jueves, 15 de julio de 2021

Carta a la Directora de la Revista "Amigos de Hacinas"


Estimada directora,

Aunque el número actual de la revista habrá recogido el singular acontecimiento al que, con tu permiso, quiero referirme brevemente, quisiera aprovechar la publicación de un nuevo número de la Revista de “Amigos de Hacinas”, siempre un gran acontecimiento para los hacinenses de acá y de allí, para señalar la importancia de la presentación durante el mes de junio del Blog “Las Rutas de Julio”, en el lenguaje moderno que se habla ahora www.ventederuta.com, del que es autor nuestro paisano, amigo y compañero, el lechal Julio Cámara.

Se trata de un trabajo ímprobo, realizado con la meticulosidad y el detalle que siempre imprime a las cosas que hace, de gran utilidad, en el que ha invertido mucho tiempo y, lo que es más importante, mucha ilusión. Solo los visionarios pueden crear recursos de utilidad para todos a partir de actividades habituales o aficiones personales, aunque compartidas por muchos. Para llevarlos a cabo se necesita, además, grandes dosis de paciencia, de interés por el proyecto y, sobre todo, de sentido de la solidaridad para compartir, no ya lo que nos sobra o ha dejado de interesarnos, sino lo que más queremos.

Es un trabajo de gran proyección que no dudo incrementará el interés por nuestra tierra de gentes lejanas, viajeros curiosos y turistas de todas clases, además de mejorar el conocimiento que nosotros mismos tenemos de la riqueza natural, paisajística, arqueológica e histórica de nuestro entorno.

En fin, una gran obra por la que quiero agradecer a Julio su esfuerzo y manifestarle mi enhorabuena más efusiva. Un ejemplo para todos. No suelo ser muy imparcial con mis amigos ni, en general, con los que quiero, sobre todo si, como en este caso, son como hermanos para mí. Pero los hechos son incontestables, la calidad es la calidad y siento admiración por el trabajo bien hecho.

Y a ti, directora, gracias por mantener la Revista en este nivel tan alto, por el esfuerzo que hacéis todos los que la sacáis adelante cada trimestre y por crear espacios para comunicarnos y poder expresar nuestros sentimientos.

Recibe un abrazo,

Manolo Díaz Olalla

Julio de 2021

La siesta

"La siesta", Vincent Van Gogh. Copyright: © Photo RMN – Hervé Lewandowski

Un gran invento, dicen, made in Spain, remarcan, eso de la siesta en toda época, pero especialmente la estival, una pausa necesaria, un reposo revitalizante, un regalo para el cuerpo y la mente. Nadie discute ya el beneficio que supone para nuestro sistema cardiovascular e, incluso, los hay que aseguran que el récord en esperanza de vida del que podemos presumir los españoles es fruto no tanto de las bondades de la dieta mediterránea y del excelente sistema sanitario del que disfrutamos, maltratado por quienes deberían cuidarlo y cuyas costuras saltaron por los aires ante las acometidas de la pandemia, sino del efecto bálsamo   que ese corto pero merecido descanso produce en nosotros.

La siesta es un placer adulto, no lo duden. Recuerdo que mi padre nunca renunció a ella ni cuando teníamos visita en casa, lo que provocaba las excusas algo fingidas de mi madre, pues todos sabíamos que en el fondo agradecía ese rato de charla distendida lejos de su desbordante presencia. Pero para los niños y zangolotinos que poblábamos las calles de Hacinas en los veranos de aquellos años que tanto recuerdo, la siesta obligada era como un castigo inmerecido, una sanción que te separaba de amigos y aventuras gran parte de la tarde, mientras los mayores descansaban y tú te morías de aburrimiento encerrado en casa y mirando por la ventana la calle tan vacía como apetecible para un mocoso ávido de experiencias.

-          Hala, échate un rato hasta que baje el calor y no marees más.

La abuela se transponía a ratos en su sillón, aunque lo negaba tajantemente y el imberbe se rebelaba. ¿Y qué si hacía calor? Eso era lo de menos. ¿Acaso no había sombras donde cobijarse? La de detrás del castillo, por ejemplo, que era mucho buena y que, además, quedaba lejos de miradas indiscretas, lo que era excelente si el sopor te animaba a encender un cigarrito y observar la era del Señor Pedro a través del humo del mencey que se cayó de alguna cajetilla descuidada por su dueño. Siesta, decían, ¡pues no faltaba más! ¡Qué pérdida de tiempo! En fin, no costó mucho descubrir para qué servían las gateras de las puertas de las casas que no tenían gato. Sobre todo, si el gurriato era pequeño y el orificio grande. Hace gracia escuchar ahora a líderes de opinión o a dirigentes políticos cuando para relatar lo difícil que fue una negociación y contarnos todas las cosas a las que hubo que renunciar afirman que “se dejaron pelos en la gatera”. Los oyes y tienes que preguntarte: ¿sabrán de verdad qué es una gatera?, ¿habrán visto alguna en su vida? o, lo que es más importante, ¿se habrán escapado alguna vez de casa de su abuela a través de una de ellas?

Sin duda no, pero en aquellas calcinantes tardes de verano nos hicimos unos expertos en salir de casa sin ser vistos ni oídos, y depuramos tanto esa técnica de abrir cuarterón, correr tranca y dejar un resquicio en la puerta suficiente para que esos magros cuerpecitos se escaparan sin ser sentidos, que más de una vez pensaron de verdad que huíamos por donde debieran salir, o entrar, los gatos de la casa.  

Tiempos, siestas y periodos preventivos de reposo. Y ninguno peor que los que te obligaban a guardar con la excusa de evitar un corte de digestión, cuando andabas de excursión por algún río o piscina. Era algo así como una tortura cuyos motivos resultaban incomprensibles para el niño o la niña recién comido y deseoso de lanzarse al agua para continuar la húmeda fiesta del día.

-          Ni hablar del peluquín, ahora hay que esperar tres horas de digestión antes de volver al agua. Túmbate en aquella hamaca, o en la manta con Julio y Jesús, y haz un rato de siesta.

Mi padre y, en ocasiones, mi tío Caprasio, eran inflexibles con eso. Y tú mirabas deseoso aquéllas heladas aguas de la piscina de Hontoria o de la monumental de Navaleno, que era olímpica, del río Arlanza o del Pedroso, tan cercanas y refrescantes, que renegabas de las medidas profilácticas pautadas y, observando como otros niños se bañaban casi con el último bocado sin deglutir, o después de observar solo dos horas de cuarentena sin que les pasara nada, no te quedaba más solución que exigir algunas explicaciones.

Y entonces era cuando se reían de las cosas que tenía el mostrenco, te contaban el fundamento de la hidrocución y te desvelaban el misterio fisiológico de la sangre atrapada en el tubo digestivo durante la digestión, dejando sin atender algunas funciones muy importantes, como la del calentarnos cuando la piel se pone en contacto con un elemento frío, como el agua, en especial si esta era de la piscina de la Yecla, puro hielo recién derretido de algún nevero permanente de aquellas cumbres cercanas. Y por mucho que te advertían de que eso podría acabar en un colapso y hasta en el ahogamiento del bañista imprudente, tú seguías renuente.  Ante tus dudas, reparos y protestas por lo prolongado de la espera (“con dos horas vale”, aducías a la desesperada) siempre añadían al argumentario lo de que se debía incluir un extra de precaución si el menú había sido a base de ensaladilla y filetes empanados, o sea, lo que mi madre casi siempre incluía en el pack de excursión, que depositaba con amor en la neverita portátil junto a la botella de orangina y el melón.

Parecerá una tontería, pero esas discusiones de las tardes estivales me hicieron entender y, hasta asumir sin plantear muchas discrepancias, las decisiones de la autoridad sanitaria, que luego con los años me ha servido mucho, en especial en época de pandemias. Y todo ello a pesar de que aquellas siestas preventivas obligatorias se situaban para nosotros en el ámbito de lo incompresible y lo injusto, aunque los chapuzones posteriores, que nos dábamos con tantas ganas, borraran en un instante las incomodidades de la espera.

Vivimos infancias en que las siestas reparadoras y relajantes eran como castigos y las explicaciones fisiológicas nos sonaban a música celestial que era mejor no escuchar. Los adultos que somos, más que adultos en muchos casos, sabemos disfrutar ahora de una buena siesta, abandonados en brazos de Morfeo al sopor y a la ensoñación en algún rincón fresco de la casa, mientras en la calle se derriten los sueños y las aventuras que, no me pregunten por qué, hace tiempo han dejado de tener interés para nosotros. 

 

Manolo Díaz Olalla

Madrid, el día de mi cumpleaños de 2021

Publicada en la Revista de la Asociación Amigos de Hacinas, II trimestre de 2021