir rescate pues nos habíamos quedado a pie y hacía una rasca considerable. Nos lo brindaron unos mocitos muy bien dispuestos, que acudieron presurosos en sus coches, aunque muertos de risa, a socorrer a sus padres quienes forman parte de esta cuadrilla lechal. Hubiera dado algo por oír las conversaciones que sin duda se mantuvieron el domingo a la hora de comer en más de una casa.

En fin, qué decirles, que seguimos en la lucha. ¡Y muy felices de celebrarlo!

 Manolo (cronista oficial)



sábado, 7 de enero de 2017

La ventana



Vivo fascinado por los avances de la tecnología de la información. Seguro que a ustedes les pasa lo mismo. En muy pocos años se ha experimentado un adelanto tan rotundo como inimaginable. Todo lo que tiene que ver con internet y lo que se deriva de ese conjunto descentralizado de redes de comunicación interconectadas (mensajería instantánea, correo electrónico, geolocalización) supone un progreso de incalculables dimensiones para la humanidad. Si además el uso que se le diera fuera el más apropiado para el beneficio de las personas, o sea y como se dice ahora, para el bien común, el paso dado no tendría parangón. La transformación que ha producido en nuestras vidas, hasta en los aspectos más cotidianos, ha sido y es radical. Muchos de nosotros no conciben salir de casa sin el teléfono móvil en el bolsillo, ni coger el coche sin conectar el GPS. Tanto es así que ya existen tratados de las enfermedades relacionadas con la adicción a estos sistemas, y que vayamos sustituyendo poco a poco el contacto interpersonal por el intermediado por las máquinas. Pero créanme, no hay nada parecido a la realidad que nos rodea, a la de verdad, a esa que se huele, se toca, se palpa y hasta se besa, por mucho que prefiramos vivir en otras realidades falsas o recreadas en esos aparatos modernos: las llamadas realidades virtuales. 

A mí me gusta más pensar que sin reemplazar a nada de lo de verdad, las nuevas tecnologías nos alivian y nos pueden ayudar a sobrellevar la ausencia y la lejanía. Por ejemplo: no hay nada comparable con abrir la ventana de su casa en Hacinas para saber si hace sol o si llueve, si vienen nubes por la parte de la Peña Villanueva o deducir si falta mucho para la hora del vermú, pero cuando estoy en Madrid o en Santiago de Cuba o en Sebastopol tengo otra ventana, una virtual, que me sirve para lo mismo. Se trata de la webcam de la maravillosa página de internet meteohacinas, una iniciativa de meteorología avanzada puesta en marcha por unos jasp (“jóvenes aunque sobradamente preparados”) hacinenses que te permite tener abierta desde cualquier sitio y “en tiempo real” una vista de nuestro pueblo y sus alrededores. Ahora mismo, las 11 y media del día 25 de septiembre de 2016, mientras escribo esto en mi casa de Madrid, contemplo encantado cómo estaba Hacinas a las 11 y 25 (ver foto). Día soleado, algunos cirrocúmulos de menor cuantía que nos abandonan por el Norte, y, por la luz, falta un rato para la hora del blanco. Algo menos para que den las terceras, así que, quien quiera ir a misa, más vale que se avíe a escape. Y usted me dirá: 

-          Todo eso está muy bien, pero los otoños son traicioneros, y aunque soleados, los días pueden ser gélidos, a ver dígame, ¿qué me pongo para salir? ¿voy en camisa o me echo la rebequita?

imagen de la webcam a las 11:25 h


No hay problema, amigo o amiga, la misma web, que refresca la imagen aproximadamente cada media hora, le informa de que en nuestro pueblo se registra  una temperatura 17,7ºC, una humedad del 44%, la sensación térmica es de 18ºC y está soplando un viento del Nor-Oeste de 6 Km a la hora. Un soplidito, vamos. 
Las ciencias adelantan que es una barbaridad, diga usted que sí. Como he contado otras veces, durante mi infancia y parte de mi adolescencia la ventana de la casa de mi abuela era una ventana al mundo. Asomándote a ella recopilabas de un golpe toda la información que necesitabas para tomar las decisiones más importantes de la tarde: si coger el paraguas o no, si cambiarte los pantalones cortos, si sacar la bici, si echar el bañador o si tenías aún un rato de tranquilidad porque tus amigos llegaban con retraso.

-          Apúrate, majo, que ya están ahí esos zascandiles.
-          Ya voy, abuela.

Mis amigos nunca tuvieron noticias de la calificación que les había adjudicado mi abuela. Se lo estoy contando ahora de esta forma tan elegante. Ojalá la perdonen. Si les viera ahora, tan serios, tan grandes y tan formales, seguro que cambiaba de opinión. Pero lo más impresionante del caso que nos ocupa es que la vista de Hacinas que se observaba desde aquélla ventana de mi infancia se refrescaba instantáneamente. En realidad, el refresco más importante era el que sucedía por fuera.

-          Échate la chaqueta, cencerro, que parece que sopla cierzo, no te vayas a resfriar y luego la tengamos con tu tía Casilda.

Porque ese es otro de los aspectos más notables de esta revolución que nos ha tocado vivir: la jerga que se genera alrededor de ella. Se crean todos los días infinidad de palabras nuevas a la vez que se cogen otras, se las despoja de su significado y se les asigna otro. Una locura, vamos. Así, y como saben, se dice que las imágenes se refrescan cuando se actualizan, y cualquiera de ellas las compartimos en las redes. En los años irrepetibles de que tanto les hablo, las únicas redes que conocíamos eran las de las porterías del campo de fútbol, habitualmente rotas, por lo que muchas veces no sabías si había entrado un gol cuando el balón pasaba rozando el poste. O las de los reteles que usábamos para ir a cangrejos. El muro de ahora es una página inventada donde uno puede colgar comentarios y fotos para que los disfruten, o los sufran, los demás, mientras que por aquél entonces era la pared que separaba la casa de la casona. El nudo donde se mezclan los datos que circulan se llama servidor, una etiqueta que se colgaba, antes, a quien por cortesía, te hacía un favor.

-          Muchas gracias por el bieldo.
-          Servidor, salao.

Ahora la información se puede almacenar en la nube, pero hace unos años las únicas que conocíamos eran aquéllas que aparecían en el cielo presagiando una tormenta, las mismas que veo ahora en Hacinas en esta foto refrescada de las 14:24 a través de la ventana que tengo abierta desde mi casa de Madrid, mientras pienso que lo mejor que pueden hacer mis paisanos y amigos es pagar lo que deban en el bar, abrocharse la zamarra y trasponer a escape si no quieren mojarse, también por fuera, antes de llegar a su casa a comer, y tengan que recibir dos reprimendas: una por cada mojadura.

imagen de la webcam a las 14:24 h


Estas ventanas virtuales que nos ofrecen maravillosas páginas web como meteohacinas son tratamientos paliativos de gran efectividad que nos ayudan a calmar el dolor de la ausencia. Pero nada parecido a aplicar la medicina curativa si es que usted puede permitírsela: váyase a Hacinas, abra la ventana de su casa y, además de ver cómo se encapota el cielo, compruebe in situ y en directo cómo huele a tierra mojada un rato antes de que empiecen a caer las cuatro gotas y lo bien que le sienta ese vermú del domingo compartido con amigos y familiares.


Manolo Díaz Olalla
Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", tercer trimestre de 2016

miércoles, 27 de julio de 2016

La ospitalera


Cada uno se desahoga como puede, diga usted que sí, y si en un momento dado hay que liberar tensión soltando por esa boca una exclamación de trazo grueso, pues se suelta  y a otra cosa. El diccionario está lleno de buenas voces para hacerlo cuando la contrariedad nos supera o simplemente vienen mal dadas. En mis tardes estivales en Hacinas aprendí unas cuantas a base de escuchar las conversaciones de los mayores o las imprecaciones de mis compañeros de juegos y callejas.

No todas las recoge la Real Academia de la Lengua, no, muchas hay que situarlas en la tradición oral y buscar su significado, real o figurado, en el imprescindible catálogo de palabras y expresiones populares de nuestra localidad del que es autor mi admirado Jesús Cámara Olalla (“Diccionario tradicional del siglo XX de un pueblo serrano-burgalés”, 2011). Los localismos, mírelo como se quiera, también encierran la identidad de un pueblo, la forma de ser de sus gentes. Hablan hasta de las limitaciones con que los usos y las buenas costumbres han logrado encorsetar vocablos espontáneos que en otro contexto podrían parecer malsonantes u ofensivos.


Como la cosa va por gustos o por tradición familiar, digámoslo claro y sin más rodeos, en Hacinas muchos exteriorizan su malestar acordándose de “la ospitalera”. En esta sorprendente palabra, nada que ver con cualquier otra que haga referencia a la institución sanitaria donde se ingresa a los enfermos y que, como es lógico, comenzaría con una “h”, sin duda se suaviza lo que, empezando con esas letras, podría haber terminado en un juramento merecedor de la censura o la reprimenda de cualquiera que estuviera oyendo. Esta voz de desahogo se recoge también en el diccionario popular de El Burgo Ranero, en León, situándose su uso más concretamente en la villa que ostenta el pintoresco nombre de "Calzadilla de los Hermanillos". Localismos, sí, pero no tanto, y por lo que se ve, bastante extendidos por la geografía castellano-leonesa.

Otros, en esos momentos críticos o de desesperación, se ciscan en el país que tiene su capital en la bella ciudad de Moscú. Esta preferencia geográfica que se señala es fácil explicarla por la mala prensa que aquélla nación ha tenido entre nosotros en alguna época no muy lejana. O, digamos, “la órdiga”, un ejemplo  de lo que siempre ha sido un buen  recurso para liberarse momentáneamente de una adversidad de una forma bastante aséptica y poco turbadora. Leí una vez en un diario de Palencia, donde al parecer también se utiliza, que su etimología se sitúa en el juego del mus, y más concretamente en una derivada de la apuesta máxima, el órdago, término que hunde sus raíces en el euskera. También aquí el habla popular ha querido reforzar esa extrañeza o estupor utilizando el plural con un “¡órdigas!” o mediante la exclamación “¡anda la órdiga!”, con las que parece que queramos enfatizar ese sobresalto o esa confusión ante algo que oímos, descubrimos o reconocemos.

Según me contaron muchas veces de niño, somos del mismo pueblo que aquél que pasó tres días debajo del agua y salió pidiendo un botijo, así que pocas bromas con nosotros. Y como somos así decidimos que había que decir “una órdiga” cuando nos dábamos o le dábamos un golpe a alguien.  Aún recuerdo aquéllas vueltas al cole, tras los veranos hacinenses, en que por menos de nada se te escapaba un “órdiga” y te convertías sin quererlo en el objeto de chanzas y escarnios por parte de tus compañeros de patio.

      -                                          Manolo ha dicho que se ha dado una “órdiga”
-                                         ¿Y eso qué es?
-                                        ¡Qué sé yo! Pero van un mes al pueblo y se asilvestran…

Y era entonces, y con el objeto de que la chiquillería venida a más no acabara con tu prestigio o con la mínima autoridad moral que te quedara, cuando había que juntarles y hacerles ver lo triste de su vida y su futuro sin un “su pueblo “donde refugiarse, aprender las cosas de la vida y los palabros que es necesario conocer para hacerte entender por los demás.

-                                       “A ver, mostrencos, atended un poco, que no sabéis ni a tocino si os untan” - toma ya el empiece-, “la órdiga es la que te pegas cuando vas con la bici a toa la zapatilla, royo p’abajo, y te falla la zapata de la rueda delantera, o se te cruza La Rubia del Señor Pedro cuando viene de la boyada... ¿estamos?”

Y mientras mirabas las caras de asombro de los zascandiles intentado traducir lo que habías dicho, tú pensabas para tus adentros, “¡Ay va la ostren!,  cualquier día me voy a ganar un buen sopapo por hacerme el listillo”.

De las óstrenes ni hablamos, pero por su raíz diría que comparte intención y disfraz con la comentada ospitalera, avisándonos de que el objeto de la exclamación es más bien otro que se obvia para no pecar del todo con la palabra o para sembrar dudas entre los parroquianos sobre la propósito exacto de quien exclama.

Somos como somos y lo que hemos aprendido ha forjado nuestro carácter y nuestra manera de ver la vida. Hemos construido un dialecto difícil de descifrar para los que no han bebido en nuestras mismas fuentes. Las expresiones que necesitamos para desahogarnos son algo muy cultural, sí, no lo dudo, pero al final todo se queda en gustos o en lo que marca la tradición familiar. Algunos prefieren la órdiga o la ostren, pero otros se conforman con Rusia, Diógenes, la reina, la ospitalera, el padre clavel, dioro Baco, o hasta con la mar salada o lo más barrido.

Auténticos y genuinos conejos de madera
Yo tengo que confesarles algo, cuando la contrariedad se apodera de mí, todo se pone al revés o el cielo se torna gris en el momento que más azul lo necesito, entonces, en ese mismo instante, clamo contra los conejos de madera, tal y como oí tantas veces a nuestro vecino Alberto,  y me quedo tan ancho.

Manolo Díaz Olalla

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", primer trimestre de 2016)


jueves, 28 de enero de 2016

Lechacito marinero, conociste a una sirena....

Foto oficial XXXVI reunión en s'Estaca, Deiá (Mallorca)
La Muy Antigua y Leal Cofradía de Amigos del Cordero Lechal (más conocida como “Los lechales”) celebró este año 2015 la trigésimo-sexta reunión anual en la fecha establecida, esto es, el último sábado de Octubre siempre que preceda al día de Todos los Santos, lo cual suele ocurrir todos los años. Esta reunión contó con la participación unánime de todos los socios, los que, como se aprecia en la foto oficial, van alcanzado la edad provecta aunque sigan en la brecha. Tuvo además la particularidad de que, para que no se diga que no hay renovación de ideas, se celebró en tierras mallorquinas, lo que pudo ser posible gracias al empeño, dedicación e interés del socio Felipe, quien con esmerado detalle la preparó. La renovación, no obstante, no alcanza aún a los miembros del club, aunque está previsto convocar una ampliación de la base social en la medida en que la situación de dependencia de los socios clásicos se pueda ir agravando.

Así que salimos de Barajas (no todos, alguno salió de Bilbao en fechas previas) el viernes 30 de Octubre por la tarde, llegando a Son San Juan a buena hora, donde el grupo mallorquín nos dedicó un emocionante recibimiento antes del traslado a Can Pastilla, en plena bahía de Palma, donde nos alojamos. Comenzó así una reunión tan divertida como anhelada, siempre variada y felizmente compartida, que culminó casi tres días después, el día 2 de Noviembre, con la vuelta a la península. Disfrutamos además de un tiempo fantástico, lo que nos permitió ampliar la vertiente cultural del encuentro, con visitas a maravillas tales como las Cuevas del Drach en Porto Cristo o la cartuja de Valldemosa, a la muy interesante fábrica de vidrio Can Gordiola, en Algaida o a la de perlas Orquídea en Montuïri , así como a parajes naturales tan espectaculares como marineros: s’Estaca, donde se hizo las foto oficial del encuentro, impresionante mirador al Mediterráneo cercano a sa Foradada (Deiá); el singular Puerto de Sóller; Puerto Portals; Cala Tuent o Porto Colom.

La comida del encuentro se celebró en este último lugar donde gozamos de unas vistas privilegiadas a su fantástico puerto natural y de un menú marinero nada usual en estas reuniones, en las que solamente se pide pescado cuando alguno de los presentes ha pasado mala noche. Allí se jugaron también las tradicionales partidas de mus, perdiendo en el clásico, y sin paliativos, Agustín y Manolo. La bajada a Sa Calobra por una carretera infernal llena de curvas inverosímiles, puso a prueba los nervios y el temple de los lechales, en especial de los que gozan de una situación financiera más desahogada, los que suelen bajarse agarrotados del autobús al final de estos trayectos de vértigo. Otro clásico.

El solaz musical de estas juntas, uno de los aspectos más típicos y celebrados de cada año, fue algo más escaso de lo normal, aunque no faltaron algunas descargas emotivas, perpetradas a capela, de temas de Javier Krahe, que sirvió como homenaje de todos los presentes a tan inolvidable poeta a pocos meses de su llorado fallecimiento, y de algunas otras piezas musicales ajustadas a la naturaleza de las visitas, como “Esta noche hay una fiesta” de Los Valldemosa, aquella de “…será maravilloso, viajar hasta Mallorca”, o esa otra de “me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca”, el cual, curiosamente, se encontraba presente y celebrando su cumpleaños durante la interpretación.

Cambiaron estos reincidentes amigos el formato y los contenidos de sus tradicionales reuniones en esta ocasión y aunque sirva de precedente, para demostrar que se pueden adaptar a los nuevos tiempos, que están por la reinvención y que todavía pueden dar mucha guerra. Dejaron la meseta y se fueron a la costa, cambiaron el viento norte por la tramontana, la Demanda por el Mediterráneo, las tiernas carnes del óvido de raza churra por los frutos del mar, la cecina por la sobrasada y el mosto fermentado del verdejo de Rueda por el del manto negro de Binissalem. Y no les fue nada mal.

Y para que no se diga y conste, lo firmo yo, el secretario,


Manolo Díaz Olalla

(Publicado en "Amigos de Hacinas", nº 150, 4º trimestre de 2015)

martes, 18 de agosto de 2015

Notas para un epitafio a mi padre

Caricias de María Jesús: sus momentos más felices en los últimos meses. Marzo 2015

He puesto interés, estos últimos días, en observar a los míos y a mí mismo con la intención de comprobar eso que tantas veces he oído: “Cómo te pareces a tu padre… cada día más”. Y no he tenido más remedio que admitir que así es. Entorno los ojos para remontarme a los orígenes que conozco de cada dicho, cada refrán, cada expresión, cada frase hecha con que construyo lo que digo y acabo concluyendo, siempre, lo mismo: “Esto lo decía papá….”.  No sólo eso, sino que me miro de reojo, como miro a mis hermanas, y acabo descubriéndole con exactitud en cada uno de nuestros gestos, miradas, expresiones o signos corporales con  que comunicamos algo a los demás.

Y he deducido otra cosa: es mucho más que la genética lo que late debajo de tanta semejanza, es algo más bien fenotípico. Se trata ante todo del aprendizaje y la admiración, de las costumbres que convertimos en espacios comunes, de  la necesidad y el gusto de compartir, en suma de todo  lo que compone la relación familiar.

Por si acaso se me había olvidado algo de su vida, algunos detalles por nimios e intrascendentes que puedan parecer, estas últimas semanas muchos amigos y familiares han querido recordarme retazos de historias que son tan suyas como de todos nosotros. Unas cuantas, las mejores según  mi manera de verlo, sucedieron en Hacinas, lugar que decidió hacer suyo y nuestro cuando conoció a nuestra madre en aquéllos años grises del Burgos de la postguerra. Grandes y pequeñas hazañas, algunas de las cuáles he tenido el placer de contárselas desde las páginas de esta revista: lo que dio de sí aquél su seiscientos, el primer vehículo a motor particular que circuló por las calles de Hacinas; lo que disfrutábamos la chiquillada cuando, en aquellos añorados veranos, nos llevaba a pasar el día a las piscinas de Navaleno o a la gélida Yecla; la más que merecida confiscación que le aplicó a la bicicleta tras mi accidentado debut como ciclista;  o, todavía mirando más hacia atrás, la admiración que despertaban su elegancia y su seriedad cuando llegaba a nuestro pueblo en el coche de línea, hacia la mitad de la década de los 40 del siglo pasado –¡ahí es nada!-, con la intención de cortejar a nuestra madre.

Si casi todo en él despertaba admiración, aún nos causaba más comprender que, básicamente, era un hombre formado a sí mismo. Un autodidacta, como tantos de su generación que vieron truncadas su vida y sus posibilidades de formación por la penosa guerra civil. Fue ese terrible episodio de nuestra  historia colectiva el que marcó su biografía de forma indeleble,  dedicándole a su estudio y a su divulgación muchos de los mejores ratos de su existencia.  Ese interés y esa entrega los compartía con su principal pasión, su familia, y muy especialmente nuestra madre, Agustina, y nuestra hermana, María Jesús.

Gran y prolífico conversador, hombre culto en el estricto sentido de la palabra, hacía las delicias de propios y extraños cuando hablaba de política o de historia o cuando disertaba sobre materias tan exquisitas como la mitología griega y romana, el álgebra o la topografía.

Siempre fue fiel a sus ideas por lo que vivió como pensaba y nos enseñó a hacerlo de la misma manera. Nosotros, más modestamente, lo seguimos intentando, aunque con mucho menos  mérito y valor que él. En sus últimos años, y en la medida en que se iba haciendo cada vez más dependiente de los demás, esa admiración que siempre le profesamos,  sin perder un ápice de intensidad, fue transformándose en necesidad de protegerle y cuidarle, como él había hecho con nosotros durante toda nuestra existencia. Pero es de justicia decir que ni en sus últimos momentos perdió esa dignidad, esa elegancia natural y esa entereza que tanto asombró siempre a todos.

Diremos de nuestro padre en esta su despedida que, como escribiera Manrique del suyo, “aunque la vida perdió, nos dejó harto consuelo su memoria”.

Que la tierra te sea leve, papá.

Descansa en paz.


Nota. Deogracias Manuel Díaz del Hoyo, viudo de Agustina Olalla Molinero, falleció en Madrid el día 22 de Abril de 2.015 a los 95 años. Está enterrado, con ella y como fue su voluntad, en el Camposanto de Hacinas.

(Publicado en la Revista "Amigos de Hacinas", nº 148, II trimestre de 2015)